Corazones Malditos XIII

La noche cayó sobre la remota Vas Skarol, arropando los escarpados picos de los Colmillos con un manto de viento helado, que rugía por los conductos subterráneos como un dragón escondiendo su tesoro. Incluso en el interior de la montaña, las lámparas mágicas y los hechizos de ilusión se adaptaban para mimetizar los ciclos solares y mantener cierta coherencia y regularidad en los ritmos circadianos. El Cantor, sorprendido por el cambio de iluminación, sugirió continuar la charla en un lugar con mayor privacidad; invitó a las dos mujeres a cenar en su propia casa, situada en la misma oquedad que el gremio del Coro, lugar en el que pasarían la noche a buen resguardo.

Cruzaron la calle, dejando a sus espaldas la Ocarina, con sus líneas futuristas, enaltecidas por el brillo surrealista de las estrellas artificiales, y encaminaron sus pasos hacia una de las viviendas más grandes de toda la barriada. Si bien por fuera no destacaba en comparación con otras estructuras vecinas, ya de por sí buenos ejemplos de opulencia artística, el interior estaba repleto de instrumentos y obras de arte de muy distinta procedencia, a buen recaudo en vitrinas que las protegían del inclemente paso del tiempo.

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Corazones Malditos XII

Días después, no muy lejos de Okkelett…

Finalmente, los dos satélites lunares transitaban el cosmos ya en paralelo, enamorados sus corazones de hierro fundido en una peculiar coreografía cósmica. Para el observador terrestre, la escena era sin duda majestuosa: una única luna de color rojo —sangre— cruzaba los cielos sin prisas, dibujada en el firmamento como el ojo de un titán rabioso, iluminando la oscura noche con un tinte mortífero. Conocido por el nombre de Uruta Bali en las antiguas provincias del Imperio de Mylazzar, era un fenómeno que ocurría una vez al año, en fechas próximas al solsticio de verano.

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Corazones Malditos XI

Muy lejos de Vas Skarol,  semanas antes…

Los jinetes venían de Melnavard, un reino más al sur de Okkelett, Lylia y la boscosa Bolga; eran dos, un hombre y una mujer. Se encontraban en la zona norte del valle de Morag, una gran extensión de bosque frondoso, lleno de osos, lobos y fugitivos, que separaba las tierras bolguinas de Lylia, reino vecino que se había formado a raíz de los restos de Mylazzar y que conservaba la antigua capital -Lazz- como centro de su poder. Su objetivo final era Vas Skarol, la montaña de los hechiceros.

El hombre era ancho de hombros, pálido, fuerte, y tenía el pelo entrecano; de ojos oscuros y barba poblada, desprendía un aura de seguridad amenazante. Se llamaba Alexander. Vestía ropas de cuero negro, discretas y cómodas; para él los adornos eran imprácticos y una muestra de debilidad de carácter. A su espalda, dos espadas curvas como las pinzas de un alacrán venenoso, enfundadas; una de las empuñaduras de marfil pulido le sobresalía por el hombro izquierdo, la otra por el costado derecho; sería capaz de desenvainarlas en menos de un parpadeo y de cortar en dos a un enemigo en el proceso. Era un mercenario, no tenía patria, no tenía rey, pero antaño había sido uno de los guerreros más fuertes de Melnavard -una potencia militar sureña-, un espadachín sin parangón, y por ello todavía se servía de un complejo código de valores para conducirse en la vida. Había caído en desgracia, los honores y las alabanzas se habían olvidado con pasmosa facilidad; hoy luchaba por vivir un día más, lejos de sus compatriotas, que ya no le tenían aprecio.

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Corazones Malditos X

Ludos Wick, el Cantor, líder del gremio de los artistas, era uno de los hechiceros más respetado de Vas Skarol; conocido por sus excentricidades y su carácter enamoradizo, en especial por las mujeres rebeldes, como Helena, recibía con frecuencia miradas de envidia por parte de su colegas. Nada más ver llegar a su musa, sus ojos se iluminaron con un fulgor arrollador, su pecho explotó en un torrente de emociones tan poderoso que haría naufragar a las barcazas skarad de Oddemger en un efímero pestañeo.

-¡Helena! -exclamó, paseando sus dedos por las cuerdas del arpa-. ¡Dulce doncella de cabellos de fuego, cuánto tiempo sin verte! ¿Acaso el destino se empeña en cruzar nuestros caminos de nuevo, florecilla mía? ¿Acaso has cambiado de opinión y dejas atrás tu pantano a cambio de mis cálidos besos? -recitó, mientras tocaba un acorde que rezumaba añoranza.

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Corazones Malditos IX

Vas Skarol era un lugar frío incluso en la época estival, no solo porque se encontraba tallada en montañas de cumbres borrascosas, que pasaban la mayor parte del año cubiertas de nieve, sino también porque con frecuencia los frentes gélidos provenientes de Oddemger azotaban la región, e inundaban las grutas con un viento que cortaba como cuchillas. Su paso iba acompañado por un estruendoso rugido gutural, que se propagaba por los conductos subterráneos como una sierpe enloquecida, y no pocos visitantes lo confundían con el despertar de un dragón arcano. Lo llamaban el “nordo”, término que también se empleaba para referirse de forma genérica a los habitantes del norte, de piel pálida, ojos azules, cabellos rubios y gran fortaleza física.

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Corazones Malditos VIII

Las fugitivas llegaron a Vas Skarol casi tres semanas después de haber abandonado Okkelett; la larga travesía había menguado gran parte de sus fuerzas, aunque también había servido para que ambas mujeres se conociesen mejor. Su vínculo se había estrechado poco a poco en el camino, pese a las evidentes desavenencias que salían a relucir en lo tocante a Daro. Helena quería hablar con Ludos Wick y movilizar a los hechiceros para detener al joven vampiro y a su funesta aliada, Agraga, mientras que la atribulada Oksana Rozovyy vivía en un un estado de angustia y anhelo que empujaba su mente en direcciones imprevisibles. Más de una vez se sorprendió barajando la opción de regresar junto a Daro, abrazar su maldad y condenar un mundo estrambótico al exterminio; rendirse, purgar toda existencia y hundirse en la asfixiante quietud cósmica, juntos.

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Corazones Malditos VII

Helena y Oksana llevaban huyendo semanas, en dirección a las colinas del norte, a Vas Skarol, también conocidas por el poético nombre de Los Colmillos, unos picos escarpados y de gran altitud que se encorvaban de maneras improbables, desafiando las leyes físicas. Aquellos picos eran famosos porque las sectas de hechiceros se habían afincado allí desde el fallecimiento del emperador Lilium Mylazzar IV, el Embrujado, célebre por su afición a la práctica de la magia y a menudo tomado por loco, afición que no compartía su sanguinario sucesor, Arcturus Mylazzar II, el Inquisidor. Afortunadamente, Los Colmillos se encontraban en un territorio inhóspito y sin explorar, y tanto las coronas de Mylazzar* como las de Gagh-Naugh* estaban demasiado ocupadas en la lucha por la supremacía como para perseguir a los fugados hasta allí; se les concedió a los hechiceros un perdón real a cambio de que no volviesen a poner pie en territorio Imperial y luego el mundo precedió a olvidarse de ellos, salvo por los cuentos y leyendas que adornaban el folclore popular del continente. Con el transcurso de las centurias, Mylazzar y Gagh-Naugh cayeron y se descompusieron en una miríada de reinos más pequeños, independientes y con auténtica pasión por las escaramuzas bélicas, pero en cambio el grupo de exiliados que vivía en Los Colmillos prosperó.

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