Caballos de Troya

La política es una disciplina que con el devenir de los tiempos ha ido descomponiéndose cual cadáver bajo el sol árido del desierto. En ocasiones, grupos de gente con energía y voluntad suficiente han pretendido desmontar las posiciones de poder de las clases dominantes, sirviéndose de revoluciones populares o incluso dictaduras, trayendo al mundo una reforma necesaria y anhelada por los atribulados habitantes de una nación en horas bajas. Ese cambio radical, fuente de tantas alegrías (y miedos) para el vulgo, es en esencia una ligera modificación del status quo, pero no de los problemas estructurales de un modelo que favorece la esclavitud, la confiscación y la corrupción.

Así, lo que es percibido por el ciudadano de a pie como una ruptura irreversible con lo “viejo”, añejo, rancio, redunda en un baile de sombras que cristaliza en nuevos abusos y atropellos, resultando en un nuevo sistema prácticamente igual que el anterior; nobles y adinerados empresarios tienen mucho en común; la plebe con los trabajadores, también. En esta particular cadena trófica del poder y la influencia, depredadores y depredados se turnan cíclicamente, parasitando al resto de la población, que por norma permanece inmóvil y a merced de las leyes que la nueva clase dominante promulga.

Mas no es infrecuente que esa plebe zarandeada por los avatares de la deshumanizada sociedad en la que vivimos se sienta partícipe del cambio, soberana, al volante de la locomotora. Mediante mensajes de venganza o justicia difundidos por los protagonistas del cambio político, el adormecido y oprimido ciudadano se siente capaz de lograr la conquista de su dignidad; puede darse el caso de que tampoco tenga mucho que perder. En consecuencia, dos o tres héroes mesiánicos acaudillan todo el apoyo de las clases indignadas, que confían en ellos y creen que otro mundo es posible.

No obstante, estos períodos de inestabilidad y relevo están previstos por el sistema de antemano. Las clases dominantes, hábiles en el arte de la adaptación y la refundición de sus apariencias y maneras, ponen en marcha las revoluciones de forma controlada, teniendo por tanto el control del modelo resultante; las raíces bien plantadas. Esto se logra mediante la impartición general de valores afines al sistema vigente (consumo, progreso, crecimiento), que las generaciones más jóvenes recogerán con hambre y desesperación sin saberlo, floreciendo poco después en un rechazo frontal al régimen imperante, pero sin “atacar el verdadero núcleo de la enfermedad”. Se producen salvas de aviso y escaramuzas mediáticas entre ambas partes, dominantes y candidatos a dominantes, pero son hermanos sin saberlo, y muy parecidos. No tardarán mucho tiempo en adolecer de los mismos errores y de fallar miserablemente ante las mismas problemáticas.

La política es, bien mirado, una función de teatro en la que una serie de arlequines hacen las delicias de los espectadores. Se da la sensación de que se trabaja por mejorar el país, aumentar los derechos o las infraestructuras, etc., pero todo ello son meras concesiones, necesarias para mantener el control sobre la masa y para promover un modelo que incentive el consumo, que es el objetivo ulterior. El estado del bienestar, por ejemplo, fue un invento diseñado para hacer frente a la órbita comunista soviética.

La realidad es que el mundo está regido por el dinero, por el concepto de riqueza; su acumulación y persecución es el primer apartado de toda ley, trabajo o estudio. Solo unos pocos, díscolos y extremistas, reniegan de los bienes materiales y encomiendan sus mentes al bien común, a luchar por la naturaleza o por sus semejantes. Con frecuencia, estos rebeldes son “fracasados” en sus sociedades, ya que no aceptan yugos artificiales y no encajan en la maquinaria insensible que todo lo rige. Siguen siendo animales políticos, puesto que el ser humano lo es por naturaleza, pero su política pertenece a una vaina diferente.

Ya sea en los antiguos imperios (romano, chino, español) o en los nuevos (estadounidense, alemán), todo lo que se hace o se puede hacer se determina en base a la riqueza de sus arcas. Esas arcas se llenan a costa del trabajo de los ciudadanos, del expolio de los recursos naturales y de la invasión de otras tierras, en las que no se respeta el ecosistema ni la vida humana; son enemigos inferiores, bárbaros, paganos. Tal modelo de parasitación sigue vigente, en casos flagrantes como el del Congo o en factorías de sangre afincadas en la lejana China. Hay que puntualizar que los imperios del presente son empresas multinacionales, no naciones. Aquí, pues, están los enemigos de la humanidad y los responsables de las injusticias sociales y los crímenes ecológicos que nos asolan; no son los políticos; no podrían.

Y a esta gente, ya elevada a categoría de semidiós, le trae sin cuidado que gobierne la derecha o la izquierda, o que en un país explote el parlamento y se instaure una asamblea popular. Salvo que el modelo instaurado sea una autarquía inflexible, saben que el tejido mundial necesita del consumo y son capaces de poner en marcha asedios con tal de perpetrar sus previsiones de beneficios; tienen la sartén por el mango. Un simple bloqueo de alimentos en los supermercados durante una semana y el caos sería incontrolable; en materia de combustibles, sería incluso peor.

Precisamente por todo lo expuesto, no creo que Podemos ni Syriza puedan cambiar nada. Se les está dejando algo de manga ancha, se les permite ilusionar a la población, de forma que los atropellos del presente sean más digeribles ante la perspectiva de un futuro mejor. Pero llegará su turno de gobernar y fallarán, porque aunque dicten leyes expeditivas y se cierren en banda ante las intromisiones extranjeras, el empuje del consumismo que todo lo domina, comandado por la burbujeante necesidad de rellenar la vida con bienes materiales inservibles, doblegará cualquier resistencia. Esto solo se puede combatir con decrecimiento y austeridad a nivel individual.

Mientras el dinero dicte el alcance de los derechos sociales, la prioridad de las reformas o la importancia que se le da al medio ambiente, esta especie estará condenada y no habrá descanso. Estamos hablando de un Goliath que no se puede derribar… a menos que cada ciudadano, a título personal, trate de independizarse de esta locura expoliadora y prescinda de los productos más contaminantes o inmorales. Y para eso no hace falta ninguna revolución política.

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4 comentarios en “Caballos de Troya

  1. Es lo mismo que vengo defendiendo desde hace años. Por eso aún no uso coche, y pese a la presión laboral de este último año, sigo yendo en bicicleta. El petróleo es la lanza con la que se atraviesa la tierra. A nosotros incumbe conseguir que esa lanza tenga menos punta y que no hiera a la tierra. Hay que bajarse del coche. Si la gente dejara de conducir en las ciudades los parásitos que gobiernan el mundo temblarían. ¡No podrían obligarnos a consumir! Pienso que es la única manera de derrotarlos. Hay que hacer lo contrario de lo que dice la televisión.

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  2. Poco tardarían en reformar sus constituciones para obligar a las personas a conducir un coche; ya nos obligan en cierta manera de forma sibilina, con el pretexto del trabajo o el ocio. Exagero, pero de estos me espero cualquier cosa. Independencia no es vivir en un país soberano, independencia es no necesitar más de lo necesario.

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  3. Si la gente se bajara del coche es porque se habría operado un cambio de mentalidad, y contra eso no podrían combatir los capitalistas. Si la gente diese la espalda al sistema, estarían perdidos, porque no nos podrían obligar a ser “capitalistas”. Ahora la gente lo es de forma voluntaria. Pero un cambio de actitud, y no pueden hacer nada. Los virus necesitan que el cuerpo agredido no reaccione. Por el momento, la población todavía no ha reaccionado contra el ataque de los virus capitalistas. Pero eso podría cambiar de la noche a la mañana. Lo saben, y por eso nos aterrorizan día y noche y crean “enemigos” fantasmas, que son en realidad meros colaboradores del sistema, aquellos que hacen el trabajo sucio.

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  4. Estoy de acuerdo, gran parte de la culpa reside en la actitud individual, en la connivencia con el sistema imperante. Se requeriría un pequeño esfuerzo de secesión ideológica, de retornar a lo natural y no encumbrar un ciego progreso. Es difícil bajarse el tren cuando viaja a 300 km por hora.

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