La maldición de Westmire [Relato Completo]

Aquella tarde me encontraba en mi despacho, leyendo plácidamente el periódico local cuando mi mayordomo llamó a la puerta con cierta urgencia.

–Adelante —concedí, sujetando la pipa con la mano derecha mientras todavía saboreaba la última bocanada de aquel delicioso tabaco.

Donald, mi mayordomo, abrió la puerta siguiendo el protocolo habitual; dio un paso al frente, se detuvo, buscó mi aprobación con sus ojos y luego se internó en la estancia con paso firme, portando en sus manos un sobre lacrado. Sus pasos sonaron amortiguados por la gruesa alfombra granate de la habitación.

–Disculpe le intromisión, señor, pero acaba de llegar una misiva de su gran amigo, el doctor Logan Beckett —informó, tendiéndome el sobre.

Me llevé la pipa a la boca y mordisqueé la boquilla, entrecerrando los ojos con desconfianza.

—¿Qué querrá esta vez el buen doctor, Donald? —mascullé.
—Imagino… —hizo una pausa— que se habrá dado de bruces con algún descubrimiento singular, tal y como acostumbra, señor —respondió en tono cómplice.
— Sí, el Dr. Logan Beckett y sus delirios científicos… —convine de mala gana.

Mi buen amigo era conocido en las esferas londinenses por sus excentricidades, sus experimentos revolucionarios y también por sus sonoros fracasos, los cuales causaban copiosas burlas entre sus colegas de profesión. En las ostentosas celebraciones en las que los exponentes más acaudalados de la ciudad presumían de fortuna y hacienda, y a las que acudía con relativa asiduidad por mi elevado estatus, no era infrecuente que las damas de alta cuna me hiciesen preguntas insistentes sobre la persona de Logan Beckett, acaso creyendo imposible que un hombre de exquisito gusto como yo pudiera entenderse con aquel locuaz doctor de apretada imaginación.

Mas, pese a sus muchos defectos y disparates, jamás me creí superior a él ni juzgué de mala manera su dispersa conducta; era un hombre al que, en el fondo, apreciaba por su honestidad y su incansable persecución de los misterios que se agazapaban en las sombras de este mundo, enfoque que yo consideraba legítimo y compartía secretamente.

La carta rezaba así:

Mi estimado sir Duval Blackwood,

Han llegado a mis oídos historias increíbles sobre el castillo de Westmire, en el extremo más alejado de Gales. Los lugareños hablan de apariciones fantasmagóricas, luces en la noche, quejidos nocturnos que hienden la silente oscuridad y causan la muerte a quien los escucha, desaparición de niños en el bosque, los cuales son vistos poco después, rondando las casas de sus progenitores en actitud simiesca en las noches de tormenta… Sé bien cómo suena esto que le cuento, pero he logrado contactar con un guarda forestal de Peabrook —a pocos kilómetros de Westmire—, y afirma que ha visto de primera mano criaturas indescriptibles paseándose por las almenaras del castillo en ruinas.

Si valora nuestra amistad, le ruego se reúna conmigo dentro de dos días en la plaza de St. Paul, con el equipaje necesario para una aventura que a buen seguro le causará una expectación febril similar a la mía. ¡No podemos dejar pasar esta oportunidad de desentrañar un misterio tan espeluznante como increíble, amigo mío! Confío en que se unirá a mi expedición y podamos investigar estos sucesos juntos.

Atentamente,
su gran amigo Logan Beckett

Al acabar de leer la misiva, Donald debió de percibir una expresión extraña en mi rostro, pues se apresuró a disuadirme de cualesquiera fueran los empeños descritos en la carta.

—Señor… —interrumpió—, si el doctor intenta captarlo para una de sus alocadas expediciones otra vez… quizá, y solo quizá, sería conveniente declinar la invitación.

Observé quedamente a mi mayordomo, hombre de confianza y con medio siglo a sus espaldas, y sonreí.

—No obstante —repuse—, no puedo negar mi interés en lo que aquí el Dr. Logan describe, por muy fantasioso y esotérico que parezca. Aun a riesgo de mi paciencia o de mi entereza mental, me temo que el tedio aristocrático ya no me satisface tanto como en mis años mozos. He entrado en los cuarenta y mi cuerpo me pide aventura —expliqué—. Me falta el contrapeso de una esposa que aplaque mis anhelos, usted ya me entiende.

Así fue como, al cabo de dos días, y después de realizar todos los preparativos pertinentes, me subí a un carruaje en dirección a la plaza de St. Paul, dejando a Donald a cargo de mi hacienda por tiempo indefinido. Recuerdo aquel día lluvioso y plomizo, típico de Londres; las calles humedecidas, el barro de las zonas más humildes, las figuras armadas con paraguas que se desparramaban por el lienzo gris de una ciudad todavía más gris, ahumada por chimeneas infatigables que no cejaban en su empeño de escupir sus adentros fabriles.

Cuando llegué al lugar de encuentro, a la transitada y cuadriculada plaza de St. Paul, Logan ya estaba allí. Era un hombre bajito y regordete, lampiño, ya casi sin pelo, de frente amplia y prominente papada, pero jovial y hablador, lo que unido a sus diminutos ojos negros le confería un aire ciertamente cómico. Vestía unos pantalones negros, con una chaqueta a juego y un chaleco de color beige, adornado con botones dorados. Sus zapatos, pese a la climatología, brillaban impecables, pues acababa de bajar de su propio carruaje y me esperaba bajo la sombra protectora de un amplio paraguas negro, sujetado por un pecoso mozo de unos quince años.

—¡Mi gran amigo sir Blackwood! —exclamó nada más verme, y se apresuró a darme un cálido abrazo mientras sus ojos se iluminaban de alegría.

Yo le sacaba por lo menos dos cabezas, pues era un hombre bastante alto, espigado, que atraía las miradas femeninas con facilidad —o acaso era mi riqueza la responsable de tamaño éxito—. Lo rodeé con afecto mientras lo saludaba, y el mozo que sostenía el paraguas tuvo que anticiparse rápidamente a mi acercamiento, temeroso de sacarme un ojo con la punta de una de sus varillas.

Charlamos unos minutos para ponernos al día y luego nos subimos a su carruaje para discutir los pormenores del viaje, mientras los mozos acababan de cargar mis maletas en el vehículo. Reparé en que el doctor había traído su maletín marrón, el cual acostumbrada a portar de camino a sus consultas. Logan Beckett me explicó con regocijo que si el trayecto discurría sin tropiezos, nos reuniríamos con el guardabosques en su domicilio de Peabrook en menos de una semana.

En efecto, salvo por el tiempo lluvioso y los caminos anegados, la travesía resultó tranquila y placentera —aunque bacheada—. No fue tan llevadero, he de confesar, el parlotear continuo del doctor, pues en modo alguno hallé la manera de mitigar sus devaneos mentales, que saltaban de un tema a otro con suma celeridad y dispersión, dejando a menudo argumentaciones inconclusas en favor de ocurrencias más interesantes. Versado como estaba yo en sus formas de expresión, le proporcioné todo el espacio que necesitaba para explayarse, aun cuando mi atención se abstraía esporádicamente de la conversación en cuestión.

Como he dicho con anterioridad, era un amigo al que valoraba por su ausencia total de reparos morales y vergüenza ajena, por su falta de preocupación por la etiqueta social que tanto constreñía mi día a día y los de mis semejantes. Hablaba sin tapujos —demasiado—, y exponía sus desordenados pensamientos tal cual le habían sido conferidos por la divina providencia. En ese caos dialéctico, en esas ensoñaciones atropelladas que pugnaban por protagonizar sus verbas e insuflaban un brillo ratonil en sus diminutos ojillos, no exentas de calidad literaria, residía el principal motivo por el que la alta sociedad rehuía su compañía; los remilgados miembros de la nobleza londinense tenían tendencia a preferir personajes de modales delicados e hipócritas, y no francos.

Peabrook, aldea que carecía por completo de encanto, se encontraba muy próxima al castillo abandonado de Westmire. La población local no sobrepasaba las ochenta personas, abundando entre ellas los labriegos y los leñadores. El asentamiento se sostenía gracias a la agricultura y la caza, pues se había erigido en un lugar privilegiado, rodeado de vastas arboledas y prolijo en jabalíes, ciervos, perdices y faisanes.

No tardamos demasiado en dar con la casa del guardabosques, el señor Harrington Smith, cuya abundante barba y tripa lo asemejaban más a un hombre lobo que a otra cosa, empequeñeciendo en comparación su bulbosa nariz y sus ojos hundidos. Vestía unos pantalones de caza de color gris y un chaleco verde oscuro, desgastado y con muchos remiendos. Nos recibió con cordialidad y nos invitó a calentarnos en el interior de su hogar, bebiendo un poco de vino. Nada tenía que ver aquella cabaña con mi mansión de Londres; los lujos eran inexistentes y el decorado tosco, orientado primeramente al utilitarismo rural. Dos perros se acurrucaban en una esquina de la cocina, royendo unos huesos que imaginé serían fémures de ciervo.

—Le agradecemos la hospitalidad, señor Smith –dije, tomando un sorbo de aquel burdo vino barato—. Imagino que ya sabrá usted qué motivo nos ha traído hasta Peabrook. Dicen los rumores que en los arrabales de Westmire acaecen hechos de lo más insólito…

Harrington experimentó un notable escalofrío. Aunque estaba dispuesto a contarnos todo lo que sabía, no era agradable rememorar tales espantos y su temor era manifiesto.

—¡Dichosa invernía! —se quejó—. Cada vez hace más frío…

Tenía la mirada embotada, como aquel que lleva toda la noche abandonado a la bebida y razona con lentitud.

—Así es —se recompuso—, bien sabe Dios que en esta zona alguna maldición hay. Ustedes que aquí me ven, convendrán conmigo en que soy un hombre grande y fuerte; una vez le partí el pescuezo a un lobo con mis manos. He pasado muchos días y noches vigilando los bosques y he tenido encuentros con bestias que le producirían cagalera a los señoritos de ciudad, con perdón. Pero esto —negó con la cabeza—, esta valentía y bravura que me viene de familia, en nada me sirvió ante los espectros que rondan Westmire. ¡Pues en verdad os digo que allí habita el demonio o alguno de sus vástagos más retorcidos!

El doctor Logan me miró de soslayo y sonrió.

—Tranquilícese, buen hombre, y descríbanos lo que ha visto —le reconfortó mi amigo.

—¡Ninguna cosa viva creada por Dios! —vociferó—. Criaturas abyectas que se arrastran en la noche, cubiertas de fango y légamo, pequeñas, como niños… porque seguramente son los niños que han desaparecido en los últimos meses. Se levantan a hurtadillas cuando sus padres duermen y se internan en la oscuridad, en dirección a Westmire, hechizados, para no regresar jamás como infantes, sino como criaturas infernales en las noches de tormenta. Y hay maldad en sus ojos, cuando rondan sus antiguos hogares, arañando las puertas y las ventanas a saber con qué objetivo. ¡Yo las he visto, pero pocos me creen! ¡Que soy un puto borracho dicen! —se enfadó—. ¡Tienen la desfachatez de decir que los niños se los lleva algún sacauntos cabrón para quitarles la grasa!

El rostro de Harrington se enrojeció a medida que contaba su historia. Aunque tenía pinta de ser asiduo compañero del dios Baco y de sus festejos, algo me decía que no mentía y que había verdad en su malhablada narración.

—Y en esto que me harté de la incredulidad de los bobos de mis vecinos y me puse a investigar –prosiguió—. En los bosques no había encontrado huesos, ni sangre, ni nada que indicara un asesinato convencional; el rastro de los niños desaparecidos se perdía a los pocos metros de sus casas, como si se hubiesen volatilizado en el aire, y aunque los padres lloraban su pérdida, abandonaban la búsqueda al cabo de unos días. ¡No era posible! —bramó—. Así que me dije que allí había algo raro, que tenía que ser cosa del demonio. Entonces, deambulando por los bosques que tantas veces recorrí desde que soy guardabosques, me dio por ir a mirar al castillo en ruinas, que lleva abandonado más de doscientos años —hizo una pausa.

—¡Proseguid, por Dios! —exclamó Logan, embelesado en la narración del tosco hombre.

El guarda se llenó el vaso de vino y se lo bajó de un trago.

—A los quinientos metros de Westmire, cuando ya podía ver los muros quebrados y las hiedras que se habían apoderado de la construcción, mis perros se negaron a avanzar. Como os lo digo, ¡perros que se tiran a un jabalí en cuanto lo ven! Pues allí se quedaron, plantados con el culo en la tierra y gruñendo como doncellas —se quejó—. Y había un silencio tal en el bosque que hasta dudé de si me había quedado sordo. Ni un pájaro, ni un mosquito, ni un puto abejorro –eructó—. Con perdón… Traté de acercarme más pero se me metió un frío en la nuca que jamás había sentido, como si me hubiesen clavado un puñal. Quise andar pero no pude, y por más que luché, seguía parado en el sitio. Empero, sí, ¡vi seres diminutos sobre las murallas, asomándose a las ventanas, agachándose, bullendo tras las troneras! ¡Una docena por lo menos, huesudos, grises, y al cabo de cinco minutos ya no se veía ninguno! —recordó.

—Quizá, en efecto, se trate de los niños desaparecidos, presa de algún sortilegio más allá de la comprensión humana —convino el doctor Logan—. Tendremos que visitar ese vestigio feudal y revisar los indicios de los que habla usted con mis instrumentos, para confirmar que los avistamientos son ciertos y no ensoñaciones, y encontrar remanentes de la actividad de esas aberraciones en caso afirmativo —explicó—. ¿No creéis, sir Blackwood, que aquí ocurren cosas contra natura y que es imperioso averiguar de qué se trata?

Paseé mi mirada por la descuidada barba de Harrington y luego me recliné en mi asiento, emitiendo un suspiro de incredulidad. La silla, vieja y apolillada, crujió entonces, aportando su lastimero punto de vista a la agitación que hervía en nuestros corazones.

—Ya os dije, mi buen amigo Logan, que accedí a acompañaros porque necesitaba romper la monotonía londinense. Y además —añadí—, estoy cansado del viaje y necesito estirar un poco las piernas, encontrándonos por fortuna en un lugar muy agreste y favorable para ello. En mi opinión, un castillo embrujado por criaturas inmundas semeja un destino tan atrayente como otro cualquiera, acaso más… Señor guardabosques, ¿aceptaría de buen grado acompañarnos en nuestra excursión? —le pregunté—. Pues decía el famoso Sun Wu, Changqing, también conocido como Sun Tzu, que cualquier ejército invasor haría bien en contratar guías locales en sus incursiones, algo que de ninguna manera podría discutirle a ese ilustre genio militar del oriente.

No logré discernir si aquella inocente propuesta le causaba un pánico helador o un nuevo y atronador eructo se gestaba en el interior de la panza de nuestro anfitrión, acompañado de un chorro de hálito corrosivo que causaría envidia a los dragones de leyenda. En mi opinión, posiblemente, era una mezcla de las dos.

—¡En modo alguno, mi señor Blackwood! ¡Ni por todo el oro del mundo! —bramó, poniéndose rojo—. A lo sumo, los acompañaré hasta las cercanías de esos dominios infectos, ni un metro más, y les dejaré a los estudiados y a los ociosos la totalidad de la investigación. Si no aceptan, vayan solos —advirtió—. Pues, ¿no dice usted que la tranquilidad de la capital le causaba aburrimiento? ¡Aquí no se aburrirá, no! —carcajeó.

Pernoctamos en Peabrook dispuestos a sacar a la luz todas las conjuraciones satánicas de Westmire al día siguiente. Aun cuando Logan Beckett fantaseaba con encontrar el nido de un Behemot bíblico, amamantando a las retorcidas proyecciones fantasmagóricas de niños redivivos, yo no podía abandonarme a la especulación sin fronteras, como era costumbre de mi amigo. Concordaba con él, a regañadientes, que las descripciones del guarda forestal eran espeluznantes y encajaban con otros documentos y testimonios que el doctor había reunido por su cuenta. Y venía preparado.

Logan me sorprendió, poco después del amanecer, con todo un arsenal de instrumentos médicos y mejunjes embotellados, los cuales había portado en su deslustrado maletín; tijeras, escalpelos, pinzas, sierras, frascos de compuestos químicos, a cada cual más variopinto, etc. Mas, a decir verdad, no eran estas herramientas terrenales las que despertaron mi curiosidad, cuyo raro honor recayó sobre las distintas armas de plata que había incluido en su equipaje.

—¡Cualquiera diría que vamos a cazar vampiros, profesor Beckett! —me burlé.

La chanza no causó el efecto esperado. Mi orondo y calvo compañero se agitó; noté que aferraba con tensión una daga plateada tan afilada como los colmillos de un strigoi.

—No os moféis de las posibilidades, pues son estas múltiples e imprevisibles —repuso con seriedad—. La mente de un ser humano, con sus ocurrencias y delirios, no es sino la representación de la entropía natural, que a menudo gusta de hacer trizas los reparos del escéptico. Y, como bien sabréis —añadió—, la plata es fatal para los acólitos del demonio, para aquellos que caminan bajo el amparo de la noche con el único propósito de cometer fechorías y maldades. Si hemos de toparnos con un sabueso infernal, mejor nos sentiremos portando su debilidad en estado sólido.

Asentí a su explicación, lógicamente, ya que llevarle la contraria al doctor era una empresa condenada al fracaso. Poco después, pertrechados con los artilugios más exóticos que había visto en mucho tiempo, nos reunimos en el sitio designado por Harrington y, luego de una breve charla, emprendimos la marcha hacia Westmire, seguidos por varias decenas de ojos curiosos que optaron por quedarse a salvo en sus moradas.

Era una mañana oscura, lluviosa, de esas que prometen despedidas sentidas, de esas en las que “llora el cielo”, como diría el poeta, y nuestras pisadas resonaban en la tierra mojada. El sol no podía advertirse a causa del grueso manto de nubes que se había enseñoreado de la cúpula celeste en la recóndita región de Peabrook, algo que el supersticioso o temeroso de Dios atribuiría a gravísimos infortunios por enfrentar. En la mirada del guarda no atisbé tranquilidad alguna, mas sí preocupación y terror reverencial.

Caminamos durante un par de largas horas en las que el ánimo flaqueó ligeramente, ya que el terreno era irregular y difícil de transitar, asaetado como estaba por arroyos y terraplenes que se agazapaban tras la densa vegetación. Muchos tropiezos y caídas después, arribamos a las inmediaciones del castillo en ruinas, al árbol de espinas en el que un siniestro alcaudón nos ensartaría si no procedíamos con cuidado. Nada más perfilarse en el horizonte la sombría y decrépita estampa del susodicho edificio, Harrington se despidió de nosotros sin ceremonias, cumpliendo con lo prometido y deseándonos suerte, que a buen seguro necesitaríamos. Los perros que le acompañaban ladraron en nuestra dirección, quizá tratando de disuadirnos, y luego se callaron al percatarse de que el estoico señor Duval Blackwood y el vivaracho Dr. Logan Beckett estaban decididos a realizar una prospección en las fauces del horror.

—Magnífico, magnífico… —murmuraba Logan a medida que nos aproximábamos.

Empero, magnífico era un adjetivo a todo punto excesivo para Westmire. Poco se sostenía en pie de los altos muros y las enhiestas torres del antaño glorioso castillo feudal; la corrosión del tiempo y el mordisco indeleble de una floresta voraz lo habían reducido a un remedo de lo que otrora había supuesto para sus habitantes. Yo lo describiría como quebrado, desvaído, ausente. ¿Acaso lloraba el cielo por aquellos polvorientos salones palaciegos, olvidados y exentos de la calidez humana?

En nuestro acercamiento medido y cortés, ni el doctor ni yo divisamos criatura alguna paseándose por las murallas, bien sea por la extraña niebla baja que lamía los derruidos muros o por la tonalidad grisácea del día, que serviría de óptimo camuflaje para las aberraciones descritas por el barbudo forestal. Tampoco advertimos luminarias ni escuchamos quejidos o lamentos reverberantes. Quizá, y de esto no estoy del todo seguro, podríamos decir que era un emplazamiento sin duda silencioso.

Nos introdujimos en el patio interior a través de una abertura lateral en la muralla del oeste, pues la entrada frontal había colapsado sobre sí misma y era inaccesible. Nos llevó un buen rato topar la ranura, a la que tuvimos que encaramarnos después de escalar un pequeño terraplén de cascotes desprendidos, con ayuda de una cuerda y un gancho, no sin antes sabotear el propósito defensivo de un foso repleto de maleza. Nada más cruzar el umbral de Westmire, sentí como si hubiese entrado en una cámara hermética, un espacio estanco, lo que me produjo una leve sensación de mareo y un peculiar zumbido en los oídos.

—Ciertamente singular… —dijo Logan—. ¿Lo habéis sentido también, sir Blackwood? —asentí—. Vacío atmosférico, ausencia de corrientes de aire, estatismo, elevada concentración de ozono…

—No ha de extrañarnos, pues, que la guarnición de Westmire hubiese abandonado el fuerte. Quizá ocurrió algo entre estos muros que dejó una impronta negativa y ponzoñosa, quizá encontraron en las profundidades de los sótanos algo que detonó estas inusuales características… —conjeturé.

—¡Y acabamos de entrar! —festejó.

Los ojos de mi acompañante brillaban como tizones en la oscuridad. Acostumbrados a seguir hilos mistéricos que no llevaban a ninguna parte, no se podría describir el divertimento que nos producía topar anomalías documentables, ya que era innegable que el castillo albergaba en su misma esencia enigmas que eran reales y no, como podría presuponerse, inventados por el arrollador aparato de la superchería local.

Las malas hierbas se enseñoreaban del patio con descaro, acentuando la desolación, el recuerdo despreciado, de caída en desgracia; un roble había crecido cerca del pozo, pero estaba seco e inclinado sobre el mismo. La torre principal había sufrido, como la que más, los envites de Cronos, desplomándose en consecuencia los pisos superiores. También se había hundido el techo de las caballerizas, ya sin animales entrenados para el combate o mulas de carga, al pudrirse la madera que lo sostenía, y de los barracones había sobrevivido parcialmente la pared delantera; en su interior, una peculiar leva compuesta por ratones e insectos quitinosos hallaba cobijo.

Buscamos una forma de introducirnos en la torre del homenaje, al menos en lo que de ella restaba, empeño que logramos con prontitud, pues los enormes portones se habían descolgado de sus goznes, en un intento fútil de huir con sus antiguos inquilinos. Allí permanecían, escorados en precario equilibrio, testigos mudos de la destrucción a la que todo ser vivo u objeto material era sometida por el paso del tiempo. Mas, durante nuestro breve paseo por el patio de armas, y aparte de la ominosa energía que desbordaba el lugar, como digo, tampoco vimos a las criaturas descritas por Harrington, ni trazas perceptibles de su actividad.

A salvo de la lluvia, dentro de los gruesos muros de Westmire, en la profunda oscuridad del fuerte quebrado, comenzamos a experimentar un inexplicable nerviosismo. El lugar, en términos generales, emitía un murmullo ahogado, comparable al sonido distante de una cascada o corriente subterránea. A diferencia del exterior, en el que el silencio era tal que se podía cortar con un cuchillo, el corazón del castillo rumiaba con una sinfonía de ecos distorsionados y chasquidos espeluznantes.

—¡Oh, observad esto, amigo mío! —reparó Logan—. ¿Qué será esta extraña pátina gris que lo recubre todo? ¡Vaya! —exclamó, al pasarle un dedo enguantado y examinar de cerca la sustancia, acercándose acto seguido a la entrada para exponerla a la luz diurna—. Diría que se trata de moho; ha crecido por todas partes, incluso en la piedra pulida… —murmuró mientras retiraba unas cuantas muestras de las paredes con sus instrumentos y las depositaba en un frasco—. Estudiaré su composición de vuelta en mi estudio.

Afuera llovía, mucho; algunas goteras servían de metrónomo a la elaborada obra del olvido. Logan sacó, entonces, un pequeño cuaderno, y se dispuso a anotar los primeros hallazgos con meticulosidad.

—¿Notáis cómo aquí no se percibe el aura estanca del patio de armas? —preguntó—. Al cruzar el umbral se produce una transición notable, diría que de contenida calma. Hay corrientes de aire, ¿las escucháis?

Claro que las escuchaba. Provenían de las escaleras que se internaban en los sótanos, de aquellas gargantas ancestrales colmadas del aliento de los moribundos y que, por encontrarse más adentro, se hallaban en penumbra total. Encendimos un par de antorchas con yesca y pedernal, quizá las primeras llamas que brillaban en Westmire en cientos de años, si bien nos costó que el fuego de Prometeo prendiese en la brea. Deambulamos por los corredores más inmediatos, caminando sobre aquel moho nauseabundo, crujiente y pegajoso, mientras nuestros pasos nos adelantaban y exploraban las recónditas cámaras del castillo, volviendo poco después magnificados.

Salvo por los muros derrumbados, o algún mobiliario podrido, no quedaba nada. Las cocinas ya no tenían calderos hirviendo, el comedor era un amplio salón conquistado por el polvo y las arañas, los almacenes no guardaban otra cosa que no fuera vacío y hasta las velas a medio consumir se habían revestido de moho gris… La búsqueda estaba resultando infructuosa bajo las llamas tremolantes de las antorchas. Convenimos en que, a priori, en la planta baja no se detectaban indicios que permitiesen confirmar actividad alguna, lo que, no lo negaré, nos tranquilizó ligeramente; empero, mi mano, sin razón aparente, se negó a abandonar el mango de un afilado puñal de plata que portaba en el cinto.

Llegó, por tanto, el momento de descender a las profundidades, al Tártaro, buscando el origen de las anomalías presentes en las inmediaciones. Avanzamos con sumo cuidado durante lo que semejó una eternidad, observando con atención si bajo el radio lumínico de las llamas se atisbaba un movimiento anormal. Este descenso fue acompañado por el retumbar creciente de una corriente de aire que olía a podredumbre. A medio camino, el sonido de cadenas arrastrándose nos sobresaltó.

—¿Qué ha sido eso? ¿Lo habéis escuchado, Blackwood?

La voz de Logan temblaba y yo no fui capaz de responder, pues el sonido volvió a repetirse una vez, luego dos, luego tres. El sonido proferido por mis pulmones moría en mi garganta, antes de alumbrar cualquier palabra, y el Dr. Beckett lo percibió al mirarme a los ojos. En el ruido metálico que habíamos escuchado había rítmica, pues se repetía en grupos de entre tres y cinco golpes alternos, que variaban en fuerza e intensidad, en lo que supuse una combinación febril de golpes y arrastres de cadenas o grilletes.

De repente, noté que algo tironeaba de mi chaqueta y me giré. Vi una sombra que retrocedía, más allá del alcance de la antorcha, una figura gris y encorvada, diminuta, huesuda y de orejas afiladas… y luego, escudriñando la oscuridad, vi que detrás de ella había muchas más, observándonos con sus ojos hundidos, que reflejaban las llamas de las antorchas. Desenvainé el puñal y Logan me imitó, lanzando miradas rápidas hacia su espalda por si las criaturas pretendían rodearnos en el estrecho pasaje de las escaleras.

Pues aquellas aberraciones no albergan miedo alguno al fuego, ya que trataban de acercarse hacia nosotros, forzándonos a descender todavía más, hacia las bodegas y calabozos de Westmire. Los engendros tenían bocas muy finas repletas de múltiples hileras de dientes, mas sin labios, de oreja a oreja, y hacían muecas horribles y espeluznantes, mientras se acariciaban con sus largos brazos de orangután, dejando al descubierto unas costillas muy marcadas y unas piernas musculosas y peludas. Una de ellas dio un paso al frente y extendió una mano hacia mí, como tratando de aprehenderme, abriendo su aborrecible boca en un ángulo imposible y revelando una lengua morada, larga y serpenteante, y, en el terror sobrenatural que me produjo, trastabillé y caí hacia atrás, arrastrando conmigo al doctor.

De bruces en el suelo, las antorchas murieron en un fogonazo multicolor, corriendo un telón tenebroso sobre la mesnada de monstruos que se cernía sobre nosotros. Logan aulló como un loco y escuché un sonido equiparable al arrastre de telas, acompañado de un tintineo metálico y el deslizamiento de un compartimento de cuero —el maletín—, además de unas risas distantes similares a las de una hiena y gorgoteos guturales. Llamé por él, pero no respondió, y al palpar las inmediaciones, totalmente a oscuras, solo encontré el puñal de plata y una de las antorchas.

Me levanté con esfuerzo, pues me había torcido un tobillo, y permanecí en silencio. A diferencia de la oscuridad en el exterior, parcialmente difuminada por la luz de la luna o de las estrellas, aquí no había ninguna fuente lumínica y la penumbra era absoluta. En la caída me había desorientado ligeramente, por lo que fui incapaz de encontrar las escaleras por las que habíamos bajado, de modo que apoyé mi mano en uno de los muros y con la otra aferré ferozmente la única arma que tenía, balanceándola a mi alrededor como quien unta mantequilla en una rebanada de pan.

Los muros de aquella planta eran pegajosos y húmedos, revestidos como estaban del infame moho gris, habitual en Westmire. Caminé a duras penas, cojeando, en tensión, atento y presto para acuchillar, con mi corazón bombeando sangre, enloquecido. Detecté, al cabo de un rato, la transición de una pared de piedra a lo que supuse serían barrotes; por un momento perdí el apoyo y sentí que me fallaban las fuerzas.

El golpeteo de las cadenas había remitido e ignoraba en qué dirección había encaminado mis pasos. Desconocía si estaba solo o rodeado por las huestes del infierno, dispuestas a entretenerse con mi vulnerabilidad. Empero, seguí avanzando con la esperanza de encontrar al doctor o una salida. Entonces, habiendo dejado atrás la sección de los barrotes, seguí palpando la pared hasta que choqué con estrépito con un armazón metálico que parecía una armadura hueca, de esas que se sujetan contra las paredes con fines ornamentales.

Paseé mis manos por sus contornos y confirmé mis sospechas, así que la rodeé y proseguí. Pero nada más había dado dos pasos al frente, noté que un bulto de mediana altura y cierta esponjosidad y calidez me rozaba. Como el silencio era el soberano del lugar y no fui capaz de discernir si respiraba o no, extendí mi mano con intención de palparlo y recorrí con detenimiento lo que pronto supe era un cráneo oleoso y resbaladizo, estático, similar en tamaño al de un niño, pero hinchado, con unas orejas terriblemente puntiagudas, que vibró ante mi contacto tal cual haría un gato…

Di un paso hacia atrás y me golpeé con la armadura, originando un estruendo que rebotó por las estancias, causándome un pavor todavía mayor. Nervioso, describí un tajo oblicuo con el puñal pero no alcancé criatura alguna, mas en mi desconcierto sentí cómo me aferraban el brazo armado con inusitada fuerza y me obligaban a soltarlo. Con mi extremidad liberada de nuevo, recurrí a mis manos para defenderme, pero fue entonces cuando noté que estaba rodeado por más de una aberración, las cuales se aglutinaban en mi derredor, acariciándome el rostro con sus zarpas simiescas y legamosas, bullendo como un enjambre de insectos, vaciándome los bolsillos y carcajeándose como viles hienas…

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en un calabozo circular, encadenado a la pared. Un inmenso huevo de aspecto carnoso —recubierto de piel— se encontraba en el centro mismo de la estancia y segregaba una sustancia verdosa, similar al pus, que brillaba tímidamente. Un poco más allá, pude reconocer la figura de Logan, también encadenado y, presumiblemente, inconsciente o muerto. Lo llamé, pero no respondió. ¿Qué diablos era aquello?

El óvalo infecto tembló y empezó a abrirse, mientras los pliegues de piel se retraían tal y como lo haría el crecimiento invertido de una rosa, dejando al descubierto una bolsa amniótica en la que dormitaba un ser indescriptible de aspecto enajenante. Un espasmo, luego dos, y sus muchas manos iniciaron el cometido de rasgar la bolsa y salir al exterior, gritando, aullando, desgañitándose…

Jamás había visto espectáculo más grotesco y nauseabundo, por lo que no pude resistir la necesidad de vomitar y observar la escena con estupor, a solas ante la personificación del mal, sintiendo un frío helador que recorría mi espina dorsal y amenazó con causarme un desmayo. Emergió, pues, el Bégimo de su abyecto nido y se irguió cuan alto era —más de dos metros, pese a la abultada y purulenta chepa—, extendiendo sus ocho brazos en imitación de la rosa de los vientos y mostrando con descaro sus seis glándulas mamarias, venosas, deformes, descolgadas y aborrecibles, que secretaban leche hirviendo.

Su faz era la de la muerte, una bola indescriptible de materia orgánica con infinidad de ojos y colmillos que le salían de todas partes, incluso de las mejillas o la frente. Y tal rostro de perdición se hallaba enmarcado en una cabellera espesa, larga y sucia, de aspecto fétido a causa del líquido de aquel útero ponzoñoso. A su alrededor, dentro del huevo, un sinfín de huesos humanos se derretían en la gelatina corrosiva. Eran los huesos de los niños desaparecidos, supuse, los cuales habrían caído presa de aquel espanto, y servido de alimento para la inenarrable quimera de los horrores.

Y esta chepuda quimera hablaba, sacudiendo la cabeza, girándola en rotaciones de serpiente.

—¡Creed en mí, y os liberaré! —dijo con voz profunda, distante, sobrenatural, de reptil afónico, manoseando sus pechos del inframundo—. ¡Bebed de mi leche… y lo entenderéis! —ofreció, a medida que se aproximaba a mí, anadeando, dejando atrás su nido de maldades—. ¡Pues tenéis ante vosotros a un dios! ¡No hay misterio que no conozca o no pueda resolver! —exclamó—. ¡Bebed de mi leche… y lo entenderéis!

—¡Bebed… de… su… leche! —corearon varias docenas de criaturas grises, diminutas y huesudas, que se desparramaron por la estancia, caminando por las paredes y el techo como arañas—. ¡Bebed… del saber!

Por más que intenté liberarme, en ningún momento fui capaz de desasirme de las cadenas que me retenían. El monstruo de muchos brazos se arremolinó sobre mí, su satánica figura apoderándose de mi última visión, acompañado por sus muchos trasgos de ceniza, apóstoles del mal, acortando las distancias, prometiendo un destino demencial y delirante.

La noche caía en Westmire, pero el amanecer refulgía en sus profundidades. Porque, yo… ¡yo bebí de la leche hirviendo!

*Todos los derechos reservados

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