Náufragos

Después de la calamitosa catástrofe que se llevó ayer más de 700 vidas, inmigrantes sin patria ni porvenir que trataban de llegar a nuestro continente para luchar por un futuro mejor, Europa habla hoy de “aceptar responsabilidades” y de intervenir para evitar la imparable sangría de muertes y el subsiguiente bochorno gubernamental. Nuestros presidentes, tan pagados de sí mismos, visten hoy los ropajes de humilde santo, inocente y puro cual piedra de cuarzo blanco.

Pero, por desgracia, estos 700 fallecidos no son los primeros muertos en las aguas del mediterráneo, no; esta lamentable situación lleva años, décadas, repitiéndose. Hablo de todas esas personas sumidas en la pobreza, quizá arrinconadas por los conflictos políticos o los fanatismos, que reúnen todos sus ahorros y se ponen en manos de unos bribones -mafias- que los hacinan en botes precarios y los lanzan al mar, sin dinero ni salvavidas, con la idílica Europa como objetivo. La mayoría no lo logra, hundiéndose en las procelosas aguas que dividen dos continentes tan distintos que parecieran planetas opuestos; si lo consiguen, suelen encontrarse con la amenaza de la deportación o el repudio social de por vida.

El primer mundo, maravilloso, brillante, lleno de placeres y libertades, iza a su alrededor vallas con rejillas electrificadas y alambre de espinos; el primer mundo, verde y apacible, “encierra” a los inmigrantes en el exterior; no tienen papeles, no pertenecen a Europa. Los gobiernos ultraconservadores -y no tanto- recurren a la inmigración como válvula de escape para justificar la crisis y la escasez de trabajo: “vinieron a quitaros lo vuestro”, “si queréis recuperar vuestras vidas, tenemos que echarlos”, “no pertenecen a nuestras naciones, España no es su sitio”, “vienen a gastar nuestros recursos, nuestra sanidad, mientras los españoles se mueren”, etc. Los conservadores se frotan las manos y aplauden en secreto cuando la población se cree sus mentiras y el odio racial aflora, sirviendo de acicate para el resto de sus pretensiones tiránicas; pobres diablos.

Y después de siglos de expolio de las tierras africanas, por nombrar solo algunas, vienen estos señores de traje y corbata a hablarme de que “tenemos que intervenir, que las palabras ya no son suficientes”; ni ahora ni nunca se menciona la inmensa deuda que occidente contrajo con el mundo subdesarrollado, pues es una deuda que no interesa pagar. No obstante, dicen con bonitas palabras que hay que detener la inmigración desde el origen, que no se pueden tolerar más muertes. Algunos presidentes, con sus ropajes de santo, se elevan en consecuencia a la altura de piadosos mesías, como diciendo que si de ellos dependiera, sanarían el mundo de tanta locura y sufrimiento gratuito.

Pero no se refieren a mejorar las condiciones de los pueblos africanos, sino a establecer mayores controles y restricciones desde el norte de África para evitar que los “invasores” lleguen al agua, naufraguen y dejen en evidencia a una egoísta y ombliguísta Europa. Se trata de mantener el escándalo lejos de los ojos de la población, para que no se rompa el hechizo esparcido por los medios de comunicación y las políticas de estulticia institucionalizada, cuyo objetivo es adormecer la opinión pública.

La inmigración se ataja ayudando al desarrollo de las naciones más desfavorecidas, a la cooperación real e incondicional de un grupo más adinerado que le tiende un cable a otro grupo menos afortunado, y sin pedir nada a cambio. Que se olviden de intereses y créditos, de ONG’s que defraudan, de tratados electoralistas, y que impidan que las grandes corporaciones sigan saqueando las tierras de ese continente mágico, vendiéndonos luego la falsa imagen de que son empresas respetuosas con el medio ambiente o que mejoran la calidad de vida de los usuarios de sus productos. Devolvamos la soberanía a los pueblos africanos y permitamos que esas personas puedan ser felices y desarrollarse plenamente en la tierra que las vio nacer.

Tantas comodidades tenemos en el primer -y ciego- mundo, que ignoramos deliberadamente que el 95% de ellas dependen de la explotación aberrante de otras personas en países no tan lejanos. Preferimos no mirar por la ventana y ver la realidad, porque la náusea sería insoportable y la regurgitación imparable. Y ante una marea creciente de vómito y desesperación, de esas cuyo olor es fétido e irrespirable, la zozobra se extendería exponencialmente, arrasando con la poca entereza mental restante de una civilización condenada. No habría salvación.

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4 comentarios en “Náufragos

  1. No querer ver para seguir viviendo como si nada ocurriera. Es la solución más fácil. Luego me dirán que estamos entre seres civilizados. Aprueban tácita o expresamente la esclavitud, el salvajismo, la explotación sin medida, el saqueo de los recursos naturales, la aniquilación de cientos de especies, el deterioro progresivo de la vida en la tierra… Lo aprueban y se dicen luego seres “civilizados”. A estas alturas ya no me creo su mentira.

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  2. Pero por desgracia sigue existiendo gente que defiende ideas del estilo de “el que está parado es porque no quiere trabajar” o “si no eres rico es que mereces ser pobre”. Y esta es la triste realidad, por lo que no me extraña que los gobiernos y su cohorte de ególatras ignore el sufrimiento ajeno y legisle para que no se tenga en cuenta. El mundo del egoísmo.

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  3. Es evidente que no existe una clara voluntad política de solucionar el problema. Y la primera razón es obvia, priman los intereses de esas grandes corporaciones industriales, por encima de la vida de las personas. Por dar un solo dato, ¿de donde se financia el EI? De las ventas de contrabando de petroleo. ¿Y quién se lo compra? Obviamente intermediarios que lo harán llegar a las grandes compañías europeas.

    En el caso de la inmigración, de este tipo de inmigración, resulta igualmente obvio que mientras no se solucione el problema en su origen el problema seguirá persistiendo en mayor o menor medida. Hay que intervenir en esas regiones de África u Oriente Medio afectadas por el hambre, la miseria, el odio, la guerra, la explotación salvaje de personas y recursos, etc. etc.

    Pero no se puede entrar como un elefante en una cacharrería como, por ejemplo ocurrió en Libia. Primero hay que sondear las necesidades, problemas y particularidades del país que se trate y a partir de ahí elaborar un plan sensato y realizable que acabe redundando en el beneficio de todos y que, en todo caso, permita una mejor calidad de vida para la población autóctona. Qué es difícil, claro. Pero más difícil es ver como el Mediterráneo se cubre de cadáveres.

    Saludos.

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  4. En efecto Felipe, y la verdad es que ya estamos tardando demasiado en estudiar esas necesidades e intervenir, pero sin tácticas invasivas. Por eso propongo una cooperación solidaria sostenible, no mera caridad, y un avance hacia el futuro en el que todas las naciones van cogidas de la mano. Por supuesto, sin que ello sirva de pretexto para la instauración de ese supuesto Nuevo Orden Mundial, cuyos objetivos distan mucho del altruismo y el progreso social.

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