Alarma en los Ecosistemas

Los entornos naturales del planeta llevan años bajo presión. La carga poblacional que soportan, unida al ritmo de extracción de recursos, acabará tornándolos en amplios yermos sin vida. Mas, la civilización, tan pagada de sí misma, conocedora del estropicio y de los riesgos inherentes a la locura ciega, no semeja atribulada en absoluto por este detalle. Es cierto que, de cuando en vez, surgen voces disidentes que advierten del peligro y conminan a las naciones a tomar medidas inmediatas… sin resultado. Los países, comprometidos con el mantra del crecimiento infinito (el único modelo que puede sostener sus mentiras a corto plazo), organizan farándulas ecologistas y se quedan tan anchos.

Tantos acuerdos y tantas cumbres, para nada. Las medidas o las imposiciones no son vinculantes ni obligatorias. A lo sumo, rebasar el nivel de emisiones asignado a cada nación conlleva una sanción perfectamente asumible por el tesoro nacional. Este paradigma recuerda sospechosamente a las multas que las empresas telefónicas sufren por sus prácticas abusivas, pero que no disuaden en absoluto a las mismas de cejar en sus sangrantes empeños. Si la multa supone un coste menor que el que supondría adaptar todo un modelo de negocio, la sanción es preferible; menos esfuerzo.

Por si fuera poco, existe un mercado de emisiones en los que los países pueden comprar a otros países kilogramos de CO2 de cuota. Así, si un país notablemente industrializado supera su margen de emisiones a mediados de año, acude al mercado y compra a otras naciones -menos fabriles o pobladas- su excedente. Esto no debería ser tolerado de ninguna manera, puesto que solo favorece al cortoplacista, reforzando su impunidad y ayudándole a evadir la responsabilidad de respetar el medioambiente. Poner un límite a las emisiones supone, idealmente, incentivar la adaptación y la reducción en los niveles de contaminación, cosa que no ocurre si se permiten mecanismos de escape a las restricciones.

Luego está España, cuyo parque eólico o hidráulico es objeto de envidia a nivel mundial, que con la excusa de la crisis ha decidido primar los combustibles fósiles y recortar en energías renovables. Suponiendo que el petróleo es un recurso finito y que España no lo produce, es decir, que tiene que invertir millones de euros anuales para rellenar sus depósitos, este enfoque es inverosímil. No se puede comprender cómo una nación contra las cuerdas, económicamente hablando, decide restar inversión en sus recursos naturales -y de menor coste- en pos de barcos llenos de petróleo del lejano oriente. Tal ocurrencia implica, a medio-largo plazo, una situación de colapso por déficit energético, y a corto plazo más contaminación y progresivo empeño del futuro. Curiosamente, Alemania avanza en la dirección opuesta.

¿Qué podemos hacer? Mientras los organismos internacionales se centran en el aspecto económico de todas las facetas humanas, los ecosistemas están sufriendo y las consecuencias se notan a diario. La subida del nivel del mar o el deshielo, sin ir más lejos, pueden ser parte de un proceso natural de calentamiento global, pero también son procesos acelerados por la acción de la humanidad. Sea cual sea el motivo o la repercusión de estos cambios planetarios, la civilización está obligada moralmente a la protección de la naturaleza. Incluso en el supuesto de que la contaminación fuese irrelevante, no hay lógica, ni respeto, en arrojar toda la basura en vertederos sin control o permitir los vertidos en el mar.

No podemos olvidar que el alimento que ingerimos a diario proviene de la tierra -y del agua-, y si el planeta está contaminado, la comida también. Sería ingenuo pensar que todos esos plásticos flotando en el océano o la nebulosa polución que circunda las ciudades no repercuten en la calidad de los alimentos o en la salud humana. Muchas enfermedades del mundo actual, muchas muertes evitables (de animales humanos o no humanos), se pueden atribuir directamente a la suciedad que generamos a diario sin tomar consciencia del enorme daño que causamos.

Ya basta de compromisos vacuos y de buenas palabras; necesitamos cambios, necesitamos nuevas filosofías y enfoques de producción o sostenibilidad energética. Mientras los ejecutivos nacionales persistan en su ignorante visión economicista (incorrecta) de la vida, la extinción de nuestra especie se acercará a pasos agigantados. Y si no llega la extinción, al menos llegará el fin de todo lo que conocemos como civilización… y de paso, la pérdida irreparable de una infinidad de formas de vida que merecen vivir y cuyo destino es independiente de nuestra locura suicida.

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4 comentarios en “Alarma en los Ecosistemas

  1. He estado muy ausente estos días, pero con el tutorial que me aconsejaste, me vi absorbido por el mundo Linux.
    Quisiera aclarar un poco lo de la locura del ser humano. Cuando alguien contradice su propia naturaleza, llega un momento en que enferma. El ser humano ha enfermado física y mentalmente. Ha enfermado de todas las maneras, porque su modo de vida es contranatura, artificial en todos los sentidos. El cuerpo y la mente no están acostumbrados a vivir todos los días de forma estresada, por poner un ejemplo de las “anomalías”; llega un momento en que algo se rompe dentro de nosotros. Pues quiero decir que este fenómeno se produce a escala mundial entre la mayoría de los seres humanos. El loco no sabe resolver su problema, ni siquiera reconoce que está loco. Yo sostengo que la mayoría de los seres humanos están hoy locos. Hay que salirse del sistema para verlo claro.

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  2. Negar la realidad, o la naturaleza, solo puede llevar a un largo y doloroso proceso de destrucción propia. De una u otra manera, nunca es la solución obviar la simpleza de la existencia y preocuparse en exceso por ambiciones envenenadas. La sociedad hoy en día está enferma por negarse, por negar la naturaleza y abrazar un mundo artificial lleno de malas vibraciones y valores suicidas.

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