La Utopía Dorada – XVI

Kali/Anke

En su infancia, Anke Steiner –Kali– había sido una niña solitaria y melancólica. El dinero nunca había faltado en su casa, puesto que era hija de un importante empresario alemán, Rudolph W. Steiner, el cual compartía nombre con el célebre ideólogo de la antroposofía –entre otros–, si bien nada tenía que ver con él (ni siquiera estaban emparentados).

Dueño de empresas armamentísticas y tecnológicas, el señor Steiner rara vez pasaba más de dos noches al mes en casa y se dedicaba a viajar por el mundo haciendo negocios y vendiendo sus últimos adelantos a gobiernos belicistas; el precio que tuvo que pagar Anke por tal estatus económico pasaba por vivir en un entorno de sobreprotección y aislamiento insoportable y, sobre todo, carente de la presencia de su progenitor. Desde pequeña, un ejército de tutores se había encargado de entrenarla en idiomas y otras disciplinas –siendo la mitología una de sus materias favoritas–, con una frialdad, rigidez y eficiencia militar excesivas, enfoque que terminaría por transformarla en una criatura calculadora y egoísta.

Su madre, Lenuta Lupei, originaria de Brasov, había muerto al dar a luz en un parto muy largo durante un frío noviembre de 1979, pero al parecer había sido una auténtica bruja en vida, preocupada únicamente por el dinero y la fama; a ojos de Anke, y dadas las circunstancias, crecer sin esa clase de madre fue lo mejor. Nunca tuvo a su lado a nadie al que pudiera llamar amigo verdadero, más allá del poderoso silencio que escoltaba todos sus pasos, así que sus habilidades para socializar o empatizar con el prójimo extraviaron la oportunidad de desarrollarse. En cambio, fue capaz de analizar el comportamiento humano lo suficiente como para entender los patrones subyacentes y hallar la manera de explotarlos; pretender se le daba mucho mejor que sentir y manipular a las personas era su gran destreza.

A los dieciséis años, convenció a un tutor de esgrima para que la ayudase a escapar de la burbuja que su padre había construido para mantenerla encerrada, con amplias y explícitas promesas de sexo y otras cosas. Lo sedujo sin miramientos y, entonces, puso en marcha un plan que llevaba meditando varios meses. Logró reunir suficientes joyas y dinero como para asegurarse un futuro con ciertas comodidades y, sin más pertenencias que las que cabían en un bolso ligero, se largó con su profesor a la frontera.

Acto seguido, los dos huyeron a través de varios países del continente europeo, ocultando sus pasos y siempre con el miedo persiguiéndoles los talones; la paranoia de la persecución que el implacable Rudolph habría puesto en marcha no les dejó dormir las primeras semanas, pero poco a poco se hizo más evidente que su padre ni siquiera se había molestado en buscarla… Finalmente, Anke consiguió una nueva identidad en Rusia, como Andrea Popova, momento que aprovechó para darle esquinazo a su enamorado tutor y, para desgracia de este, huir sin él hacia nuevos horizontes. Cambiar de identidad era algo que se le daba bien a la aquella jovencísima Kali, entrenada como estaba –y con excelentes resultados– en idiomas, matemáticas y artes escénicas; nada era demasiado sucio o inmoral para ella si servía para cumplir sus objetivos, así que, si le convenía, lo hacía. Y fuera del alcance de su padre, ya no necesitaba de su acompañante masculino, un confundido y ultrajado Anton; era peso muerto para un espíritu salvaje como el de Kali.

Los años posteriores se vieron salpicados con varios cambios de identidad más, tratos con mafias, consumo descontrolado de drogas, huidas desenfrenadas, escarceos amorosos, perfeccionamiento de sus habilidades criminales, creciente interés por lo esotérico y una actitud abiertamente antisistema; también se había granjeado muchos enemigos por el camino. Posiblemente, no buscaba el fracaso del sistema que la había hecho tan infeliz durante la infancia, ni siquiera buscaba su propia destrucción, sino que anhelaba encontrar una felicidad que no era capaz de identificar; se había extraviado por el camino y vagaba sin rumbo, dando tumbos y errando el tino a menudo; su mente estaba completamente destruida. Se había convertido en un cascarón aterrado por la idea de la soledad y su inmensidad era asfixiante.

Hasta que un día cualquiera, de un año cualquiera, conoció a un chico español en un chat internacional. Tenía unos veinte años más o menos y estaba cursando estudios universitarios; había elegido la carrera de empresariales a regañadientes, aunque, según decía él, odiaba los números y odiaba el capitalismo, porque todo era una “mierda inmensa y la existencia no tenía sentido”; también escribía a menudo en una plataforma de blogs hoy en día extinta, en concreto ideas estrafalarias sobre lo podrido que estaba el mundo y la necesidad de ajusticiar a la humanidad por sus villanías; en cierta manera, aquel chico parecía un maníaco, un psicópata en ciernes; un juguete roto como ella, que derramaba emociones a borbotones literarios en un torrente irreconocible de dolor, angustia y furia. Había sufrido una pérdida muy importante poco tiempo atrás y su corazón estaba henchido de odio hacia la vida, agresividad que sedimentaba en sus obras y razonamientos envenenados… A Kali le gustaba aquella pasión desmedida.

Y es que algo debió de ver en la craquelada mente de aquel chaval que utilizaba un pseudónimo de corte vampírico, porque pronto se vio obsesionada con todo lo que él escribía, como si le estuviera hablando directamente a su corazón también fracturado, en exclusiva; semejantes en el extrarradio, en la periferia sombría, se reconocían desnudos, estaban “predestinados”. Tal obsesión resultaba curiosa y quizá fuera de lugar, porque aquel chico nunca volvió a hablar con Kali, todo se inflamó en su mente inestable y sin ayuda externa. Embargado como estaba por el dolor de una pérdida que no se curaría jamás y que ostentaba la hegemonía absoluta en su corazón, el muchacho español olvidó aquella charla con prontitud y facilidad… Con los años, sus ideas se suavizaron, su dolor se disipó. Dejó de ser un hombre dolido y se convirtió en una oveja más del rebaño.

En el otro lado de la pantalla, en un tiempo lejano, se gestó el fuego que acabaría quemando sus vidas. Porque ella, Kali, no se había suavizado en absoluto. Si acaso, cada vez caminaba más cerca del borde, del precipicio; miraba con frecuencia a las profundidades y resistía la tentación de saltar, pero sus ojos, clavados en las nigérrimas simas del abismo, sentían una excitación inusual ante la idea de dejarse llevar y poner fin a todo el dolor; para siempre.

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Un Trampolín al Pasado

A veces nos puede sorprender que problemas de hace décadas sigan vigentes hoy en día. ¿Cómo es posible, con toda la técnica, el intelecto y el progreso social, que sigamos aterrorizados por injusticias estructurales como el machismo, los gobiernos represores o la visión cortoplacista en materia medioambiental? Y la respuesta es que la propia libertad que genera el sistema se vuelve contra él.

Uno de mis escritores favoritos es el francés Michel Houellebecq, un hombre que plasma historias centradas en la irrelevancia cósmica, el desarraigo y la progresiva deshumanización de las personas, a menudo con tintes de ciencia ficción de primer nivel. En una de sus muchas novelas nos presenta una pseudo distopía en la que el Islam domina el continente europeo, y explica que su imparable auge entre la población se debe al simple hecho de que ofrece una “realidad” constante y fuerte. Es decir, que un conjunto de valores coherente y sólido ofrece solaz a las personas que se sienten fuera de lugar, sin rumbo, sin un cometido, ya sean valores machistas, ultraconservadores, etc.

El cristianismo, transformado por la progresiva secularización de sus sociedades y el paradigma de consumismo exacervado (con su “libertad para consumir pero no para pensar”), se ha convertido -dice- en una fe que no ofrece respuestas, una fe relativa y débil; una fe que promulga infelicidad, inmediatez, banquetes que no colman el hambre. Esto, a su vez, ha convertido a los sistemas gubernamentales de las naciones antaño católicas en países igualmente débiles, oscilantes, incapaces de regirse a sí mismos y cada vez más cercanos al caos anárquico efectivo. Los valores inculcados a las personas les han conferido libertad pero, a la vez, inseguridad, miedo, indecisión; dolor existencial. Y esa falta de certeza, el temor a lo desconocido, a aceptar las consecuencias de sus actos, los empuja en esta distopía a abrazar alternativas más sencillas, más claras, más tangibles.

Lo del Islam sirva como ejemplo, puesto que la idea subyacente no es la guerra de cultos, sino la necesidad humana de tener un asidero terrenal sobre el que fundamentar su vida, un asidero fuerte cabe puntualizar. Quien dice una religión, igualmente podríamos mencionar una dictadura; la idea es que las personas, víctimas de una libertad sin freno, se sienten tan indefensas que optan por la regresión, por resucitar viejos cultos, ideas o pareceres, incluso aquellos que no son positivos (y las élites también capitalizan este hecho). Hace pocos días, me topé con un cliente que lamentaba la ausencia de “un tipo como Franco en el poder, con las ideas claras para arreglar el país”. Un dictador como Franco externalizaba la necesidad de pensar, la responsabilidad, puesto que en él recaía la toma de decisiones; obedecer es una miel muy dulce, implica un camino predefinido y pocas culpas.

No obstante, si dejamos a un lado la distopía y la literatura, podemos comprobar que en el mundo real este proceso está ocurriendo y no va a detenerse. La juventud del presente, inexplicablemente, es mucho más machista que una o dos generaciones atrás. El fenómeno está perfectamente documentado y debiera extrañarnos, habida cuenta de que la educación parece querer combatir esos fantasmas. Incluso los medios de comunicación, tan orgullosos ellos de ensalzar la libertad y la igualdad, a menudo denuncian este variopinto proceso de regresión ideológica. ¿O no? Porque aquí, claro está, tenemos que mirar el detalle, la letra pequeña. ¿Es nuestra sociedad menos machista que antaño? ¿O, quizá, simplemente se limita a condenar la figura del hombre y la violencia que algunos de estos exponentes ejercen sobre las mujeres, sin ir más allá, sin ofrecer alternativas reales? ¿Han cambiado los patrones publicitarios o se limitan a intercambiar la postura del hombre y de la mujer en los anuncios para pasar el corte legislativo? ¿Siguen primando la apariencia física, en concreto la de la mujer, por encima de su talento? ¿Han renunciado a cosificar a las mujeres o, en cambio, han optado por la falacia de cosificar a ambos sexos por igual, en nombre de la igualdad? ¿Ha cambiado realmente la ideología ciudadana, la educación, las costumbres?

Y si vamos más allá, en materia de gobierno es otro tanto de lo mismo. De una dictadura saltamos a un sistema democrático, cada vez más libertad… hasta que alcanzamos la parodia, la farsa, el ridículo; todo el mundo sabe que la única que gobierna es la corrupción, el enriquecimiento personal, la falta de valores; mercaderes en el templo. Sirva de ejemplo Donald Trump, un claro adalid del hartazgo popular y del me importan un comino las consecuencias, puesto que ya no creo en el sistema. ¿Pero qué pasa al cabo de un tiempo? Que algo falla, algo no está bien; así, empieza otra vez el ciclo regresivo, la necesidad de control, una guerra como pretexto, el patriotismo inflamado… de que las cosas sean más fáciles de entender y de manejar, incluso cuando no son justas.

Todo se resume en que la libertad requiere valentía y el mundo está plagado de cobardes. Tienen derecho a conformarse, pero la actitud indolente nos condena; no hay avance real si no somos capaces de romper el ciclo. La sociedad de consumo tiene sus ventajas, pero está matando las aspiraciones de las personas, el medioambiente, la autonomía de los estados… El mercado nos ofrece de todo, nos desborda con ofertas, pero fracasa en colmar algo tan esencial como el sentimiento de felicidad y plenitud. Y ningún cascarón inflado con los ácidos tóxicos del vacío será capaz de luchar por el futuro; se dejará arrastrar por la corriente, por las ideologías, y acabará abrazando cualquier culto que le ofrezca respuestas, sentimiento de unidad; seguridad. Pueden ser soluciones erróneas, pero al menos serán respuestas, y nunca hemos de menospreciar el poder de una respuesta sobre una mente que se hace preguntas y anhela un sentido para su vida.

A todo esto, otros lo llamarían nostalgia, la imagen de un pasado brillante. ¡Qué bueno era todo antes, y qué bien funcionaba! ¿Recuerdas?

Indefensión Popular

Si algo hemos descubierto con la crisis catalana, es que vivimos en un mundo poderosamente influenciado por los medios de comunicación, tesitura que ya era manifiesta en el pasado pero que se ha intensificado en el panorama nacional con inusitada intensidad. La televisión, los periódicos, la radio… Los medios de comunicación, como púlpito diseñado para la proyección de ideas afines a la élite dominante, no cejan en su empeño de “construir” una verdad oficial que muchas veces poco tiene que ver con los hechos reales. En este sentido, el periodismo genuino propiamente dicho brilla por su ausencia en multitud de ocasiones, en las que el amarillismo y el sectarismo se hacen fuertes y ganan prioridad sobre la honestidad y la veracidad. Como consecuencia, ¿qué es verdad y qué es mentira? ¿Acaso la mentira no se convierte en verdad cuando todos la repiten y es aceptada sin opción a réplica?

La gravedad de esta situación nos ha llevado a la imposibilidad práctica de entender el mundo o conocer lo que realmente está pasando, en especial si no realizamos un esfuerzo continuo por contrastar y elaborar conclusiones más precisas; un esfuerzo que una gran porción de la población no realiza, primeramente porque la educación no facilita el espíritu crítico. Nos han educado para vivir indefensos, a merced de la publicidad de consumo y de la ideológica, que a menudo son imposibles de diferenciar.

La carencia de información que predominaba en siglos anteriores, hecho que contribuía al empoderamiento de los regímenes totalitarios o de instituciones como la Iglesia, se ha transformado en una abundancia distorsionada, casi hermanada con el ruido y la interferencia. Se repiten las mismas noticias una y otra vez, las que convienen; en cambio, otras se ocultan y jamás se mencionan. Los medios eligen ciertas palabras, ciertos mensajes, y cuentan los hechos desde perspectivas afines a la fuente que los financia, con lo cual la población ya está condicionada de antemano a la hora de enfrentar los hechos. Si la “verdad” mostrada omite detalles de la realidad, esa parte deja de existir para el público.  Aquello supeditado al silencio, no existe en un mundo de interferencias y ruido, un mundo en el que el periodismo tiene mucho de arma arrojadiza y de mercenario a sueldo.

A ello tenemos que añadirle el mimo con el que se eligen los discursos y el uso indiscriminado de la tautología en los mismos. Es frecuente que cada posición repita sin cesar ciertas expresiones que, ya de entrada, dan a entender los derroteros por los que se mueve el orador. Golpe de estado, radicales, presos políticos, políticos presos, gobierno en el exilio, fascismo,  nazis, etc. Las palabras no son inocentes y no han sido escogidas arbitrariamente, cumplen una función, suscitar una idea negativa sobre el contrario. Si unimos el ritmo machacón de las ideas con el ritmo machacón y sesgado de los medios, el resultado es explosivo y, sí, rayano en la tortura.

Y la consecuencia real y palpable de todo esto es que la población cree saber, cuando no sabe, ni por asomo, qué está ocurriendo, cómo o qué consecuencias tendrá; sabemos lo que quieren que sepamos, aliñado a gusto del chef. Incluso sometiendo toda la información a un profundo análisis, es como drenar un océano con las manos desnudas, una tarea fútil. Sirva de ejemplo la frecuencia con la que se culpa a Venezuela de muchas prácticas tiránicas, que en esencia son compartidas por otros países en teoría no tiránicos. Y, en Venezuela, criticar a los Estados Unidos y hablar de la guerra económica también tiene su utilidad. Es el discurso establecido, el que conviene a todos los grupos en el poder a seguir extendiendo esta gran estafa piramidal social, cuyo propósito es controlar al rebaño y aprovecharse de él. La verdad oficial dice que unos son los malos y otros los buenos, pero un análisis más detallado nos dice que son dos caras de una misma moneda y que los papeles se invierten según el punto de vista tomado; no hay terreno gris, solo roles reversibles y discursos que comparten semántica.

Estamos indefensos ante el aparato propagandístico de las élites, los medios de comunicación. Si estos quieren enfrentar a dos regiones, a dos países o a dos grupos, lo conseguirán con suma facilidad. Cada uno ha de centrarse en repetir el programa indicado, buscar el conflicto y bajar al barro; curiosamente, el dinero que financia a todos los medios suele provenir del mismo lugar, lo que me hace suponer que, como en tantas otras ocasiones, el poder económico lo controla todo. Las élites, mediante sus agentes, te ofrecen el sabor “sistema” y el sabor “antisistema”, el producto de marca y la marca blanca; la clave es que, después de todo, sigas siendo un consumidor sujeto a sus reglas y sigas tragándote las mismas ideas sin rechistar.

No, ningún estado “gobierna con indepencia”; son gobiernos de paja. Todos los representantes democráticos electos, o todo los fascistas colocados violentamente, han sido diseñados para obedecer los intereses de otros que, en esencia, ganan dinero en cualquier caso. Países enteros viven en constante caos para que las empresas extranjeras puedan expoliar sus recursos; naciones enteras viven sumidas en profundas depresiones económicas porque les conviene a unos pocos. Por eso digo que, en resumidas cuentas, el enemigo de la humanidad no tiene cara y vive en la sombra. Pero está ahí y es de carne y hueso, y tiene el altavoz más poderoso de toda la historia: la televisión. Y, pronto, Internet.

La Falacia es Barata

Hasta ahora, y casi mes y medio después del referéndum catalán del día 1 de octubre de 2017, he mantenido una posición relativamente neutral al respecto y opté por permanecer en el silencio. No obstante, habida cuenta de que esto no deja de propagarse más y más en direcciones imprevisibles y cada vez más absurdas, no puedo evitar plasmar mi punto de vista al respecto.

Quiero empezar por decir que no soy una persona en absoluto propensa al patriotismo o la exaltación de sentimientos. No soy creyente; no soy de derechas. Mi idea del mundo pasa por una visión aperturista y liberal, el pacifismo, el cuestionamiento del modelo de vida capitalista. A grandes rasgos, y por mis ideas, muchos podrían catalogarme como una especie de “podemita”, aunque tal formación ha perdido todo mi respeto desde las últimas elecciones generales y su posterior gestión del resultado electoral. Creo en un proyecto de mundo que borre fronteras, una pueblos y convierta a la humanidad en un vector de progreso sostenible, pacífico y centrado en curar enfermedades y conquistar las estrellas por la sed de conocimiento, no por el ansia de expolio. En resumen, soy un puñetero utópico.

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La Utopía Dorada – XV

Habían abandonado el coche de Leo en una cala bastante escondida, empujándolo en dirección al Golfo de Vizcaya. No lo habían quemado para evitar atraer la atención a causa del humo, pero la marea no tardaría en arrastrarlo mar adentro y hundirlo. Leo se despidió con cierta tristeza del que había sido su coche desde hacía más de quince años, un modelo japonés de renombrada marca que le había servido bien. Pero la huida exigía sacrificios, mejor dicho, la secuestradora no dejaba alternativas.

–Ya hemos tentado la suerte demasiado, es hora de cambiar de coche… y de rumbo –repuso tajante.

En la madrugada del sábado al domingo, en un pueblo cercano a San Sebastián, Kali había utilizado sus habilidades para robar un coche negro, un Renault 12, un modelo realmente viejo que tenía volante y poco más, carcomido por el óxido y con la tapicería desgastada. Según ella, lo había escogido porque el vehículo no se había movido en por lo menos un mes; quizá estaba abandonado. Le bastó con inspeccionar los bajos del coche para llegar a tal conclusión, si bien Leo no parecía convencido.

Con precisión y rapidez, la mujer desbloqueó la puerta y le hizo un puente como aquel que enciende un ordenador pulsando una tecla; sencillo. El envejecido coche tardó unos minutos en ceder, protestando con desgana ante las tentativas de Kali, aferrándose a seguir dormido, pero poco después se rindió sin miramientos; un estruendoso traqueteo confirmó que el viaje sería muy incómodo.

–Conduciré yo por las próximas horas, mientras duermes un poco; no intentes ninguna estupidez –advirtió–. Por la mañana pararemos a comer algo en algún pueblo pequeñito… o haremos una compra rápida para seguir en el camino. Sí, creo que esa sería una mejor opción.

La secuestradora se guardó la pistola en el pantalón mientras lo observaba con desconfianza. Pero Leo estaba demasiado cansado como para intentar escapar. Solo quería dormir, solo quería que todo acabase, regresar a casa y acurrucarse en el sofá con su gato Poe, mientras veían alguna película de ciencia ficción. Cosas sencillas que parecían aburridas hasta que la vida se jodía de tal manera que regresar a ellas era imposible.

–Avísame si nos persigue la ertzaintza –comentó jocoso–, ya montados en la montaña rusa de la locura, al menos quiero enterarme de lo que ocurre a mi alrededor. Pero si empiezan a disparar, ten la decencia de dejarme huir –suplicó–. No quiero morir por ideas estúpidas, el idealismo está bien hasta que fluye la sangre; en ese momento deja de ser idealismo y se convierte en una gilipollez.

–¡Ja! ¿Dónde ha quedado tu rebeldía antisistema de la juventud? –le preguntó con incredulidad–. Hace años, te habrías sacrificado por tus ideales…

–Con los años he aprendido muchas cosas, incluso a hacer la vista gorda. Me gusta la verdad como al que más –explicó–, pero soy un don nadie; no voy a cambiar el mundo yo solo y gran parte de la población está demasiado ocupada arrojándose piedras a la cabeza. ¿Pero tú has visto cómo funciona todo? ¡Bah! –bufó–. No seré yo el que se sacrifique por salvar a un estúpido de su propia estupidez; esto aprendí cuando me hice adulto y ahora es una de mis máximas. Bien mirado, es una actitud un poco budista. Salvar el mundo se lo dejo a los necios –dijo, acomodándose en el asiento del copiloto, que olía peor que el trasero de un demonio–. Me conformo con una vida sencilla y actuar de acuerdo a mi propio código, en mi entorno más inmediato.

–No somos tan diferentes –vitoreó ella–, pero la tuya es una visión demasiado práctica y algo contradictoria; hay matices aquí muy sutiles, puesto que en el fondo trabajas para una organización cuyo modus operandi es la especulación. ¿Es eso budista? –reprochó–. Si lo que yo tengo es un cabreo agresivo, la intención de servirme del sistema para prosperar a toda costa, es decir, pura sinceridad descarnada, lo tuyo se llama resignación, estatismo. Derrota. Cobardía –enumeró–. ¿Desistes porque no quieres aceptar tu responsabilidad o porque no tienes un par? ¿Realmente crees que es mejor no hacer nada, ser un colaboracioncita pacífico y tranquilo –increpó–, que optar por el mal menor? Yo jamás me rendiría, eso es lo que quieren ellos… Para lograr mis objetivos, sé muy bien lo que tengo que hacer.

–Ya me lo has dicho, “lo que haga falta para sobrevivir”–imitó Leo con tono claramente ridiculizante, ofensa que la secuestradora decidió pasar por alto.

Kali continuó hablando un rato, departiendo sobre el sistema macabro que educaba a los niños desde pequeños para ser egoístas y consumidores insaciables. Que ella, siendo un producto de ese sistema, no podía actuar de otra manera: era una consecuencia de la programación que había recibido durante la infancia. Y, ahora, adulta y consciente de la farsa, se había convertido en un avatar de ese sistema mentiroso y violento, hasta alcanzar la parodia. Si todo era una gran broma, ella se reiría de todo y de todos, cogiendo lo que más le interesase del sistema y desechando el resto. Pero Leo, agotado, ya no la escuchaba.

–Hay muchas cosas que te digo que en realidad no creo –confesó en ese momento la secuestradora, concentrada en la carretera y con mirada triste–. Las personas creemos que somos de una manera, pero en realidad somos de otra. Nuestra percepción está manipulada, primeramente, para percibir nuestras propias faltas de forma imprecisa y omitir todo cuanto convenga con tal de no desmoronarnos. ¡Somos frágiles como el cristal! Esto también es un poco de postureo, no lo voy a negar –miró la luna llena, que tenía un brillo similar a sus ojos dorados–. Pretender, de eso va el juego social, de aparentar. ¿Y sabes qué? Pretender funciona en muchas ocasiones; si te crees la mentira, o la proyectas para que los demás vean tus falsos éxitos, aunque solo sea por unos instantes, todo funciona a la perfección –gesticuló con la mano derecha, describiendo un arco amplio–. ¡Mira a la gente famosa! ¿Qué tienen de diferente? Si acaso, una miseria más grande que cualquier jornalero andaluz… Tú pretendías ser feliz, y no lo eras –afirmó–. No eras feliz porque vivías alienado, encajado en una maquinaria que no te permitía crecer como persona, ¿entiendes? Que no te indignen mis argumentos ácidos o mis ideas radicales –prosiguió al no hallar respuesta–, en tu fuero interno también te mentías a ti y a todos los demás. La sociedad es el paroxismo teatral; no hay ni un hijo de puta sincero bajo las estrellas. Acéptalo; acéptame.

–Mm… Mm… –respondió Leo en sueños.

–Dame una oportunidad para demostrarte que no estoy loca, como a buen seguro piensas. Yo también soy una rehén en esta fuga y necesito encontrarme; quiero ver si aún queda un resquicio de esperanza para una mente contaminada por muchos años de dolor… –susurró, con un hilillo de voz trémulo e inusualmente vulnerable.

Kali se había permitido esta confesión sabedora de que su copiloto dormía profundamente. Entre tanto, no podía dejar de observar la luna llena, que se reflejaba en sus ojos dorados como si fuesen dos espejos contrapuestos. Era una escena relativamente luminosa, una noche clara y agradable en una región muy bella, pero sus pupilas se inflamaban con una energía oscura y corrosiva. Aunque observaba la luz con fijación, parecía que sus ojos no eran capaces de percibir más que una diminuta fracción de la misma; vivía en penumbra, en la pastosa charca de un fatalismo demencial.

La Utopía Dorada – XIV

El domingo fue un día mucho más movido de lo habitual. Las cadenas de televisión estaban haciendo una cobertura intensiva del ataque a los servidores del banco BPI, que a esas alturas aún no había sido detenido ni mucho menos contrarrestado. Los tertulianos que se paseaban por los platós, con diversos grados de formación y dominio sobre el asunto, se enzarzaban en discusiones vehementes y amarillistas, ofreciendo al espectador una amplia gama de hipótesis y prejuicios.

Que si eran los rusos, los norcoreanos, los chinos, los terroristas… En eso estaban casi todos de acuerdo, o se trataba de comunistas o de terroristas. Pero nadie tenía información fidedigna sobre los motivos detrás del ataque, solo especulaban a gritos para aumentar la audiencia y convencer al incauto con pobres argumentos. Entre tanto, el criptovirus había cifrado toda la información y las autoridades mencionaban con frecuencia que el Fondo de Garantía, que cubría hasta 100.000 € por depositante, intervendría en caso de necesidad. El gobierno no quería desorden público y se habían vivido situaciones tensas en algunas ciudades.

Porque nadie –ni el propio BPI– podía demostrar cuánto dinero contenían las cuentas bancarias afectadas, salvo con un detenido estudio de extractos o cartillas al día; una marea de clientes muy cabreados exhibía esos documentos delante de sucursales y sedes regionales con creciente crispación, en manifestaciones improvisadas, bajo la atenta mirada de los antidisturbios. Pero no servían de nada las protestas, la información tenía un precio y el criptovirus se limitaba a ofrecer una dirección web, en la que BPI tendría que hacer frente al multimillonario rescate (advirtiendo de que por cada día que no se atendiese el mismo, la cantidad adeudada se incrementaría un 5%). Por supuesto, el pago se exigía en bitcoins y el beneficiario no podía rastrearse.

Durante las acaloradas tertulias televisadas, se hacían conexiones en directo con las fuerzas de seguridad y se informaba de sus últimos descubrimientos sobre el ataque al BPI. Los primeros interrogatorios habían empezado bien temprano, con sesiones maratonianas de preguntas a los empleados de la oficina en la que se había originado la infección –Kate, Alfredo, Milagros y Francisco–. También se hablaba sin descanso del supuesto culpable, en paradero desconocido, pese a que todos los vecinos de su barrio afirmaban que “era un chico muy normal y educado”.

–Pero claro, no puede rastrearse, ahora mismo podría estar en Portugal o Francia –dijo un inspector de la Policía Nacional con acento andaluz y una forma de hablar concisa y clara, en directo–. Seguramente ha destruido su móvil, no es tan tonto como para utilizar la tarjeta de crédito y tampoco tiene un coche moderno, con conexión a Internet, susceptible de ser fácilmente rastreado –miró a la reportera y luego a cámara–. Sabe lo que hace, pero le atraparemos gracias a la colaboración de todos los cuerpos de seguridad nacionales e internacionales –añadió antes de despedirse.

No, Leo era un chico humilde, en absoluto un consumista compulsivo. Lo suyo era el arte y fantasear, soñar despierto, hasta que la rutina y otras cosas lo habían convertido en un cascarón a la deriva. Tenía muchos defectos, pero el crimen no era lo suyo. Paradójicamente, en las redes sociales había mensajes de apoyo al banquero renegado, vítores por el “valiente rebelde que enfrentaba la tiranía del capital”. Esa historia construida en la red de redes, sin contrastar y en esencia especulativa, había desembocado en una idea romántica que ganaba adeptos a marchas aceleradas entre los más desfavorecidos de la sociedad.

–Tenía un gato al que cuidaba con las mejores atenciones y realizaba numerosas donaciones a ONGs –comentó un colaborador, en el plató del canal 7, con cierta admiración en su tono.

–¡Y acaba de poner en riesgo los ahorros de todos los humildes trabajadores de este país! –exageró otro.

Muy lejos de cualquier televisión, en la sala de interrogatorios de una comisaría en tierras gallegas, le había tocado el turno a Kate Glass. Las primeras preguntas se habían orientado cuidadosamente para dilucidar si ella había participado en el ataque o si acaso trataba de encubrir a su compañero. Su historia se había demostrado bastante creíble hasta el momento y el interrogatorio enfrentaba sus últimos compases.

–Yo no sé nada –continuó explicando–, ni creo que él haya participado en el ataque. Es todo muy extraño –dijo, confusa–. Ahora mismo está atravesando una ruptura, ha dejado a la novia… Es una época difícil para él, claro, pero tenía planes de futuro; no tiraría su vida por la borda, no así.

–¿Y por qué la ha dejado? –quiso saber el policía Daniel Calas, sin dejar de tomar notas.

–Hace mucho tiempo que la relación se había estancado, o eso me dijo. Ella no se implicaba mucho –añadió–, pero él es un buen chico; que tenga mala suerte en el amor no lo convierte en un criminal. Siempre es el primero en ayudar, siempre es el primero en lamentar lo mal que funciona el mundo; muchas veces lo he visto realmente triste a causa de injusticias muy lejanas. Estoy convencida de que es inocente, no me cabe la menor duda –defendió.

–¿Qué relación mantiene con el señor Leo Sanz? –preguntó la otra policía, Sofía Armas–. ¿Podría ser usted la causa de la ruptura?

–Estrictamente profesional –mintió, nerviosa–. Nos llevamos muy bien, eso es verdad, y me gustaría creer que entre nosotros hay una gran relación de amistad, más allá de la laboral… –se miró las manos.

–Según han comentado otros compañeros de la sucursal, eso no parece del todo cierto –la contradijo–. Uno de ellos ha mencionado que el viernes, precisamente horas antes del ataque, ustedes dos “estuvieron encerrados en la oficina más tiempo de lo normal, con las persianas bajadas, a buen seguro teniendo sexo” –leyó de la libreta de notas, para acto seguido mirarla a los ojos con aire inquisitivo–. Si no fuera por la convicción que transmiten sus palabras, una mente mal pensada podría suponer que durante ese lapso de tiempo se plantó el virus en la red de BPI –teorizó, mientras veía la expresión de horror en la cara de Kate–. Pero mire, a nosotros nos da igual si se acuesta con él o no, lo que queremos es que nos ayude a entender la situación. Si es inocente como usted cree, clarificar el orden de los hechos y sus motivos también le ayudará a él. Y es lo que quiere, ¿no? Salvar a su amigo.

–Bueno… yo… –accedió–. Sí, confieso que el viernes ocurrió algo poco frecuente entre nosotros, algo físico –mantuvo silencio unos instantes para asegurarse de que los agentes entendían lo que quería decir–. Pero fue fortuito, inocente… aunque parezca poco profesional, que lo fue, no tuvo que ver con el ataque.

–Muy bien, creo que por hoy es suficiente –intervino Daniel, satisfecho–. Puede marcharse, pero manténgase disponible en caso de que sea requerida otra vez. Si Leo la contacta debería avisarnos, no olvide que en caso contrario podría ser acusada de complicidad y obstrucción.

–Vale… ¿y qué pasará con su gato? –preguntó, cogiendo por sorpresa a los agentes–. Leo tiene un gato llamado Poe, ¿quién lo va a cuidar mientras él esté desaparecido?

Daniel y Sofía se miraron con sorpresa.

–No hemos visto ningún gato durante el registro de la casa –dijo Sofía–, no figura en los informes. Aunque es verdad que había un arenero en el baño y pienso en la cocina…

–Bueno… –dudó Kate–, Leo siempre me dijo que era muy asustadizo. Quizá se escondió detrás de un mueble o en un armario. La verdad, me preocupa; su familia vive un poco lejos, si no fuera inconveniente, yo podría hacerme cargo de él. Llevármelo a mi casa incluso.

Daniel abandonó la estancia y regresó a los cinco minutos, con una sonrisa en la cara.

–He hablado con el inspector, señorita Glass. Si tanto le preocupa el gato, no hay inconveniente en que contacte con la familia y se organice con ellos. Ya tenemos bastantes problemas como para añadir maltrato animal a la lista.

Katherine respiró aliviada.

La Utopía Dorada – XIII

Circulaban a toda velocidad por la autovía que bordeaba la costa. Kali aún llevaba la pistola en la mano, pero no le apuntaba con ella desde que habían cruzado la comunidad autónoma de Asturias; se limitaba a señalar hacia la izquierda o la derecha en caso de duda, aunque Leo era incapaz de discernir hacia dónde se dirigían. El imparable atardecer, rojizo y envenenado, bañaba la superficie del mar con una tonalidad sanguinolenta, anunciando la proximidad de una noche de luna llena. Quedaban pocas horas de luz, pocas horas de esperanza, y las sombras se alargaban en el interior del vehículo hasta transformar sus rostros en criaturas siniestras.

–¿Adónde vamos? Llevo muchas horas conduciendo y me está entrando el sueño… –comentó Leo–. A menos que tu idea sea tener un accidente y morir. También tendríamos que parar a repostar una vez más.

–Sabes de sobra que a estas alturas están buscando tu coche y que no tardarán en rastrearnos. Por eso te obligué a deshacerte del móvil en cuanto vi que lo llevabas encima. Yo también he destruido el mío; no basta con partirlos, hay que sacarles la batería –informó–. Nos desharemos del coche y buscaremos otro vehículo para seguir huyendo. Pararemos pronto, en un pueblo cercano a San Sebastián.

–Parece que sabes de esto, de desaparecer y huir. ¿Quién te ha contratado? ¿Por qué yo?

–Eso no importa. Llevo mucho estudiándote; te sorprendería todo lo que sé acerca de ti gracias a Internet. También te sorprendería lo fácil que es engatusar a un inocente cuando le dices lo que quiere escuchar –advirtió–. Todos los hombres sois unos crédulos, unos tontos; lo que hay que ver –bufó.

–¿Como lo de Karen, por ejemplo, o todo ese rollo fatalista que me contaste de tomar la vida por las riendas y ser fiel a mi naturaleza?

–Algunas cosas requieren otro tipo de fuentes más especializadas, pero hay maneras y caminos para todo el que busca en el sitio correcto –explicó–. ¿Sabías que los sistemas operativos existentes, incluyendo el que traen los móviles, tienen puertas traseras para que las agencias gubernamentales espíen a placer a los ciudadanos? Esas puertas han sido diseñadas de forma intencionada, no es ninguna fantasía; imagínate que las llaves caen en malas manos –rio, irónica–. Si es que no lo están ya.

–No has respondido a mi pregunta. Pero se ve que ser rastrera y alimentarte de los sueños de la gente, o de sus emociones, es lo tuyo –le dijo con dureza.

–Era lo que querías oír y te lo di, ¿no? ¿Qué más te da lo que yo piense en realidad? Cuando dos personas se conocen siempre entran en juego las proyecciones personales de cada uno, y luego las expectativas; cuántos pobres diablos viven encadenados a un espejismo toda su puñetera vida. No lo soporto –maldijo–. Yo he tenido que llegar hasta este extremo para sacarte de un bucle de mierda; ahora me perteneces. ¡Me lo debes!

Leo se había convertido en rehén de Kali, la misteriosa mujer de motivos indescifrables. Y aunque quería odiarla por todo lo que había pasado, una parte de él… la admiraba; y la deseaba. No decía mentiras, pero sus palabras eran horribles, frías, asépticas. Desgranaban la realidad y la convertían en un remedo imposible de aceptar. Solo unos pocos podían resistir el aguzado impacto de tales apreciaciones sobre la vida.

–Te vas a reír –comentó Leo–, pero ahora mismo lo único que me preocupa es mi gato Poe. Me he convertido en un fugitivo, he dejado atrás trabajo, familia y amigos… incluso a una mujer muy especial con la que podría haber sido feliz, pero Poe es el único que me preocupa. Ni siquiera siento miedo por mi futuro.

Kali lo observó unos instantes con curiosidad. Se había vuelto a poner las lentillas, sus ojos dorados refulgían en el crepúsculo con tonalidades violáceas.

–Tú gato estará bien. Tu familia sabe lo mucho que te importa y cuidarán de él –tranquilizó–. Coge la siguiente salida a la derecha.

–Vale… –obedeció–, pero no es tan sencillo, los gatos son más dependientes de lo que crees. Sufrirá mi ausencia, y yo la suya…

–Vamos, ¡sé sincero! Tener un gato le daba propósito a tu vida. Tu falta de fe en un dios, tu falta de fe en un sistema, tu falta de fe en la sociedad… te ha convertido en un monstruo de la relatividad. ¡Jamás podrás ser feliz creyendo en la nada! Pero tener obligaciones, un ser vivo al que cuidar y querer, concretizaba tu sentido vital; te hacía sentir útil. Una pequeña ilusión, pero quizá necesaria como tantas otras.

–¿Falta de fe? Puedo vivir sin creer en un dios, eso desde luego. No es para tanto aceptar el vacío, hace tiempo que dejé atrás el victimismo cósmico.

–¡Y te hace débil! Es como esas gentes que reniegan del patriotismo de su nación, o de la familia, cayendo precisamente en la trampa; renegando de costumbres que promueven la unión entre semejantes, caen en corrientes que hablan de individualismo, que debilitan su grupo y lo dejan a merced de buitres con mala sangre. ¿Acaso te crees que eso es mejor? ¿Ser un idiota solitario y vulnerable? ¿Quién va a luchar por ellos si no es la familia? –inquirió Kali, visiblemente enfadada–. Mejor mentir o mentirse que ser un desgraciado.

–No estoy de acuerdo. Prefiero ser un descarriado y elegir mi camino –contradijo.

–Sí, ¡como este! –apuntó con la pistola a su sien–. Mira lo libre que eres ahora, escogiendo ser secuestrado, escogiendo perder una vida “feliz” y convertirte en un criminal. Sin duda has tomado decisiones para llegar aquí, pero no las que tú crees. En el próximo cruce, a la izquierda –ordenó.

Decisiones; y consecuencias, pensó Leo, siguiendo sus instrucciones.

–Creo que no te soporto –le dijo a Kali–. Me has manipulado para lograr tus objetivos y ahora también quieres lavarme la cabeza con tu filosofía de pacotilla… Además no sé a qué viene esto de huir conmigo; podrías haberme dejado vendido ante la policía y fugarte; viajarías más rápido.

–Yo solo digo que, como seres nacidos del caos, tenemos que hacer lo que sea necesario para sobrevivir. Lo otro son reglas para el pobre, escritas por el rico, y yo no me regulo por ninguna de ellas. Estoy por encima de todo eso –afirmó convencida–. ¡Para el coche en ese merendero!

Leo frenó todo lo rápido que pudo y se metió por un camino de tierra hasta llegar a unos bancos de piedra musgosa, cubiertos por la maleza. A mano izquierda se veía el mar Cantábrico; era precioso incluso en un momento como aquel. Kali le agarró el pelo con fuerza y lo atrajo hacia sí, para acto seguido darle un largo y demencial beso con lengua.

-Bájate la cremallera del pantalón –ordenó, con un brillo especial en los ojos.

En lugar de negarse, en lugar de bajarse del coche y correr hasta la orilla para morir tiroteado en el proceso, se desabrochó el pantalón y dejó que Kali le hiciera una mamada lenta y muy húmeda. No se resistió; era extremadamente placentero. Hizo como la marea: dejarse llevar.