Asherah [Escena Completa]

Un hombre entra en la estancia cargando un pesado y largo saco de color marrón, empapado, que deposita con virulencia sobre una de las mesas. El hombre, que viste un grueso delantal de cuero, se llama Dismas y es un pescador de mediana edad, viudo y sin hijos. Lleva la parte superior toda mojada. El bulto se mueve.

Dismas (enfadado).- ¡Quieto monstruo! Si sigues moviéndote te daré un golpe en la cabeza y se acabará el misterio. ¿Piensas que no me atrevería? Mira dónde estás. La vida no tiene nada de justa, ¿qué quieres que te diga? Al inocente y al joven se los lleva el demonio por igual. Sé que me comprendes, por lo que, si sabes lo que te conviene, deja de luchar.

El bulto patalea brevemente y luego se detiene, a la espera. Es una criatura todavía desconocida, pero aterrada.

Dismas (calmado).- Eso ya me gusta más. Ve olvidándote de escapar; ríndete y abraza el destino cierto, al que en modo alguno puedes rehuir (advierte). Has caído en mi red y me perteneces, al igual que mi esposa Aberfa le pertenece a la muerte. ¿Sería justo acaso que se la reclamase a la Parca? ¿Con qué podría pagarle a su Huesuda Majestad para que me la devolviese? A lo mejor… Mm, sí. (Sopesa enigmático).

El ser prisionero, sintiendo un pavor infinito, trata de hablar pero está amordazado. Entonces, Dismas desanuda el cordel que cierra el saco y empieza a retirar la tela, descubriendo lo que, a primera vista, parece una joven mujer de cabellos violáceos, de increíble belleza. La mira y se fija en sus ojos, que son de un tono turquesa inconcebible, y que están acompañados por unas pecas que semejan constelaciones en las noches de verano. Observa detenidamente aquel rostro enmarcado por unos bucles de pelo del color del índigo, aunque humedecidos y pegados a su cara. Pero su hermosura no cesa ahí y el pescador es consciente de ello.

Dismas (casi tartamudeando).- El demonio me lleve… ¡qué belleza! No te había visto bien antes, pero cómo se nota que no eres de este mundo, que me dejas sin aliento; ni que vinieras de un sueño. Podría mirarte siete días seguidos y no me cansaría, ¡con sus respectivas noches! Lástima que seas una bestia asquerosa, una criatura vil… (lamenta). Una tentación que el Señor pone ante mí, para probarme. ¡Mujer tenías que ser! (La abofetea una vez).

La joven no responde, pero solloza. Le devuelve la mirada, y en su expresión hay desafío. Dismas sigue retirando el saco y revela sus pechos desnudos, en los que repara brevemente (aunque disimula), y luego sus brazos, anudados fuertemente a la cintura, por las muñecas, los cuales presentan marcas producidas por la cuerda. Un poco más allá, muy cerca de los muslos, un inusual tono de piel, brillante y pulido, rompe la uniformidad; escamas. Al quitar la tela por completo, queda expuesta una larga cola de sirena, de tonos anacarados, rematada en una membrana de dos puntas violácea y semitransparente, que desprende un agradable aroma a atardecer costero.

Dismas.- Espera que te quito la mordaza… (Le agarra la cara con su mano derecha, por el mentón, y la mira con aire autoritario). Pero no grites, o te corto la lengua.

El pescador rodea la cabeza de la sirena con sus fuertes y encallecidas manos y desanuda la tela, con brusquedad.

Dismas.- A ver, ¿tienes nombre, pececita? ¿Cómo te llamas? (En sus ojos se pinta el delirio, la recorre de arriba abajo con lascivia).

Asherah (temblando).- Mi nombre es Asherah. Suéltame, por favor (lloriquea). Déjame ir, déjame ir (sacude la cola ligeramente y se escucha un sonido de cascabeles que, por un momento, recuerdan a una serpiente).

Dismas.- ¡En modo alguno! Eres mía y haré contigo lo que me plazca, ¿me oyes? ¡Ja! (La sujeta por un brazo). Te tengo y te domaré como a una potrilla si hace falta. Eres un monstruo y a nadie le va a importar, ¡así te coma viva!

Asherah (vulnerable).- ¿Por qué me llamas monstruo? ¿Por qué me tratas así, con esta brusquedad tan horrible? ¿Qué te he hecho yo para que me odies de esta manera? ¿No hay bondad en ti, Rey Pescador, para perdonar a una hija de Poseidón? ¿Dónde está tu piedad? (Lo mira esperando respuesta).

Dismas.- Te llamo monstruo porque eres diferente, no eres humana, no tienes alma. Eres una aberración marina, algo que jamás debió de existir. Solo te dedicas a causar el mal, haciendo naufragar a los marineros y devorando sus cuerpos entre las astillas de los navíos y las afiladas rocas de la costa. ¿Te parece poco? He escuchado las historias (sentencia). Y en cuanto a mi bondad, se perdió cuando crecí. ¿No lo sabías? Para pasar de infante a adulto (explica), las personas tienen que asesinar a su niño interior. Ha de acuchillarse con precisión la empatía y la imaginación, para que luego no haya que lamentar desgracias mayores. Yo mismo las partí a la mitad con un hacha… Mejor obedecer a los que mandan y callar, porque en las hogueras se ahúma a los rebeldes, a los que van contra lo establecido, criticando el orden, abrazando el caos. ¡Serán idiotas! Hay que pensar en uno mismo, que es lo que importa, y para ello nada mejor que hacer lo que todos. O comes o te comen, pececita.

La sirena parpadea y trata de distanciarse de él todo lo posible.

Asherah.- Eso de que soy una criatura malvada lo dices tú, o los tuyos, pero yo jamás he hecho cosas como las que describes. (Forcejeando, sin fuerzas). Yo me limito a nadar con los delfines por las profundidades marinas, soñando y pensando en las infinitas posibilidades del mañana, recogiendo conchas marinas para hacer adornos, las cuales pinto con la tinta de los calamares de colores, que también son mis amigos; ayudo a los marineros que se han caído al mar y luchan por no morir ahogados, además. A veces, me como alguna sardinilla, sí, pero siempre escojo de las viejas o enfermas, cuando las veo nadar erráticas, para aplacar su sufrimiento y permitirles que sueñen para siempre. Como ves, soy muy buena, y no te miento (insiste). Libérame en el mar y te entregaré un cofre de oro, te lo prometo (suplica).

Dismas.- ¿Un cofre de oro? Ni te imaginas cuánto podría ganar exhibiendo tu cuerpo disecado por ahí, en las ferias, o incluso vendiendo tus restos a alguno de esos científicos locos que tanto gustan de lo bizarro. No existe cofre lo suficientemente grande para compensar eso. Podría hacerme rico y famoso con tu pellejo, pero no es el caso… de momento.

Le pasa una mano por la cintura, que deja reposar unos instantes mientras la mira fijamente, notando su calidez corporal. Acto seguido, la ata a la mesa con más cuerda, inmovilizándola por completo. Se da la vuelta y encamina sus pasos hacia un banco de herramientas en el que se hallan multitud de cuchillos y objetos punzantes. Mientras observa los utensilios, abre una botella de whisky y bebe.

Asherah.- Así que no tienes sueños, ni empatía, ni bondad. (Solloza). ¡Pobre de ti, Rey Pescador! Soy yo la que está retenida contra su voluntad, pero eres tú el que me da pena: un prisionero de la peor de las jaulas, una víctima de la falta de esperanza; un verdadero monstruo, un amasijo de carne y huesos que solamente yerra por el mundo; por eso la soledad te devora desde dentro. ¡Mejor estarías muerto!

Dismas (bebe, grita).- ¡Cállate abominación! Yo hago lo que todos, ¿o no lo ves? Tirar hacia delante, que no me queda otra. Ni que fuera el único. (Indignado. Bebe). Yo no he escrito las reglas; me adhiero a ellas. Que viene el noble de turno a decirme que tengo que ir a la guerra a matar infieles, pues allá voy espada en ristre a sajar hombres, mujeres y niños por igual. (Escenifica un corte oblicuo con un cuchillo alargado). Que me dice que tengo que besar el suelo que pisa y masticar el barro en el que han defecado sus perros… pues incluso le pongo ganas y finjo que disfruto del sabor. (Bebe).

Asherah.- ¿Pero qué locura es esa, pescador? ¿Por qué hacer lo que todos hacen, cuando evidentemente no tiene sentido ni te hace feliz? Vives una mentira y encima eres consciente de su falsedad, ¡pero no haces nada para cambiarla! Tanta muerte y dolor, oh, ¡qué horrible! (Hace pucheros).

Dismas.- ¡Porque es lo que siempre se ha hecho! (Defiende). Y las costumbres hay que mantenerlas, que son la base de nuestra cultura. Si perdemos la tradición, perdemos la identidad y no sabemos quiénes somos. Sería como lanzarse a la mar en una chalupa sin remos y sin velamen, acaso confiando en que el azaroso discurrir de las corrientes marinas decidan el destino. Y, como hombres, creados por Dios, ¡ya disponemos de un destino escrito del que no podemos renegar! Eso dice el Obispo y muchos le creen. Agachamos la cabeza, aceptamos el paquete y nos echamos al camino, a morir. (Bebe).

Asherah.- Deliras y no te das cuenta, ¡eres un vagabundo! El destino se halla al observar la creación con imaginación, persiguiendo metas que antes se consideraban imposibles, buscando límites más allá del horizonte, cuestionando lo establecido. ¿Qué clase de dios te dice cómo tienes que vivir, o hasta dónde puedes caminar? Al fin y al cabo, yo soy una leyenda, un algo irreal para la mayoría, una ensoñación, una terrible borrachera del marinero beodo de turno que cuenta historias locas. Pero aquí me tienes, retenida, palpable y real. Hay más en el mundo de lo que ves, pescador. Tus ojos solo ven una pequeña porción de la creación, tu razón la ofusca. ¿Quién te obliga a ser ciego en un vergel lleno de maravillas?

Dismas.- ¡Mi dios! (Arroja la botella a una pared).

Asherah (asustada).- ¡El dios de los barrotes! Y, en verdad, solo retienen a un triste esqueleto. ¡Mejor estarías muerto!

El pescador, notablemente enfadado, acorta las distancias con la sirena y clava el cuchillo muy cerca de su cola.

Dismas (su aliento huele a alcohol).- ¡A ver si te voy a destripar como a una trucha, pececita! Tienes pinta de saber rica, ¡ja!

El hombre le pasa una mano por la cola, en dirección ascendente, notando los poderosos y tersos músculos de la sirena. Al llegar a su vientre, lo acaricia durante unos largos y repugnantes segundos.

Dismas.- A ver, ¿cómo va esto? (Sonríe maliciosamente). ¿Te tengo que abrir un agujero o ya tienes, monstruo?

Asherah parpadea y ahoga un grito. Resopla, se muerde el labio inferior, invadida por un terror demencial.

Dismas.- Si te niegas a decírmelo, tendré que cortar. No sé lo que pasará después. (Amenaza). A nadie le importará, descuida. Mi mujer, Aberfa, me engañaba con el herrero y los maté a ambos. Los trituré a los tres con mis cuchillos y los arrojé al mar. (Frunce el entrecejo). ¿A los tres? Claro, ja, ja, me había olvidado de decirte que estaba embarazada, la muy ramera. Nadie hizo preguntas. Mi vecino también mató a la suya. Y tu eres mujer y sirena, en un mundo de hombres. ¡Mala suerte! (Ríe).

Asherah.- Si accedo… ¿me dejarás ir? ¡Por favor! (Suplica). Si te causo un placer tal que pierdas el sentido y dudes de todo lo que crees, experimentando en tu carne el tejido mismo de los sueños, al que solo los dioses tienen derecho, ¿seré libre de nuevo, oh, Rey Pescador?

El hombre niega con la cabeza.

Dismas.- ¿Cómo voy a prometer eso? Me divertiré contigo, y luego ya veremos. Lo más seguro es que te arranque las tripas, te corte en pedazos y te venda al mejor postor. Tú no me sirves para nada más. Eres una bestia marina, una hija de Satán. Si los derechos de las mujeres no le importan a nadie, imagínate los de las bestias. ¡La llevas clara! Pero si te portas bien, me portaré bien.

Al decir esto, el pescador arranca el cuchillo de la mesa y le hace un corte en la mejilla. Una línea roja de sangre se derrama por el rostro de la sirena. Asherah medita unos instantes y en su rostro se pinta la derrota. La cola empieza a dividirse, desde la punta, transformándose cada parte en una torneada pierna de tono ceniciento, y, al llegar a la altura de la ingle, revela lo que Dismas busca. El pescador se apresura a quitarse las ropas y sube a la mesa, encima de ella.

Asherah.- ¡Mejor estarías muerto, bestia inmunda! (Lo acusa). Hacerle esto a los sueños… ¡No! No tiene nombre…

Dismas (tapándole la boca con una mano).- ¡Cállate, furcia!

El pescador la violenta, mientras ella llora. Un espasmo lame su piel, es puro gozo. En su frenesí sexual, coge el cuchillo y corta un par de cuerdas, para poder manosearla con mayor libertad.

Dismas.- ¡Oh, oh, oh! (Los ojos casi en blanco). Así me gusta… pececita. Así…

Asherah (mirando a un lado, su rostro surcado por lágrimas).- A veces, los sueños son auténticas pesadillas…

Dismas.- ¡Cállate! (Le clava un cuchillo en el hombro izquierdo, atravesándola de lado a lado y tocando la madera de la mesa).

La sirena grita, y luego ríe. Dismas lame sus pechos, saboreando la sangre. Sabe a agua salada.

Asherah.- ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! (A medida que ríe, la voz se vuelve más y más grave, hasta convertirse en una carcajada monstruosa y distorsionada).

Las piernas de la mujer, que hasta entonces reposaban inertes hacia los lados, inician otro proceso de transformación y se convierten en tentáculos, con garras, que empiezan a enroscarse alrededor del cuerpo de Dismas. Este, concentrado por completo en sus empujones y manoseos, no advierte el cambio. El cuchillo se derrite, su mango de madera arde en un fogonazo.

Asherah.- ¿Gozas, Rey Pescador? (Mueve la cadera). ¿Te has enamorado de mi cuerpo y por ello crees que puedes tomarlo por la fuerza? ¿Te gusta hundirte dentro de mí, villano, bajo el falaz pretexto de tus creencias y valores? (Arquea la espalda). ¿Disfrutas maltratando al inocente, sodomizando la esperanza y abrazando el caos? ¡Menudo bruto! ¡Menudo monstruo!

El rostro de la sirena, cuya belleza era indescriptible, chasquea y se deforma. Su boca se convierte en un aborrecible y retorcido pico de pájaro, sus cabellera se retrae hasta la nuca y sus ojos se hinchan, hasta ocupar todo el cráneo superior. Se abren de par en par y brillan con furor gelatinoso.

Dismas.- ¡Oh, oh, oh! ¡Qué gusto, qué placer! (Jadea). ¡No sé si podré venderte, que esto no tiene precio, es un sueño!

Asherah (carcajeándose).- A veces, los sueños son auténticas pesadillas. ¡Ja, ja, ja, ja! Cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que el deseo se apodere de ti (advierte).

Las manos de esta cambian y se tornan garras. Asherah rodea al pescador con sus brazos, de los que empieza a emerger una gruesa capa de plumas multicolor, y clava las garras en los omóplatos de Dismas, hundiendo sus afiladas uñas varios centímetros en aquel cuerpo extasiado, extático, atraiéndolo hacia sí.

Asherah (alzando la voz progresivamente).- ¡Empuja, empuja, remero! ¡Goza hasta el horizonte! ¡Atisba el Maelstrom con tus propios ojos, desde la proa del Velero Fatal! ¡Siéntelo con tu pérfida verga, pescador! ¡Mendigo! ¡O comes o te comen, pequeño marinero! ¡Obtén lo que has sembrado!

En este momento, el pescador entreabre los ojos y repara en la aborrecible transformación. Trata de liberarse pero es demasiado tarde, y no puede dejar de embestirla. La sirena, con su pico inenarrable, le picotea el rostro y le arranca los ojos, la nariz y los labios, en un espectáculo muy desagradable. La sangre brota como si de una fuente se tratase, derramándose por el turgente pecho desnudo de Asherah.

Dismas (grita de espanto).- ¡Ahhh!

Asherah sigue picoteando, destrozando el cráneo del pescador, rompiendo el hueso, convirtiendo aquella cabeza en un amasijo de sangre irreconocible. Dismas expira y, segundos después, eyacula dentro de la sirena, espasmódicamente. La entrepierna de la criatura se expande y revela decenas de hileras de dientes. Mientras su cabeza de pájaro demoníaco arranca tiras de carne y tendón del fenecido pescador, su sexo infernal empieza a devorarlo con brío. En un momento dado, boca y entrepierna desgarran el cuerpo de Dismas en dos trozos, en un temible chasquido, engulléndolos con prontitud. Nada queda del pescador.

Asherah.- Esta es la teoría del caos (repone misteriosa).

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