La Diosa de Cuarzo [Escena Completa]

Una figura se encorva sobre un escritorio, tomando notas. Es un hombre con anteojos, un científico, llamado Damik, cuyo nombre significa “tierra” en una lengua del este europeo. Se halla en una estancia desordenada y llena de libros. En el centro de ella, reposa un inmenso sarcófago de aspecto exótico.

Damik.- Bien, bien… (garabatea). Teniendo en cuenta el emplazamiento de la excavación y las características del sarcófago, se le presume una antigüedad de unos… (calcula mentalmente) 5.000 años. Fue enterrado siguiendo los procedimientos habituales del Egipto de la época, con la salvedad de que no se encontraron riquezas en las inmediaciones, cosa bien extraña. Los egipcios creían en una forma de vida después de la muerte, por lo que los faraones eran enterrados con muchos objetos valiosos y también, en ocasiones, con su cónyuge, por motivos que no es necesario ni pertinente especificar en el presente escrito. De los arquitectos de la tumba mejor ni hablemos, ya que el estipendio por los servicios prestados se pagaba con la muerte (sonríe ligeramente). Ha de tenerse en cuenta que, para el caso que nos ocupa, se deduce que la persona fallecida no tenía cónyuge, bien sea por edad o causas desconocidas, al encontrase un único sarcófago en la estancia interior de la pirámide, o que no se trata, en cambio, de un miembro de la dinastía faraónica, y por tanto no se aplicarían los usos y costumbres respectivos, lo cual resultaría en grado sumo atípico e inexplicable por el lugar elegido para el sepelio… (prosigue escribiendo).

El féretro no ha sido abierto todavía. Presenta anormalidades en el mecanismo de cierre de la caja que hacen imposible su apertura, en apariencia.

Damik (levantándose de la mesa y encaminando sus pasos al sarcófago, en voz alta).- Lo que aquí tenemos es una rareza. Y hay en las rarezas una sencillez aparente que se desvirtúa bajo la errónea concepción del observador, al aplicar mecanismos cognitivos defensivos que se exceden de lo necesario y convierten la empresa en más dificultosa de lo que es en realidad. Podría suponerse, conociendo vagamente el misticismo egipcio y sus variopintas y mágicas creencias, que lo que se halla dentro de este féretro no se enterró con el objetivo de embarcarlo en dirección al más allá, bajo las cánidas facciones de Anubis, sino que la sepultura se produjo, en apariencia como supongo, con el objeto de retener indefinidamente un algo que, en modo alguno, debería de escapar al exterior. Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿De la Caja de Pandora? (Se burla).

>>La ciencia ha demostrado que las plagas y los monstruos contra natura son inverosímiles e inexistentes, acaso por el lapso de tiempo acaecido desde un hecho particularmente anómalo o por la magnificación natural que se produce en la transmisión de conocimiento de generación en generación. O, dicho de otro modo, que cualquier cosa mundana ocurrida en su tiempo, bien podría transformarse en un acto esotérico al cabo de dos centurias, por cuanto la ignorancia acostumbra a invadir los hechos no documentados, tornándolos en imposibles tejemanejes de entes en absoluto mundanos. Entes, claro, nacidos de la imaginación y el temor supersticioso de los pueblos primitivos, independientemente de sus capacidades técnicas y ceremoniosos rituales.

Se escucha un sonido proveniente del ataúd. El sonido, inicialmente similar a una grieta abriéndose camino por la roca, se transforma rápidamente en voz, que habla.

Voz (reverberante y razonablemente femenina o infantil).- Abra pues la puerta, estudioso, y déjeme ver el sol. Aquí, como comprenderá, me encuentro a la sombra y el compartimento interior no es cómodo. Diría, incluso, que es abiertamente hostil hacia las formas humanas, aunque el término humano deja amplio margen a la interpretación, pues por norma el ser humano es inhumano y, en consecuencia, la especie debería de haberse atribuido a sí misma, en un ejercicio de inusual honestidad, el título de vil inhumanidad, o así lo creo yo. (Ríe. Acto seguido, la voz cambia de tono y ahora semeja varonil, vieja).

>>No he visto el sol en muchos años, aunque he perdido la noción del tiempo, ¿y qué es el tiempo al fin y al cabo?, por lo que podrían haber trascurrido únicamente dos meses desde mi sepelio, o 10.000 años. Eso, me temo, tendrá que juzgarlo usted, ya que parece negarse a dejarme salir, cosa que deduzco por su súbito estatismo y silencioso observar. (La voz vuelve a cambiar, y suena femenina). Claro que, antes de disponerse a tal empresa, bien haría en meditar largamente las consecuencias de dejarme salir. A lo mejor, y esto es pura especulación, lo que aquí dentro se halla es una Sheps-anj —una imagen viviente, una esfinge—, hambrienta y furiosa por el cautiverio, siendo pues una criatura poco recomendable para mantener charlas apacibles, de esas que gustan los académicos. Razone y decida, pero insisto, déjeme salir antes de que el Efímero Sol se ponga y la Eterna Luna se alce majestuosa en el firmamento nocturno… Porque la noche ha llegado y su sombra es alargada, ¿verdad? (Pregunta, enigmática).

Damik (estupefacto).- ¿Quién está ahí? ¿Cómo es esto posible? ¡Una voz que habla desde dentro de un féretro desenterrado, sepultado por piedras milenarias no hace mucho en el Valle de la Muerte! Naturalmente, esto tiene que ser una broma de mis colegas. Alguien ha tenido que abrir el sarcófago sin que yo me enterase, introduciéndose poco después en él con un fin desconocido, o quizá se quedó atrapado contra su voluntad. ¡Confiese! ¿Quién es usted, malandrín?

Voz (femenina).- ¿Pregunta por mi nombre o pregunta por quién soy? No es lo mismo, no, ¡no podría serlo! ¡En modo alguno! (Denota indignación y enfado). La atribución de un nombre es una categorización humana exenta de originalidad, una etiqueta convencional desprovista de dimensión cósmica; es precaria. Su propósito es la concreción en el discurso humano, cosa irrelevante cuando el discurso es inexistente. ¿Se pregunta acaso un león por su nombre, obviando por el camino la necesidad de cazar o defender su territorio? Un león no es un león, eso lo dice usted y me veo obligada a dudar de ello. ¿Se pregunta un abedul cuántas sílabas conforman su nomenclatura, desviando la necesaria savia de sus tejidos a vanos empeños? Un abedul no es un abedul; nunca lo ha sido y nunca lo será. ¡Y hacerse esas preguntas no les serviría de nada a los sujetos en cuestión! Ustedes ven el todo, una sombra, y le ponen un nombre único y pomposo, error que es propio de principiantes (se mofa). Yo no tengo nombre, ni lo necesito, asimismo, porque no soy una unidad, sino la conjunción de muchas unidades más pequeñas. Ahora bien, si lo que me pregunta es cuál es mi esencia, la consecuencia de la sinergia de la conjunción, lo que en efecto soy, cuál es mi propósito existencial, entonces no debo responderle, ya que al percatarse de lo que en este sarcófago yace, no levantaría la tapa, cosa que, en verdad y muy a mi pesar, no me conviene.

Damik.- Dice, pues, que si supiera lo que es la dejaría ahí encerrada, información que excita mi curiosidad, inflamándola hasta cotas inimaginables, lo cual me obliga a intentarlo omitiendo cualquier reparo, tentando a la suerte y al sentido común. Mas, no llego a comprender la contradicción continua de su discurso, ya que no ceja de proferir peticiones de libertad pero luego me advierte del peligro inherente a la misma, tratando de disuadirme e, indirectamente, acercándome más a su concreción. (Alza la voz). ¡Aclárese por Dios!

Voz.- ¡Claro! (Se escucha una palmada proveniente del interior). La libertad es peligrosa en sí misma; me extraña que tenga que explicárselo a un hombre tan leído. Fíjese usted, todos los crímenes que se ciernen sobre el mundo, infligidos por seres humanos, a seres humanos y no humanos… La libertad cinética es un aspecto limitado y peligroso hasta cierto punto, circunscrita a las posibilidades anatómicas de cada criatura de la creación. Un perro no puede volar, y sin embargo vuela, pues las reglas en el cosmos son difusas y todo se mueve, gira y levita, en todas direcciones, tiempos y velocidades. Pero, en favor del entendimiento y el pragmatismo, diremos que el perro no puede volar como lo harían los pájaros. Comprenda mi simpleza de argumentación como un esfuerzo por entenderme con usted, que me ha caído en gracia, y disculpe los burdos ejemplos. Entonces, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! No hay libertad en el perro de volar y transgredir las normas de la física local, ni de la genética heredada, ni tampoco voluntad de hacerlo. El perro es incapaz de pararse y sopesar sus conductas, ya no digamos relativizarlas, cuestión que lo hace auténtico y sincero, una hermosura incapaz de acometer males gratuitos. Empero, la libertad de elección, que sin embargo no es tal, es peligrosa en todas sus ramificaciones. Habilita al ser que la desarrolla para tomar decisiones más o menos razonadas, o creer que es así, causando por el camino muerte y destrucción gratuitas, innecesarias. La libertad tiende a crear adicción a cometer fechorías, barnizadas con la falsa pintura de la grandeza, el propósito o la legitimidad, con excepciones. ¡Un teatrillo maquillado con ridículas procuras! Y yo soy muy libre de voluntad, pero me temo que no físicamente.

Damik.- ¡Me hallo impelido a liberarla de su prisión, oh, misteriosa entidad! Siento un cosquilleo endiablado en mis manos, un sudor frío me recorre la espalda (dice mientras observa sus dedos extendidos). Me aconseja la voz de la conciencia que ni se me ocurra destapar el sarcófago, mas temo por mi entereza mental, por si me da un arrebato y lo hago, que soy muy capaz. Entre el poder y el deber hay un conflicto cruento, y pudiendo hacerlo, ¿por qué no debería de hacerlo? Tengo, como dice, libertad cinética y ánimo de voluntad para cumplir mis anhelos, los cuales yo considero legítimos pese a su enconada negación de los mismos. Si puedo hacerlo, debo hacerlo, si tal es mi deseo. ¡Y por supuesto que quiero! Sería inimaginable que no quisiese satisfacer mi curiosidad.

Damik se acerca al sarcófago y lo mira detenidamente, buscando algún mecanismo de apertura que, hasta entonces, podría haber pasado desapercibido. El féretro egipcio está decorado con dibujos que representan el contorno blanco de una figura femenina, cuyo rostro no muestra boca ni nariz, solo unos ojos azules que semejan vivos, encontrándose la figura rodeada por guardias en actitud hostil hacia ella. Sus manos portan llamas y una corona de huesos preside su singular cabeza.

Voz (impaciente).- ¿Qué busca? ¿El cerrojo? ¿Le falta la llave? ¿O no sabe cuál es la llave, que tiene en su poder desde el principio de los tiempos? Basta querer para poder, como dice. Empuje la tapa y el milagro se obrará. Libéreme, pues, y arrepiéntase cuando sea tarde. Sé que eso le complacerá… O a lo mejor no, pero no dude, que se hace de noche (apremia).

El científico se arroja sobre el féretro y empuja con todas sus fuerzas, mas la tapa no hace ni el más mínimo signo de moverse. El agotamiento lo vence.

Damik.- ¡No puedo! Es muy pesada (resoplando), soy incapaz de moverla un mísero palmo (explica con aire triste).

Voz.- ¡Vaya! Eso sí que ha sido inesperado. Pruebe ahora.

Se escucha un sonido pesado de arrastre y un chasquido de piedra resquebrajándose. Un émbolo sobresale por uno de los laterales.

Damik.- Dudo de que sirva para algo, pero lo intentaré nuevamente, ya que insiste (conviene de mala gana).

La tapa cede bajo el esfuerzo del científico y una humareda de polvo blanco inunda la estancia, recubriendo todos los objetos de la mesa y de las estanterías adyacentes con una fina pátina blanquecina, incluyendo a Damik, que retrocede un par de pasos ante el avance de la polvareda.

Damik (tosiendo y cubierto de polvo).– Lo he… cof, cof… conseguido. A ver, a ver, ¿qué tenemos aquí? (Se aproxima y observa el interior del sarcófago).

Reposando en decúbito supino, se halla lo que podría definirse como una estatua de cuarzo de mujer de notable envergadura, próxima al metro setenta. Aunque sus contornos son suaves —y exuberantes, brillantes y sin mácula, el rostro carece de nariz y boca. Solo dos ojos azules presiden el óvalo facial, abiertos de par en par y devolviéndole la mirada al científico.

Estatua.- Disculpe mi fallo, pues, cuando empujó la primera vez, me encontraba yo sujetando el mecanismo de apertura desde dentro. ¡Un error tonto! (Ríe sin boca). Como comprenderá, sería imposible para usted doblegar mis titánicos esfuerzos y, por ende, empujó en vano. Aunque no se preocupe, que la vida es básicamente un empuje inútil (explica en tono burlón).

Damik (estupefacto, sacudiéndose el polvo y limpiando los anteojos con un dedo, como si fuera un limpiaparabrisas).- ¡Quiero respuestas! ¿Cómo puede ser que una estatua, para más inri sin cavidad bucal, hable por los codos? No se concibe.

La estatua se yergue, entre horribles crujidos, y abandona con suma lentitud el féretro egipcio, hasta ponerse de pie en frente de Damik. Sus ojos lo taladran hondamente. El sarcófago no contiene nada más.

Estatua.- No lo concibe usted, pero yo sí lo concibo, entonces es real. Si en lugar de ser usted el que sueña, es el sueño el que lo sueña a usted, ¿qué ocurriría? Me parece lo más natural del mundo, acaso hasta simple. Lo verdaderamente raro es que un amasijo de huesos y carne, impulsado por energías eléctricas, con relativo libre albedrío, me responda. (Alza un dedo y toca con él a Damik en el hombro). ¡Oh, y está caliente!

Damik (respondiendo de la misma manera a la estatua, tocándola con un dedo extendido, en un brazo).- ¡Y usted está muy fría, y dura! Santo cielo, esto sí que es singular… pero no la veo capaz de causar daño alguno, por mucho que miro. ¡Es hermosa! (Festeja, embelesado). A buen seguro, tuvo que mentirme cuando hablaba de la libertad y de sus consecuencias.

Estatua.- Yo no miento, pues ello implicaría que existe la verdad como concepto antagónico, cosa que discuto. Si un ser libre decide emplear su raciocinio para mentir y causar mal a los demás, pero en beneficio de su persona, está siendo sincero, verdadero con su egoísmo, y en modo alguno podría achacársele falsedad. La falsedad pasaría por ser infiel a su naturaleza, o tratar de disfrazarla. (Con voz profunda). Mi objetivo es el de armonizar la creación, equilibrar las fuerzas.

Damik.- Explíquese.

Estatua.- Recoger las frutas podridas y tirarlas bien lejos (sentencia). Lo intenté en el pasado pero, lo confieso, mis ganas de hablar y filosofar me perdieron. Imagínese, un algo como yo, engañado en su propio juego… ¡Bochornoso! Aquellos condenados egipcios me encerraron cuando solo había empezado a liberar las primeras plagas sobre el imperio; minucias como comprenderá. Me confié; con la Atlántida tuve más suerte (dice, guiñando un ojo).

Damik.- Pero… entonces… (duda, en un hilo de voz), lo que se alza ante mí es un avatar de la destrucción. Un ejecutor divino. Ha llegado la hora de la retribución para nuestras afrentas históricas, como decían las sagradas escrituras, que por lo visto no se equivocaban (flaquea y cae de rodillas).

Estatua.- Por favor, deténgase ya, que a este ritmo conseguirá ruborizarme. No hay placer ni grandeza en lo que hago, pero tengo que hacerlo; es mi esencia. Entienda que arrancar ahora unas cuantas hierbas malas es mejor que dejar que la pradera entera muera. No hay un propósito divino ni acaso venganza; va por porcentajes. Compruébelo, haga cálculos y dígame el resultado.

El científico se levanta y se precipita sobre el escritorio, escribiendo a velocidad endiablada. Mientras escribe, balbucea palabras inconexas. Al cabo de un rato, se detiene y se gira, con un fajo de papeles en la mano.

Damik (gritando).- ¡Es verdad! (Se calma). Va por porcentajes, y no son favorables.

Estatua (riendo).- Me alegro, es usted un buen matemático, aunque no sirva para nada.

Damik.- ¿Y por qué no salió usted misma del sarcófago cuando quiso? Ahora comprendo que, en todo momento, la caja estaba diseñada para abrirse desde dentro. Así me lo demostró al empujar el émbolo lateral.

Estatua.- Un fallo de diseño (alza las manos en actitud conciliadora). Para poner el mecanismo en marcha, y liberarme de mi eterna prisión, se requería el contacto exterior de la piel de un ignorante. Es decir, cuando aquellos lampiños sacerdotes de tez morena me contuvieron en el féretro, recipiente que pude destruir al momento, pero no quise, me dije que solo volvería al mundo exterior cuando un ser lo suficientemente ignorante intentase liberarme. Quería conceder un poco de ventaja, que si no es muy aburrido. Y usted cumple los requisitos, porque mire que se lo advertí una y otra vez…

Damik (derrotado).- Oh, entonces, ha llegado nuestra hora. La especie humana será armonizada por esta misteriosa Diosa de Cuarzo. Tenía una conferencia dentro de dos semanas, pero no podré asistir. Quizá debería enviar una nota advirtiendo de mi ausencia…

Estatua.- Me compadezco de usted, pero mire, soy razonable. Tenemos tiempo, aunque no podría decir si es mucho o poco, que no tengo reloj. Trate de convencerme para que me vuelva a introducir en el féretro y entonces postergaré mi tarea.

El científico arquea las cejas, con ánimos renovados, y empieza a pasear su mirada por toda la estancia, mientras baraja una retahíla de argumentos.

Damik.- Nuestra especie es inteligente y es capaz de bellas obras, del arte. Merece continuar.

Estatua (sopesando).- Umm… ¿Cuál es la diferencia entre una simple piedra y una piedra esculpida?

Damik.- La acción del ser humano, el impulso creador, la hermosura cincelada en las ásperas formas de la naturaleza, abriéndose paso desde las ignotas regiones de la mente… (dice esperanzado).

Estatua.- No me convence. Hay especies de pájaros que elaboran mosaicos con objetos brillantes, especies cuya mera contemplación sobrepasa con creces cualquier escrito o lienzo elaborado por mano humana. Eso también es arte, ergo el arte no es exclusiva del ser humano, por tanto no es una característica diferenciadora. Lo que seguramente me quería decir usted, y no era consciente de ello, es que el ser humano solo considera arte lo que él mismo hace, en cuyo caso no es arte, como digo, sino vanidad.

Damik (con gesto de decepción).- Claro, claro… La vanidad no dice cosa buena de nosotros. Pero, ¿qué hay de la ciencia? El conocimiento arrancado del vacío cósmico y convertido en valioso recurso para el progreso, las matemáticas, la física, la química, la astronomía, la medicina… Mejoramos año tras año nuestras sociedades, volviéndonos más eficientes y alargando la calidad de vida de nuestros semejantes. Algún día llegaremos a la luna. Merecemos continuar.

Estatua.- Se lo tengo que discutir, y no me refiero a lo de ir a la luna, que por cierto es un sitio muy callado. ¿Por qué me obliga a rebatirle argumentos tan tristes? Saber que el planeta gira alrededor del sol es irrelevante, pues es mérito de la creación, no del descubridor, y carece de valía. Lo mismo con el resto de metódicos y complejos cálculos de las disciplinas científicas, extraídos de la entropía sideral, a la cual pertenecen. Además, ese progreso del que habla, ¿qué bien causa? Para edificar una ciudad, arrasan con la zona, saquean recursos, esclavizan mano de obra y riegan el suelo de sangre… Las mejoras experimentadas en sus sociedades acaecen, sí, pero porque les conviene, entonces no hablamos de ciencia, sino de egoísmo. (Suspira). Me temo que si regreso a la tumba, ya se encargarán ustedes de cumplir con mi objetivo a no más tardar.

Damik.- ¿Y el amor, la amistad? ¿No merecen continuar?

Estatua.- El amor es una ensoñación de la razón, egoísta y a menudo distorsionada, y la amistad se produce también por interés mutuo, esto es, egoísmo individual. No me convence. ¿Amaría usted con ánimo de cópula a un gorila? Eso sí que sería llamativo y singular… pero no lo hace porque no podría producir descendencia, salvo que sea usted un gorila muy bien afeitado. (Ríe). Hasta ahora me ha hablado de vanidad y egoísmo, mala carta de presentación, y me temo que se le están acabando las ideas (pestañea).

Damik (dice desesperado).- Empapando de vanidad y egoísmo todo lo que hacemos, entonces somos sinceros con nosotros, verdaderos, consecuentes. ¡Usted misma lo dijo hace no mucho! ¿Por qué abría de ser erradicada una criatura honesta, quizá inocente en su malicia estructural?

Estatua.- ¡Ah! Esto ya me gusta más, como que tiene un no sé qué especial, pero parafrasear es imitar, y en la imitación tampoco hay valía. No obstante, ya le dije que mis intenciones no atienden a nada personal, sino a una mera cuestión de porcentajes. Que si fuera a la inversa, sería distinto, buen estudioso; me acostaría a dormir otros 5.000 años y asunto resuelto. Mas, alegar honestidad e inocencia en un juicio de estas características me parece insuficiente. Yo lo que quiero saber es qué va a pasar de ahora en adelante, en caso de que decidiese no intervenir, porque la inocencia se pierde muy rápido (carcajea).

Damik.- Mm… mucho me temo que la trayectoria permanecería invariable (transige a regañadientes). Quizá, contando desde hoy, podríamos sostener los ecosistemas tres centurias más, hasta que la polución industrial y la densidad poblacional acaben por forzar el colapso de nuestra sociedad. Empero, no es problema del humano del presente, sino de sus descendientes, que gracias a la ciencia y al intelecto, en general, serán capaces de contrarrestar esta dinámica y sobreponerse, llegando al punto incluso de respetar el medioambiente y a sus habitantes cuando sea posible.

Estatua.- Lo he visto y no es así. (Ante la sorpresa de Damik, continúa). Solo tengo ojos y con ello lo veo todo, especialmente la dinámica de la que habla y que se prolonga hacia el infinito. No cambiará, porque nunca ha cambiado; falta tiempo, y ganas, claro. En el futuro, gracias a la ciencia y al intelecto, el expolio será todavía mayor, pues las trabas serán superadas por la técnica y ya se habrán perdido millones de existencias únicas. Hace 5.000 años me dijeron lo mismo y mire dónde estamos. (Con tono convincente). Es decir, y en esto convendrá, que sería mucho más recomendable que interviniese sin demora. Fíjese en todas esas vidas que perecen ahora mismo, así como por casualidad… ¿Le parece tolerable?

Damik.- ¡Interceda pues y acabe con esta tortura! Yo me niego a seguir departiendo con usted, aparición fantasmagórica. Está claro que no quiere dejarme escapar, solo juega conmigo, y pronto se cansará. Si he de morir ahora, me importa un comino todo lo demás (y se cruza de brazos). ¡No seré objeto de su divertimento!

La estatua le echa las manos al cuello y lo estrangula con ferocidad, con una fuerza sobrehumana, alzándolo varios palmos del suelo. Los ojos azules, abiertos como platos, contemplan al científico mientras este patalea y, acto seguido, expira en un gorgoteo desagradable. Al soltarlo, Damik cae inerte al suelo.

Estatua.- ¡Prefieren morir antes que cambiar! Añadamos a la idílica pareja de la vanidad y al egoísmo el siempre ácido orgullo. ¡Vaya trío! Esto sí que es un elemento diferenciador y salientable, pero, me temo, en absoluto digno de ser preservado. Si acaso me hubiera dicho, en su relativa libertad, “nosotros somos responsables, bella Diosa de Cuarzo, merecemos continuar”, me lo habría pensado. Lo prometo, o quizá no. Bueno, al menos un poco. Un poquito. En verdad, casi nada; es cierto que me cuesta cumplir lo prometido. Pero ha de hacerse, que ya anocheció. (Abandona la estancia).

Se escuchan gritos en el exterior.

FIN

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