Leyes (In)humanas

A medida que los grupos humanos crecían y las trifulcas se multiplicaban, se originó la necesidad de crear un código de comportamiento cuya única finalidad era mantener el orden y fomentar el dócil servilismo. Una población que se “comporta adecuadamente” es más sencilla de gestionar y de explotar.

Los códigos más primitivos, de cuando el ser humano todavía no había conocido la depilación láser, evolucionaron poco después en religiones mitómanas y punitivas que sustentaron los pilares sobre los que el macho alfa establecería su implacable reinado; la figura de un dios tiránico y vengativo era ideal para obligar a los miembros de la tribu a mantener la compostura y a aceptar pulpo como animal de compañía.

Mediante estos códigos, mayoritariamente elaborados por hombres, también se estableció la monogamia o, mejor dicho, el concepto de que la mujer es una extensión del hombre, una propiedad… idea que ha pervivido hasta nuestros tiempos y que sigue tan vigente como la órbita planetaria del cuerpo celeste que ocupamos, pero ese ya es otro tema.

Si cogemos, por ejemplo, uno de los “grandes” códigos de la historia, los Diez Mandamientos, esculpidos en piedra para la posteridad, nos percatamos de que en esencia se adhieren a lo que podríamos considerar un código civil. No matarás, no robarás, no cometerás adulterio, no te disfrazarás de ornitorrinco bajo falsos pretextos, etc. En resumen, no te apropiarás de pertenencias ajenas ni pondrás fin a la vida de otras personas, pero respetarás la autoridad y sabiduría de tus mayores y opresores.

Los siglos, poco después, se echaron a correr como locos y se estrellaron contra un inmenso muro con un par de X cinceladas. Era el siglo veinte y dijeron, “aquí podemos mutar y seguir siendo genuinos”; en las zonas controladas por el cristianismo se empezó a experimentar cierto aperturismo hacia lo aconfesional -con un impacto irregular-, privando en algunos casos a la Iglesia del estatus que había tenido hasta entonces.

No obstante, la doctrina pervivió y las enseñanzas del cristianismo sobrevivieron en las distintas vertientes sociales, en sus formas de regirse y comportarse día a día. Ni siquiera los ateos podían escapar al inexorable núcleo católico de sus creencias -o no creencias-. La herencia del Imperio Romano, con sus elaboradas leyes, es ciertamente innegable, pero me atrevería a decir que los preceptos organizativos de la civilización actual son anteriores, atávicos.

Y aunque estoy hablando del mundo occidental, que es el que conozco de primera mano, hay una cuestión que imagino podría ser extrapolable a otras latitudes: el inmenso vacío legal en lo que concierne a la vida animal no humana, cosa que comparten todas las naciones, ya sean de índole católico, musulmán o pastafarista.

La especie es omnívora, sí, pero el consumo de carnes y cereales sobrepasa con creces al resto de alimentos. La carne es un alimento fácil y rápido, siempre ha estado ahí, y los cereales son alimento “barato” que permite la manutención de una población multitudinaria (lo que explica las pirámides alimenticias que se publicitaban años atrás).

Dado que cazar y cosechar vidas en granjas siempre ha sido una forma de sobrevivir, unido con la visión despectiva de que las vidas animales son inferiores (por eso de no tener alma ni entendimiento), se entiende que los códigos de organización humana no contemplen el asesinato o el maltrato animal como delito.

Algunas naciones tienen la desfachatez de penar el maltrato animal, pero luego en la práctica su control de tales abusos es precario, y no son ajenas tampoco las excepciones calamitosas a nivel nacional: tauromaquia (como si eso no fuese maltrato ni asesinato). Me pregunto qué validez puede tener una ley que condena el daño a la vida animal pero considera deporte la masacre pública de toros, por poner un ejemplo cercano.

Los disidentes del pensamiento único solemos entender que cada ser vivo es único e irrepetible y que tiene unos derechos equiparables a los nuestros, que merece ser respetado por encima de todas las cosas. El hecho de que camine a cuatro patas o tenga zarpas no es un elemento éticamente diferenciador, pero al ser de otra especie las leyes humanas omiten toda preocupación al respecto. Dándole vueltas al asunto encuentro que se establece un doble rasero dependiendo de si la víctima es homínida o no, pero si las leyes supuestamente son códigos de ordenación “superior”, ¿por qué parten de bases tan precarias?

No se condena de la misma manera matar a un perro o a una vaca (o a dos millones diarios) que si estuviésemos matando a un único ser humano, pero… ¿cuál es la diferencia? En el acto de matar, en el supuesto de un asesinato, hay una corriente de inducción de la violencia, también una causalidad, un motivo. El que asesina lo hace para satisfacer una necesidad psicológica, que puede ser a todas luces retorcida e hija de las psicopatías. ¿Y el que mata para comer? Bueno, ¿consideraríamos legal el asesinato humano si fuese con fines alimentarios?

Del asesino de personas, diríamos que es siempre un monstruo y que no tiene perdón. Del asesino de millones de vidas animales, directa o indirectamente, no diríamos nada. Actuaríamos con normalidad y seguiríamos afanados en nuestras ideas de pacotilla, en comprar fruslerías o seguir publicando chorradas en redes sociales. Pero día a día, lamentablemente, miles de vidas animales, iguales que nosotros, únicas, brillantes como soles estelares, nacen y se apagan sin que el grueso de la población se pare a pensar. La legislación es inconsistente en todo lo que se refiere a animales.

Y los atropellos, los “genocidios”, no se pueden obviar de esta manera. Tenemos que ser conscientes de que la manutención de nuestra civilización se está financiando con el asesinato impune y generalizado de todos los animales no humanos y de sus ecosistemas, incluso cuando el objetivo no es obtener alimento; la construcción de infraestructuras o el expolio de recursos ya basta para destruir sus hogares y condenarlos a morir. ¿Es eso ético? ¿Es digno de un ser pensante?

Independientemente de nuestra orientación alimentaria/filosofía de vida, todo se reduce al respeto a la vida y a la aceptación de una igualdad existencial entre todos los seres que pueblan este planeta. Si acaso, y si es cierto eso de que somos los únicos seres pensantes del sistema solar, la obligación moral de mejorar nuestra conducta sería incluso superior.

El olvido de su sufrimiento, la negación de la realidad, es intolerable y deberíamos exigir a nuestros gobiernos un mayor compromiso y una reelaboración de las leyes para mejorar la coherencia y la consistencia de nuestra sociedad. El crecimiento económico o el paro no pueden ser los únicos problemas del siglo XXI a los que se les hace caso. ¿Dónde están las propuestas antiespecistas y las ideas de eficiencia y sostenibilidad? ¿Acaso los partidos políticos son inexorablemente populistas y solo atienden a lo que atrae votos? ¿O no interesa pensar?

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3 comentarios en “Leyes (In)humanas

  1. Este es un tema crucial que gana poco a poco actualidad. Antes, ni se hablaba de ello. Creo que el ser humano se ve confrontado por primera vez a los límites del progreso. No podemos seguir creciendo “de esta manera”. Es la primera vez que ocurre esto en la historia de la humanidad. Porque hasta ahora no importaba destruir los paisajes y contaminar los ríos, el impacto ocasionado no era tan grande que no lo pudieran asumir los ecosistemas, regenerándose. Ahora sucede -y es la primera vez- que nuestro ritmo de saqueo y destrucción es tan elevado que los ecosistemas ya no pueden recuperarse, no les damos tiempo. Entonces, el hombre se ha metido él solo en un callejón sin salida. O cambia de mentalidad, o nos autodestruimos. Se trata de una revolución tan importante como la del neolítico. Tenemos que, con urgencia, dejar de considerarnos el centro del universo. Tenemos que abolir el antropocentrismo que desde siempre ha caracterizado a la especie humana. O eso, o cuando queramos reaccionar será demasiado tarde. Si lo logramos pienso que seremos más felices porque daremos dignidad a las demás especies vivas, y pondremos al yo en su lugar, que no puede ser de ninguna manera más importante que el resto de lo existente. Ese: “solo yo cuento” es lo que tenemos que suprimir a toda velocidad. Pienso que nos va la vida en ello.

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  2. Al menos en los medios se está hablando más del cambio climático, pero me temo que no es suficiente asustar a la población diciendo que en 50 años Andalucía será como Marruecos y que Galicia tendrá un clima mediterráneo. Si esto se sabe y se viene avisando desde los años 60/70, ¿por qué estamos todavía en la tesitura del no hacer nada? ¿Por qué permitimos que los gobiernos apliquen medidas retrógradas y no investiguen tecnologías no contaminantes?

    Creo que el problema está en la cantidad de habitantes. No tiene solución. Al menos, no por vía humana…

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