El Paternalismo Gubernamental Católico

Las huestes del conservadurismo atacan de nuevo. Una vez más, un gobierno representativo de una democracia aconfesional intenta legislar en favor de los mandatos y pretensiones de la esfera religiosa, tan pródiga en esta nuestra nación a meter la nariz en todos los asuntos mundanos.

Por si no fuera poco escuchar al ministro Montoro negar la subida del IVA cultural entre risas y carcajadas que parecieran semejar una sonora burla hacia el pueblo, hoy se habla en los medios de comunicación de la nueva reforma en la ley del Aborto que el ejecutivo peperil lleva cocinando en el horno una temporada.

Porque, damas y caballeros, es indispensable que la Ley se ajuste a la palabra del Señor en una nación tan magnífica y ungida por la misericordia divina. No importa la Transición ni el advenimiento de una temblorosa y núbil democracia allá por la década de los 70, hoy en día asaetada por las afiladas flechas de la corrupción y el maniqueísmo fanático; la histórica ligazón entre Estado e Iglesia pervive.

En efecto, la Constitución del 78 nos habla del concepto de Estado aconfesional, que muchos despistados confunden con un Estado laico, como es el caso francés. La aconfesionalidad, pues, determina un profundo compromiso con la religión histórica de la península, el catolicismo, famoso por su afán evangelizador y su piromanía desmedida. Así, se entiende el continuo protagonismo de la Conferencia Episcopal en materias que cualquier mente racional consideraría fuera de su jurisdicción, y que un servidor ve como un trémulo intento de sujetar un edificio que se derrumba.

Estas mesnadas de neofanáticos jesucristianos tienden a presentar su visión del mundo a modo de única opción posible, y son notorios sus enconados esfuerzos por influir en la legislación nacional y convertir infieles a su club de frustrados idólatras; por el contrario, las personas de mentalidad liberal optan por el respeto a la variedad y rara vez persiguen sin denuedo la creación de corrientes de pensamiento homogéneas.

Estos grupos jesucristianos de los que hablo, y que harían palidecer de vergüenza al mismísimo mesías por haber malinterpretado y pervertido sus enseñanzas originales, escenifican frecuentes manifestaciones públicas a favor de la vida humana, en contra del aborto y la libertad sexual, etc., y tampoco se olvidan de dejar patentes sus implacables y férreas convicciones en la que a la estructura tradicional de la familia se refiere (y que hoy por hoy, y sin leyes que obliguen a su mantenimiento en contra de la voluntad de los cónyuges, acaba en fracaso absoluto el 75% de las veces).

Ocurre que, cuando el inocente infante llega a este mundo y es purificado del pecado primigenio que arrastran sus sonrosadas carnes, se procede a su olvido absoluto; abandonado en un planeta enloquecido, primitivo y brutal, el nuevo ser tendrá que abrirse camino entre la hipocresía, la violencia y la falacia, para sufrir, sufrir y sufrir y, en la medida de lo posible, recoger el testigo del buen fanático, zurrarle a su mujer, creer ciegamente mentiras y reproducirlas, escupirle a los infieles y a los extranjeros y otras ilustres obras. Ahí no intercederá la Conferencia Episcopal, no, ni tampoco cuando se quede sin trabajo ni hogar o se muera de inanición en el callejón más lúgubre de una ciudad gris de cielo plomizo.

Todas las organizaciones pro-vida tienen un defecto en común, y es que no son lógicas, ni racionales, ni piensan en factores más allá de los que su estrecha visión de túnel les permite. Que la vida hay que respetarla es innegable, pero no todo es blanco o gris: el planeta se enfrenta a un gravísimo problema poblacional, los padres no siempre están preparados psicológica o económicamente para sostener a sus hijos, el mundo sufre conflictos armados y crisis sistémicas en oleadas que tiran por tierra cualquier ambiente de desarrollo mental positivo…

¿Cuándo se va a comprender que un puñado de células no equivalen a una vida? ¿Por qué un individuo o individua tiene que refundir las ideas de otro? La ley ya era lo suficientemente buena en la época del anterior gobierno socialista, pese a sus muchos fallos en materia económica; los cambios posteriores solo atendieron al ánimo cangregil del PP y de sus acólitos. ¿Por qué hay que insistir en cambiar y legislar cuestiones morales que solo atañen a las personas implicadas? ¿Por qué un gobierno tiene que decidir si está bien o no abortar -en los primeros meses-, o si está bien o no casarse con una persona del mismo sexo?

¿Tenemos un gobierno autónomo o entre la heterogénea miríada de manos incrustadas en su dadivoso trasero también se encuentra la del Papa? ¿Por qué narices los fanáticos siempre quieren convertir a todos a su pensamiento, como si no estuvieran seguros de sus creencias y necesitasen un mundo uniforme en el que nada amenazase sus endebles y patéticos argumentos?

El paternalismo del gobierno solo es una demostración de la poderosa influencia que los ideales del medievo tienen todavía en el presente. ¡Arrodillaos y temed, pues aquí están la barbarie y la ignorancia, vestidas de santas piadosas, tan solo para ocultar su egoísmo y sus mentiras atronadoras!

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2 comentarios en “El Paternalismo Gubernamental Católico

  1. En mi caso no tengo hijos y ya no los tendré. Estoy contento por ello por dos razones:
    Primero, opino que somos demasiados en el mundo. No teniendo hijos, aporto mi granito de arena para que la población baje de forma natural. Es más, creo que es una obligación moral el no tener hijos. Pero esto es demasiado personal, cada quien tendrá su opinión al respecto.
    Segundo, este es un punto de vista un poco más egoísta que el primero: me parece que de nacer mi hijo iba a vivir en un mundo infernal, mucho peor que el que ahora conocemos. En el mejor de los casos, conocería una sociedad orweliana. En el peor, tendría que luchar por sobrevivir en condiciones pésimas, ya que la vida en la tierra corre serio peligro (no parece que el ser humano vaya a cambiar de actitud). Por todo ello, no tener hijos me parece lo más prudente y lo más sensato. ¡Mi hijo no nacido se ahorrará un montón de sufrimientos!

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  2. Pues yo estoy en las mismas, al menos son las dos razones que hoy por hoy justifican mi decisión de no procrear. Las cosas pueden cambiar, nunca se sabe, pero no creo que esto vaya en una dirección adecuada para ningún nuevo ser…

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