A vueltas con lo de los toros

Parece que, como sociedad, no nos entra en la mollera que la tauromaquia de arte tiene poco. Matar toros, a modo de espectáculo multitudinario, es un sangriento y cruel asesinato digno de los brutos más ilustres de la época de las cavernas. Lo que es todavía más incomprensible es que el gobierno promueva esta salvajada con subvenciones millonarias, en lugar de destinar ese valioso dinero a empresas más provechosas y menos violentas.

Ocurre que la ley, por mucho que condene el maltrato animal -de forma anecdótica-, en absoluto considera la tauromaquia como maltrato. Esta fiesta nacional consiste en clavar banderillas a un toro acorralado y, cuando ya está cansado y no puede más, asestarle un golpe final para matarlo, entre aplausos y vítores. Por lo visto, el que redacta los textos legales jamás reparó en la posibilidad de que algo tan “patrio” pudiese ser “ilegal”.

Ciertos personajes, por interés laboral o económico en la susodicha sangría, esgrimen que es un baile hermoso entre animal y torero, una representación poética de la lucha entre las fuerzas de la naturaleza, pero las condiciones distan de ser ideales: el morlaco está en desventaja y la muerte es su única salida. Pues, que yo sepa, a nada que el torero sufre un tropiezo ya saltan todos sus acompañantes para sacarlo en volandas y ponerlo a salvo; nadie lo deja morir en el ruedo, que sería lo verdaderamente poético y justo, por eso de la igualdad.

Personalmente pienso que es a todo punto ilógico y poco ético que el gobierno español incentive esta barbarie, y no comprendo que una sociedad del siglo XXI pueda acaso tener argumentos para defenderla. Aquí no hay nada debatible: está mal. Tampoco comprendo cómo la Unión Europea no toma cartas en el asunto y finiquita el tinglado, que recuerda más a los circos romanos que a cualquier remedo de fiesta. Supongo que toda sociedad necesita sus contradicciones… o quizá es que no hay sociedad sin contradicción.

En resumen, matar por diversión es cruel, inhumano y repudiable; un acto asesino, ni remotamente ético, exento de hermosura. Todo lo demás, las justificaciones económicas o peregrinas con las que salen a la palestra algunos botarates, son mera cacofonía destinada a distraer la atención del fondo bestial y monstruoso que empapa esta disciplina. Pero a mi edad ya he aprendido que si el mundo es una bola de desperdicios, se debe sobre todo a que las personas que lo habitan -como grupo- son una bola de desperdicios, al menos en un altísimo porcentaje y, en especial, en lo que a líderes se refiere.

El sistema funciona así.

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2 comentarios en “A vueltas con lo de los toros

  1. Lorenzo dijo:

    Yo creo que lo que mantiene el espectáculo, aparte los intereses económicos, es el morbo, la posibilidad de que el torero sea cogido. Si de entrada se supiera que el torero saldrá siempre ileso, no habría afición, la gente desertaría de las plazas. La gente es tan malvada que se recrea con la muerte ajena (la del toro) y aun se hace la ilusión de que uno de los suyos (el torero) caiga.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Claro, el público desea muerte y es lo que va a buscar. No se distinguen los espectadores actuales de los romanos que asistían con asombro a la matanza de cristianos en los circos de Roma. Ellos sabrán, porque tratas de explicárselo y te saltan con no sé qué perogrulladas de tradición, profesión e, incluso, que sin la tauromaquia los toros se extinguen. No me dan pena cuando se llevan una cornada, al fin y al cabo nadie los obligó a entrar allí.

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