Ídolos de barro

Enciendes la televisión y los medios no paran de hablarte de ídolos, de esas exitosas personas que lo tienen todo en la vida y sirven de modelo y guía para los ciudadanos más corrientes, si bien suelen ser famosas por comportarse indebidamente o infringir alguna ley, sin que por ello falte el típico defensor que sale a la palestra para pelearse a brazo partido con el contrario (aunque defrauden a Hacienda, lo cual está muy mal visto en plena crisis económica, hallan defensores entre la muchedumbre). Son semidioses y, a tenor de algún trasnochado fanático, están por encima de todo.

Pero claro, el telediario habla todos los días de ellos, los programas de actualidad también; son nuestros “mesías” capitalistas; de ellos aprendemos lo que tenemos que desear. ¿Quién no querría ser un deportista de élite, con nómina multimillonaria, casa de lujo y fiestas sin parar? El sistema ha convertido a estas personas en referentes morales, como si dar patadas a un balón y ganar euros a granel fuera el pináculo de toda una forma de vida, cuando es bien sabido por todos que solo aportan entretenimiento y ningún bien a la sociedad; cualquier partido de fútbol de 1ª División tiene más trascendencia mediática que una obra de teatro o un descubrimiento científico.

Poco importa que con todo ese poder mediático se limiten a no hacer nada, obviando la responsabilidad intrínseca a la fama, el gran bien que podrían causar sirviendo de ejemplo y apoyando causas nobles; son gladiadores que los mafiosos de turno enfrentan periódicamente para generar polémica, vender periódicos y crear división en la opinión pública. ¡Sus trifulcas irrelevantes se igualan a dramas como la guerra en Siria o, como poco, ocupan más minutos en la parrilla televisiva! Soy incapaz de olvidar esos vídeos promocionales con músicas épicas y grandes marquesinas: “Pepito enfadado con su entrenador Alfredo; la bomba estalla en el banquillo del Real Girasol“. Pero, ¿sabes qué? Que estos ídolos de barro no importan, son una gran “nada”: no están aquí para cambiar el mundo para mejor, solo para rodar sobre él y derretirse; hacer dinero y desaparecer.

Incluso el “arte” no se libra de esta parodia que afecta a infinidad de disciplinas: los cantantes que más venden, a menudo, no saben ni cantar ni alzar la voz más allá de un tono de habla normal y corriente, tal y como se demuestra en sus conciertos con playback; no hay virtuosismo, ni dominio musical. Son los programas de edición de audio, que tan hábilmente se emplean en los estudios, los responsables de convertir al gallo más afónico en todo un seductor. De hecho, del artista pop actual se requiere en primer lugar buena presencia, juventud y que sepa menear el esqueleto; la voz se arregla, a bailar se aprende. Lo que vende es una actitud, un baile elaborado con un estribillo pegadizo: si te pones a leer la letra lo mismo acabas arqueando las cejas; es pura morralla. Del cine diré que cada vez es peor, al menos el que inunda las salas con mayor facilidad y recauda más dinero: películas sin mensaje, a veces sin historia; un compendio inconexo de ridiculeces o explosiones que no aporta nada al género y, con frecuencia, tampoco entretiene.

Y ahí están, unos y otros, llenándose los bolsillos a espuertas por hacer algo mediocre e irrelevante. No importa en absoluto lo que hacen, es que ahí está la cuestión: lo que aclama la gente es lo que “aparentan” ser, lo que todos queremos ser. Aclamamos el éxito y lo queremos para nosotros mismos, incluso cuando ese éxito es un vacío atronador que deja patente nuestra falta de talento; aclamamos una forma de vida que nos han hecho reverenciar a través de todos los canales disponibles. Los “jefes” tienen cañones y artillería suficiente para derribar un planeta.

Los artistas incapaces de contar nada, los futbolistas de élite que copan los noticieros y roban minutos a los estudiosos o a los que luchan por los derechos sociales, las personas egoístas que prosperan por encima de otras más capaces… ¿Quién es el responsable de esta desigual distribución de la atención? Aquellos que controlan los medios y están interesados en proyectar un modelo de vida consumista, un culto a lo inmediato, a la ausencia de responsabilidad, al no pensar; les interesa a los que mandan.

Este sistema tiene un nombre: el reinado de los mediocres. Pero son ricos, entonces diremos que son los mejores.

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4 comentarios en “Ídolos de barro

  1. Lorenzo dijo:

    Y entramos de lleno en la fase del canibalismo. Ayer hablaba con mi amigo comunista, me decía que tenía confianza en la juventud: acabará rebelándose. Yo no lo veo tan claro. Para mí la juventud se ha vuelto conservadora, acepta sin apenas reservas a la ideología neoliberal. No sé yo si la revolución vendrá por ahí. Yo creo que habrá una guerra para empezar de nuevo. Pero algún imprevisible se les escapará de las manos y entonces el futuro atrapará incluso a los que se creen intocables.

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    • Óscar Gartei dijo:

      La juventud del hoy, salvando honrosas excepciones, está lobotomizada: que si el Facebook, que si el Twitter, que si el nuevo iPhone de 600 € que me compran los papis, que si botellón a chorro dejándolo todo lleno de mierda… Ojo, que estos a su vez son los mismos defectos de gran parte de la población no tan joven. Porque al final somos productos, todos, cortados por un mismo patrón. Tenemos las mismas necesidades, temores y anhelos y a la arcilla es fácil darle forma.

      Imagino que habrá grupos de rebeldes, pero no podemos delegar la responsabilidad en unos cuantos. Creo que voy a escribir otra.

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  2. Sí, parece evidente. Este tipo de personajes que, en la mayoría de los casos, viene a ser solo “un bluf” se diría que vienen a ser presentados como el esteorotipo a seguir. Con respecto a la juventud -lo veo en mi hijo-, creo que desde el 15M buena parte de la juventud quiere rebelarse ante tanto atropello. No son mayoría ni mucho menos pero, tengo la sensación que sí que son muchos más que hace unos años. Veremos, veremos a ver qué ocurre en un futuro próximo.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Claro, ¿pero rebelarse contra qué? Por culpa de las democracias líquidas, ya no hay una figura a la que atacar. Todas las autoridades responsables de lo que nos ocurre son internacionales y están fuera del alcance de la mayoría. Antes culpabas a X personaje, ahora son empresas con ramificaciones infinitas. Está difícil, pero a ver.

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