Los Contables [Escena Completa]

Un grupo de gente se encuentra en un tanatorio rural. Se trata de un velatorio. La afluencia de personas es continua y el fallecido, Víctor, reposa tranquilo en su féretro. Cerca de él, se hallan los familiares más cercanos: Carmen (la esposa), Mercedes (la hermana de Víctor), Manuel (el hijo), Rosita (la hija), Evaristo (el esposo de Rosita) y un grupo de cuatro nietos, que vienen de la ciudad. La tristeza es general y los llantos se suceden.

Carmen (de rodillas).- Llévame ya, Señor, llévame ya… ¡Siempre creí que yo me iría antes que él! ¡Llévame ya, Señor, llévame que ya todo me da igual!

Rosita (llorando).- ¡Ay, qué desgracia! ¡Padre! ¡Padre! ¡¿Por qué?!

Manuel se abraza a ella y la conforta, también llorando. Llega un grupo de gente y empieza a dar el pésame a la familia.

Juan (saludando, besando).- Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento…

Carmen.- Gracias Juan, gracias por venir. Él te tenía mucho aprecio, y yo sé que tú también lo querías a él. Pero… ¡oh, ¿por qué no me llevaría a mí antes el Señor?! (Llora.)

Luís (saludando, besando).- Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento…

Carmen.- Gracias Luís, gracias por venir. Él te tenía mucho aprecio, y yo sé que tú también lo querías a él. Pero… ¡oh, ¿por qué no me llevaría a mí antes el Señor?! (Llora.)

Pepe (saludando, besando).- Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento… Te acompaño en el sentimiento…

Los vecinos prosiguen y le dan el pésame a todos. Así ocurre con cincuenta, cien, ciento cincuenta, doscientas personas. Los familiares siguen sufriendo pero el dolor se ve ofuscado parcialmente por la corriente continua de familiares, vecinos y amigos. La familia no tiene derecho a llorar, no quedan lágrimas, pues se ve condenada a la exposición morbosa, a las charlas vacuas e irrelevantes, a las metáforas forzadas y al desánimo. A veces, se ve que un vecino llora incluso más que los familiares. La mitad de los visitantes son desconocidos, pero no dudan en quedarse a charlar de la nada y lo infinito, con sus indescifrables “no somos nada”. Hay muchas lágrimas y quejidos que hienden la estancia, pero Víctor está callado y parece tranquilo.

Evaristo (acercándose a Rosita y a Manuel, en voz baja, aprovechando un momento de respiro).- Mirad… los vecinos de Casa Prado han traído una corona de flores de 150 euros. ¡Qué menos que una de 200! Hasta las flores se ven mustias, como de plástico barato. Una vergüenza. Y los de Casa Mirador no han traído nada, ¡son unos ruines, unos agarrados! ¡Y eso que Víctor siempre les ayudó a labrar las tierras! (Hace una mueca con la boca de desprecio).

Rosita (secándose las lágrimas).- Ciertamente, nosotros le pagamos una de 200 euros cuando se les murió el señor Andelecio Prado, en paz esté. Esto no se puede olvidar. Ya veis lo que es la gente, ¡muchas palabras pero luego nada! Lloran como los cocodrilos. Vienen y van, nada más que para hacer la escena, pero no pagan sus deudas. ¡No te puedes fiar!

Mercedes (estupefacta).- Pero qué poca vergüenza…

Evaristo.- Luego hay que revisar el libro de firmas y echar cálculos con los de la funeraria. Son favores que hay que pagar, aunque algunos se los pasen por el forro. Si alguien te viene con un ramo de 200 euros, qué menos que devolver el gesto cuando les toque a ellos, es la tradición. No se puede olvidar esto. ¿Alguno ha traído papel y bolígrafo?

La pregunta muere en el aire y la gente sigue pasando, besando, llorando. Se acercan los nietos, percatándose de la extraña conversación.

Nieto 1 (algo molesto).- Pero, entonces, en lugar de venir a despedirnos del abuelo, que es lo importante, ¿venimos a contar quién puso qué o cuánto costó el ramo de marras, dejando de lado la emoción y la pérdida? Acaso en lugar de coronas bien podrían traer billetes y colocarlos sobre el féretro, de modo que se evitaría la confusión numérica y el ejercicio matemático (dice desafiante).

Evaristo se muestra correcto y formal, en su traje negro impoluto, pero le hierve la lengua ante la diferencia de opinión. Es un maestro de la hipocresía y la ejercita a diario.

Evaristo.- Así está establecido, ¡y no por mí! Son cosas de viejo, costumbres. ¡Tú que sabrás! Si no participas de ello, los vecinos se ríen de ti, incluso delante de tus narices. Pero son nuestras creencias, las de siempre, ¿o de dónde crees que vienes tú? (De repente recuerda algo, divertido.) ¿No queríais los nietos meterle en el ataúd unas fotos de sus perros, los cuales amaba con locura? ¡Eso sí que es una idiotez! ¡Como si pudiera verlos, a esos chuchos! ¡Unos perros! ¡Ja!

Los nietos lo miran mal, Manuel hace un gesto para restarle importancia. Carmen se deshace en lágrimas ante el pésame de una amiga.

Concha (una vecina que se acerca y advierte a la familia con seriedad).- Antes de enterrarlo quitadle el rosario de las manos, que eso solo puede atraer la desgracia. Pide muerto, como que quiere que vaya otro detrás de él… (añade en voz baja.) A lo mejor os parece una superstición, pero con esto nunca se sabe… Os lo digo en confianza.

Evaristo.- ¡Claro que sí! Yo por ejemplo tampoco comería jamás en la casa del difunto hasta que haya transcurrido por lo menos un mes desde la muerte; es mal agüero. Pasan cosas y hay energías oscuras. Mejor respetar con la distancia lo que hace la muerte en la cercanía.

Carmen (sollozando).- Hablando de señales, la noche anterior a la muerte, un pájaro, una vil hurraca, me picoteó en el cristal de la ventana de la habitación, y cantó. ¡Cantaba muerte! (Llora.) ¡Yo es que no las puedo ver delante! ¡Les tengo pánico!

Rosita.- ¡Y los perros aullaron toda la noche! Mira si entienden los animales, perciben las cosas funestas… (Lanza una mirada de entendimiento.)

Nieta 1 (escéptica).- Como si todo lo que hacen los animales estuviera relacionado con lo que pasa o deja de pasar con los seres humanos. Que si pía un pájaro, que si aúlla un perro, que si una culebra se levanta cuan larga es y te mira a los ojos… Todo señales de la muerte, demostradas científicamente, claro. No sé cómo es que en los hospitales no tienen hurracas en cada habitación, en lugar de aparatos médicos. Acaso serían más fiables los pájaros que los marcapasos. ¿Serán los recortes del gobierno en materia de sanidad?

Nieta 2 (en la misma línea).- Se deduce por tanto que las hurracas jamás cantan en ausencia de muerto y que son seres mudos por naturaleza. Aquel que las escucha, aprieta las nalgas y se limita a esperar lo peor. También trabajan, por lo visto, a tiempo parcial de mercenarias de la Parca y avisan con antelación de las malas noticias, en lugar de limitarse a comer hormigas y hacer nidos. ¡No me extraña la mala fama!

Rosita.- ¡Pues el hospital está lleno de ellas, en el tejado! ¡No paran de piar!

Con excepción de los otros dos nietos, nadie comprende a las nietas y se pasa por encima del tema de puntillas.

Mercedes (regresando al asunto de las coronas).- Pues a mí me ha dicho un primo que les costó la corona de flores 250 euros, en el mismo sitio. ¿Cómo puede ser, si a nosotros nos cobró 200?

Manuel (sorprendido).- ¡¿Cómo?! ¿Que a unos les cobra 200 y a otros 250 por lo mismo? ¡Qué desfachatez! ¿Pero estás segura, tía, de que no te engañas? Tengo que hablar con el encargado (levanta la mirada).

Mercedes.- ¡Para nada! Estoy totalmente segura. (Alza las manos.) 250 euros la corona del primo Miguel, así me caiga muerta redonda ahora mismo. Bien sabe Dios que no miento.

Evaristo (indignado, mirando las flores).- Siendo de igual tamaño y confección, esto es una estafa. (Saca el móvil y abre la calculadora. Teclea, murmura, bufa.) Sí, ¡una estafa! 250 euros es más que 200 euros, por el mismo género. ¡Se ríe de vosotros! ¿Os lo podéis creer? ¡Bah!

Manuel.- Pero tía, llame al primo Miguel y pregúntele, que esto hay que aclararlo. De ser cierto, era poco denunciarlo…

Mercedes (llama con el móvil).- ¿Miguel…? ¡Sí! Soy Merche, bonito, quería preguntarte cuánto te había costado la corona. Ya sabes, para hacer cálculos. (Se escucha la voz de Miguel a duras penas.) Ajá, ajá… ¡Ay, ¿dices 200 euros?! Entonces está bien, me había equivocado yo, aunque juraría que me habías dicho 250 (mira en derredor con aire tranquilizador; Evaristo resopla aliviado, después de hacer nuevos cálculos con el móvil.) Pues ya hablaremos Miguel, cuídate y gracias por venir. Disculpa la tontería.

Evaristo.- ¡Uff, qué alivio! 200 es lo mismo que 200, por tanto no han querido estafarnos, pero igualmente tendremos que mirar al detalle lo que trajo cada cual, que estas cosas no se pueden olvidar. (Calla unos instantes y observa la estancia.) De todas formas, ¿no notáis que viene poca gente? Menos de lo normal, diría yo. Está siendo un velatorio pequeño, en comparación con otros… Una vergüenza.

Nieta 1.- ¿Pero qué más dará? Que venga quien tenga que venir, y porque lo sienta en el corazón, no por la conveniencia fingida o por devolver un favor. En pagar un favor no hay sinceridad, solo compromiso, falso. Si tanto os molesta que haya menos gente de lo que corresponde, podéis ir a la oficina del paro y contratar a cien figurantes, que demandantes de empleo no faltan. ¡Tenéis unas cosas! ¡A mí que me incineren y prescindan de todo rito religioso, pues está visto que la hipocresía reina en las despedidas eternas! Habláis de Dios y de las oraciones pero poco respeto le guardáis en vuestros procederes.

Rosita.- ¡Calla, calla! No digas eso, que es un día muy triste y te va a castigar Dios (llora.) Pero… (se recompone), ¿pensáis que hay tan poca gente? ¿Por qué no habrán venido? Claro (sopesa), como es entre semana… a lo mejor no han podido por el trabajo.

En ese momento entra otra vecina, Magdalena, que camina hacia atrás, de espaldas, chocándose con todas las personas del lugar y pidiendo disculpas. Llega hasta la familia, palpando las inmediaciones, y les da el pésame a los presentes, evitando en todo momento el contacto visual con el fallecido.

Nieto 2 (hablando con los otros nietos).- ¿Por qué no querrá verlo?

Nieta 2 (adelantándose).- ¡Temen a la muerte! No quieren ver el mordisco fatal. Piensan, acaso, que por no mirar se libran de su destino. Que negando la realidad, algún día escaparán. Pero, ¡no! La muerte es voraz, nunca deja de morder. Están atrapados y no lo saben.

Nieto 1 (asintiendo).- Nunca deja de morder. Y cuanto más cerca, cuando se lleva a tus padres, por ejemplo, más miedo da esa boca horrible, negra y sin dientes. Se siente fría y letal y, lo que es peor, próxima, muy próxima. Pero, ¡ah!, todo este dolor que aquí se respira se debe a la visión ominosa del catolicismo; todo es pecado primigenio y castigo en esa doctrina del demonio. ¡Tonterías de creyentes! Nada hay en la muerte de extraño o ajeno, por cuanto la conocemos todos de cerca o de lejos, y poco tienen que ver los designios de un dios con la hora de la despedida de cada uno.

Nieta 1.- Cuando llega esa hora, dejamos atrás una jaula parcial para convertirnos en un universo completo. Somos libres y, aunque hay tristeza en la despedida, nunca hay una desaparición completa. Pervive el recuerdo, pervive la esencia. No todo se pierde, o así lo veo yo. Pero los creyentes, estos que aquí rezan por miedo y apariencia… (niega con la cabeza.) ¡Qué pena me dan! No hay infierno, ni purgatorio, ni cielo; el todo es un todo, no hay división. A ellos lo que les importa es la apariencia y cuánto dinero se gastó cada uno.

Evaristo (que hasta entonces estaba escuchando a un lado).- ¡Qué cosas decís los estudiados de ciudad! Que Dios hay, en el cielo, y al que se porte mal lo castigan. Si no creéis, ya os arrepentiréis, ya. Pero, ¿qué vais a entender vosotros, que no respetáis nada? (Gruñe, sabedor en su fuero interno de sus propias faltas.)

Después de amonestar a los nietos, regresa al tema de las coronas de flores y su valor económico, además de mostrarse inconforme con la tasa de asistencia, discutiendo acaloradamente con el resto de familiares sobre ello. En un momento dado, se ve a cada uno de los presentes con el móvil en alto, tecleando cifras, y el encargado de la funeraria, en silencio y deslizándose como un fantasma por entre la multitud, les proporciona un libro de contabilidad a petición de Rosita, para que puedan registrar con precisión sus cábalas numéricas.

No se sabe si lograron un consenso. Según contaron los más exagerados, días después, incluso Víctor parecía estar haciendo cálculos mentales con los dedos de la mano, mientras la familia revisaba los pormenores de la ceremonia…

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