Malos Humos

No se puede negar que la contaminación se está convirtiendo en un problema sumamente grave, un problema de inquietante actualidad que no va a desaparecer aunque miremos hacia otro lado, por mucho que desde las esferas económicas se nos empuje a consumir ciegamente y a crecer sin denuedo, ignorando el pestilente estercolero que amenaza con exiliarnos de nuestros hogares. Todas las políticas negacionistas vienen a cristalizar en un fútil intento de mantener en pie al frágil Goliath, que tantas alegrías y beneficios nos otorgó en el pasado; siempre hubo bosques y petróleo, por tanto siempre los habrá. ¿Para qué cambiar?

Lamentablemente, la basura que generamos a raíz de nuestro desproporcionado expolio de los recursos naturales terminará inundándonos y asfixiándonos, y de hecho los efectos secundarios de esta saturación sistémica de residuos ya comienzan a notarse en nuestros organismos, a tal punto que muchas de las dolencias físicas y psicológicas de nuestra sociedad provienen directa o indirectamente de esa dejadez y laxitud con la que las corporaciones internacionales y los estados enfrentan sus responsabilidades en materia medioambiental.

En conjunción con la contaminación omnipresente del siglo XXI, también nos encontramos un ritmo de vida estresante e inhumano, en el que los valores y las emociones se desprecian por reportar exiguos beneficios, prefiriendo en su lugar todo aquello que implique un flujo monetario, la especulación y el saqueo, incluso a costa de los ecosistemas y de la salud de los individuos; un círculo vicioso, roñoso y temerario. Nuestra civilización podría catalogarse sin tapujos como decadente y enferma, egoísta y suicida; vírica. Democráticamente decadente, enferma y vírica, aunque como es en el nombre del progreso, nadie puede decir nada (es un dios muy vengativo).

Pese a todo, pese a la premura con la que deberíamos actuar y descontando las continuas denuncias y advertencias de ciertos grupos científicos y ecologistas, los gobiernos persisten en el cortoplacismo, firmando acuerdos no vinculantes -y poco ambiciosos- para reducir emisiones, con unos plazos tan disparatadamente lejanos que a veces me pregunto si quedará algo en pie para entonces; dicho de otro modo: que lo arreglen nuestros nietos. Balones fuera, culpas ajenas…

¿A qué viene esta diatriba? Hace unos años era imposible imaginar que, en el futuro, en los partes meteorológicos de los telediarios, nos hablarían de la polución atmosférica y de sus peligros, tal que si fuesen temporales de nieve y viento; ahora es una realidad, mejor nos acostumbramos. Borrascas y anticiclones han dado paso a “concentraciones peligrosas de contaminación”, murallas estancadas de nubes de delicioso smog y lindezas por el estilo. Si no sopla el viento, nos moriremos de tanta porquería ambiental.

Resulta que la situación anticiclónica de los primeros días del año contribuyó a encapsular todas las emisiones contaminantes alrededor de las ciudades, impidiendo su escape y posterior dispersión, opacando las siluetas urbanas bajo mantos tóxicos de color desagradable, y casi todos los medios se hicieron eco de esta situación. En la infancia más tierna de este 2015, en sus primeros y trémulos pasos, ciertas ciudades de España ya han rebasado descaradamente los niveles de emisiones anuales admitidos por la Unión Europea, pero lejos de establecer un plan de acción y de replantearnos cuestiones relativas al tráfico o a la actividad industrial, algunos responsables políticos demandan a Europa que no sea tan exigente y que nos conceda un margen más amplio… o que las empresas de la automoción se pongan las pilas (y aquí les doy la razón).

Ya que no podemos cumplir con las normas, y como nos importan un comino, mejor lloramos y nos quejamos para ver si el profesor nos rebaja la nota de corte y podemos seguir tirando con el mínimo esfuerzo, porque ponerle trabas al comercio, al progreso, es una locura retrógrada y de comunistas. Lógicamente, tampoco es justo para con los ciudadanos imponer nuevos gravámenes o sanciones relativas a sus vehículos diésel, máxime cuando desde hace unos años se ha venido incentivado su compra de forma encarnizada, haciendo siempre hincapié en lo económico que resulta alimentar esos eficientes motores. Hincapié económico, sí; ¡oh, vil metal!

Tiempo atrás, en los dorados años del exceso y las burbujas inmobiliarias, pocos se preocupaban por el hecho de que los diésel son vehículos mucho más contaminantes que los de gasolina; ahora, sí. ¿Será una excusa para promover la renovación del parque automovilístico del país? No lo descartaría, puesto que son capaces de cualquier ocurrencia con tal de ordeñar un poco más a la población.

En otro orden de cosas, los hombres y mujeres del tiempo recalcaban la semana pasada que hacía falta una borrasca, lluvia, para limpiar el ambiente. Pero, ¿a qué se referían con eso de limpiar el ambiente? ¿Soy tan ignorante que desconozco un fenómeno atmosférico mediante el cual la polución es absorbida y catapultada al lejano cosmos, lejos de nuestra nación? ¿Acaso hablan de una chacha sideral que con su plumero celestial esparce rayos áureos y pulcritud universal? No.

La contaminación que se encuentra en suspensión, revoloteando cochineramente por entre los edificios, cae a la tierra y al agua cuando llueve; si antes era un problema por afectar a nuestro aparato respiratorio, dañando pulmones y pensares, ahora se introduce subrepticiamente en las fincas en las que cultivamos verduras o en los mares en los que pescamos merluza o sardinas. En consecuencia, la polución y sus agentes tóxicos siguen hallando una vía de acceso a nuestros organismos, al sustituir la vía respiratoria por el aparato digestivo, por lo que hablar de “limpiar el ambiente” o de “dispersar la contaminación” viene a resumirse en “consumir deposiciones industriales, pero sin que se note, que así somos todos más felices”.

Sea como fuere, la porquería ha llegado para quedarse y tardará milenios en desaparecer por completo. Solo un sistema global que obligue a los países a tomar cartas en el asunto y que modifique las conductas de consumo sociales podría atajar este problema, si bien ello supondría una disminución en los beneficios empresariales y, por extensión, en la recaudación estatal, al prohibir ardides tan deleznables como la obsolescencia programada o el fomento de guerras civilices para saquear recursos en países empobrecidos. Dado que el objetivo primero de todo ente económico es la acumulación de dinero, y ya que la actividad industrial se encarga de generarlo constantemente (y por ello está protegida), la contaminación solo se verá mermada si acaece uno de los dos siguientes supuestos:

1) Una raza alienígena de corte porcino nos invade, y en su voracidad malsana nos roban toda la porquería y se la llevan a su cochambroso planeta, para revolcarse hasta la extenuación orgásmica.
2) El decrecentismo racional se impone y el sentido común prevalece. Aceptamos que el planeta es finito y adoptamos conductas consecuentes. De donde hay 2, no intentamos sacar 6.

Hasta entonces, podríamos caer en el error de aplicar restricciones respiratorias o alimentarias, tomando únicamente dos bocanadas de aire matutino y bebiendo medio vaso de agua destilada por día, pero no serviría de nada. Al igual que el polvo que se posa sobre los muebles, la basura tiene la extraña habilidad de materializarse en el sitio más insospechado y cuando nadie lo espera, especialmente si es parte integral de nuestros valores huecos. Quizá la vida consista en morir poco a poco…

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4 comentarios en “Malos Humos

  1. Obedecemos demasiado a la autoridad. Nos dicen: Contaminad al máximo. Y la gente obedece. Es un absurdo difícil de entender. La gente da más importancia al qué dirán que a su propia salud, no hablemos ya de la salud de los otros. Comen basura y, sabiéndolo, dicen: “Bueno, de algo habrá que morirse.” Me pregunto si la gente nace idiota o los hacen idiotas con tanta telebasura.

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  2. Cierto es que nos dejamos llevar con suma facilidad, quizá porque nos gusta sentirnos arrastrados o porque nos importa un rábano. Cualquiera de las dos opciones es válida. La clave es no pensar mucho y ocuparse de los problemas cuando aparecen, según establece la mentalidad cortoplacista; prevenir es de miedicas.

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