La Utopía Dorada – VII

Kali

Un bloqueo, una presa, un embalse. Naturalmente, los recuerdos desagradables habían permanecido escondidos detrás de un muro denso y aterrorizante; hasta cierto punto, como si el accidente no hubiese ocurrido nunca. Pero la cicatriz del pecho era real, Karen también. Leo había optado por reprimir y negar el recuerdo día tras día, la impronta de una persona que solo podía definirse con la palabra angelical, hasta que al fin, al cabo de los meses, lo concreto se convirtió en difuso, y lo difuso en nada; no sin ciertos efectos colaterales. Visto en perspectiva, no había sido la opción más inteligente, pero sí la necesaria para sobrevivir, o así lo entendía él.

-Notarás que ahora ya no duele tanto -comentó Kali-, un hecho que en sí mismo implica un dolor diferente. Han pasado muchos años, pero lo que ahora experimentas es un torrente de emociones que has estado reprimiendo demasiado tiempo; por eso, corta como un cuchillo recién afilado, aunque no lo sea. Negarte, esconder la verdad, no es nunca buena idea…

-¿Por qué? ¿Por qué desenterrar la tumba donde sepulté todo lo que era, desmoronar la torre que construí capa a capa para esconder el pasado? -le reprochó.

-Has cambiado, has crecido. Crees que eres pleno y capaz de enfrentar el mundo, pero no eres sincero contigo mismo; eres débil mientras no aceptes la oscuridad que subyace, te sumerjas en ella buscando la asfixia. Odín se ahorcó por un buen motivo, ¿no lo ves? Vives oculto del mundo, no te entregas por completo; no reconoces aquello que te lastra, porque te niegas y vives en una superficie desértica, carente de profundidad. Tienes que dejar que Karen se vaya, pero de verdad; tienes que vaciar el cofre en el que guardas su fantasma… hasta que no quede nada y puedas arriesgar tu vida sin reparos. Tienes que ponerte de pie y luchar por un futuro, ella lo habría querido así. En eso consiste toda esta farsa; es un baile mano a mano con la muerte.

Leo la observó con detenimiento y pareció atisbar un cambio sutil en su mirada al pronunciar aquella palabra tan versátil y venenosa.

-¿Qué futuro, Kali? Una ilusión es lo que es, un artificio, y hasta ahora el truco de magia que ponía en práctica a diario me funcionaba. No puedo escapar de la espiral, hace tiempo que me rendí. Obligaciones y compromisos absurdos, sueños raídos, esperanzas rotas… Me he hecho viejo y conservador. No sé si quiero jugar en este tablero y mucho menos si quiero jugar con estas reglas.

-Solo hay un camino, que es hacia delante. No te queda más remedio que recorrerlo quieras o no, pero será mucho más provechoso si quieres, y si lo haces con valentía. Sé que cuesta y que es muy fácil caer en el victimismo del cobarde, buscando excusas para no hacer nada, revolviéndose en el lodo, estático. El camino llegará y más vale que estés preparado. Pero lo entiendo: el dolor es un hijo de puta muy seductor.

-Todo esto, todo… -abarcó con un gesto de la mano- es una gran mierda. No sé por qué habría de preocuparte mi vida, Kali, ni por qué tratas de ayudarme en esto. Ni que mis problemas fuesen únicos o importasen lo más mínimo; apuesto a que el 95% de la población está en las mismas.

-No son únicos, cierto, pero tú, Leo, tú… tienes que bailar conmigo, buscar el calor sin descanso; escapar del frío que lo devora todo. Y no podrías entregarte por completo a mí tal y como estabas. Yo también tengo mis motivos, faltaría más, para estar aguantando tus flaquezas.

-Tengo pareja, esta noche he quedado a cenar con una compañera de trabajo y más que posiblemente acabaremos en la cama, eso sobra decirlo visto lo que ha pasado esta mañana. Ahora apareces tú de la nada, vestida de negro como un cuervo que porta malas noticias, farfullando locuras sobre la muerte, el sexo y el futuro… ¿Qué demonios me está pasando?

-Olvida todas tus ideas aprendidas de Disney, desdeña esos valores inservibles y llenos de patrañas; la vida, el universo, no te debe nada, ¡y tú a él tampoco, joder! Eres libre de hacer lo que quieras, siempre y cuando aceptes las consecuencias, pero sentado no obtendrás nada de lo que deseas. En eso, me temo, no hay discusión. Y no te engañes, yo estoy antes que ninguna otra; si no es hoy, será mañana -repuso enigmática.

Dicho esto, se aproximó a él y le dio un largo y voraz beso con lengua. Sabía a vino añejo, a roble; su boca era cálida y hechizante; no pudo evitar alzar una mano para acariciarle el rostro. Ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar en un momento que les pertenecía solo a ellos. Besaba muy bien, y sus labios susurraban sortilegios incomprensibles.

La Utopía Dorada – VI

Karen

Detrás del muro que se derrumbaba yacía el verdadero Leo, el romántico rebelde, el triste caballero solitario, el idealista con los bolsillos rotos de sueños imposibles… ese que pocos conocían. Y, al igual que le ocurría al resto de las personas, expulsar al exterior la criatura de las profundidades era una tarea difícil, por su naturaleza esquiva, feroz y asesina. No obstante, Kali, con su extraordinaria capacidad de conectar con los secretos y el pasado de Leo, se había convertido en un vector de transformación y autodescubrimiento, en una destructora de barreras. Quizá en una maestra dispuesta a enseñarle mucho más de la vida de lo que él podía imaginar.

-Antes de que pasemos al postre -dijo ella, con tono seductor-, hay algo de lo que tenemos que hablar. Porque, verás, no solo somos criaturas semejantes en nuestra extraña diferencia, sino que compartimos raíces que se pierden en la noche de los tiempos, viejo amigo, en el dolor enquistado que deseca corazones.

-¿A qué te refieres? No entiendo muy bien por dónde quieres ir -confesó, bebiendo un sorbo de aquel vino envejecido, con mucho grado y amargo.

-¿Recuerdas a Karen? -preguntó de sopetón, apretando los labios de forma severa-. La bella e inocente Karen; joven, ilusa -le tembló la voz.

-¿Karen? -trató de recordar-. Si te digo la verdad, ahora mismo…

-Ni un recuerdo de Karen entonces, por lo que veo. En eso se convierten las personas cuando se quedan atrás y nadie acude al rescate -lamentó-, en una mancha borrosa, en niebla, en nada. Pero yo te refrescaré la memoria -concedió-, yo desenterraré a Karen por ti, mi querido y dulce Leo. Desempolvemos las palas y empecemos a cavar…

Él no pudo evitar removerse inquieto en el asiento, confuso. La miro, sus ojos dorados contactaron; sintió que quería hacerle el amor o ahogarse en ellos, no lo tenía claro. Había tormenta en el exterior; el cielo gemía con estruendoso placer. Entonces, una fuerza torrencial lo golpeó e inundó su mente con fragmentos de un tiempo muy lejano…

***

Tenía dieciocho años recién cumplidos. Recordaba conducir un coche descapotable azul, encerado con esmero; risas; el pelo al viento por una carretera de una zona costera en el mediterráneo. El tiempo era lento, eterno, la juventud un río caudaloso que mecía los juncos de la rivera y jamás se secaba. Era un día soleado, pero no hacía demasiado calor; en el horizonte desfilaban negras nubes, hinchados sus vientres cerúleos de agua amarga y promesas amenazantes.

Iban a ninguna parte. Eran renegados sin patria, no tenían familia, ni amigos, ni nada que los comprendiese en este mundo de mierda; al mundo no le importaban, no les debía nada, y ellos solo querían escapar, desaparecer juntos. Estaban dispuestos a dejarlo todo atrás, a fugarse y no regresar; perderse en el mañana cogidos de la mano y lamer sus heridas bajo la ácida sombra de un amor de leyenda. Se tenían el uno al otro: Leo tenía a Karen, y Karen tenía a Leo.

Recordaba reposar la mano en la palanca de cambios, recordaba entrelazar los dedos con aquella cándida muchacha mientras conducía y se sentía el jinete del mundo, invicto, a cien kilómetros por hora sobre el asfalto ardiente; estremecerse bajo el suave tacto de su pálida piel llena de pecas; el cariño que no necesitaba palabras, el fuego que calentaba pero no quemaba, el frío que refrescaba el horror y el furor, pero no congelaba corazones. Sí, joder, era ella, ella, ella… ¡Karen!

Llevaba un pañuelo oscuro en la cabeza que envolvía sus largos cabellos cobrizos, que danzaban con el aire en libertad absoluta y poemas de estrofa libre; unas gafas de sol ocultaban sus ojos verdes, del tono de la primavera, de los brotes tiernos, de la infancia que refulgía hasta robar el juicio quebrado. La dulce Karen se reía y tarareaba las canciones que había grabado en una cinta de casete, canciones de Jacques Brel, porque le encantaban y le producían emociones genuinas e intensas; porque para Leo no existía nada mejor que verla sonreír y contagiarse de su extroversión e intensidad incansable. ¡Oh, Karen!

También recordaba parar al borde del camino, en un aparador presidido por un árbol frondoso y bancos de piedra. Recordaba tallar las letras K+L en su estoico tronco, encerradas dentro de una línea irregular con forma de corazón; y aquella pastosa savia sanguinolenta que no era capaz de cicatrizar amor tan profundo y devastador… Recordaba la silueta de la muchacha de ojos verdes, plantada de pie delante de él con una sonrisa de oreja a oreja, mientras escondía en su espalda un par de margaritas que había arrancado de la cuneta con sus delicadas manos; las risas, la alegría exultante, el mar de fondo, una superficie lisa de azul oscuro, gaviotas, las lágrimas de la más pura felicidad. ¡Cómo brillaba el recuerdo libre del yugo de la tierra y el polvo! Eran momentos cincelados en un lienzo que no caducaba, digno del más glorioso de los museos.

Y luego, el claroscuro derretido, el momento en el que el sol desaparece tras las montañas y la luz deja paso a una oscuridad famélica y empalagosa, súbita. Recordaba el estruendo distorsionado de un claxon, un frenazo largo y tenso, un chillido, unas gafas de sol surcando los cielos, un choque metálico, como de compuertas que se abren a presión… la falta de gravedad, las vueltas de campana, la espiral imposible, la caída; burbujas, sangre; la muerte.

***

Leo volvió a la realidad con el vómito ya en la boca. Salió disparado hacia los baños y liberó todos sus adentros en un retrete blanco, ansioso por escurrir los residuos y las memorias tristes. Y las lágrimas de horror y de torsión infalible, de disección fatal, desbordaron de sus ojos teñidas del más puro negro, disuelto el bloqueo, el cajón oscuro que ocultaba la verdad.

Se llevó la mano al pecho y notó la cicatriz que hervía, bajo la camisa, y que le atravesaba los pectorales de lado a lado. Gritó como una bestia herida de muerte. Era una sensación abrasadora, un dolor indescriptible; se desgañitó hasta que no quedó nada que gritar, hasta que la voz lo abandonó. Ahora lo entendía, entendía mucho de lo que le había pasado en la vida: le habían robado el corazón, ya no estaba vivo; había muerto en una caída infinita, perecido entre los cascotes herrumbrosos de un coche azul catapultado a la cruenta boca de la desesperación, entre sus molares planos sin resquicios ni agujeros para esconderse; todo lo que él había sido capaz de amar en la vida, había sido aniquilado en el momento en el que Karen dejó de existir.

Desde aquello, de Leo solo quedó un cascarón reprimido, una sombra amorfa y retorcida que transitaba la vida amoldándose a las circunstancias, negando el pasado y mintiéndose a diario con el objetivo innoble de sobrevivir, sin ella. ¿Pero cómo había sido capaz de olvidarlo? ¡¿Por qué?! ¿Por qué le había fallado? Lloró, lloró hasta quedarse seco y llorar arena. ¿Cómo se había podido desvanecer la impronta de Karen de su mente, diseñada únicamente para amar a aquella muchacha de ojos verdes y pelo cobrizo?

-Noooo… -lamentó, sin aliento, como un niño que ve su juguete favorito pulverizado bajo las ruedas de un camión-. Noooo…

Kali entró en el baño. Lo encontró tirado en el suelo mientras un empleado del Tartesso lo observaba con cara de preocupación. La enigmática mujer le hizo una seña con la cabeza, indicando que los dejara solos, y se acercó a él con los ojos humedecidos. Lo abrazó muy fuerte, lo acunó en su pecho mientras Leo se agarraba las ropas hasta casi hacerlas jirones, manchado de vómito, mientras se contorsionaba de pura locura, desarraigo y horror, con una expresión en la cara que recordaba a Urano devorando a sus hijos.

-Lo siento, Leo, lo siento de verdad -le susurró Kali, contagiada de pena-. Pero ya pasó, Leo, ya pasó…

Y allí, tendido en sus brazos, el dolor se hizo rey, engalanado con su armadura pulida sin mácula, que semejaba un espejo de negrura corrosivo y lacerante; tragaba la luz hasta hacerla desaparecer para siempre, tal era su voracidad…

La Utopía Dorada – V

Kali

La jornada laboral del viernes llegó a su fin y todos los empleados de la oficina abandonaron el lugar de trabajo con presteza, en especial Francisco Salva que ya estaba fuera 5 minutos antes de la hora de cierre. El fin de semana había empezado oficialmente para aquellos afortunados banqueros que contaban con un trabajo fijo y bien pagado, algo que una gran parte de la población consideraba un sueño imposible o directamente una leyenda urbana. Así, todos habían planeado exprimir -o malgastar- el tiempo de descanso y estirar las horas más allá de lo posible antes del próximo lunes.

En cambio, Leo y Kate tenían mucho en lo que pensar, en especial él, detalle que no les había impedido quedar para cenar; la cita prometía evolucionar en direcciones imprevisibles, desprovistos de cualquier vigilancia laboral. Pero antes de que pudieran entregarse por completo el uno al otro, tendría que producirse una conversación poco agradable y dolorosa con Azalea; habría que desenmascarar el engaño, soportar la culpa, los insultos, las bofetadas… y vomitar un final descorazonador para una historia lenta y sin emoción. Un hecho único y retorcido en la vida de cualquier persona, capaz de tumbar montañas; un hecho que se repetía cientos de veces cada día, en todas partes, desterrando del “paraíso” a frágiles y solitarios neonatos que tienen que reaprender a vivir en soledad.

-Nos vemos luego -confirmó Leo antes de despedirse-, tengo algo importante que solucionar.

Katherine asintió, reprimiendo las ganas de robarle un beso, pero no quiso darle ánimos ni influir en su espinoso propósito. Le dio un apretón cariñoso en el brazo y lo miro por unos instantes, dando a entender que la decisión estaba en sus manos y que ella aceptaría cualquier resultado.

-Adiós -musitó, al verlo alejarse, mientras buscaba ensimismada la cajetilla de tabaco en el bolso; algunas cosas no cambiaban nunca.

El camino de regreso a casa fue duro para Leo, ideas contradictorias y tormentosas cruzaban su mente y se disipaban como estrellas fugaces, a la velocidad del rayo. Tenía claro lo que debía hacer, pero no tenía claro cómo hacerlo. Le aterraba la idea de ser el malo en cualquier película, pero en cierta manera entendía que sería mucho peor traicionar su propia naturaleza y negar sus propios deseos; no sería justo para ninguna de las partes y su barco había zarpado en ruta hacia otro puerto… Ráfagas de culpabilidad se entremezclaban con picos de ira contenida; porque sí, después de tanto dolor e indiferencia, de tantas horas inundadas por la desidia, se había visto empujado a la debacle, obligado a la corrosión. ¿Por qué tuvo que ser así?

Por el camino, absorto en sus cábalas emocionales, escuchando algo de electro-swing en su smartphone mientras revisaba el correo electrónico (lleno de SPAM), se dio de bruces con una figura oscura y ominosa que le bloqueaba el paso. Era Kali.

-¡Perdón! -se disculpó él-. No… la había visto -dudó-. Lo siento…

Pronto la recordó; en el bus, por la mañana. Aquellos ojos dorados, inmateriales, infinitos, imposibles, repletos de vetas insondables, miraron a través de él; se produjo una sensación punzante, de incisión quirúrgica.

 -Nada que perdonar -repuso ella, hierática, lenta, fría-, nada en absoluto. En todo caso, la culpa es mía. Aunque la culpa… se la dejo a los que se arrepienten.

Leo se encogió de hombros, intrigado, y se dispuso a esquivarla para proseguir con su camino sin más, pero Kali lo detuvo al instante, poniéndole una mano en el pecho e interponiéndose delante de él de nuevo. Su expresión era implacable y sus motivos desconocidos. Al tocarlo, y de forma inexplicable, Leo supo su nombre, un nombre antiguo cuyo conocimiento se había materializado en su mente; lo supo, pero trató de liberarse y continuar de todas formas, ligeramente nervioso.

-¡No! -ordenó la mujer de negro, como quien le riñe a un perro desobediente-. ¡No! -insistió.

-¡¿Qué haces?! -se resistió Leo-. Déjame pasar, que no te conozco.

-Kali -concedió, acompañando su presentación con una sonrisa socarrona-. Sí que lo sabes; lo sabes o lo intuyes… Leo. Ambos estamos en la parte externa, la periferia, el extrarradio, los arrabales fríos; nos entendemos. Pero aún no hemos acabado -explicó enigmática.

Su mano era inusualmente cálida, quemaba. Olía a lavanda y su aspecto sombrío y común contrastaba con aquellos ojos de ensueño. Era atractiva, sí, pero atractiva en un sentido peligroso y letal, amenazante, tóxico, que iba más allá de la clásica femme fatale; muerte seductora. Encadenar la mirada con aquella mujer conllevaba el efecto secundario de oscurecer el resto del mundo, experimentar una visión túnel progresivamente sofocante, una lente gris de oclusión que secuestraba el aliento.

-¿Acabar el qué? -quiso saber él, confundido.

-Busquemos un lugar cómodo para charlar -propuso-. Aunque no me conoces, hay algo que nos une, algo que sí quieres descubrir, lo veo en tus ojos. No tienes nada que perder, ven conmigo, hablemos -insistió, aunque él convino de mala gana; era una mujer que no se daba por vencida, desde luego.

Con ese propósito, el de buscar un lugar a buen recaudo para desenmarañar el misterio, caminaron por una de las calles más transitadas de la ciudad, rumbo a un local llamado el Tartesso, un bar restaurante con muy buena fama que Leo había visitado con anterioridad. El paseo, aunque breve, fue muy incómodo; resistió como pudo la penetrante mirada de Kali y su extraña familiaridad, esa sensación de haberse conocido décadas atrás, de un vínculo estrecho sin secretos entre ambos… De hecho, en un momento dado, poco antes de entrar al local, la enigmática mujer de negro tuvo el atrevimiento de cogerlo por el brazo tal y como haría cualquier pareja bien avenida.

 -Tomemos asiento al fondo, es más… íntimo -explicó ella.

Así, ambos se acomodaron en un reservado de cómodos asientos acolchados y una mesa no excesivamente voluminosa de líneas rectas. El local estaba bien iluminado y casi lleno de gente, pero para ellos dos el resto del mundo no importaba mucho en aquellos instantes; el barullo contenido del Tartesso fue evolucionando poco a poco en un silencio inquebrantable.

-¿Qué van a tomar? -preguntó el camarero, un tipo delgado y de pulcro uniforme negro.

-Ya que estamos, pediremos también de comer -respondió Kali, desabrochándose la chaqueta del traje y revelando una blusa blanca bastante escotada-. Para mí un filete poco hecho, para él, pasta -indicó-. Tomaremos de beber vino, tinto, el mejor que tenga; conozco bien el producto, no trate de engañarme -sonrió.

El camarero asintió con un gesto metódico y entrenado y se retiró con presteza. Reconocía a una clienta exigente en cuanto la veía y tenía claro que con esta no se podía bromear.

-Veo que lo tienes todo muy claro -comentó Leo, molesto-. No sé quién te da el derecho a elegir por mí y, la verdad, en cuanto me expliques de qué va todo esto, me largo. Eres una tipa muy rara, sin acritud.

-Calma, calma -concilió ella-. No soy tu enemiga, pero ya te adelanto que no te vas a ir hasta que yo quiera. Podría darse el caso de que, además de hablar, quiera follar contigo toda la tarde -barajó, acariciando la pierna de Leo con un su pie descalzo, por debajo de la mesa; él no rehuyó el contacto, pero tampoco resultaba del todo agradable.

-¿Hablas en serio? Tú estás mal de la chaveta; mucho.

-Mira, ¿qué es lo que te asusta? -le preguntó enojada-. Tú eres un hombre, yo una mujer; ambos, criaturas extrañas, qué duda cabe. No eres un tipo común, yo desde luego no soy una “tipa” común, como has dicho hace un poco. En nuestra rareza, conectamos a un nivel que todavía no comprendes.

-Lo que sí comprendo es que tu extraña jerga parece salida de algún tipo de panfleto sectario -replicó-. Y no me interesa, aunque tenga buenas tetas.

-Tienes tanta hambre y, sin embargo, tanto miedo… Te fascinan las mujeres, sientes una atracción natural hacia ellas -prosiguió-. Pero, al igual que le pasa a muchos hombres, a un nivel inconsciente, vives aterrorizado; el coño simboliza para ti un remolino de oscuridad cósmica y, a la vez, un pastel de dulzura infinita -se acarició el cuello-. Los hombres no comprendéis esta complejidad, pero vivís esclavos de ella.

-¡Ja! Mira, esto que me cuentas suena todo muy profundo y has captado mi atención, lo reconozco, pero no me dices nada nuevo -añadió Leo-. Me estás hablando de que el coño es vida y muerte y te crees que es una genialidad, pero no lo es. Nuestros cuerpos son máquinas programadas para propagarse al futuro; como no somos inmortales, disponemos de un sistema de replicación, en este caso sexual. Y, por ello, todo lo que atañe al sexo carece de emoción y poesía, es pura ingeniería evolutiva; fría y precisa.

-Ah -dijo con sincero asombro Kali, abriendo los ojos como platos-. ¿Eso crees?

-Podemos barnizar todo cuanto queramos esta ciencia natural, decir que existen emociones, incluso sentirlas, componer bellas estrofas y cantar bajo un balcón, disfrazado de bufón… pero detrás de la ilusión subyace una verdad primigenia, que no podemos negar -finalizó satisfecho-. Aunque me deje llevar en el día a día, sé lo que me traigo entre manos, los trucos que mi cuerpo pone en juego; pero prefiero no ver esa verdad, prefiero no escucharla; desearía no pronunciarla.

-¿Cuál es? Quiero escuchar esa verdad primigenia salir de tu boca -parpadeó atenta-. No me dejes a medias… no es caballeresco.

-¡A la mierda la buena conducta, Kali! Que lo que nos tiramos no lo hemos elegido nosotros -transigió-, sino la estructura biológica que nos conforma. El código de programación -concretó-; veo a una mujer atractiva y cuya forma de ser me cautiva y quiero tener sexo con ella, pero gran parte de esa atracción nace en mi mente, derivada de un baile de reacciones químicas. Lo que nos daña, acto seguido, es la realidad flotante que hemos construido sobre algo natural y mecánico, dotando el proceso de un toque artístico incomprensible y, en ocasiones, tratando incluso de limitar estos impulsos con leyes. Al pensar y repensar, al caer en la obsesión, el impulso se transforma en enamoramiento y dura lo que dura -lamentó-. Pero…

-¿Pero? -siguió acariciándolo con su pie, sin cortarse ni un pelo al llegar a la entrepierna; él no pareció notarlo.

-Pero sin ese toque artístico, sin la categorización irreal, la justificación, el maquillaje y el ensueño, las personas enloquecerían. No todo el mundo es capaz de sobrevivir a la vida sin creer en algo, llámalo emociones o llámalo religión. Todos queremos ser… algo más y no un bicho peludo que exuda fluidos asquerosos.

Kali se quedó en silencio y lo observó largo rato, mientras el camarero servía los platos. Sus ojos estaban atrapados en el mutuo abrazo, eran muy semejantes.

-¿Ves cómo nos entendemos? -continuó ella-. Esta conversación sería mucho más interesante en mi cama, con menos ropa y buena música. Dos seres en su honestidad más sincera, cara a cara, sin triquiñuelas. Posiblemente uno dentro del otro. Dime que no te fascina la idea y en cuanto acabemos de comer desapareceré de tu vida.

Leo cogió el tenedor y empezó a comer. La pasta estaba buena, en su punto de cocción, y la salsa carbonara era muy sabrosa. Efectivamente, la miró a los ojos mientras probaba aquel bocado y no tardó demasiado en imaginarse algo más tórrido. ¿Por qué no?

-Tus ojos… ¿son lentillas? Nunca he visto a nadie con ese color de iris.

-Lo que imaginaba -repuso ella, divertida-. Si no niegas tu naturaleza, pronto lo entenderás todo; pronto, verás.

-Hoy no es un día común y corriente, uno de esos días en los que te miraría y pasaría de largo, para masturbarme después mientras te imagino a cuatro patas, cogiéndote por la cintura. Hoy es distinto; hay un muro que se está derrumbando; no sé lo que se esconde detrás de él; podría ser aterrador como un coño.

-¿Es un acertijo? -quiso saber Kali.

-Es una advertencia -sentenció-, una advertencia que algunos deciden ignorar, igual que los remordimientos.

La Utopía Dorada – IV

Katherine

Pasada la tormenta todo lo que quedaba era una sensación de realidad difusa, un zumbido de placer genuino e inmenso, como en un sueño. Aún tenían que asimilar lo que había ocurrido: se había desatado la locura y finalmente se habían transgredido todas las fronteras existentes, creado nuevas regiones sin nombre, orografía o civilización. Kate y Leo, en el espacio hueco de una oficina cualquiera, habían desnudado sus sentimientos y hallado una paz suave y húmeda.

“Lo hemos hecho”, pensaron, incrédulos. Aunque no se había producido penetración alguna en el sentido literal de la palabra, y por muy poco, aquella ración de sexo oral mutuo se encontraba muy lejos de lo que cualquier relación jefe-empleado implicaba.

¿Se sentía Leo culpable por haberle dado placer a una mujer que no era Azalea? ¿Se arrepentiría Kate de haberse dejado llevar con él, conocedora de su realidad amorosa? ¿O, quizá, solo importaba lo que ambos sentían? Quizá no importaban las circunstancias, ni las inmediaciones, ni Alfredo Pastrana, ni Azalea, ni nada más. Solo importaban ellos por cuanto eran dos viajeros nacidos del cosmos, cuya trayectoria primigenia se hermanaba con la más negra noche, surcando un millar de vidas y sistemas para dar lugar a aquel tórrido escarceo laboral.

Dos personas cuya esencia no era otra cosa que la acreción de millones de años de evolución y deriva cósmica, de caos y azar. Pero en aquel instante, en aquel mundo entre galaxias, en aquella tierra inhóspita para la emoción, habían topado un remanso de paz y placer. Y la conexión, hasta entonces encarcelada por las restricciones normativas, pudo brillar liberada. Se sintió bien, se sintió correcto. Se sintió necesario y febril.

-¿Y ahora? –preguntó Kate, dubitativa-. ¿Qué va a pasar ahora?

Su mirada dejaba traslucir que los lametones, las caricias y los bocados de pasión no habían sido suficiente para saciar la sed; que, en algún momento, quizá más tarde ese día, mañana o dentro de una semana, se necesitarían nuevamente. Porque querían estar juntos y alcanzar el punto de ebullición atrapados entre sábanas, entrelazarse y abandonarse al éxtasis.

-Quiero más –confesó él-. No puedo quitarme esta sensación del pecho, de que quiero más de ti.

Su expresión era grave, incluso melancólica.

-¿Qué te pasa? ¿Te arrepientes? –quiso saber ella.
-Ya sabes… Azalea… -frunció el ceño-. Por muy dañado que estuviera lo nuestro, tampoco se lo merece.
-Sí, lo sé… -lamentó la directora, recolocándose la media y ajustando las ligas en su posición original.

Cuando dos personas comparten una relación pero en ella ya no hay llama, ni energía, ni voluntad, ¿qué queda? Un cascarón embadurnado de comodidad y familiaridad, un fantasma que asfixia poco a poco el anhelo de cada parte y retiene el espíritu. Muchas relaciones fallidas nacen de las falsas expectativas, de la dejadez, de la rutina, del desentendimiento en puntos vitales o de las faltas individuales que cada uno comete sin ser consciente de ellas, sin que la malicia sea un ingrediente indispensable; vivir en frecuencias distintas también es insostenible. En esos casos permanece un cariño a veces incapacitante, la consecuencia del tiempo que has pasado con esa persona durante tantos meses o años, pero en paralelo un gran vacío crece y se expande en los corazones, hinchándose hasta reventar. ¡Fin! Y, entonces, todo se acaba. Se acaba mucho antes de que el punto final sea escrito.

Unos eligen la infidelidad como una vía de escape, traicionar la confianza de su compañero en busca de fines que parecen legítimos pero atienden a motivos egoístas; la infidelidad es una mentira, porque si la relación no era abierta, nunca fue una regla consensuada… y a menudo daña más la confianza del infiel que la del traicionado; el infractor pierde la capacidad de confiar en los demás, expuesta su propia debilidad. Otros eligen forzar a su pareja a la ruptura, a veces de forma no evidente, otras incurriendo en actitudes frías, distantes o directamente aborrecibles que no dejan lugar a otra respuesta más que el destierro. Una gran porción de la población decide aguantar y permanecer, por la cobardía y el terror a la soledad, ignorando de plano las carencias y los problemas, conformándose con la miseria y la infelicidad; muchos no saben estar solos y saltan de relación en relación rehuyendo cualquier paréntesis introspectivo… porque en la soledad se encuentran a sí mismos y les resulta una visión inenarrable; un monstruo pretérito con boca deforme.

-Escucha… -empezó-, mi relación con Azalea lleva muerta mucho tiempo. No te sientas culpable ni por un segundo, ni pienses que has destruido la vida de otra persona. Ver que he sido capaz de hacer esto me ha hecho aprender mucho de mí mismo; me ha hecho darme cuenta de que no quiero estar con ella ni un día más, que no soporto la inercia caduca, la idea de prolongar algo que no me nutre. Lo que he hecho está mal sin lugar a dudas -admitió-, no me siento orgulloso; debí romper la relación antes de hacer esto, de convertirme en un cabrón traidor… pero no pude evitarlo; he sido un cobarde egoísta. Esta mañana no existía nada en el universo que no estuviese contenido en ti.

-Lo que me da miedo es que el día de mañana el resentimiento se concentre en mí, como que fui la causa de todo -añadió-, o que nuestra bonita amistad se vea manchada por esto. Me pareces un tipo excepcional, no soportaría que me odiaras…

-No, no será así -le dijo tajante-. Sé bien lo que he hecho y por qué lo he hecho, lo que siente mi cuerpo y lo que piensa mi mente; también sé cuáles son las consecuencias y tengo que aceptarlas. En eso consiste la vida, Kate. No puedo dejarme llevar ciegamente y luego echarle la culpa a una mujer que se me cruzó en el camino, o a la mala situación que vivía en mi relación. Si no eres feliz, das el paso y tomas las riendas de tu vida, lo otro es todo mierda victimista -explicó-. La responsabilidad es solo mía; yo elegí permanecer en el yermo, sino activamente sí inconscientemente. ¡Es tan cómodo ese yermo! Pero no puedo más, pienso en ti a todas horas y no tengo escapatoria, he despertado.

Kate se acercó a él y le dio un cálido beso. No hacían falta más palabras, el entendimiento era evidente y ella se había dado cuenta de que lo deseaba mucho más de lo que imaginaba. Tantas horas de trabajo compartidas, tantas bromas, risas, miradas robadas y comprensión, importaban. Para ella era casi inevitable imaginarse cómo sería compartir momentos en privado con Leo, no solo sexuales, sino otras cuestiones tan mundanas como hacer la compra juntos o ver una carrera de Fórmula 1 un domingo por la mañana en pijama. Mentiría si dijera que ella no había considerado la posibilidad de tener una relación estable con él; por mucho que hubiese evitado en el pasado entrometerse entre Leo y Azalea, también había pasado sus épocas de enamoramiento y las había reprimido con mucha dificultad, tocándose de forma compulsiva mientras la imagen de un encuentro se producía en la dimensión imaginaria de su cama. De hecho, aquella misma mañana se había despertado con el recuerdo distante de un sueño erótico muy particular…

-Si tú supieras, Leo, si tú supieras -murmuró-. Soy incapaz de sentirme culpable… Ahora mismo solo me siento liberada, exultante… un poco caliente también, lo reconozco -sonrió-. Me imagino muchas cosas en estos momentos, cosas que… -meditó, cambiando de idea- y lo que hay entre nosotros no puede falsificarse; sé que es auténtico y lo quiero para mí. ¿Soy mala persona por querer esto? ¿Así? Es una locura, lo sé.

-No, no eres mala persona, Kate, ni estás loca, ni debes sentirte así, aunque entiendo que lo ocurrido pueda llevarte a verlo de esa manera, quitarle el hombre a otra, tal que si tuvieras una responsabilidad en mis decisiones, cosa que en el fondo no es real. No eres excusa ni pretexto -aclaró-, las emociones que siento al pensar en ti te pertenecen solo a ti; no le estás robando la pareja a nadie, ni yo estoy usándote como una vía de escape conservadora. Esto es solo la demostración de que hay algo que nos une, algo que creo merece la pena, por encima de toda otra consideración. Soy egoísta al querer tomar este sendero, quizá, pero no puedo evitar desearlo con todas mis fuerzas. En lugar de culpa, me siento por fin comprendido…

Se besaron nuevamente antes de recomponerse y volver a la normalidad, poco antes de la una. El follón en la oficina se había normalizado y Alfredo tenía una venda en la cabeza que ocultaba un prominente chichón. Al verlos salir del despacho, bufó furioso y se removió inquieto en el asiento, pero ellos no le hicieron caso; había sido todo fruto de una locura enfermiza y pasajera que no volvería a repetirse, pero que tenía que ocurrir en aquel lugar y en aquel momento.

-Gracias por arreglarme el ordenador -comentó en voz alta la directora, tratando de disimular lo que era imposible de ocultar.

-Ya sabes que me encanta ayudar y solucionar problemas -repuso Leo, mientras revisaba los papeles de su mesa.

Katherine Glass sonrió con una expresión sumamente bella y regresó al despacho comentando que ya solo quedaba hora y media para acabar la jornada. La gente se animó un poco, dejando atrás el caso, mientras Francisco Salva celebraba un pleno al billar online.

-¿Cenamos juntos? -le dijo por mensaje Kate a Leo-. No tengo planes para esta noche.

-Estoy deseándolo -respondió él.

La Utopía Dorada – III

Kate

Con el juicio nublado y cualquier consideración reglamentaria en el cubo de la basura, en aquel caluroso viernes de abril se abrieron las compuertas del embalse y las revoltosas aguas prisioneras huyeron a la fuga buscando libertad. La sensación de que estaban haciendo algo prohibido, algo que se supone no debían hacer, impregnaba el momento con una deliciosa culpabilidad; lejos de suponer un buen motivo para recapacitar, actuaba a modo de estimulante combustible e intensifica el delirio; llegados a aquel punto, expuestas finalmente las emociones que ambos habían guardado durante años en secreto, ninguno de ellos quería detenerse; querían más.

La mano de Leo aún viajaba juguetona por aquellas piernas largas y cálidas; el sonido del roce con las medias era sutil, suave, y a la vez atronador; el contacto con sus muslos un hechizo de pétalos rojos. Kate no ocultaba su excitación y una pulsión primigenia amenazaba con impulsarla a transgredir las normas internas, aun cuando el omnipresente Alfredo vigilaba de reojo todo lo que ocurría en la oficina.

-Esto se les va de las manos… -masculló en voz baja el señor Pastrana, enervado y con los carrillos a punto de explotar-. Esto se les va de las manos…

Rojo e indignado con lo que ocurría en el despacho de su superior, el trabajador con ínfulas de jefe aporreaba el teclado con frenesí y despachaba a los clientes con malhumor.

-Aquí tiene su puñetero dinero, ¡váyase a gastarlo en alcohol y prostitutas! -le espetó a una señora de 94 años.

-Tome, ¡el justificante del condenado ingreso! -bramó, arrojándole los papeles a la cara a un señor bajito con expresión de no saber dónde se había metido.

-¡Siguieeenteee! -vociferó de pie al más puro estilo feriante, machacando el botón de “siguiente turno” con tal ahínco que en cuestión de segundos el turno pasó del 98 al 150 y todos los presentes tuvieron que sacar un nuevo ticket, cosa que hicieron de forma ordenada, temerosos de las increpaciones del Teniente Pastrana.

Poco después, los clientes huían de la sucursal tal que si un incendio se hubiese declarado dentro de la misma, escoltados por la firme promesa de cambiarse de banco al día siguiente. Un policía local que patrullaba las inmediaciones llegó a preguntarles si se estaba produciendo algún atraco a la oficina.

-Algo mucho peor, señor agente -respondió un jubilado-, mucho peor. Un orangután ha tomado las riendas del banco y amenaza tormenta. Eso es peor que la mili, qué digo, peor que la guerra -exageró-. Mejor que no entre.

Y el policía pasó de largo por delante de la oficina, estirando el cuello únicamente para atisbar los aspavientos frenéticos de un obeso empleado de la banca al borde de un ataque de nervios. Agarró su porra reglamentaria y continúo la marcha, con una sensación de congoja en la garganta. La ciudad era cada vez más peligrosa.

Entre tanto, Milagros rellenaba los documentos de una hipoteca boquiabierta ante semejante espectáculo; el señor Salva jugaba al solitario una partida más, después de haber jugado a las damas, al póquer y al mahjong, dispuesto a batir su récord personal. Quedaban un par de horas para acabar la jornada y aún tenía que echar una partida de pinball, otra de Texas Hold’em y una, como mínimo, al billar; iba justo de tiempo.

Ajenos al maremágnum laboral, Kate y Leo seguía inmersos en su propio refugio privado. La directora, consciente de que aquello solo tenía una vía de salida, se acercó a la puerta del despacho y observó la oficina sumida en caos. Los papeles volaban por todas partes e incluso le pareció ver cómo un cliente se enzarzaba a puñetazos con Alfredo Pastrada por encima del mostrador, para acto seguido ser arrastrado al otro lado del mismo y caer ambos al suelo en peleón abrazo.

La caótica situación se vio súbitamente cortada por una puerta que se cerraba con estrépito. Segundos después, Milagros vio a Kate cerrando las cortinas correderas del despacho con mirada traviesa. No tardó mucho en reparar que Leo no se encontraba en su sitio y trató de advertir a su compañero Francisco Salva, pero el ludópata con ganas de convertirse en tahúr profesional se limitó a asentir sin dignarse a escucharla.

En la oficina, Kate permanecía apoyada de espaldas a la puerta de entrada y se mordía el labio inferior con nerviosismo. Leo, todavía sentado en la silla de la directora, estaba inquieto y no sabía qué hacer con sus manos; sentía que su cuerpo temblaba expectante, sentía la tensión, el ritmo cardíaco acelerado, la urgencia y la sed.

-¿Hasta dónde? -preguntó Katherine-. Dime, aquí y ahora mismo, qué es lo que te gustaría hacerme.

Leo desvió la mirada hacia la izquierda y esbozó una media sonrisa.

-¿De verdad te lo tengo que explicar? -y procedió a apartar un cartapacio negro que ocupaba la mesa, con una mirada de lobo feroz que Kate jamás había visto antes.

La directora se acercó en un par de brincos y se sentó en el borde de la mesa, justo delante de él, separando las piernas todo lo que la falda le permitía; remangándola lo suficiente para exponer los ligueros y el delicado bordado de su ropa interior. El diligente trabajador, sentado en la silla y dispuesto a adorar a su diosa pagana, le indicó que apoyase una de sus piernas en la silla, en el hueco entre sus muslos. Al hacerlo, no sin antes descalzarse, ella sintió que entraba en contacto con algo duro y voraz que se agazapaba bajo la cintura de Leo; no pudo evitar mover los dedos del pie para explorar esas protuberancias un poco mejor, con calma meditada y un brillo animal en sus ojos.

Y así, Leo fue besando su pierna hasta la rodilla mientras con una de sus manos desenganchaba con precisión las ligas que sujetaban aquellas insolentes medias negras. Chas, chas, sisearon inmediatamente después de su liberación; la tela cedió; Leo miró a Kate fijamente y empezó a retirar una de las medias, recreándose en el tacto, en la caricia ladrona que aprovechaba para robar con sus dedos extendidos… Tenía una pierna tersa y con curvas; quemaba al tacto.

Ya con la fina tela convertida en un bulto irreconocible, enrollada a la altura del tobillo, Leo no pudo evitar sacar la lengua y recorrer aquella pierna sinuosa, desde la rodilla a terrenos más recluidos; un ligero sabor salado inundó su boca. Katherine cerraba los ojos concentrada en las sensaciones, con una de sus manos apoyada en la cabeza de su audaz compañero; ahogó un gemido que no hizo sino alimentar el atrevimiento de Leo, agarró su pelo con fuerza para sujetarse bien.

Eran ya pasadas las doce del mediodía y tenían hambre, hambre de sus cuerpos. Besos y caricias se sucedieron, mientras la energía de sus emociones cristalizaba en nuevas bifurcaciones y posibilidades. El sabor de su piel era hechizante y para Leo ya no existía nada más en el universo, solo ellos dos, en el derretido terreno sin explorar de un mundo nebuloso; él sería el cometa punzante que horadaría una luna desnuda. Paseó sus dedos firmes por encima del sexo de Katherine, notando cómo ella arqueaba su cuerpo para incrementar el roce, con la única barrera de una tela cada vez más húmeda; su lengua aún revoloteaba por aquel muslo interminable, en trayectoria de colisión con los lagos ocultos del deseo. Uno de sus dedos, explorador sobresaliente, abrió el camino de la comitiva y tanteó el candor absorbente y tórrido que aguardaba más allá de sus labios…

-Oh, dios… -suspiró Kate-. Oh, ¡Leo!

Con cada suspiro, Leo ganaba terreno, hasta que apartando ligeramente la pierna a un lado, descubriendo el telón del teatro primigenio, de la obra más real y perfecta jamás compuesta, su lengua se sumergió por completo en Kate, saboreando el manjar jugoso que tantas veces había imaginado en su mente. Imposible de detener, absorto en la procura del escondite más profundo, utilizó toda su imaginación para imprimir en el cuerpo de aquella mujer una sincera e incondicional demostración de pasión. Arriba, abajo, suave, fuerte, con caricias o penetraciones bañadas en saliva… Tenía claro que aquel día bebería las mieles de la valquiria, sin importar nada más. Y la valquiria, invadida su fortaleza, acariciándose los pechos, oleada tras oleada, sacudida tras sacudida, cedió indefensa ante la perseverancia y la locura, agarrando un puñado de papeles con tanta furia que ya no servirían para nada más.

-Ay, ay, ay… ¡Leo! No sigas o caeré inconsciente… -temió.

-¿Te gusta? -preguntó, con los labios húmedos y la lengua aún transitando su sexo y sus muslos-. Porque solo pararé cuando quiera -amenazó, dispuesto a repetir.

Ella lo observó con lujuria y un ardor implacable en su pecho, henchido de gozar; de repente, juguetona, empujó la silla con una de las piernas, apartando a Leo de su lado.

-Te quiero en mi boca -ordenó, bajándose de la mesa y aproximándose a su compañero con la misma gracia que una pantera acechando a su presa.

Sus delicadas manos se pasearon por el bulto entre sus piernas, con caricias y suaves pellizcos que trataban de determinar el nivel de excitación de Leo.

-Lo siento, es mi móvil -comentó burlón, restando importancia a una erección tan salvaje que incluso resultaba dolorosa.

-No, no lo es… -contravino Kate, mirándole a los ojos y desabrochándole el cinturón.

A Leo le encantaba la sensación de sentirse tocado, de sentir una mano femenina agarrando su miembro, que por aquel entonces ya estaba húmedo y bien lubricado; sentirse prisionero, secuestrado por una mujer con ganas de sorber su esencia masculina.

-Esto está… terriblemente duro -advirtió la directora, poco antes de desatar su lengua sobre aquella torre de vicio cristalizado.

Recorrió con deseo su miembro una y otra vez, aferrándose a él como si su vida dependiese del mismo, haciéndolo desaparecer en las profundidades de su dulce boca. Una y otra vez. Una y otra vez. Apretando sus labios pintados de carmín en torno él, atrapándolo dentro de ella, ahogando suspiros de lujuria, ansiosa por satisfacer su sed con el ardiente bálsamo de un encuentro prohibido. Aquello era tan placentero que la bestia primitiva de Leo rugía desatada.

-Ahora mismo solo quiero follarte como un animal. Abalanzarme sobre ti y llegar hasta el fondo -confesó enloquecido, sujetándola por el cabello tal que si estuviera tirando por la correa de una yegua brava.

Ella se llevó una mano a la entrepierna e intensificó la mamada; estaba empapada. Leo no pudo resistir mucho más, ya no solo por la intensidad del momento, sino por el penetrante contacto visual que mantenía con Kate y que lo transportaba a un abismo sin fondo.

-Ahhhh… -rompió a llorar la torre solitaria.

Sus ojos se encontraron mientras ella se tragaba el fruto de sus empeños, mientras una descarga eléctrica de placer sacudía todo su cuerpo, acompañada por suspiros que no sabía si provenían de él, de Kate o del cosmos; había sido devorado y le pertenecía; su cuerpo ya no era suyo. Era de aquella mujer dispuesta a todo.

El trueno, y después la calma.

La Utopía Dorada – II

Katherine

El día había empezado de forma atípica, con un hecho singular e imprevisible que rompió la quietud atronadora de la monotonía semanal. Luego de bajarse del bus, aún con la misteriosa imagen de Kali retumbando en su mente, caminó un breve trecho hasta la oficina en la que trabajaba. Al igual que todos los días, se topó con Katherine poco antes de entrar; estaba dándole las últimas bocanas a un cigarrillo de tabaco rubio; paseaba su dedo meñique por el labio inferior en actitud pensativa y su expresión era algo más grave de lo habitual.

Katherine Glass, Kate, era una de las compañeras con las que mejor se llevaba, de cuarenta y pocos años, mitad inglesa, de cabellos rubios y ojos castaños. Tenía un puesto superior al de Leo, pues era la directora de la oficina, pero trataba a todo el personal con familiaridad y mucha mano izquierda. A decir verdad, habían conectado desde el primer momento y, por ambas partes, siempre existió una muy buena dinámica de grupo y la implícita sospecha de que se atraían mutuamente; Leo se masturbaba a menudo pensando en ella, escenificando mentalmente algún escarceo sexual sobre la mesa de su despacho o sobre la fotocopiadora… todo ello con un argumento muy típico de cualquier película porno.

No es menos cierto que la vida, aunque pueda parecer cómico, lleva a la gente a pasar más tiempo con sus compañeros de trabajo que con cualquier otra persona; ni las novias, ni los esposos, ni los hijos, gozan de tantas horas de nuestra compañía como aquellos que se sientan a nuestro lado en la jornada laboral. Por ello, no es nada extraño que de este contacto surjan emociones imposibles, a menudo prohibidas por el código interno de cada empresa.

-¡Hola, Leo! -saludó alegre-. Tan elegante como siempre, así me gusta, ¡hay que dar buena imagen a los clientes!

-¿Qué tal, Kate? -respondió Leo de buen ánimo, dejando atrás todo pensamiento sobre Kali e imaginándose acariciar aquellas largas piernas…-. ¿No te cansas de tragar humo, mujer? Con lo malo que es…

-¡Eh! ¿Y a ti qué más te da? -carcajeó-. ¿Me quieres chafar la mañana o qué? Con el buen ánimo que traía… ¡Es viernes! -palmeó eufórica; ni los directores de banco querían un trabajo de mierda.

-Pues mira -sopesó-, ya sabes que es un olor que detesto, la ropa impregnada de esa peste a tabaco que muchos fumadores llevan encima -esbozó un gesto de desagrado-. Pero hay una cosa que aún me gusta menos y que es realmente demoledora.

Leo se calló, sopesando si debía proseguir con la idea que le paseaba juguetona por la lengua o no.

-¡¿El qué?! -quiso saber intrigada.

-Pues… besar a una mujer fumadora -apostilló, con una sonrisa socarrona-. En ese momento que la sujetas entre tus brazos y las bocas se encuentran, en lugar de calidez y deseo, lo único que siento es que estoy besando un tubo de escape -rió.

Katherine lo golpeó suavemente con el puño en el brazo, esgrimiendo un gesto de falsa reprimenda.

-Así que… ¿pensando en besarme? -le siguió el juego-. ¿Cuán a menudo te pasan esas ideas por la cabeza, Leo?

-Ya sabes que no está permitido, aunque sé que me deseas -añadió, como tantos otros días-. Eres mi jefa, Kate, todo suena muy cliché si te paras a pensarlo y no te veo en ese sentido -mintió, sabedor de que la veía en sentidos mucho peores-. Pero podríamos hacer horas extra falsas, romper la ley e ir a prisión. Sé que en el fondo tienes una rebelde dentro de ti.

-¡Ya estáis otra vez! -interrumpió el recién llegado Alfredo Pastrana, uno de los más veteranos de la oficina, voluminoso, obeso, de bigote grueso-. A trabajar se ha dicho, ya basta de flirteos.

-Alfredito, no te pongas así -se defendieron al unísono.

Alfredo Pastrana tenía el mismo puesto que Leo, pero sus largos años de experiencia, que sobrepasaban los cincuenta en el sector de la banca, le habían convertido de facto en el director en funciones… por la fuerza. A menudo intentaba impartir las órdenes y organizar el trabajo, si bien tales tareas no le correspondían, pero eso jamás lo había detenido ni lo más mínimo y siempre era fuente de muchas bromas y risotadas.

Poco a poco fueron entrando al lugar de trabajo, acompañados de otros compañeros que llegaban de manera escalonada, como la estirada Milagros Dobladillo y el ausente Francisco Salva, festejando el inminente fin de semana o quejándose del calor abrasador que prometía el pronóstico del tiempo. En cambio, Leo se sentó tranquilamente en su mesa, mientras seguía disimuladamente con la mirada a Katherine, recorriendo su silueta desde la punta de los tacones hasta su larga melena rubia. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa de complicidad mientras se internaba en el despacho del director.

Lo mejor del trabajo, pensó Leo, es que desde su posición le podía ver las piernas todo el rato que quisiera, con la única barrera física de un fino cristal transparente… y una persiana corredera que solo se cerraba cuando la directora tenía reuniones. ¡Bendito fuera el excelso y diligente trabajo del personal de limpieza, porque aquel cristal era tan transparente que ni siquiera parecía existir! Incluso haciendo hojas de cálculo de préstamos con un interés escandalosamente alto, sus ojos se paseaban a menudo en direcciones muy alejadas de la pantalla, y su mente se internaba en encuentros fantasiosos sumamente tórridos.

Así, podía recrearse en la visión de aquellas piernas tan bien torneadas, en absoluto escuálidas, que hacían volar su imaginación lejos de aquella cárcel en vida; podía capturar para la posteridad la sensual pose de concentración de su jefa cuando realizaba algún papeleo de gran dificultad o parecía absorta en alguna cavilación de cariz espinoso; o cuando paseaba por el despacho hablando por teléfono… Kate tenía la costumbre de mordisquear un colgante con forma de estrella, detalle que Leo le había hecho saber más de una vez, con chistes relativos a los agujeros negros del espacio y su tendencia a sorber estrellas; pero ella era diferente, ella entendía su sentido del humor y le seguía el juego. “A lo mejor cualquier día te pego un bocado”, le había respondido. Otra cualquiera no entendería la referencia; sería una muesca más en un escenario raído por la desidia.

Realmente, no podía haber mayor desgracia que conocer a la persona de tus sueños y que resultase ser un compañero de trabajo; quedaba fuera del alcance. Un intento de aproximación estrictamente no profesional era un movimiento arriesgado, complejo, con consecuencias potencialmente devastadoras. Pero, ¿qué tenía que perder? ¿Un trabajo que no llenaba su vacío interior? ¿Una pareja que se había acomodado y ya no se esforzaba en nada? Azalea no le satisfacía ni emocionalmente ni sexualmente; ya ni siquiera daba muestras de interés en ninguno de tales departamentos, solo estaba concentrada en la rutina y el no pensar, ¡y él quería vivir y sentir otra vez llamas en su corazón! ¿Era acaso una pretensión poco realista, incluso utópica o infantil? Por ello, aquel viernes salpicado de enigmas, Leo sintió un impulso irracional. Quiso mandarlo todo al garete y dar un paso al frente, liberar la entropía contenida, el caos; besarla y hacerle muchas otras diabluras.

Sacó el móvil del bolsillo y abrió la aplicación de mensajería que usaba a diario para hablar con todo el mundo. Tenía el móvil en silencio, así que no se había dado cuenta de que Kate le había puesto un mensaje desde el despacho que decía así:

-Me he dado cuenta de cómo me miras las piernas. Creo que Alfredo también, jajaja -acompañado de un monigote que parecía un perro con los ojos como platos-. Acabaré pensando que estás enamorado de tu jefa…

Al leer el mensaje, Leo alzó la vista y se dio cuenta de que ella lo miraba con expresión jocosa desde el otro lado del cristal. Estaba esperando su reacción, pero este tipo de complicidad ocurría a menudo. Sin embargo, aquel viernes, como digo, Leo sostuvo la mirada más de lo que dictaba la cordura. Con más intensidad. Con más determinación; hasta que ella se retiró del campo de batalla, poniendo a buen recaudo sus bonitos ojos castaños. Si ella era todo lo que podía desear en una mujer, ¿qué clase de poder tenía la empresa sobre sus anhelos emocionales? ¿Y el sistema? ¿Y la opinión de sus compañeros? Alfredo meneaba la cabeza desde su puesto, consciente de los juegos infantiloides que se traían entre manos estos dos, que le habían llevado a la no tan disparatada conclusión de que los encuentros sexuales ya eran un hecho desde hace años.

-Si te digo la verdad -tecleó Leo, nervioso-, me encantaría hacer muchas cosas con esas piernas. Cosas ilegales.

Una locura. Algo así le podría conseguir una denuncia, un despido, el descrédito de su carrera. La frustración sexual le había empujado a ser una criatura mucho más hambrienta en ese aspecto, más consciente de su sexualidad y de las señales ajenas, pero él sabía bien que no estaba pescando en un lago sin peces y jamás se le ocurriría intentar lo mismo con la malhumorada Milagros Dobladillo.

Kate distrajo su atención del ordenador brevemente e inclinó la cabeza, mientras desbloqueaba la pantalla del móvil para leer la última ocurrencia de su compañero favorito. Y, en ese preciso instante, su expresión cambió. Quizá releyó un par de veces más el mensaje y se aseguró mentalmente de que no era fruto de su imaginación; quizá pensó que era una broma fuera de tono. Leo fue incapaz de determinar si el cambio en su rostro se debía a los nervios, la tensión, una temible decepción… Solo percibió cómo ella se acariciaba el rostro con delicadeza, muy despacio, evitando su mirada, o cómo cruzaba las piernas con una lentitud inusual. ¡Qué gloriosa visión pese a todo!

A lo largo de la mañana, Katherine trató de mantener la compostura y hacer caso omiso de aquella tentativa tan alocada, pero la semilla estaba plantada y el dique amenazaba con romperse. Algo había aguijoneado el muro de corrección profesional que ambos habían levantado a lo largo de sus años de coexistencia laboral, dejando entrever posibilidades que aquel viernes parecían más factibles que nunca. En las inmediaciones de ese muro metafórico, podían verse ahora por primera vez, desnudos, con sus ojos llenos de hambre primigenia encadenados a través de ladrillos resquebrajados por la creciente lujuria.

A media mañana, el teléfono de la mesa de Leo sonó con una musiquilla que había llegado a aborrecer; mostraba una llamada entrante de la extensión 2301, que provenía del despacho de Kate. Descolgó y se lo llevó al oído sin pronunciar palabra; escuchó cómo aquella voz le envolvía, cargada de implicaciones.

-¿Estás muy ocupado ahora mismo? -preguntó la directora-. Estaba intentando pasar unos NRCs que me ha pedido una asesoría para impuestos y el programa me da error al generarlos. ¿Qué puede ser? ¿Estaré haciendo algo mal…?

-Mm… -meditó unos instantes-, voy ahora mismo y le echo un vistazo. Han cambiado unas opciones en la última actualización y ahora hay que marcar unas casillas que antes no estaban.

Leo se levantó, abandonado cualquier otra tarea, y entró en el despacho de la directora con un nerviosismo extraño en el cuerpo. Ella le miró mientras jugueteaba con el colgante de estrella y fue girando la silla a medida que él se aproximaba, posiblemente barajando qué hacer con aquel hombre que tenía pareja pero que le excitaba tanto. Con las piernas entreabiertas en una pose que invitaba a pensamientos muy húmedos.

-¿Dónde dices que te da el error? -inquirió Leo, fingiendo no percatarse.

-Aquí -señaló con la mano izquierda a la pantalla; con la derecha se remangó ligeramente la falda, enseñando el bordillo en zigzag de las medias.

-Déjame ver entonces -repuso con una brusquedad impropia, nacida de un mar de nervios.

Katherine se levantó y le cedió el sitio, para que Leo pudiese estudiar el problema. Existía la posibilidad, naturalmente, de que fuera todo producto de su imaginación, de que el problema fuese real y lo demás un flirteo un poco salido de madre, una broma de una categoría superior. Así que, con toda la buena voluntad que podía poner en práctica, se concentró en la pantalla… siendo plenamente consciente de aquella mujer que se arremolinaba a su alrededor como un ave de presa.

-¿Hasta dónde serías capaz de llegar? -rezaba una hoja de texto, con tal pregunta formateada en negrita y subrayada para darle más énfasis.

La directora de la oficina se apretujó a Leo, como tratando de ayudarle en la procura del error inexistente. Él sintió la cercanía de su cuerpo, la calidez, sus cabellos rozando su oreja, su aroma… Y, disimuladamente, estiró su mano hasta acariciarle la rodilla, protegida por unas medias negras finas y suaves; Kate no se resistió.

-Esto es trampa -le dijo, mirándola con divertimento-. Quizá tenga que investigar otras opciones de configuración…

Y, poco a poco, en unos segundos que semejaron llamaradas de tensión liberada, su mano fue subiendo, subiendo, hasta que sus dedos aventureros llegaron hasta el muslo y percibieron, dejando las medias atrás, una calidez calcinante y eróticamente demencial.

-Ahh… -ahogó ella.

La Utopía Dorada – I (Ver. 2)

Kali

Leo trabajaba en un importante banco nacional, el Banco Pandareos Ibérica, también conocido como BPI, pero su día favorito seguía siendo el viernes y sus intereses personales nada tenían que ver con algo tan mundano como trabajar. Años atrás había llegado a la rotunda conclusión de que el trabajo era un mal necesario que los individuos aceptaban a regañadientes con el objetivo de sobrevivir a duras penas, algo sustancialmente distinto del concepto de vida digna; con frecuencia todo el esfuerzo y la dedicación se veían convertidos en un remedo laboral sin recompensa ni honor, hermanado con el esclavismo y la idiotez. No obstante, ello no le impedía ser un empleado ejemplar, puesto que detrás de toda la rebeldía subyacía una tendencia a la responsabilidad y a las decisiones conservadoras; consecuencias de una educación servil, concluyó.

Así, dispuesto a afrontar el último día laborable de aquella cálida semana de abril, pensando ya en la hora de salida y en lo mucho que disfrutaría su tiempo libre malgastándolo en cualquier irrelevancia, se arregló con los atavíos propios del mundo de la banca: un traje impecable azul cobalto de confección italiana, no excesivamente caro pero resultón; una corbata a juego con rayas claras; unos zapatos negros y lustrosos de piel de calidad; un reloj suizo de brillante esfera… La edad, paradójicamente, lo había hecho cada vez más atractivo y consciente de su apariencia; conservaba su delgadez de la juventud sin apenas hacer ejercicio, pero una suave y contenida barriguilla se intuía en ciertas posiciones. A todo esto, el mejor remedio que encontró -y puso en práctica- fue la económica solución de meter panza. Pero sabía de sobra que un buen traje podía marcar la diferencia y, a decir verdad, no le disgustaba ser la diana de muchas miradas femeninas.

De esa guisa abandonó su refugio en la urbe, no sin antes darle de comer a su compañero felino, el gato Poe, evitando con maestría sus ágiles tentativas de restregarse contra sus piernas. Y, como todas las mañanas, iba justo de tiempo para coger el bus, puesto que no disfrutaba conduciendo ni consideraba oportuno destinar parte de su sueldo a la manutención de una herramienta para ir a trabajar, el coche; por otro lado, había determinado con precisión el tiempo que necesitaba para vestirse y desayunar, un tiempo que había concretado en diecinueve espídicos minutos. En efecto, como buen operario financiero, Leo trataba de maximizar el beneficio con el menor monto inicial de inversión. Sesenta y cuatro céntimos por un trayecto de tres kilómetros y doscientos metros en bus sonaba rentable y era práctico; además le permitía escuchar un poco de música antes de llegar a su puesto laboral y observar el ajetreo urbano matutino con desgana desde una posición cómoda y pasiva.

Maletín en mano, completamente vacío excepto por tres folios y un bolígrafo elegante, Leo se personó en la parada de bus y aguardó la llegada de su medio de transporte, escuchando un poco de jazz en su smartphone. Vivía en una zona relativamente juvenil, por la proximidad de una universidad y de otros centros educativos de secundaria, así que a esa hora la parada también se atestaba de estudiantes absortos en sus preocupaciones adolescentes, con peinados clónicos y el franco anhelo de imitar la actitud del famoso de turno. Como no los podía escuchar a causa de la música, dedujo los temas de conversación con aire distraído, dotándolos además de un ritmo a juego, según la canción reproducida: la compra de un móvil nuevo, la bronca del profesor, el examen de pasado mañana, la fiesta del viernes, fumar a escondidas… ¡Mis padres no me comprenden, estoy solo en el mundo!, resumió. Sin lugar a dudas, cualquier joven podría departir de temas similares en los años de la dictadura, el renacimiento o incluso antes, y que hiciese un calor infernal impropio de abril no alteraba las inquietudes de la pubertad lo más mínimo; maldito cambio climático, pensó de paso, y maldita desinformación. La sociedad no había sufrido transformaciones tan radicales como para desproveer al ciudadano común de inquietudes vacuas e inertes, elaboradas para distraer y dispersar; cada época histórica disponía de sus propias vacuidades y Leo no era enteramente inmune a ellas.

Entonces, sus tremebundas cavilaciones fueron más allá y se preguntó si aquel día podría encontrar sitio para sentarse en el bus; una cuestión de importancia perentoria, como es lógico. No estaba mal viajar rodeado de la muchachada, le hacía sentirse menos viejo, menos caduco, pero no era infrecuente que los más jóvenes fueran totalmente insensibles hacia sus congéneres; se sentaban con las piernas estiradas en los asientos u ocupaban plazas extra con sus mochilas, absortos a cualquier necesidad ajena. El bucle de repetición de su vida se había vuelto tan compacto y opresivo que a menudo se sorprendía preocupándose de menudencias de este estilo, exactamente igual que haría un viejo cascarrabias con la camisa abotonada hasta arriba de todo, momento en el cual un ramalazo de reprobación mental lo reconducía a su antiguo y difuminado yo. ¿Cómo se había convertido en aquel hombre tan hueco, tan quejica, tan cínico? Podría aprovechar el trayecto para imaginar alguna historia, buscar inspiración para escribir un relato nuevo o simplemente soñar despierto, revivir su vocación frustrada de artista, que no era poco. ¿O no? Pero Kali no se lo permitiría.

¿Que quién era Kali? ¡Las explicaciones a su debido tiempo! Porque precisamente eso quiso saber Leo en cuanto se subió al bus y entregó sus sesenta y cuatro céntimos perfectamente contados al conductor, un hombre regordete de pocas palabras que repartía tickets como cartas en una mesa de póquer y resoplaba de forma parecida a un toro dispuesto a embestir. Solventado el pago del viaje, se giró buscando un sitio libre y su mirada planeó por aquel tubo repleto de personas hacinadas, no hallando para su desagrado asiento libre; muchos de ellos estaban ocupados por pasajeros sin patas y con cremallera, atiborrados de libros, otros tantos por pies exiliados de las piernas ociosas de sus dueños. En cambio, pronto reparó en una mujer morena de rasgos excepcionalmente bellos que le devolvía la mirada con una intensidad inusitada. El descubrimiento fue tan inesperado que estuvo a punto de dar un paso atrás y trastabillar, pues en cuanto sus ojos se entrecruzaron Leo experimentó una succión cósmica que tiraba de él y trató de resistirse. Se sentía atraído hacia ella en el literal sentido de la palabra. También sintió escalofríos.

El resto de los pasajeros venían empujando por atrás y el vehículo pegó un quite al ponerse en marcha, así que Leo no tuvo tiempo ni para maldecir: avanzó hacia el fondo del autobús buscando hueco, sin apartar en ningún momento sus ojos de aquella enigmática mujer, clavada de pie en la zona media del pasillo como si fuese una oficial de aduanas; un eléctrico solo de saxofón adornaba la escena dotándola de cierta inverosimilitud y ridiculez, pero lejos de poner la canción en pausa Leo decidió subir el volumen dos puntos. Aprovechó la maniobra para relajar la mirada y cortar provisionalmente el contacto visual, cosa que ella no hizo. Kali vestía un traje de corte empresarial completamente negro y llevaba el pelo recogido en una pulcra y formal coleta larga, que planteaba la razonable duda de si trabajaba en una oficina o en un tanatorio. Podría decirse que nada en ella era excepcional, con la salvedad de sus ojos inusualmente dorados, teñidos del color del trigo en la siega, y de un colgante que llevaba al cuello con forma de cisne, posiblemente un rubí, engarzado en una montura de plata envejecida.

Leo jamás se había sentido tan invadido como en aquella ocasión, tan violado bajo el asedio continuo de dos ojos a todo punto imposibles. Cada instante que transcurría bajo su alcance atronador, su alma crujía y se retorcía, sorbida con voracidad; sus secretos más ocultos expuestos al desnudo; sus debilidades innombrables pronunciadas en voz alta. Kali había hundido sus manos en el pecho de Leo y se había atrevido a abrir la caja secreta, todo ello sin mediar palabra. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era ella? ¿Es que nadie se percataba de su singular presencia? Insisto, eso es lo que quiso saber Leo desde el primer momento. Pero, todavía sin conocer el nombre de Kali, todavía sin ser capaz de discernir si era poción o maleficio, la misteriosa figura de ojos dorados se bajó un par de paradas más adelante, dejando al banquero apátrida prendido de un hilo letal.

Al apearse del vehículo, con el andar elegante y ominoso de un felino al acecho, se quedó inmóvil en la acera, clavando su penetrante mirada en Leo hasta que el bus reemprendió la marcha, lejos de aquel fulgor calcinante. Lo último que vio Leo a través de la ventanilla es que sus finos labios dibujaban una indescifrable mueca, semejante a una media sonrisa… Quizá incluso un guiño de complicidad. La siguiente canción de la lista sonó grave, melancólica, sutilmente amenazante: el saxofonista había tenido un mal día y su oscuridad interior se apoderaba de las notas. Aquella sinfonía estaba sazonada de amargura, el paladar protestaba al contacto; sabía a arena tostada y no presagiaba nada bueno.