Las Ideas Matan

Ayer nos sorprendía la deleznable masacre acaecida en Francia, a manos de unos terroristas de corte yihadista, en la que unos asesinos desalmados tirotearon a más de una decena de personas armadas únicamente con material de dibujo. ¿Su afrenta? Haber tenido el “atrevimiento” de caricaturizar a Mahoma hace casi diez años. Una broma, sin más, que este tipo de publicaciones elabora sin una fijación particular; lo mismo un día dibujan al Papa que a un rey exiliado.

Esta locura, esta ejecución a plena luz del día de la libertad de expresión europea, se une a las amenazas que el terrorismo islámico dedica a todo aquel que defienda ideas contrarias a las suyas (como hizo en su momento el nazismo o el franquismo). Una vez más, por culpa de ideas sociopolíticas o de credos religiosos -que son básicamente ideas sociopolíticas pero mucho más descerebradas-, hay personas segando vidas y hay personas muriendo por nada.

La sangre se derrama hoy, año 2015, como se derramó en las cruzadas o en la época de las cavernas. La evolución, tan defendida por la comunidad científica y tan ensalzada por nuestra propia vanidad, se pone en entredicho cada día, a manos de los atropellos gubernamentales y de la ceguera estructural del fanatismo. ¿Para qué necesitamos entonces las creencias, si solo sirven para causar horror y muerte? Un panorama desolador que apena a todos aquellos que gozamos de una rareza emocional denominada empatía.

En efecto, hay quien diría que las ideas no sirven para nada, que son armas peligrosas y deberían desaparecer para salvaguardar el bien común (yo he llegado a abrazar esta opción, la total erradicación de credos y grupos ideológicos). Las ideas, que a la postre evolucionan en fanatismos de todo tipo, solo sirven para dejar patente nuestra estupidez e ignorancia intrínsecas y, sobre todo, nuestros propios defectos. Tratar de imponer un conjunto de creencias a otras personas es ya de por sí una acción sin honor y sin respeto, la cual se magnifica cuando se produce por medios violentos y conductas en esencia bárbaras y primitivas. ¿Qué clase de credo amenaza a la gente para granjearse su devoción? El capitalismo tampoco se libra, que conste.

Y así, mientras un puñado de despreciables comanda a sus huestes desde el trasero de su territorio, jóvenes y viejos perecen en la defensa de los intereses personales de los avatares del egoísmo, escondidos tras toneladas de paja religiosa y ensalzamientos fanáticos. Sus vidas prescindibles se convertirán en mero pavimento para las aspiraciones conquistadoras de seres en absoluto dignos. Pero somos débiles, deseamos pertenecer a un grupo, y caemos en las redes de cualquier embaucador con tal de no sentirnos solos, de justificar nuestra existencia… Lo siento, amigos, la vida no tiene sentido; lamento descubriros así de sopetón este terrible secreto milenario.

Si cada persona se limitase a vivir su vida sin imponer sus creencias o sin molestarse porque los demás piensen diferente, nada de esto estaría pasando. ¡Diablos, nada habría pasado a lo largo de los eones de la historia!; solo paz, mansa y queda. Mas en conjunción con el miedo a lo desconocido y el deseo de uniformidad, yace el anhelo de ser oveja, de ser rebaño, y cualquier pastor es bienvenido, aunque su boina roñosa y pestilente asfixie al ganado con nieblas verdosas. Aquellos que predican muerte y dolor y anteponen sus ideas a la comprensión y el diálogo, no son humanos; tampoco son animales. Son monstruos; cuidado con ellos.

Entre tanto, aquellos humanos que creemos en una sociedad mundial unida, diversa, rica, próspera, capaz de sobrepasar cualquier dificultad, de sortear cualquier obstáculo, vemos nuestros sueños machados y convertidos en diminutos fragmentos a diario. El llanto y el sufrimiento nos corroe; ¿desengaño?

¿Por qué, siendo conscientes de su oscuridad silente, estos monstruos de los que hablo consiguen con pasmosa facilidad un ejército de adoradores, dispuestos a ofrendar sus “almas” al yunque de la fatalidad? ¿Somos todos monstruos o nos seduce la oscuridad, el caos? Las espinas ponzoñosas de las ideologías atacan de nuevo, pero nada nuevo hay en ellas, solo un viejo y agrietado impulso: poder y dominación. Un sucio y despreciable impulso, armado con una guadaña, perlado con el sudor de la muerte…

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