Gaharel [Relato Completo]

Corría el año 18.. cuando mi tío tuvo a bien acordar un matrimonio con una familia rival para aplacar los conflictos crecientes entre ambas. Pues pocos meses antes, en el puente del Sarraceno, dos mercenarios embozados en ropajes negros -al más puro estilo de los antiguos condotieros- habían asestado el golpe fatal a mi hermano Pietro, dejándome a mí como único heredero de un linaje antaño glorioso. Hallándome yo desprovisto de padre y madre desde la infancia, era, pues, mi tío Steffano el cabecilla del clan y el que dictaminaba lo que debía o no debía hacerse, siempre con el destino de la familia en mente.

Ambas casas guardaban una poderosa enemistad que, incluso ahora y después de todo lo que me acaeció, no puedo comprender del todo. Acaso era porque las dos se dedicaban al comercio del vino y las dos tenían nombres ilustres, en eterna pugna por granjearse el favor de las casas con más enjundia y tomar ventajosas posiciones para su futuro; acaso la mala sangre corría porque era intolerable a todo punto permanecer inmóvil cuando el de la acera de enfrente medraba con mucho más brío.

Sea cual fuere el motivo de este singular enfrentamiento de linajes, Steffano era un hombre cabal y hábil en las negociaciones. Para aplacar el odio y sustituirlo por una alianza estratégica, convino con el líder de los Amani que su única hija contrajera matrimonio conmigo y, en verdad, no puedo negar que pese a lo forzado de la situación, sentí cierta dicha al contemplar las bellas facciones de la joven Cantarella.

Cuando la vi por primera vez, en un caluroso día de abril inflamado por los aromas de la primavera, me quedé perplejo ante aquel rostro tan blanco que casi pareciera inhumano, propio de las estatuas que, ya sin brazos ni piernas, miraban extáticas el cielo, carcomidas por el pernicioso óxido del tiempo, escudriñando mundos que nadie más podía ver. Sus cabellos, lisos, negros como ala de cuervo, enmarcaban unas facciones suaves y sumamente perfectas, ensalzadas hasta el delirio por unos ojos azules que hacían palidecer las estrellas del invierno.

No sabría decir si aquello fue amor a primera vista o un hechizo demencial, un sortilegio de control, pues pronto me vi postrado a sus pies y le juré amor eterno, en una escena que poco tiempo atrás me habría resultado burda y poco original, exclusiva de hombres estólidos que se entregan rápidamente a pasiones infundadas, quedando en ridículo y causando bochorno a menudo. Tal fue la embriaguez que me sacudió por Cantarella, que la boda no se postergó más de lo necesario, y en menos de un mes ya éramos marido y mujer.

Después de un breve viaje por tierras griegas, en las que conocimos de primera mano la cuna del saber, la fragua de la filosofía occidental, y vimos de cerca los regios templos de las deidades helenas, decidimos afincarnos en la villa de mi familia, al norte del país, en un valle frondoso y poco transitado. El lugar, un tanto abandonado y cubierto de osadas hiedras verdeoscuras, desprendía un halo mágico propio de lo cuentos fantasiosos; se antojaba necesario poner en marcha las debidas reparaciones y decorar a gusto de los nuevos inquilinos, nosotros, aquella célebre villa que había visto nacer a mi añorado abuelo, Tonino de Fae.

El ajetreo pronto invadió los salones hasta entonces conquistados por la ausencia y el polvo: los criados se pasaban los días adecentando las estancias y colgando tapicerías ostentosas, una miríada de carros cargados de pertenencias llegaban de la ciudad una vez a la semana, los albañiles reparaban la mampostería y los muros agrietados sin descanso, los jardineros arrancaban las malas hierbas para plantar setos y rosales en su lugar…

Aquellos primeros meses de matrimonio resultaron ser dulces y agradables; nos pasábamos las noches conversando con fruición de arte y ciencias, pues Cantarella era una mujer muy cultivada en los distintos campos del saber, como era normal en las personas de afortunada procedencia, aunque hablaba poco. Sus intervenciones eran breves y concisas y jamás se excedía gratuitamente en disertaciones estériles. Desde su punto de vista, la claridad de ideas era un don y yo jamás pude contradecirla.

No obstante, pronto descubrí que arrastraba problemas de salud desde la infancia, que a menudo se manifestaban en forma de hipotermia, desmayos y temblores. El galeno local vino a verla en numerosas ocasiones y le recetó una mezcla de hierbas locales que aplacaron en gran medida sus dolencias, e incluso me ofrecí a comprarle saquillos de polvo curativo provenientes de Egipto -y que al parecer elaboraban con huesos machacados de momias-. Mas, como digo, las infusiones de hierbas aplacaron notablemente sus achaques.

También llegó a mi conocimiento, gracias al doctor Salvatore, que Cantarella estaba encinta y que el embarazo podría incrementar la frecuencia de los ataques, por lo que tendríamos que extremar las precauciones. Por orden del facultativo y en afán protector, mandé arrancar todas las plantas del jardín que pudiesen suponer un peligro para mi amada, pese a que ella encontraba fascinante el acónito y lo cultivaba sin descanso; también se me advirtió de que la previniera de exponerse a las corrientes de aire frío. La visión de producir un heredero Fae-Amani era maravillosa, ensombrecida parcialmente por la frágil existencia de mi mujer.

En el tercer mes de la gestación, asentados por completo en Villa Fae y en un calamitosamente frío noviembre, el comportamiento de Cantarella empezó a tornarse cada vez más extraño y errático. Nuestras conversaciones se redujeron en duración y frecuencia, puesto que ella prefería pasar mucho tiempo a solas, inmersa en libros vetustos o deambulando por las estancias, admirando cuadros y estatuas polvorientas con las que su mirada ausente se hermanaba aquellos días previos al invierno.

Esto me llevó a fantasear con la posibilidad de que su corazón hubiese cambiado de dueño, que su aflicción se debiera a una simple infelicidad marital, por lo que discretamente fui despidiendo a los criados de sexo masculino con la intención de detectar comportamientos anómalos, hasta que mi desconfianza no encontró asidero y mi mente tuvo que buscar otra causa a su dolor existencial. ¿Por qué no era feliz?

A causa de mis insistentes preguntas y atenciones, decidió trasladarse en respuesta a otra habitación, abandonando mis cálidos abrazos sin miramientos y para siempre. A medida que la distancia entre nosotros se expandía como el grito de guerra entre dos ejércitos en contienda, más imperaba el silencio y la soledad en la villa. Su visión, progresivamente más pálida, escuálida y exánime, acrecentaba mi preocupación por ella y por mi futuro hijo, pero ningún doctor, ni curandero, pudo acaso adivinar el origen de tan honda dolencia. ¿Había sido yo, oh, Señor, maldecido por algún demonio, cebándose tal maleficio en la figura de mi amada?

Ocurrió que una noche de diciembre, cercana al día 25, en la que un cielo plomizo descargaba sobre la tierra a todas las huestes del inframundo, me encontraba yo leyendo en mis aposentos, recluido de la villa que tantas alegrías me había prometido. La trémula luz de unas velas era mi consorte aquella infame noche, mientras aferraba contra mi pecho un interesante volumen sobre galvanismo. De cuando en cuando, un destello celestial iluminaba toda la habitación, deformando los distintos objetos decorativos de la estancia, alargando las sombras, fertilizando las raíces de la oscuridad como únicamente la luz sabe hacer.

La villa era vieja, antigua, y todo en ella crujía por la noche. El vendaval sacudía las contraventanas, que se cerraban y abrían tal que si un diablillo jocoso se afanase en incordiar a los vivos. Y, en esto que estaba yo tan concentrado en aquellas teorías locas, eléctricas y enfermizas, escuché cómo se abría la puerta de la habitación, balanceándose quedamente sobre sus goznes. Acaso fue una corriente de aire la culpable, pero un súbito terror me invadió y no fui capaz de moverme.

Observé la puerta que se entreabría, acariciada por una corriente invisible, y el vacío detrás de ella. Nada se erguía allí, en el pasillo, esperando para entrar. Nada se erguía la primera vez que miré, porque la segunda… la segunda vez vi una figura fantasmal, huesuda y menuda, envuelta en amplias mortajas semitransparentes. El fulgor de los rayos iluminó su rostro, pero no había rostro, solo un agujero en el centro de aquella cara tan ovalada, tan imposible. Y el agujero refulgía con una hilera de dientes aborrecibles, afilados como garras de bestia infernal. Los cabellos de aquella criatura flotaban en todas direcciones, como mecidos por el agua, al estilo de los ahogados en naufragios. Entonces, dio un paso al frente e inició su aproximación hacia mi cama, con los brazos extendidos, rígidos, en vivo reflejo de las zarpas de los espantos más tenebrosos, gritando una palabra:

-¡Gaharel, gaharel, gaharel!

Tres veces prorrumpió en unos gritos que amenazaban con desarmar mi razón, calándome hasta los huesos y causándome un frío pavor que me dejó el pelo blanco como la nieve.

Cuando ya la tenía casi encima, arrastrando los pies por la alfombra -unos pies sumamente sólidos y negros-, dispuesta a arañarme el rostro, sacarme los ojos, coser mis labios o arrancarme el corazón, otro trueno imprimió en luz la estancia, momento en que su menuda estatura se proyectó en las paredes hasta hacerla semejante a un grueso roble en invierno. Pero, nada más hubo pasado el destello tormentoso, aquella abismal aparición desapareció como espantada por la fuerza de la santa luz; sentí la imperiosa necesidad de vomitar todo lo que había cenado.

Repuesto del mortal susto, mis temores rápidamente me hicieron pensar en Cantarella, por lo que me calcé unas zapatillas que tenía debajo de la cama y corrí a oscuras hacia sus aposentos. Cuando abrí la puerta, la calidez de las velas me recibió, pero no tardé demasiado en reparar en las sábanas ensangrentadas, en el charco de líquido amniótico que presidía el lecho de mi amada y sufrida Cantarella. Un abundante reguero carmesí, no obstante, indicaba que algo o alguien se había arrastrado por el suelo, hacia el corredor.

Temiendo por la suerte de mi mujer, con la que ya apenas mantenía contacto y cuya mera contemplación me causaba un escalofrío de pena y dolor, y también por el futuro de mi vástago, así un candelabro y empecé a seguir las manchas de sangre, confiando en que no fuera demasiado tarde para prestarle asistencia. Seguí el rastro durante lo que parecieron horas enteras, bajando las escaleras, cruzando el patio interior, llamando por criados que jamás acudieron en mi auxilio -ignoraba que estaban todos muertos-, saliendo por la puerta trasera de la cocina en la que agonizaba una hoguera trémula… hasta encontrarme ya, con los pies empapados y sin la protección de mi hogar, en el jardín. En aquellos momentos era incapaz de pensar en la criatura que me había aterrorizado en mi habitación, atribuyendo aquella nebulosa visión a la preocupación, a la lectura de textos truculentos en conjunción con el tormentoso clima o, incluso, a una admonición de ultratumba.

Pero en la fuente que marcaba el último metro de nuestros dominios y el principio del infinito y majestuoso bosque, aledaño de Villa Fae, un millar de velas resplandecía en medio del vendaval, sin extinguirse, negándose a expirar su candor por cuanto más querían prevalecer en la eterna noche invernal. Y, de rodillas, una figura enjuta e irreconocible, huesuda y lóbrega, mascullaba una retahíla de vocablos ininteligibles, con los brazos sumergidos en las gélidas aguas, oscilando, vibrando bajo la luz envenenada de unas velas que comprendí eran fuegos fatuos.

Con el candelabro todavía en mis manos, ya mudo y retirado de la liza lumínica, me aproximé al bulto que afanosamente jugueteaba con el agua y lo llamé por el nombre de Cantarella, sospechando que era ella, y no otra criatura infernal, la que en un estado de enajenación nocturno se había precipitado al frío diciembre, quizá en un impulso suicida o en una locura pasajera incitada por la fiebre. Rodeé a la fuente y a la que presumía ser Cantarella, mas de perfil no atisbé ningún rasgo reconocible en su rostro… pues no había rostro, solo un agujero apuntalado con dientes afilados. Al verla sus cabellos se irguieron cuan largos eran, escenificando una parodia de corona confeccionada con cuchillas.

Y en verdad había mucha sangre en su boca, en aquel inenarrable orificio, y en sus brazos, y en sus ropas. Bañaba algo en el agua, sacudiéndolo entre espasmos y chasquidos; se trataba de un pequeño y diminuto bulto ensangrentado, que a veces acercaba a su demencial rostro para morderlo con saña, con virulencia, con odio y frenesí. Y el bulto que sostenía entre sus manos no era otra cosa que mi hijo, nuestro hijo, y ese demonio sin rostro no era otro que Cantarella, mi Cantarella.

-Gaharel, gaharel, gaharel… -musitaba la bestia, sin ojos, sin orejas, sin nariz.

Reuniendo un valor que jamás creí capaz de reunir, atajé la distancia que nos separaba y le asesté un golpe letal en la cabeza con el candelabro de plata, derribando en consecuencia a esta “dama blanca”, a esta aparición espectral, y dejándola inconsciente -o muerta- en el agua helada. Ahogándose, muriendo -si es que no estaba ya muerta-, en la sangre de mi hijo, de nuestro hijo.

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