La Utopía Dorada – IV

Katherine

Pasada la tormenta todo lo que quedaba era una sensación de realidad difusa, un zumbido de placer genuino e inmenso, como en un sueño. Aún tenían que asimilar lo que había ocurrido: se había desatado la locura y finalmente se habían transgredido todas las fronteras existentes, creado nuevas regiones sin nombre, orografía o civilización. Kate y Leo, en el espacio hueco de una oficina cualquiera, habían desnudado sus sentimientos y hallado una paz suave y húmeda.

“Lo hemos hecho”, pensaron, incrédulos. Aunque no se había producido penetración alguna en el sentido literal de la palabra, y por muy poco, aquella ración de sexo oral mutuo se encontraba muy lejos de lo que cualquier relación jefe-empleado implicaba.

¿Se sentía Leo culpable por haberle dado placer a una mujer que no era Azalea? ¿Se arrepentiría Kate de haberse dejado llevar con él, conocedora de su realidad amorosa? ¿O, quizá, solo importaba lo que ambos sentían? Quizá no importaban las circunstancias, ni las inmediaciones, ni Alfredo Pastrana, ni Azalea, ni nada más. Solo importaban ellos por cuanto eran dos viajeros nacidos del cosmos, cuya trayectoria primigenia se hermanaba con la más negra noche, surcando un millar de vidas y sistemas para dar lugar a aquel tórrido escarceo laboral.

Dos personas cuya esencia no era otra cosa que la acreción de millones de años de evolución y deriva cósmica, de caos y azar. Pero en aquel instante, en aquel mundo entre galaxias, en aquella tierra inhóspita para la emoción, habían topado un remanso de paz y placer. Y la conexión, hasta entonces encarcelada por las restricciones normativas, pudo brillar liberada. Se sintió bien, se sintió correcto. Se sintió necesario y febril.

-¿Y ahora? –preguntó Kate, dubitativa-. ¿Qué va a pasar ahora?

Su mirada dejaba traslucir que los lametones, las caricias y los bocados de pasión no habían sido suficiente para saciar la sed; que, en algún momento, quizá más tarde ese día, mañana o dentro de una semana, se necesitarían nuevamente. Porque querían estar juntos y alcanzar el punto de ebullición atrapados entre sábanas, entrelazarse y abandonarse al éxtasis.

-Quiero más –confesó él-. No puedo quitarme esta sensación del pecho, de que quiero más de ti.

Su expresión era grave, incluso melancólica.

-¿Qué te pasa? ¿Te arrepientes? –quiso saber ella.
-Ya sabes… Azalea… -frunció el ceño-. Por muy dañado que estuviera lo nuestro, tampoco se lo merece.
-Sí, lo sé… -lamentó la directora, recolocándose la media y ajustando las ligas en su posición original.

Cuando dos personas comparten una relación pero en ella ya no hay llama, ni energía, ni voluntad, ¿qué queda? Un cascarón embadurnado de comodidad y familiaridad, un fantasma que asfixia poco a poco el anhelo de cada parte y retiene el espíritu. Muchas relaciones fallidas nacen de las falsas expectativas, de la dejadez, de la rutina, del desentendimiento en puntos vitales o de las faltas individuales que cada uno comete sin ser consciente de ellas, sin que la malicia sea un ingrediente indispensable; vivir en frecuencias distintas también es insostenible. En esos casos permanece un cariño a veces incapacitante, la consecuencia del tiempo que has pasado con esa persona durante tantos meses o años, pero en paralelo un gran vacío crece y se expande en los corazones, hinchándose hasta reventar. ¡Fin! Y, entonces, todo se acaba. Se acaba mucho antes de que el punto final sea escrito.

Unos eligen la infidelidad como una vía de escape, traicionar la confianza de su compañero en busca de fines que parecen legítimos pero atienden a motivos egoístas; la infidelidad es una mentira, porque si la relación no era abierta, nunca fue una regla consensuada… y a menudo daña más la confianza del infiel que la del traicionado; el infractor pierde la capacidad de confiar en los demás, expuesta su propia debilidad. Otros eligen forzar a su pareja a la ruptura, a veces de forma no evidente, otras incurriendo en actitudes frías, distantes o directamente aborrecibles que no dejan lugar a otra respuesta más que el destierro. Una gran porción de la población decide aguantar y permanecer, por la cobardía y el terror a la soledad, ignorando de plano las carencias y los problemas, conformándose con la miseria y la infelicidad; muchos no saben estar solos y saltan de relación en relación rehuyendo cualquier paréntesis introspectivo… porque en la soledad se encuentran a sí mismos y les resulta una visión inenarrable; un monstruo pretérito con boca deforme.

-Escucha… -empezó-, mi relación con Azalea lleva muerta mucho tiempo. No te sientas culpable ni por un segundo, ni pienses que has destruido la vida de otra persona. Ver que he sido capaz de hacer esto me ha hecho aprender mucho de mí mismo; me ha hecho darme cuenta de que no quiero estar con ella ni un día más, que no soporto la inercia caduca, la idea de prolongar algo que no me nutre. Lo que he hecho está mal sin lugar a dudas -admitió-, no me siento orgulloso; debí romper la relación antes de hacer esto, de convertirme en un cabrón traidor… pero no pude evitarlo; he sido un cobarde egoísta. Esta mañana no existía nada en el universo que no estuviese contenido en ti.

-Lo que me da miedo es que el día de mañana el resentimiento se concentre en mí, como que fui la causa de todo -añadió-, o que nuestra bonita amistad se vea manchada por esto. Me pareces un tipo excepcional, no soportaría que me odiaras…

-No, no será así -le dijo tajante-. Sé bien lo que he hecho y por qué lo he hecho, lo que siente mi cuerpo y lo que piensa mi mente; también sé cuáles son las consecuencias y tengo que aceptarlas. En eso consiste la vida, Kate. No puedo dejarme llevar ciegamente y luego echarle la culpa a una mujer que se me cruzó en el camino, o a la mala situación que vivía en mi relación. Si no eres feliz, das el paso y tomas las riendas de tu vida, lo otro es todo mierda victimista -explicó-. La responsabilidad es solo mía; yo elegí permanecer en el yermo, sino activamente sí inconscientemente. ¡Es tan cómodo ese yermo! Pero no puedo más, pienso en ti a todas horas y no tengo escapatoria, he despertado.

Kate se acercó a él y le dio un cálido beso. No hacían falta más palabras, el entendimiento era evidente y ella se había dado cuenta de que lo deseaba mucho más de lo que imaginaba. Tantas horas de trabajo compartidas, tantas bromas, risas, miradas robadas y comprensión, importaban. Para ella era casi inevitable imaginarse cómo sería compartir momentos en privado con Leo, no solo sexuales, sino otras cuestiones tan mundanas como hacer la compra juntos o ver una carrera de Fórmula 1 un domingo por la mañana en pijama. Mentiría si dijera que ella no había considerado la posibilidad de tener una relación estable con él; por mucho que hubiese evitado en el pasado entrometerse entre Leo y Azalea, también había pasado sus épocas de enamoramiento y las había reprimido con mucha dificultad, tocándose de forma compulsiva mientras la imagen de un encuentro se producía en la dimensión imaginaria de su cama. De hecho, aquella misma mañana se había despertado con el recuerdo distante de un sueño erótico muy particular…

-Si tú supieras, Leo, si tú supieras -murmuró-. Soy incapaz de sentirme culpable… Ahora mismo solo me siento liberada, exultante… un poco caliente también, lo reconozco -sonrió-. Me imagino muchas cosas en estos momentos, cosas que… -meditó, cambiando de idea- y lo que hay entre nosotros no puede falsificarse; sé que es auténtico y lo quiero para mí. ¿Soy mala persona por querer esto? ¿Así? Es una locura, lo sé.

-No, no eres mala persona, Kate, ni estás loca, ni debes sentirte así, aunque entiendo que lo ocurrido pueda llevarte a verlo de esa manera, quitarle el hombre a otra, tal que si tuvieras una responsabilidad en mis decisiones, cosa que en el fondo no es real. No eres excusa ni pretexto -aclaró-, las emociones que siento al pensar en ti te pertenecen solo a ti; no le estás robando la pareja a nadie, ni yo estoy usándote como una vía de escape conservadora. Esto es solo la demostración de que hay algo que nos une, algo que creo merece la pena, por encima de toda otra consideración. Soy egoísta al querer tomar este sendero, quizá, pero no puedo evitar desearlo con todas mis fuerzas. En lugar de culpa, me siento por fin comprendido…

Se besaron nuevamente antes de recomponerse y volver a la normalidad, poco antes de la una. El follón en la oficina se había normalizado y Alfredo tenía una venda en la cabeza que ocultaba un prominente chichón. Al verlos salir del despacho, bufó furioso y se removió inquieto en el asiento, pero ellos no le hicieron caso; había sido todo fruto de una locura enfermiza y pasajera que no volvería a repetirse, pero que tenía que ocurrir en aquel lugar y en aquel momento.

-Gracias por arreglarme el ordenador -comentó en voz alta la directora, tratando de disimular lo que era imposible de ocultar.

-Ya sabes que me encanta ayudar y solucionar problemas -repuso Leo, mientras revisaba los papeles de su mesa.

Katherine Glass sonrió con una expresión sumamente bella y regresó al despacho comentando que ya solo quedaba hora y media para acabar la jornada. La gente se animó un poco, dejando atrás el caso, mientras Francisco Salva celebraba un pleno al billar online.

-¿Cenamos juntos? -le dijo por mensaje Kate a Leo-. No tengo planes para esta noche.

-Estoy deseándolo -respondió él.

La Utopía Dorada – III

Kate

Con el juicio nublado y cualquier consideración reglamentaria en el cubo de la basura, en aquel caluroso viernes de abril se abrieron las compuertas del embalse y las revoltosas aguas prisioneras huyeron a la fuga buscando libertad. La sensación de que estaban haciendo algo prohibido, algo que se supone no debían hacer, impregnaba el momento con una deliciosa culpabilidad; lejos de suponer un buen motivo para recapacitar, actuaba a modo de estimulante combustible e intensifica el delirio; llegados a aquel punto, expuestas finalmente las emociones que ambos habían guardado durante años en secreto, ninguno de ellos quería detenerse; querían más.

La mano de Leo aún viajaba juguetona por aquellas piernas largas y cálidas; el sonido del roce con las medias era sutil, suave, y a la vez atronador; el contacto con sus muslos un hechizo de pétalos rojos. Kate no ocultaba su excitación y una pulsión primigenia amenazaba con impulsarla a transgredir las normas internas, aun cuando el omnipresente Alfredo vigilaba de reojo todo lo que ocurría en la oficina.

-Esto se les va de las manos… -masculló en voz baja el señor Pastrana, enervado y con los carrillos a punto de explotar-. Esto se les va de las manos…

Rojo e indignado con lo que ocurría en el despacho de su superior, el trabajador con ínfulas de jefe aporreaba el teclado con frenesí y despachaba a los clientes con malhumor.

-Aquí tiene su puñetero dinero, ¡váyase a gastarlo en alcohol y prostitutas! -le espetó a una señora de 94 años.

-Tome, ¡el justificante del condenado ingreso! -bramó, arrojándole los papeles a la cara a un señor bajito con expresión de no saber dónde se había metido.

-¡Siguieeenteee! -vociferó de pie al más puro estilo feriante, machacando el botón de “siguiente turno” con tal ahínco que en cuestión de segundos el turno pasó del 98 al 150 y todos los presentes tuvieron que sacar un nuevo ticket, cosa que hicieron de forma ordenada, temerosos de las increpaciones del Teniente Pastrana.

Poco después, los clientes huían de la sucursal tal que si un incendio se hubiese declarado dentro de la misma, escoltados por la firme promesa de cambiarse de banco al día siguiente. Un policía local que patrullaba las inmediaciones llegó a preguntarles si se estaba produciendo algún atraco a la oficina.

-Algo mucho peor, señor agente -respondió un jubilado-, mucho peor. Un orangután ha tomado las riendas del banco y amenaza tormenta. Eso es peor que la mili, qué digo, peor que la guerra -exageró-. Mejor que no entre.

Y el policía pasó de largo por delante de la oficina, estirando el cuello únicamente para atisbar los aspavientos frenéticos de un obeso empleado de la banca al borde de un ataque de nervios. Agarró su porra reglamentaria y continúo la marcha, con una sensación de congoja en la garganta. La ciudad era cada vez más peligrosa.

Entre tanto, Milagros rellenaba los documentos de una hipoteca boquiabierta ante semejante espectáculo; el señor Salva jugaba al solitario una partida más, después de haber jugado a las damas, al póquer y al mahjong, dispuesto a batir su récord personal. Quedaban un par de horas para acabar la jornada y aún tenía que echar una partida de pinball, otra de Texas Hold’em y una, como mínimo, al billar; iba justo de tiempo.

Ajenos al maremágnum laboral, Kate y Leo seguía inmersos en su propio refugio privado. La directora, consciente de que aquello solo tenía una vía de salida, se acercó a la puerta del despacho y observó la oficina sumida en caos. Los papeles volaban por todas partes e incluso le pareció ver cómo un cliente se enzarzaba a puñetazos con Alfredo Pastrada por encima del mostrador, para acto seguido ser arrastrado al otro lado del mismo y caer ambos al suelo en peleón abrazo.

La caótica situación se vio súbitamente cortada por una puerta que se cerraba con estrépito. Segundos después, Milagros vio a Kate cerrando las cortinas correderas del despacho con mirada traviesa. No tardó mucho en reparar que Leo no se encontraba en su sitio y trató de advertir a su compañero Francisco Salva, pero el ludópata con ganas de convertirse en tahúr profesional se limitó a asentir sin dignarse a escucharla.

En la oficina, Kate permanecía apoyada de espaldas a la puerta de entrada y se mordía el labio inferior con nerviosismo. Leo, todavía sentado en la silla de la directora, estaba inquieto y no sabía qué hacer con sus manos; sentía que su cuerpo temblaba expectante, sentía la tensión, el ritmo cardíaco acelerado, la urgencia y la sed.

-¿Hasta dónde? -preguntó Katherine-. Dime, aquí y ahora mismo, qué es lo que te gustaría hacerme.

Leo desvió la mirada hacia la izquierda y esbozó una media sonrisa.

-¿De verdad te lo tengo que explicar? -y procedió a apartar un cartapacio negro que ocupaba la mesa, con una mirada de lobo feroz que Kate jamás había visto antes.

La directora se acercó en un par de brincos y se sentó en el borde de la mesa, justo delante de él, separando las piernas todo lo que la falda le permitía; remangándola lo suficiente para exponer los ligueros y el delicado bordado de su ropa interior. El diligente trabajador, sentado en la silla y dispuesto a adorar a su diosa pagana, le indicó que apoyase una de sus piernas en la silla, en el hueco entre sus muslos. Al hacerlo, no sin antes descalzarse, ella sintió que entraba en contacto con algo duro y voraz que se agazapaba bajo la cintura de Leo; no pudo evitar mover los dedos del pie para explorar esas protuberancias un poco mejor, con calma meditada y un brillo animal en sus ojos.

Y así, Leo fue besando su pierna hasta la rodilla mientras con una de sus manos desenganchaba con precisión las ligas que sujetaban aquellas insolentes medias negras. Chas, chas, sisearon inmediatamente después de su liberación; la tela cedió; Leo miró a Kate fijamente y empezó a retirar una de las medias, recreándose en el tacto, en la caricia ladrona que aprovechaba para robar con sus dedos extendidos… Tenía una pierna tersa y con curvas; quemaba al tacto.

Ya con la fina tela convertida en un bulto irreconocible, enrollada a la altura del tobillo, Leo no pudo evitar sacar la lengua y recorrer aquella pierna sinuosa, desde la rodilla a terrenos más recluidos; un ligero sabor salado inundó su boca. Katherine cerraba los ojos concentrada en las sensaciones, con una de sus manos apoyada en la cabeza de su audaz compañero; ahogó un gemido que no hizo sino alimentar el atrevimiento de Leo, agarró su pelo con fuerza para sujetarse bien.

Eran ya pasadas las doce del mediodía y tenían hambre, hambre de sus cuerpos. Besos y caricias se sucedieron, mientras la energía de sus emociones cristalizaba en nuevas bifurcaciones y posibilidades. El sabor de su piel era hechizante y para Leo ya no existía nada más en el universo, solo ellos dos, en el derretido terreno sin explorar de un mundo nebuloso; él sería el cometa punzante que horadaría una luna desnuda. Paseó sus dedos firmes por encima del sexo de Katherine, notando cómo ella arqueaba su cuerpo para incrementar el roce, con la única barrera de una tela cada vez más húmeda; su lengua aún revoloteaba por aquel muslo interminable, en trayectoria de colisión con los lagos ocultos del deseo. Uno de sus dedos, explorador sobresaliente, abrió el camino de la comitiva y tanteó el candor absorbente y tórrido que aguardaba más allá de sus labios…

-Oh, dios… -suspiró Kate-. Oh, ¡Leo!

Con cada suspiro, Leo ganaba terreno, hasta que apartando ligeramente la pierna a un lado, descubriendo el telón del teatro primigenio, de la obra más real y perfecta jamás compuesta, su lengua se sumergió por completo en Kate, saboreando el manjar jugoso que tantas veces había imaginado en su mente. Imposible de detener, absorto en la procura del escondite más profundo, utilizó toda su imaginación para imprimir en el cuerpo de aquella mujer una sincera e incondicional demostración de pasión. Arriba, abajo, suave, fuerte, con caricias o penetraciones bañadas en saliva… Tenía claro que aquel día bebería las mieles de la valquiria, sin importar nada más. Y la valquiria, invadida su fortaleza, acariciándose los pechos, oleada tras oleada, sacudida tras sacudida, cedió indefensa ante la perseverancia y la locura, agarrando un puñado de papeles con tanta furia que ya no servirían para nada más.

-Ay, ay, ay… ¡Leo! No sigas o caeré inconsciente… -temió.

-¿Te gusta? -preguntó, con los labios húmedos y la lengua aún transitando su sexo y sus muslos-. Porque solo pararé cuando quiera -amenazó, dispuesto a repetir.

Ella lo observó con lujuria y un ardor implacable en su pecho, henchido de gozar; de repente, juguetona, empujó la silla con una de las piernas, apartando a Leo de su lado.

-Te quiero en mi boca -ordenó, bajándose de la mesa y aproximándose a su compañero con la misma gracia que una pantera acechando a su presa.

Sus delicadas manos se pasearon por el bulto entre sus piernas, con caricias y suaves pellizcos que trataban de determinar el nivel de excitación de Leo.

-Lo siento, es mi móvil -comentó burlón, restando importancia a una erección tan salvaje que incluso resultaba dolorosa.

-No, no lo es… -contravino Kate, mirándole a los ojos y desabrochándole el cinturón.

A Leo le encantaba la sensación de sentirse tocado, de sentir una mano femenina agarrando su miembro, que por aquel entonces ya estaba húmedo y bien lubricado; sentirse prisionero, secuestrado por una mujer con ganas de sorber su esencia masculina.

-Esto está… terriblemente duro -advirtió la directora, poco antes de desatar su lengua sobre aquella torre de vicio cristalizado.

Recorrió con deseo su miembro una y otra vez, aferrándose a él como si su vida dependiese del mismo, haciéndolo desaparecer en las profundidades de su dulce boca. Una y otra vez. Una y otra vez. Apretando sus labios pintados de carmín en torno él, atrapándolo dentro de ella, ahogando suspiros de lujuria, ansiosa por satisfacer su sed con el ardiente bálsamo de un encuentro prohibido. Aquello era tan placentero que la bestia primitiva de Leo rugía desatada.

-Ahora mismo solo quiero follarte como un animal. Abalanzarme sobre ti y llegar hasta el fondo -confesó enloquecido, sujetándola por el cabello tal que si estuviera tirando por la correa de una yegua brava.

Ella se llevó una mano a la entrepierna e intensificó la mamada; estaba empapada. Leo no pudo resistir mucho más, ya no solo por la intensidad del momento, sino por el penetrante contacto visual que mantenía con Kate y que lo transportaba a un abismo sin fondo.

-Ahhhh… -rompió a llorar la torre solitaria.

Sus ojos se encontraron mientras ella se tragaba el fruto de sus empeños, mientras una descarga eléctrica de placer sacudía todo su cuerpo, acompañada por suspiros que no sabía si provenían de él, de Kate o del cosmos; había sido devorado y le pertenecía; su cuerpo ya no era suyo. Era de aquella mujer dispuesta a todo.

El trueno, y después la calma.

La Utopía Dorada – II

Katherine

El día había empezado de forma atípica, con un hecho singular e imprevisible que rompió la quietud atronadora de la monotonía semanal. Luego de bajarse del bus, aún con la misteriosa imagen de Kali retumbando en su mente, caminó un breve trecho hasta la oficina en la que trabajaba. Al igual que todos los días, se topó con Katherine poco antes de entrar; estaba dándole las últimas bocanas a un cigarrillo de tabaco rubio; paseaba su dedo meñique por el labio inferior en actitud pensativa y su expresión era algo más grave de lo habitual.

Katherine Glass, Kate, era una de las compañeras con las que mejor se llevaba, de cuarenta y pocos años, mitad inglesa, de cabellos rubios y ojos castaños. Tenía un puesto superior al de Leo, pues era la directora de la oficina, pero trataba a todo el personal con familiaridad y mucha mano izquierda. A decir verdad, habían conectado desde el primer momento y, por ambas partes, siempre existió una muy buena dinámica de grupo y la implícita sospecha de que se atraían mutuamente; Leo se masturbaba a menudo pensando en ella, escenificando mentalmente algún escarceo sexual sobre la mesa de su despacho o sobre la fotocopiadora… todo ello con un argumento muy típico de cualquier película porno.

No es menos cierto que la vida, aunque pueda parecer cómico, lleva a la gente a pasar más tiempo con sus compañeros de trabajo que con cualquier otra persona; ni las novias, ni los esposos, ni los hijos, gozan de tantas horas de nuestra compañía como aquellos que se sientan a nuestro lado en la jornada laboral. Por ello, no es nada extraño que de este contacto surjan emociones imposibles, a menudo prohibidas por el código interno de cada empresa.

-¡Hola, Leo! -saludó alegre-. Tan elegante como siempre, así me gusta, ¡hay que dar buena imagen a los clientes!

-¿Qué tal, Kate? -respondió Leo de buen ánimo, dejando atrás todo pensamiento sobre Kali e imaginándose acariciar aquellas largas piernas…-. ¿No te cansas de tragar humo, mujer? Con lo malo que es…

-¡Eh! ¿Y a ti qué más te da? -carcajeó-. ¿Me quieres chafar la mañana o qué? Con el buen ánimo que traía… ¡Es viernes! -palmeó eufórica; ni los directores de banco querían un trabajo de mierda.

-Pues mira -sopesó-, ya sabes que es un olor que detesto, la ropa impregnada de esa peste a tabaco que muchos fumadores llevan encima -esbozó un gesto de desagrado-. Pero hay una cosa que aún me gusta menos y que es realmente demoledora.

Leo se calló, sopesando si debía proseguir con la idea que le paseaba juguetona por la lengua o no.

-¡¿El qué?! -quiso saber intrigada.

-Pues… besar a una mujer fumadora -apostilló, con una sonrisa socarrona-. En ese momento que la sujetas entre tus brazos y las bocas se encuentran, en lugar de calidez y deseo, lo único que siento es que estoy besando un tubo de escape -rió.

Katherine lo golpeó suavemente con el puño en el brazo, esgrimiendo un gesto de falsa reprimenda.

-Así que… ¿pensando en besarme? -le siguió el juego-. ¿Cuán a menudo te pasan esas ideas por la cabeza, Leo?

-Ya sabes que no está permitido, aunque sé que me deseas -añadió, como tantos otros días-. Eres mi jefa, Kate, todo suena muy cliché si te paras a pensarlo y no te veo en ese sentido -mintió, sabedor de que la veía en sentidos mucho peores-. Pero podríamos hacer horas extra falsas, romper la ley e ir a prisión. Sé que en el fondo tienes una rebelde dentro de ti.

-¡Ya estáis otra vez! -interrumpió el recién llegado Alfredo Pastrana, uno de los más veteranos de la oficina, voluminoso, obeso, de bigote grueso-. A trabajar se ha dicho, ya basta de flirteos.

-Alfredito, no te pongas así -se defendieron al unísono.

Alfredo Pastrana tenía el mismo puesto que Leo, pero sus largos años de experiencia, que sobrepasaban los cincuenta en el sector de la banca, le habían convertido de facto en el director en funciones… por la fuerza. A menudo intentaba impartir las órdenes y organizar el trabajo, si bien tales tareas no le correspondían, pero eso jamás lo había detenido ni lo más mínimo y siempre era fuente de muchas bromas y risotadas.

Poco a poco fueron entrando al lugar de trabajo, acompañados de otros compañeros que llegaban de manera escalonada, como la estirada Milagros Dobladillo y el ausente Francisco Salva, festejando el inminente fin de semana o quejándose del calor abrasador que prometía el pronóstico del tiempo. En cambio, Leo se sentó tranquilamente en su mesa, mientras seguía disimuladamente con la mirada a Katherine, recorriendo su silueta desde la punta de los tacones hasta su larga melena rubia. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa de complicidad mientras se internaba en el despacho del director.

Lo mejor del trabajo, pensó Leo, es que desde su posición le podía ver las piernas todo el rato que quisiera, con la única barrera física de un fino cristal transparente… y una persiana corredera que solo se cerraba cuando la directora tenía reuniones. ¡Bendito fuera el excelso y diligente trabajo del personal de limpieza, porque aquel cristal era tan transparente que ni siquiera parecía existir! Incluso haciendo hojas de cálculo de préstamos con un interés escandalosamente alto, sus ojos se paseaban a menudo en direcciones muy alejadas de la pantalla, y su mente se internaba en encuentros fantasiosos sumamente tórridos.

Así, podía recrearse en la visión de aquellas piernas tan bien torneadas, en absoluto escuálidas, que hacían volar su imaginación lejos de aquella cárcel en vida; podía capturar para la posteridad la sensual pose de concentración de su jefa cuando realizaba algún papeleo de gran dificultad o parecía absorta en alguna cavilación de cariz espinoso; o cuando paseaba por el despacho hablando por teléfono… Kate tenía la costumbre de mordisquear un colgante con forma de estrella, detalle que Leo le había hecho saber más de una vez, con chistes relativos a los agujeros negros del espacio y su tendencia a sorber estrellas; pero ella era diferente, ella entendía su sentido del humor y le seguía el juego. “A lo mejor cualquier día te pego un bocado”, le había respondido. Otra cualquiera no entendería la referencia; sería una muesca más en un escenario raído por la desidia.

Realmente, no podía haber mayor desgracia que conocer a la persona de tus sueños y que resultase ser un compañero de trabajo; quedaba fuera del alcance. Un intento de aproximación estrictamente no profesional era un movimiento arriesgado, complejo, con consecuencias potencialmente devastadoras. Pero, ¿qué tenía que perder? ¿Un trabajo que no llenaba su vacío interior? ¿Una pareja que se había acomodado y ya no se esforzaba en nada? Azalea no le satisfacía ni emocionalmente ni sexualmente; ya ni siquiera daba muestras de interés en ninguno de tales departamentos, solo estaba concentrada en la rutina y el no pensar, ¡y él quería vivir y sentir otra vez llamas en su corazón! ¿Era acaso una pretensión poco realista, incluso utópica o infantil? Por ello, aquel viernes salpicado de enigmas, Leo sintió un impulso irracional. Quiso mandarlo todo al garete y dar un paso al frente, liberar la entropía contenida, el caos; besarla y hacerle muchas otras diabluras.

Sacó el móvil del bolsillo y abrió la aplicación de mensajería que usaba a diario para hablar con todo el mundo. Tenía el móvil en silencio, así que no se había dado cuenta de que Kate le había puesto un mensaje desde el despacho que decía así:

-Me he dado cuenta de cómo me miras las piernas. Creo que Alfredo también, jajaja -acompañado de un monigote que parecía un perro con los ojos como platos-. Acabaré pensando que estás enamorado de tu jefa…

Al leer el mensaje, Leo alzó la vista y se dio cuenta de que ella lo miraba con expresión jocosa desde el otro lado del cristal. Estaba esperando su reacción, pero este tipo de complicidad ocurría a menudo. Sin embargo, aquel viernes, como digo, Leo sostuvo la mirada más de lo que dictaba la cordura. Con más intensidad. Con más determinación; hasta que ella se retiró del campo de batalla, poniendo a buen recaudo sus bonitos ojos castaños. Si ella era todo lo que podía desear en una mujer, ¿qué clase de poder tenía la empresa sobre sus anhelos emocionales? ¿Y el sistema? ¿Y la opinión de sus compañeros? Alfredo meneaba la cabeza desde su puesto, consciente de los juegos infantiloides que se traían entre manos estos dos, que le habían llevado a la no tan disparatada conclusión de que los encuentros sexuales ya eran un hecho desde hace años.

-Si te digo la verdad -tecleó Leo, nervioso-, me encantaría hacer muchas cosas con esas piernas. Cosas ilegales.

Una locura. Algo así le podría conseguir una denuncia, un despido, el descrédito de su carrera. La frustración sexual le había empujado a ser una criatura mucho más hambrienta en ese aspecto, más consciente de su sexualidad y de las señales ajenas, pero él sabía bien que no estaba pescando en un lago sin peces y jamás se le ocurriría intentar lo mismo con la malhumorada Milagros Dobladillo.

Kate distrajo su atención del ordenador brevemente e inclinó la cabeza, mientras desbloqueaba la pantalla del móvil para leer la última ocurrencia de su compañero favorito. Y, en ese preciso instante, su expresión cambió. Quizá releyó un par de veces más el mensaje y se aseguró mentalmente de que no era fruto de su imaginación; quizá pensó que era una broma fuera de tono. Leo fue incapaz de determinar si el cambio en su rostro se debía a los nervios, la tensión, una temible decepción… Solo percibió cómo ella se acariciaba el rostro con delicadeza, muy despacio, evitando su mirada, o cómo cruzaba las piernas con una lentitud inusual. ¡Qué gloriosa visión pese a todo!

A lo largo de la mañana, Katherine trató de mantener la compostura y hacer caso omiso de aquella tentativa tan alocada, pero la semilla estaba plantada y el dique amenazaba con romperse. Algo había aguijoneado el muro de corrección profesional que ambos habían levantado a lo largo de sus años de coexistencia laboral, dejando entrever posibilidades que aquel viernes parecían más factibles que nunca. En las inmediaciones de ese muro metafórico, podían verse ahora por primera vez, desnudos, con sus ojos llenos de hambre primigenia encadenados a través de ladrillos resquebrajados por la creciente lujuria.

A media mañana, el teléfono de la mesa de Leo sonó con una musiquilla que había llegado a aborrecer; mostraba una llamada entrante de la extensión 2301, que provenía del despacho de Kate. Descolgó y se lo llevó al oído sin pronunciar palabra; escuchó cómo aquella voz le envolvía, cargada de implicaciones.

-¿Estás muy ocupado ahora mismo? -preguntó la directora-. Estaba intentando pasar unos NRCs que me ha pedido una asesoría para impuestos y el programa me da error al generarlos. ¿Qué puede ser? ¿Estaré haciendo algo mal…?

-Mm… -meditó unos instantes-, voy ahora mismo y le echo un vistazo. Han cambiado unas opciones en la última actualización y ahora hay que marcar unas casillas que antes no estaban.

Leo se levantó, abandonado cualquier otra tarea, y entró en el despacho de la directora con un nerviosismo extraño en el cuerpo. Ella le miró mientras jugueteaba con el colgante de estrella y fue girando la silla a medida que él se aproximaba, posiblemente barajando qué hacer con aquel hombre que tenía pareja pero que le excitaba tanto. Con las piernas entreabiertas en una pose que invitaba a pensamientos muy húmedos.

-¿Dónde dices que te da el error? -inquirió Leo, fingiendo no percatarse.

-Aquí -señaló con la mano izquierda a la pantalla; con la derecha se remangó ligeramente la falda, enseñando el bordillo en zigzag de las medias.

-Déjame ver entonces -repuso con una brusquedad impropia, nacida de un mar de nervios.

Katherine se levantó y le cedió el sitio, para que Leo pudiese estudiar el problema. Existía la posibilidad, naturalmente, de que fuera todo producto de su imaginación, de que el problema fuese real y lo demás un flirteo un poco salido de madre, una broma de una categoría superior. Así que, con toda la buena voluntad que podía poner en práctica, se concentró en la pantalla… siendo plenamente consciente de aquella mujer que se arremolinaba a su alrededor como un ave de presa.

-¿Hasta dónde serías capaz de llegar? -rezaba una hoja de texto, con tal pregunta formateada en negrita y subrayada para darle más énfasis.

La directora de la oficina se apretujó a Leo, como tratando de ayudarle en la procura del error inexistente. Él sintió la cercanía de su cuerpo, la calidez, sus cabellos rozando su oreja, su aroma… Y, disimuladamente, estiró su mano hasta acariciarle la rodilla, protegida por unas medias negras finas y suaves; Kate no se resistió.

-Esto es trampa -le dijo, mirándola con divertimento-. Quizá tenga que investigar otras opciones de configuración…

Y, poco a poco, en unos segundos que semejaron llamaradas de tensión liberada, su mano fue subiendo, subiendo, hasta que sus dedos aventureros llegaron hasta el muslo y percibieron, dejando las medias atrás, una calidez calcinante y eróticamente demencial.

-Ahh… -ahogó ella.

La Utopía Dorada – I (Ver. 2)

Kali

Leo trabajaba en un importante banco nacional, el Banco Pandareos Ibérica, también conocido como BPI, pero su día favorito seguía siendo el viernes y sus intereses personales nada tenían que ver con algo tan mundano como trabajar. Años atrás había llegado a la rotunda conclusión de que el trabajo era un mal necesario que los individuos aceptaban a regañadientes con el objetivo de sobrevivir a duras penas, algo sustancialmente distinto del concepto de vida digna; con frecuencia todo el esfuerzo y la dedicación se veían convertidos en un remedo laboral sin recompensa ni honor, hermanado con el esclavismo y la idiotez. No obstante, ello no le impedía ser un empleado ejemplar, puesto que detrás de toda la rebeldía subyacía una tendencia a la responsabilidad y a las decisiones conservadoras; consecuencias de una educación servil, concluyó.

Así, dispuesto a afrontar el último día laborable de aquella cálida semana de abril, pensando ya en la hora de salida y en lo mucho que disfrutaría su tiempo libre malgastándolo en cualquier irrelevancia, se arregló con los atavíos propios del mundo de la banca: un traje impecable azul cobalto de confección italiana, no excesivamente caro pero resultón; una corbata a juego con rayas claras; unos zapatos negros y lustrosos de piel de calidad; un reloj suizo de brillante esfera… La edad, paradójicamente, lo había hecho cada vez más atractivo y consciente de su apariencia; conservaba su delgadez de la juventud sin apenas hacer ejercicio, pero una suave y contenida barriguilla se intuía en ciertas posiciones. A todo esto, el mejor remedio que encontró -y puso en práctica- fue la económica solución de meter panza. Pero sabía de sobra que un buen traje podía marcar la diferencia y, a decir verdad, no le disgustaba ser la diana de muchas miradas femeninas.

De esa guisa abandonó su refugio en la urbe, no sin antes darle de comer a su compañero felino, el gato Poe, evitando con maestría sus ágiles tentativas de restregarse contra sus piernas. Y, como todas las mañanas, iba justo de tiempo para coger el bus, puesto que no disfrutaba conduciendo ni consideraba oportuno destinar parte de su sueldo a la manutención de una herramienta para ir a trabajar, el coche; por otro lado, había determinado con precisión el tiempo que necesitaba para vestirse y desayunar, un tiempo que había concretado en diecinueve espídicos minutos. En efecto, como buen operario financiero, Leo trataba de maximizar el beneficio con el menor monto inicial de inversión. Sesenta y cuatro céntimos por un trayecto de tres kilómetros y doscientos metros en bus sonaba rentable y era práctico; además le permitía escuchar un poco de música antes de llegar a su puesto laboral y observar el ajetreo urbano matutino con desgana desde una posición cómoda y pasiva.

Maletín en mano, completamente vacío excepto por tres folios y un bolígrafo elegante, Leo se personó en la parada de bus y aguardó la llegada de su medio de transporte, escuchando un poco de jazz en su smartphone. Vivía en una zona relativamente juvenil, por la proximidad de una universidad y de otros centros educativos de secundaria, así que a esa hora la parada también se atestaba de estudiantes absortos en sus preocupaciones adolescentes, con peinados clónicos y el franco anhelo de imitar la actitud del famoso de turno. Como no los podía escuchar a causa de la música, dedujo los temas de conversación con aire distraído, dotándolos además de un ritmo a juego, según la canción reproducida: la compra de un móvil nuevo, la bronca del profesor, el examen de pasado mañana, la fiesta del viernes, fumar a escondidas… ¡Mis padres no me comprenden, estoy solo en el mundo!, resumió. Sin lugar a dudas, cualquier joven podría departir de temas similares en los años de la dictadura, el renacimiento o incluso antes, y que hiciese un calor infernal impropio de abril no alteraba las inquietudes de la pubertad lo más mínimo; maldito cambio climático, pensó de paso, y maldita desinformación. La sociedad no había sufrido transformaciones tan radicales como para desproveer al ciudadano común de inquietudes vacuas e inertes, elaboradas para distraer y dispersar; cada época histórica disponía de sus propias vacuidades y Leo no era enteramente inmune a ellas.

Entonces, sus tremebundas cavilaciones fueron más allá y se preguntó si aquel día podría encontrar sitio para sentarse en el bus; una cuestión de importancia perentoria, como es lógico. No estaba mal viajar rodeado de la muchachada, le hacía sentirse menos viejo, menos caduco, pero no era infrecuente que los más jóvenes fueran totalmente insensibles hacia sus congéneres; se sentaban con las piernas estiradas en los asientos u ocupaban plazas extra con sus mochilas, absortos a cualquier necesidad ajena. El bucle de repetición de su vida se había vuelto tan compacto y opresivo que a menudo se sorprendía preocupándose de menudencias de este estilo, exactamente igual que haría un viejo cascarrabias con la camisa abotonada hasta arriba de todo, momento en el cual un ramalazo de reprobación mental lo reconducía a su antiguo y difuminado yo. ¿Cómo se había convertido en aquel hombre tan hueco, tan quejica, tan cínico? Podría aprovechar el trayecto para imaginar alguna historia, buscar inspiración para escribir un relato nuevo o simplemente soñar despierto, revivir su vocación frustrada de artista, que no era poco. ¿O no? Pero Kali no se lo permitiría.

¿Que quién era Kali? ¡Las explicaciones a su debido tiempo! Porque precisamente eso quiso saber Leo en cuanto se subió al bus y entregó sus sesenta y cuatro céntimos perfectamente contados al conductor, un hombre regordete de pocas palabras que repartía tickets como cartas en una mesa de póquer y resoplaba de forma parecida a un toro dispuesto a embestir. Solventado el pago del viaje, se giró buscando un sitio libre y su mirada planeó por aquel tubo repleto de personas hacinadas, no hallando para su desagrado asiento libre; muchos de ellos estaban ocupados por pasajeros sin patas y con cremallera, atiborrados de libros, otros tantos por pies exiliados de las piernas ociosas de sus dueños. En cambio, pronto reparó en una mujer morena de rasgos excepcionalmente bellos que le devolvía la mirada con una intensidad inusitada. El descubrimiento fue tan inesperado que estuvo a punto de dar un paso atrás y trastabillar, pues en cuanto sus ojos se entrecruzaron Leo experimentó una succión cósmica que tiraba de él y trató de resistirse. Se sentía atraído hacia ella en el literal sentido de la palabra. También sintió escalofríos.

El resto de los pasajeros venían empujando por atrás y el vehículo pegó un quite al ponerse en marcha, así que Leo no tuvo tiempo ni para maldecir: avanzó hacia el fondo del autobús buscando hueco, sin apartar en ningún momento sus ojos de aquella enigmática mujer, clavada de pie en la zona media del pasillo como si fuese una oficial de aduanas; un eléctrico solo de saxofón adornaba la escena dotándola de cierta inverosimilitud y ridiculez, pero lejos de poner la canción en pausa Leo decidió subir el volumen dos puntos. Aprovechó la maniobra para relajar la mirada y cortar provisionalmente el contacto visual, cosa que ella no hizo. Kali vestía un traje de corte empresarial completamente negro y llevaba el pelo recogido en una pulcra y formal coleta larga, que planteaba la razonable duda de si trabajaba en una oficina o en un tanatorio. Podría decirse que nada en ella era excepcional, con la salvedad de sus ojos inusualmente dorados, teñidos del color del trigo en la siega, y de un colgante que llevaba al cuello con forma de cisne, posiblemente un rubí, engarzado en una montura de plata envejecida.

Leo jamás se había sentido tan invadido como en aquella ocasión, tan violado bajo el asedio continuo de dos ojos a todo punto imposibles. Cada instante que transcurría bajo su alcance atronador, su alma crujía y se retorcía, sorbida con voracidad; sus secretos más ocultos expuestos al desnudo; sus debilidades innombrables pronunciadas en voz alta. Kali había hundido sus manos en el pecho de Leo y se había atrevido a abrir la caja secreta, todo ello sin mediar palabra. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era ella? ¿Es que nadie se percataba de su singular presencia? Insisto, eso es lo que quiso saber Leo desde el primer momento. Pero, todavía sin conocer el nombre de Kali, todavía sin ser capaz de discernir si era poción o maleficio, la misteriosa figura de ojos dorados se bajó un par de paradas más adelante, dejando al banquero apátrida prendido de un hilo letal.

Al apearse del vehículo, con el andar elegante y ominoso de un felino al acecho, se quedó inmóvil en la acera, clavando su penetrante mirada en Leo hasta que el bus reemprendió la marcha, lejos de aquel fulgor calcinante. Lo último que vio Leo a través de la ventanilla es que sus finos labios dibujaban una indescifrable mueca, semejante a una media sonrisa… Quizá incluso un guiño de complicidad. La siguiente canción de la lista sonó grave, melancólica, sutilmente amenazante: el saxofonista había tenido un mal día y su oscuridad interior se apoderaba de las notas. Aquella sinfonía estaba sazonada de amargura, el paladar protestaba al contacto; sabía a arena tostada y no presagiaba nada bueno.

La Utopía Dorada – Prólogo

Era ya primavera y los días crecían alegremente, después de un invierno largo y frío plagado de heladas y depresión oscurantista. El mundo vegetal se había revolucionado con los cambios ambientales y una espesa nube de polen flotaba continuamente por el aire, barnizando las aceras, el mobiliario urbano y los coches con una capa de tono amarillento, que lejos de asemejarse a la mugre decadente de una mansión abandonada tenía mucho de cálido; un pulso vibrante y fogoso. Era una época distinta, una época que insuflaba ánimos renovados y pensamientos de libertad incuestionable, que invitaba a ser positivo y dejar atrás lastres pasados; sin embargo, nada existía libre del yugo intrínseco a los ciclos naturales.

Vivir en aquellos tiempos podía ser una fuente natural de dicha, sobre todo si uno se contentaba y no pensaba; respirar a pleno pulmón y cerrar los ojos, acariciar a un ser querido al atardecer… Pensar lo menos posible siempre había sido el ingrediente principal de la felicidad humana; la negación, la huida, la extracción lacerante de la cruda realidad y la travesía a la utopía dorada: ahí estaba la clave. Entonces, quizá era el momento oportuno para abrazar lo que la naturaleza esperaba de los individuos y continuar con el vals, seguir girando, seguir el ritmo de un saxofón inexistente que marcaba el tempo de cualquier acontecimiento.

Pero Leo no era así; Leo era un apátrida, un ciudadano del siglo XXI que no reconocía ni aceptaba la disposición circunstancial de sistemas, fronteras o conceptos. Leo era capaz de sentarse en un banco del parque y dejar que el polen lo recubriese hasta hacerlo parecer una estatua inerte. Debajo del candor vigoroso de la primavera, Leo sentía la estruendosa corrosión, el tic tac imparable de un reloj de óxido en cuya curvatura demencial yacía una condena firme.

Tenía treinta y tantos, un trabajo estable y muchas amistades, pero lejos de preocuparse por cuestiones mundanas, Leo se preguntaba en qué momento había dejado de ser un joven con sueños y se había convertido en un adulto al que solo le restaba seguir hacia delante. ¿Cómo era posible que su cuerpo, una vez niño, se hubiese transformado en aquella criatura adornada con surcos, arrugas, flacidez y ausencia de aspiraciones? A menudo, en sus paseos, meditaba sobre conceptos tan dispares como la ausencia o el envejecimiento a cámara rápida y, por más que quisiera, no podía apartar de su mente la imagen de una rosa floreciendo y marchitándose en cuestión de segundos. En resumen, era la sombra de la muerte la que lo perseguía sin denuedo, y era esta una sombra capaz de manifestarse en multitud de formas y colores.

A veces, este enigmático personaje pensaba que quizá la pareja que había escogido era parte del problema. O, mejor dicho, que no le suponía ningún problema, que después de la pasión inicial las emociones habían cristalizado en una indiferencia connivente y cómplice, magnificada por el pragmatismo y la desidia de Azalea. Quizá bajo otras circunstancias, quizá con otras personas… ¿Quizá qué? ¿Acaso no sufrían todas las parejas el mismo destino? Bien podría echar raíces y rendirse, cerrar los párpados y ser engullido por el piélago de pétalos cósmicos; envejecer y morir sin haber hecho nada. Incluso su antaño insaciable deseo sexual había evolucionado hacia la impecable ejecución de cópulas mecánicas, dignas de cualquier estudio científico, aséptico y seco; sin emoción. ¿A esto había llegado todo sueño y aspiración juvenil, a la indiferencia?

Y aquella tarde, mientras hilvanaba fogonazos sobre el devenir del tiempo y los baldíos emocionales, sentado en un banco a la sombra, mientras observaba distraído el errático paseo de una paloma callejera, reparó en una silueta que cruzaba la calle en su dirección. Era una mujer de cabellos rojos, posiblemente en la cuarentena. Se fijó en ella con disimulo, perfilando mentalmente su silueta con unos ojos que veían algo más que una simple mujer. Era atractiva y de caminar seguro, con esa expresión en la cara que deja translucir muchos desencantos y una estoica resignación a seguir hacia delante; las mujeres maduras le fascinaban porque las asociaba a una autosuficiencia embaucadora. Ahora se daba cuenta de que ya la había visto más veces, sí, puesto que ambos trabajaban por la misma zona y se cruzaban a menudo, aunque eran desconocidos mutuos, indiferentes en la réplica muda. Nunca hasta aquel día se había fijado Leo en sus ojos, que gracias a la luz solar refulgían con una claridad atípica, hermanándolos con el color de la más pura miel; por un momento, tuvo el antojo de besarlos con ternura bajo una luna llena de abril; y el cambio se produjo. Su pulso se aceleró nervioso, prisionero de la atrevida idea de saludarla y quizá invitarla a tomar un café. ¿A una extraña?

Masticó las palabras en su boca, en anticipo de su cercanía inminente, barajando una buena frase para romper el hielo sin parecer un maníaco y, finalmente, después del ensayo mental de una sonrisa y de unos segundos que parecieron meses… se quedó callado, inmóvil, tan estático como las más vanidosas estatuas de Roma. Decidió que no diría nada, que no haría nada, que, en otras palabras, no se atrevía a dar un paso al frente. ¿Para qué? ¿Qué esperaba conseguir? Así, sus miradas se cruzaron unos instantes y luego la mujer de cabellos rojos, besada por el fuego, siguió su invariable y rutinario curso, dejando a Leo como rey indisputable de un solitario banco envejecido por los abrazos pasionales del tiempo.

Mientras ella se alejaba en la distancia, escoltada por brisas cargadas de aromas florales inculpatorios, se imaginó cómo sería yacer con aquella mujer, qué clase de pareceres tendría sobre el orden de las cosas, qué aficiones pintarían una sonrisa en su rostro inequívocamente atractivo; cómo sería despertarse en la cama con sus cabellos esparcidos por la almohada y su boca ahogando gemidos mudos de placer, encadenados entre sábanas empapadas de sudor. Incluso sintió un ligero amago de erección… ¿Cambiaría algo su perspectiva de la vida? ¿Hablarían de las estrellas tumbados en un campo bañado por la noche? ¿Se sentiría más joven, revitalizado? ¿O, posiblemente, después del encuentro volvería a acusar el vacío imparable, el empuje de un tren arrollador cargado de naderías que no se detiene en ningún andén? La segunda opción era el resultado más plausible, una vez mitigada el ansia implacable y no confesa de ser joven otra vez; un bocado jamás satisfactorio; la certeza perfectamente prístina de la fatalidad.

Leo se había hecho mayor, pero su mente aún no comprendía en toda su extensión las consecuencias de un cambio tan significativo.

Las Voces Mudas

Soy uno de entre muchos, una voz que reverbera enterrada bajo la quietud estruendosa del siglo XXI. A diario pienso sobre los acontecimientos que desgarran este planeta pero no siempre me encuentro de humor suficiente -ni con tiempo- como para regurgitar algún tipo de escrito al respecto. Tal es la magnitud del hastío que se ha gestado en mi psique, que mi antaño exacerbada hostilidad argumentativa hacia un sistema injusto se ha diluido en una resignación indoblegable y muda. Por decirlo de otra manera, vivo encerrado en una burbuja que flota en un océano corrosivo, en precario equilibrio, obteniendo lo que necesito para sobrevivir pero sin hincar la rodilla… mas pude ser uno de esos que luchan en primera línea por algo; un algo que no sé qué es ni para qué vale.

En la adolescencia más temprana encontré inaceptables muchas circunstancias que el común de la sociedad daba por inalterables, determinadas y permanentes. En esos años de especial aislamiento geográfico en un entorno rural alimenté las hiedras de la rebeldía y cultivé todo aquello que hoy me permite observar con otro tipo de mirada y pensar con otro tipo de lenguaje, obteniendo por el camino infelicidad y la certeza de que jamás conocería tal estado. Escribía a diario, relatos y reflexiones que retroalimentaban mis pareceres y conclusiones; el mundo no podía estar bien, no funcionaba con lógica. Ante cualquier noticia o acontecimiento, mi lectura o análisis del hecho en cuestión siempre recaía en un detalle del que nadie hablaba o que no era de manifiesta evidencia; me hice asiduo del subtexto, de los renglones vacíos entre líneas que decían mucho más que la verborrea incontenible y tautológica de los medios de comunicación. Hay tantas carencias en las oraciones de los exponentes públicos que me maravilla el efecto que esos exiguos discursos tienen en las masas.

El acceso, años después, a Internet, y la propagación en paralelo de programas de tertulia política (y de actualidad) en televisión, acabó por desplazarme del borde exterior al negro abismo que se encuentra más allá del muro. La desinformación por falta de información se transformó en una oleada de información desinformativa. Las noticias sesgadas dieron lugar a los tweets sesgados, sacados fuera de contexto, pobremente escritos y de pobre calado. La tarea informativa de los medios acabó por contentarse con un puñado de caracteres y la proyección espídica de imágenes trágicas, alentando la parodia, las escenografías, las mentiras todavía más descaradas si cabe. Me di cuenta de que tanto mis opiniones como las de muchos otros eran ecos de voces previas, voces diseñadas; que el libre albedrío consiste en ser portavoz del código de programación social vigente. Incluso los argumentos rebeldes de antaño y de hoy han sido plantados con diligencia por sagaces estrategas para encaminar la corriente, de modo que leales y disidentes discurriesen de acuerdo a los arreglos previos.

Desposeído de un lugar en la tierra, que pertenece a unos pocos locos suicidas, y del sueño utópico de encauzarla hacia horizontes más justos, torné mis aspiraciones a lo inmediato, a un radio de acción que solo comprendía el presente y que condenaba al futuro y al pasado al puro teorema. A la no existencia. Nunca estuvo ni estará, ni un ayer ni un mañana, entre mis secas manos. Sin embargo, la rutina cíclica que parece emborronar las fronteras temporales, que otras personas integran en sus vidas sin un segundo de consideración y que justifican todo lo que ocurre con un lapidario “es lo que hay”, actuando como vectores de expansión de trayectos e inercias previas, a mí me resulta rayana en algo que podríamos emparentar con el absurdo.

No hallo gravedad ni relevancia en los hechos mundanos; no hallo placer ni orgullo en el éxito laboral; no hallo emoción en las emociones, sabedor de la intensa programación e ingeniería social que las corrompe… Solo veo lo que vería un espectador observándose a través de una pantalla, observando su vida en tercera persona y casi hasta desprovisto de cualquier empatía hacia el protagonista; convertido en un producto, un remedo, una tuerca de un engranaje oxidado. Sé que todo lo que hago y pienso no emana de mí. ¿En qué me deja eso? Más a menudo de lo que me gustaría me veo fuera de la situación en la que me encuentro y concluyo que es irrelevante y sumamente prescindible, asediado por una retahíla de insólitos “¿para qués?”.

Por desgracia, no puedo eludir la sombra que me persigue, esa certeza de que lo establecido por la sociedad es una llana farsa, un conjunto de regulaciones, leyes y costumbres crepitantes, oscilantes. Indiferentes. Soy incapaz de establecer como destino para mi camino objetivos tan distantes en el plano conceptual como desvivirme por un ascenso, replicar la fórmula desactualizada del matrimonio, tener descendencia para verla morir en una guerra o de hambre o, ya puestos, dejar huella en este planeta. ¿Huellas en la arena como Ozymandias?

Pero, aún con todo esto, aún con la indiferencia, el silencio, la distancia y la escarcha, ¡cuánto dolor me produce asistir a los actos de terror, la impunidad y corrupción política, la avaricia estructural que se propasa más allá del mero objetivo de tener una empresa rentable, la indiferencia hacia la vida! Si ya de por sí nada de esto tiene aparente sentido, tener que aceptar que la vida y la muerte se han visto reducidas a una comparsa de palabras en una página del periódico o en una pantalla de televisión no puede ser bueno.

Doscientos muertos en un bombardeo, trece atropellados en un ataque terrorista, miles de inmigrantes sin patria y sin mayor patrimonio que unas suelas rotas… Siete mil millones de espantapájaros desgranándose atómicamente, segundo tras segundo, para toda la eternidad. ¡Ay del polvo que cabalga el viento, ay de todos esos caballeros en armaduras doradas, aborreciblemente huesudos! ¿Cómo es posible que el talento y el ingenio humano nos hayan llevado hasta este perpetuo intersticio de dolor y destrucción? ¿Qué demonios controla nuestros pasos? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Para qué?

Chaos Accolade

No me gustan los fanatismos. Por ideología hay personas que son capaces de matar a otras. Ocurrió en la Inquisición española, ocurrió en la quema de brujas de Salem, ocurre hoy en día en las guerras injustas y también en los atentados terroristas que el propio sistema alimenta de una u otra manera. Pareciera que nuestra especie está condenada a comportarse como una energúmena de por vida, una criatura adoradora del caos sin brújula moral.

A lo mejor se nos olvida con demasiada frecuencia lo exigua y frágil que es la vida, el maremágnum primigenio que nos ha convertido en lo que somos y no en geranios mutantes con dos cerebros. Por eso me sorprende que haya personas o grupos de personas que tengan creencias y pretendan imponérselas a los demás, generalmente por vías violentas y asesinas. Cuando la ideología en disputa es religiosa, no puedo sino carcajearme de lo paradójica y absurda que es tal contienda, habida cuenta que se basa en escritos de puño humano y en supuestas escuchas divinas que nadie ha podido corroborar… como todas las demás ocurrencias humanas. ¿Para esto quieren dioses y cultos, para justificar matar o ser asesinado?

Observando quedamente la civilización humana, a veces tengo la sensación de estar observando un tablero, ni siquiera de ajedrez. Algo más básico y estático… un futbolín. Todas las piezas están dispuestas y ensartadas por tubos de hierro que determinan su lealtad y ellas, tan calladas y conniventes, solo pueden agitarse hacia delante y hacia atrás, partícipes de la deriva y de un juego en el que nada tienen que decir.

Han pasado tantas centurias y se han cometido tantas atrocidades, que en pleno año 2017 cualquier mente racional daría por hecho que estaríamos hartos de la muerte y el dolor. Pero resulta que no, que no hemos tenido suficiente, que no hemos aprendido, y que nos estamos preparando para muchos más atropellos presentes y futuros. No hay estructura, solo impera la ley del más fuerte; es la pura y cruda certeza que se extrae del estudio de los acontecimientos.

¿Es la falta de valores, como dicen algunos, la causa primigenia de esta fragmentación del sentido común? Absurdo. Todas las épocas tienen valores, aunque sean distintos. Si acaso, el verdadero origen de los problemas es la debilidad humana, criatura incapaz a veces de sobrevivir sin unas directrices claras y concisas. Todas esas gentes que eligen un bando y se convierten en adoradores fanáticos, defensores febriles del capitalismo, una religión, etc., son incapaces de vivir sin un guía, y nada les cuesta entregar su vida a calamidades impensables, porque esas calamidades “dan sentido” a su existencia. Por supuesto, el propio sistema se ha encargado previamente de destruir su espíritu crítico y asediar su psique con ideas polarizadas y precocinadas en los hornos de la mediocridad. Nos quitan nuestra fuerza y nos dan sus armas arrojadizas.

¿Tan difícil es aceptar la nada y seguir adelante? ¿Tan complejo es emanciparse de los tejemanejes de esos viles monstruos que acechan y se alimentan de la necesidad humana? Las guerras de ideas son una excusa para perpetuar la inestabilidad y dividir a la población. En cada conflicto, los gobernantes se frotan las manos sabedores de que su reinado se extenderá un poco más… ¡Pobres ovejas!