Corazones Malditos V

En la cámara, de pie, paralizado, Daro sintió cómo la criatura se enroscaba en torno a su cuerpo. Sus tentáculos de oscuridad lamían su piel como la brisa de un atardecer frío, cortejando el avance inexorable de una noche todavía más gélida. Y él no podía hacer nada para resistirse; supo que había algo de verdad en las palabras del espectro, observó cómo sus propias emociones se desbordaban, se descontrolaban… El odio lo dominaba, el temor a perder a Oksana, a que los habitantes de Heffas le hicieran daño, era demasiado poderoso. No podía permitirlo, pero no podía contener la fuerza arrolladora de Agraga, su malicia corrosiva, que se alineaba con sus propias imperfecciones humanas y las magnificaba hasta convertirlas en un enemigo mucho más temible. En el fondo, quería rendirse; la verdadera oscuridad, el verdadero peligro, residía en su propio corazón, en esa programación intrínseca al ser humano que consiste en dejarse llevar.

Cayó de rodillas, apoyó una de sus manos en el sarcófago -cubierto de polvo-, exhausto. Estaba rígido, helado, consumido por la ira. Le temblaba todo el cuerpo y una neblina rojiza empañaba su campo de visión. Lo que quedaba de su inocencia, de su conciencia rebelde, intentó deshacerse del influjo de Agraga con un último coletazo de resistencia, pero falló; la criatura y sus volutas de humo viscoso se introdujeron en el interior del joven hasta tornar sus ojos castaños en charcos del color de la obsidiana. Al cabo de unos instantes de silencio y quietud, Daro se irguió de forma extraña, aviesa, tal que si fuera una marioneta en manos de un titiritero poco hábil. Su mente viajaba ya de pasajera en un carruaje sobre el que no tenía control alguno, tirado por caballos enloquecidos, impredecibles. Por el pulso crispado de Agraga.

-Esto es nuevo… – pronunció ella con voz discordante, utilizando unos labios que no eran suyos-. ¡Nuevo pero fabuloso! ¡Qué sensación de plenitud tan deliciosa, sentir el peso del aire y la opresión del polvo en suspensión! –festejó-. ¡Por fin me siento viva!

El vampiro poseído recogió el sable del suelo y puso rumbo hacia los invasores, hacia sus antorchas amenazantes, sus juramentos, sus corazones infestados de pánico. Caminaba con dificultad, arrastrando los pies, la mirada infinita perdida en un punto fijo, pero un aura humeante envolvía su cuerpo hechizado; rebosaba de poder mágico; la mueca de su rostro era de puro sadismo.

Por aquel entonces, la turba ya se había dividido en varias partidas de caza con el objetivo de registrar el castillo con mayor rapidez, por consejo de Rodrick Vellanos, que sugirió acertadamente que en los estrechos pasillos de Okkelett la superioridad numérica serviría de bien poco. Aunque, a decir verdad, el registro se estaba llevando a cabo de forma muy desordenada, ruidosa y, en esencia, chapucera. Alguno de los lugareños optó por agenciarse objetos decorativos de brillo tentador, excepto Geoffrey el carnicero que tenía una fijación particular por las ratas -bien gordas- y optó por perseguir unas cuantas.

Al emerger de los sótanos, habiendo dejado atrás las catacumbas, Daro solo tuvo que rastrear el alboroto que causaba aquella soldadesca carente de disciplina, las luces danzarinas, las sombras alargadas: los primeros en cruzarse en su camino estaban en el ala oeste, cerca de la biblioteca, una estancia en la que reposaban volúmenes tan antiguos como el propio Imperio. Eran pocos, no más de seis, sin adiestramiento en combate, lentos de movimiento y todavía más lentos de raciocinio.

-¡Allí! –gritó Conceijal, señalando a Daro, que se aproximaba a ellos con creciente agilidad y ánimo hostil-. ¡Allí está uno desos malparidos, Abraham! Avisai al resto.
-Preparaus para defendervos –advirtió el tal Abraham, líder de la avanzadilla, con su arma en posición de ataque-, non sabemos de lo que son capaces de fascer estas creaturas.

El guardabosques, John Wood, un hombre voluminoso y muy hábil con el arco que vigilaba la retaguardia del grupo, hizo caso de la sugerencia de Conceijal y se alejó por el pasillo dando grandes zancadas, en busca del resto de grupos de la batida, con el corazón latiendo vigorosamente en su fornido pecho. No se sabía si su objetivo era realmente dar la voz de alarma o el miedo había tomado las riendas de su cuerpo y se disponía a huir, pero los otros hombres se quedaron atrás para contener a Daro.

-¡Oh! –exclamó Liam, un humilde pescador que vivía cerca del molino, atónito, estático, incapaz de reaccionar de otra manera.

Su asombro provenía del espectáculo que observaban sus incrédulos ojos: Conceijal se desangraba en el suelo con una expresión indescifrable pintada en su cara, en un chorro imparable de sangre que salía a borbotones por entre sus dedos inútiles, incapaces de contener la sangría. Daro se había limitado a atacarlo con sus largas uñas vampíricas, sin mediar palabra, en un movimiento descrito en arco, rápido y contundente; acto seguido cundió el caos, el desorden; el pánico. Aún con Conceijal afrontando sus últimos estertores de muerte, el joven poseído ya se encaraba con un paralizado Abraham, que había aflojado la presión sobre su arma y parecía querer echarse a la carrera, siguiendo los pasos de John. El hasta entonces valiente líder se dio la vuelta e hizo amago de escapar, disuelta ya por completo su valentía, pero Daro acortó la distancia que los separaba con un poderoso salto, tal que si fuera un felino cazando a su presa; lo sujetó con fuerza sobrehumana y le obligó a arrodillarse. Entonces, el vampiro miró fijamente a Liam mientras hundía sus colmillos puntiagudos en el cuello de Abraham y arrancaba un buen pedazo de carne, llevándose al mismo tiempo su endeble vida con él.

El pescador sabía que ya nada se podía hacer por Abraham, pero de alguna manera consiguió reunir todo el valor que le quedaba y arremeter desesperadamente contra la criatura, hacha de leñador en ristre, para ponerle fin a aquel diabólico ser, liberar a Heffas de la opresión vampírica y convertirse de paso en héroe de la región. Desgraciadamente, antes de impactar en la cabeza de Daro, este hizo una finta lateral a la velocidad del rayo y le propinó un ataque directo al vientre desprotegido, como el afilado aguijón de una abeja cuya decisión ya no contempla las consecuencias de morir; la hoja del sable atravesó al pescador de lado a lado y Liam sintió el sabor de la sangre en su boca. Luego, cayó al suelo sujetándose la panza, el cuerpo tembloroso, en actitud suplicante, pero el vampiro poseído ya lo había dejado atrás para cernirse sobre los últimos dos aldeanos del grupo. Pronto escuchó a sus espaldas el sonido de huesos quebrados, gritos abominables y bestiales, y el suave arrullo de la sangre fluir. Se sumergió en las aguas de la inconsciencia para no despertar jamás, escoltado por un silencio detestable y el último aliento de sus vecinos. Aquí estaba la recompensa al valor: el olvido.

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Corazones Malditos IV

Daro cogió en brazos a la desfallecida Oksana y la llevó hasta una antigua habitación de servicio, desde la cual se podía acceder a un pasadizo oculto, tan típico de épocas remotas en las que las intrigas palaciegas estaban a la orden del día. Dejó allí a su amada con delicadeza, envuelta en una manta para que no pasara frío, y a buen recaudo de los lugareños enfurecidos que prometían un linchamiento atroz; abandonó la estancia en dirección a las catacumbas con paso firme, más allá de los tenebrosos sótanos de Okkelett.

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Corazones Malditos III

Mientras los asaltantes provenientes de Heffas abrían el portón por métodos mágicos, gracias al talento innato de Helena, Daro y Oksana se hallaban en sus aposentos con expresión afligida, inmersos en otro tipo de cábalas. Sabían de sobra que la turba venía a por ellos, pues los dones vampíricos les permitían hablar con los animales de la noche, doblegar sus voluntades telepáticamente para convertirlos en acólitos temporales; así, esos animales podían convertirse en guardianes, espías u observadores según fuese necesario.

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Corazones Malditos II

La luz tremolante de las antorchas iluminaba la piedra gris de los muros, formando sombras irregulares, bailarinas de medianoche. La yedra había avanzado ostensiblemente en las últimas décadas, pero el castillo seguía siendo un lugar imponente e infranqueable, testigo de un pasado glorioso; con sus muros de cantería de impecable factura, sus torreones puntiagudos, infestados de murciélagos, y el opulento mobiliario de su interior, quedaba bien claro que los Vukra no habían pertenecido un linaje precisamente pobre. Y para acceder a Okkelett, había que ascender por una empinada escalinata de casi cien metros (diseñada de tal modo que incluso los carruajes podían realizar el trayecto), franqueada por farolillos agitados por el viento nocturno, en una especie de peregrinación al vientre de la bestia. El edificio, henchido de orgullo ancestral, proyectaba una sombra siniestra incluso en las noches más oscuras desde lo alto de la colina sobre la que había sido levantado, una sombra que se extendía muy adentro en los corazones de los lugareños y que cobijaba baso su infame abrazo a criaturas inverosímiles.

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Corazones Malditos I

Era noche de luna roja, también conocida como la noche de Uruta Bali, en honor de una deidad sombría de sangre y venganza, representada a menudo con la cabeza de un carnero tricorne o, alternativamente, con la silueta de una huesuda mujer de brazos indescriptiblemente largos. Un grupo de gente se desparramaba por las escalinatas del desvencijado castillo de Okkelett, portando antorchas tremolantes y hoces oxidadas; su ánimo exaltado transmitía una animosidad peligrosa. Querían poner punto y final a las desapariciones, a los sacrificios; querían recuperar a los hijos perdidos del abrazo de un espectro que se alimentaba de su carne y de sus almas.

–¡Camaradas, esta noche el reinado de tinieblas de esa arpía se acaba! –gritó uno–. La quemaremos en la hoguera… ¡a ella y a su protegido, malditos sean sus nombres dos veces! –añadió.

El grupo lanzó un grito al unísono, más bien triste, solitario, tembloroso. Su fuerza nacía del grupo; sin el grupo eran menos que nada, ovejas sin lana; lo sabían. Estaban allí por inercia, por convencimiento, por ebriedad, por demostrar que tenían más huevos que el vecino, porque quizá no tenían nada que perder… Cada uno tenía sus razones y todas ellas eran pobres excusas, exiliadas del oblongo espacio de la ignorancia y la desesperación, a menudo hermanas. Se enfrentaban a una bestia mucho más grande que sus creencias de pacotilla, pero ninguno quería ser menos que su vecino y que la integridad de sus cojones se viera cuestionada; con gusto morirían, si morían todos a la vez.

Oksana Vukra, última heredera de una dinastía extinta ya, la condesa maldita. Convertida en vampiresa por una maldición que nadie creyó real hasta que fue demasiado tarde. Cuando las tropas de Gak-Naum irrumpieron en el castillo, masacrando a todos sus habitantes, desconocían que toda esa sangre derramada acabaría por sellar definitivamente el destino de Oksana; el preciado líquido de la vida que empapó alfombras y tapices alimentaría la maldición, rubricaría los versos diabólicos y la traería de vuelta del más allá… convertida en algo más.

Cuando las lenguas rojas infiltren el tejido, y el alarido sea la música que quiebra las paredes de este castillo, entonces, y no antes, vuestra hija primogénita se convertirá en bestia comehombres, ¡en estrigoi de leyenda! –había amenazado una anciana mendicante de etnia rimma, al habérsele negado un simple trozo de pan durante el copioso banquete de boda de sus padres, Tabriel y Zofia.

Y sí, aquella fría noche de Invierno Azul, un invierno en el que la dinastía de Myr desapareció para siempre de los anales de la historia, una legión de Gak-Naum pasó a los Vukra –leales a la corona– por la cuchilla… pero esa misma legión jamás regresó con vida. Oksana devoró hasta el último de ellos durante su inesperado despertar, pavimentando los indecibles horrores que asediarían la región de Heffas durante los siguientes doscientos años. Lady Vukra, mujer, bruja, vampiresa, maldita hechicera; era conocida por muchos nombres y rara vez con aprecio. Por supuesto, nadie se acordaba de la vieja que había originado todo el embrollo…

Durante su infancia había sido una muchacha sencilla y delicada, aficionada a la música, la literatura, la danza y la botánica, pero las maldiciones tenían el inexplicable poder de transformar hasta las flores más bellas en abominaciones execrables. Y así, las cantatas a capela y los poemas recitados dieron paso a los asesinatos, el canibalismo, los sortilegios, la magia infame que tanto temían los lugareños. Excepto uno, Daro, un pueblerino con la desgracia de haber sido bendecido con mayores inquietudes que sus semejantes y que, sin ton ni son, quizá por incomprensión, había sido acusado de brujería y de ser un simpatizante de la condesa.

Daro de magia no sabía nada, y de la condesa lo único que sabía era que no convenía acercarse al castillo, porque era lo mismo que una sentencia de muerte voluntaria. Pero sus congéneres, tan enfrascados en las cazas de brujas y falsos enemigos, en las inquisiciones, las purgas y demás, la habían tomado con su familia. Habían quemado a su madre y a su hermana en las piras injustamente y no le quedó más remedio que huir. Así, diez años atrás, en el lluvioso otoño, perseguido por una turba dispuesta a lincharlo, intentó cruzar el río Finel, que por aquellas llevaba una corriente copiosa y turbulenta; en cuestión de minutos fue arrastrado por las aguas y casi murió ahogado, o llegó a un punto extremadamente cercano a la muerte, que le sirvió para replantearse muchas preconcepciones y teorizar sobre la existencia del más allá. Cuando se despertó, tirado en la orilla, a la sombra de uno de los torreones carcomidos por las yedras de Okkelett, se sentía distinto, renacido; su corazón latía con fuerza y mucho odio. Sobra decir que era un odio enfocado hacia los fanáticos ignorantes de Heffas, antiguos vecinos y amigos; Oksana lo vio, se acercó a él, comprendió su mente, la urdimbre de su historia, y se apiadó de aquel náufrago de agua dulce. O eso rezan los cuentos de taberna de la región. Sea como sea, poco después había dos vampiros en Okkelett, no solo uno, y las desgracias se multiplicaron exponencialmente, porque en conjunto eran como dos espejos contrapuestos: se magnificaban hasta el infinito y el reflejo era grotesco.

Por todo esto, y mucho más, llegamos a este preciso instante, este punto solitario en la historia, en la noche de Uruta Bali, la noche de luna roja en la que unos campesinos hartos de sufrir, famélicos y desesperados, se habían propuesto combatir criaturas inenarrables, de poder inmenso, con antorchas cobardes y hoces oxidadas; su voluntad era valiente, sus pelotas incuestionables, pero sus posibilidades estaban melladas y la mano de cartas que les había tocado no presagiaba nada bueno.

El viento silbaba por entre los árboles, los búhos sazonaban la noche con sus arrullos de ensueño; era una noche sombría, bien roja, y una mesnada de idiotas estaba a punto de morir. Era una noche roja como la sangre. Uruta Bali: el carnero tricorne; la doncella huesuda; esta noche los demonios corrían libres. Y eran endiabladamente rápidos.

Las Pensiones de la Discordia

Después de la exigua -y casi provocadora- subida en las pensiones de este inicio de año 2018, una gran porción de la población se ha puesto en pie de guerra. Me refiero por supuesto a los jubilados, esas personas que han invertido su vida en producir para el sistema (en muchos casos con sueldos de miseria) y ahora ven con desagrado cómo ese mismo sistema escatima en esfuerzos a la hora de asegurarles una tercera edad digna, a buen seguro creyendo que los representantes políticos han sido elegidos para defender tal propósito y muchos otros de ilustre semejanza.

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Un Trampolín al Pasado

A veces nos puede sorprender que problemas de hace décadas sigan vigentes hoy en día. ¿Cómo es posible, con toda la técnica, el intelecto y el progreso social, que sigamos aterrorizados por injusticias estructurales como el machismo, los gobiernos represores o la visión cortoplacista en materia medioambiental? Y la respuesta es que la propia libertad que genera el sistema se vuelve contra él.

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