Cavernícolas Enterprises

Los efectivos de ISIS siguen infundiendo terror entre la población árabe -e internacional-. Su última tropelía: entrar en un museo de Mosul, en Iraq, y ponerse a destruir reliquias de más de 2000 años de antigüedad, armados con mazas casi tan grandes como ellos, con una expresión de satisfacción pintada en la cara al machacar los rostros de las estatuas y pulverizar el resto de sus cuerpos cincelados en piedra.

Claro, son “ídolos”, representaciones paganas de religiones falsas, herejías, atentados contra el sentido común del buen fanático 2.0. Quizá dentro de 2000 años, cuando las civilizaciones atraviesen su progresión natural de autodestrucción y regeneración parasitaria, algún energúmeno de corte biónico se dedique a orinar fluidos sintéticos sobre las enseñas del Estado Islámico del siglo XXI, esgrimiendo que son herejías que atentan contra su fe; con estas cosas nunca se sabe. Algunos escritos sagrados y algunas estatuas ungidas por la luz de los ángeles tienen la mala costumbre de convertirse en obras profanas y pestilentes, ardides del más avieso Satanás. ¿El tiempo o la evolución natural de la idiocia? Un poco de todo.

Veréis, hace muchos miles de años, millones incluso, un mono se cayó de un guindo. Descubrió que estaba desnudo y sintió pavor al ver su trasero desnudo expuesto a los avatares del frío clima terrestre; tal revelación se produjo por un fuerte trauma craneal. Decidió que era buena idea taparse sus partes pudendas con hojas de vid, y luego obligó a sus congéneres a imitarlo. Sus congéneres eran algo lentos, sí, porque lo obedecieron; hasta la llegada del Iluminado, disfrutaban de su vida comiéndose los mocos y degustando hematófagos aferrados al pelaje de sus allegados; la vida era tranquila y sencilla. Con la llegada de Él, concluyeron que la organización religiosa/cultural era preferible a la mera fagocitación de mocos y diseñaron entre todos un sistema ridículo y patético que perpetuarían ad infinitum.

De camino, los machos de la tribu sintieron un complejo de inferioridad acuciante y una inseguridad atronadora, por lo que añadieron en sus proyecciones religiosas la idea de que las hembras eran pecado y debían ser reprimidas de alguna manera. Primero barajaron la posibilidad de que llevasen un geranio en la cabeza, para oprimirlas mucho, pero no era práctico porque en primavera atraía a las abejas y el Iluminado era alérgico a sus picaduras. Se descartó también por mayoría simple la exterminación de las mujeres, por cuestiones prácticas, y poco a poco las formas de represión se fueron fraguando en prendas de vestir que no dejaban nada a la vista y en conductas de desprecio a la valía femenina.

Las centurias transcurrieron sobre el lienzo del mundo y los monos evolucionaron en otras formas de monos, quizás más erguidas, menos peludas, pero igualmente primitivas. Las rudimentarias creencias religiosas que los regían hasta entonces fueron tornándose en organizaciones “con ánimo de lucro” más ambiciosas. Para darles repercusión y ganarse adeptos, estas creencias promulgaban la existencia de un Dios, que a veces aparecía en forma de matojo incendiado, paloma violadora, camello tuerto o coyote jocoso. No importaba tanto la forma escogida, sino las enseñanzas que le transmitía al greñudo Iluminado en cuestión, en forma de tablillas pétreas o coléricos mandamientos.

Naturalmente, el resto de la tribu tenía que obedecer; y las mujeres tenían que callarse. Que se callaran mucho, querían los jefes del tinglado y, armados con un cincel matusalénico, adulteraron las tablillas y añadieron leyes que prohibían a las mujeres hablar y, por qué no, pensar. Luego lo reconsideraron y aplicaron un poco de masilla reparadora “Tipextrio”, para volver a redactar esa ley con un alcance mucho más general: “que nadie piense, que solo adore”. Fueron los primeros años del marketing y causó furor. La población adoraba a todas horas y no pensaba jamás.

Tal caldo de cultivo permitió a esas antiguas religiones pasar de ser un conjunto de ridículas creencias a un conjunto de sagradas ridiculeces. Los caudillos, reyes y sultanes de los territorios dominados por estas tribus de simios, se escudaban en las religiones para justificar sus reinados y poder fornicar sin denuedo, así como ejecutar a cualquier plebeyo indolente. Fornicar, comer sin reparo y hacer la guerra; era dura la vida del noble. Los de más baja cuna podían elegir entre la esclavitud y morir, cosa que agradecían porque elegir siempre es difícil y cuantas menos opciones mejor (eso lo saben hasta los políticos de hoy).

Así pues, generaciones y generaciones de descendientes descerebrados después, los cultos organizados de idioteces sagradas siguen galopando por nuestro mundo, poniendo de cuando en cuando en jaque a las mentes más brillantes, esas que hablan de futuros mejores y de un verdadero progreso moral y social. Algunos cultos han derivado en agrupaciones más o menos pacíficas y comprensibles, como el culto de las Santas Marujonas; otros siguen afincados en el extrarradio de la razón. Como ejemplo de estos exponentes más díscolos, encontramos a los fanáticos, que pueden pertenecer a muchos credos diferentes. Extremismo islámico, radicalismo capitalista, terrorismo financiero, expoliadores profesionales… son exponentes de una guerra imperecedera por imponer las ideas más descabelladas al resto de la población. Y que se callen las mujeres, añaden de forma explícita o implícita.

ISIS es un fiel defensor de eso de que se callen las mujeres. Y los hombres. Y los niños. Y los viejos. Y los gatos, que son muy molestos cuando hacen discursos. Que se calle la libertad, que se callen los libros -que son quemados-, que se callen las estatuas -que revientan a porrazos-, que se callen los periodistas -que son decapitados-, que se callen todos. Solo silencio y obediencia ciega. No, que se calle el silencio también.

Cuando esté todo el mundo callado y los neocavernícolas gobiernen este planeta, los fanáticos se aburrirán al no poder matar infieles ni hacer callar a nadie más. En consecuencia, dedicarán sus esfuerzos a buscar el origen de esos extraños ruidos que a veces escuchan a sus espaldas, y que suelen ir acompañados de una anormal vibración entre sus nalgas. Puede que necesiten la colaboración de todos sus feligreses más devotos, la cooperación de sus científicos más avezados, expertos en la elaboración de nuevas tecnologías con palos y piedras. Quizá, en ese mundo sin tecnología moderna ni libertad, tarden poco menos de 200 años en descubrir que los ruidos son sus propias flatulencias, tan tóxicas y ácidas como sus ideas y sus acciones. Posiblemente, topen con el revelador hallazgo de que sus conductos rectales tienen una fuga dentro de sus pulmones, lo que explicaría la calidad de sus razonamientos y el refinamiento de sus enfoques culturales.
Aunque esta historia es compleja y requiere de décadas de estudio y profundo entendimiento, me temo que no puedo extenderme más, querido lector. Espero que con estas sutiles pinceladas de reflexión mundana comprendas ahora en mayor profundidad los mecanismos por los cuales un humano corriente pasa a ser un humano idiota, y los motivos por los que algunas religiones tornan en santo al más bruto de los ignorantes.

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2 comentarios en “Cavernícolas Enterprises

  1. Muy buen artículo, con su punto de ironía y humor. Lo que se dice haberlo bordado. Yo al ser humano lo di por imposible, a mí mismo me he dado por imposible. Nos quedan retazos de inteligencia, que de vez en cuando sacamos a flote y la ponemos a relucir como si fuera colada de ropa. Pero enseguida un montón de estiércol, pesadumbre y podredumbre entierra esos retazos de inteligencia, y volvemos a la bestialidad pura y simple, eso que tanto nos ha caracterizado desde los tiempos antiguos.

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  2. Yo creo que la humanidad tiene muchas ínfulas de grandeza, de perdurar, de hacer cosas que sobrevivan al tiempo. Me parecen vanos empeños. Si aceptásemos lo efímero de la existencia, quizá no nos dedicaríamos a matar por imponer ideales.

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