Delegando responsabilidades

Si nos pegamos un chapuzón en alguna de las religiones más extendidas del mundo, como por ejemplo la cristiana, y leemos por encima sus textos sagrados, pronto nos daremos cuenta de que todas comparten entre sí la figura del “salvador”. Me refiero a ese hombre iluminado, hijo del dios de turno o de la energía cósmica que, a causa de su inmensa sapiencia o saber hacer, sirvió de guía para sus coetáneos, librándolos del mal. La figura de la mujer aparece, en cambio, como compañera esporádica del héroe mesiánico, si acaso, detalle que no debería de extrañarnos al hablar de religión.

Centrándonos en la figura de Jesucristo, sabemos -o los textos dicen- que fue demonizado por los sacerdotes de su tiempo, así como por las élites que ostentaban el poder, lo que le granjeó enemistades agrias entre los fariseos y demás, y una ejecución pública al estilo romano, aunque hay que puntualizar que fue la lanza de Longinus quien puso fin a su vida y no la propia crucifixión.

Pero a este personaje tan enigmático no le faltaron seguidores que decidieron, después de su muerte, perpetuar tan bellas y hermosas enseñanzas en forma de nuevas escrituras sagradas, que las élites adaptarían y editarían a voluntad, para tornar un mensaje que las atacaba frontalmente en un mensaje que las defendía por mandato divino. ¿Acaso no hablaba Jesús de prescindir de los intermediarios en materia espiritual? ¿Acaso no criticaba con acidez a los mercaderes del templo? Siglos después, quien criticaba al clero era condenado a la hoguera y quien vivía ajeno al pulso mercantil de la época daba con sus huesos en la miseria más cruda (el castigo por no participar).

Bien, pero, ¿adónde quiero llegar? A veces es fácil perder el hilo, lo reconozco. Con toda esta perogrullada religiosa, de la que hace años renegué con vehemencia, pretendo extraer de las mareas del tiempo un “patrón” social que se repite hasta la saciedad e interesa sobremanera a las élites. La figura del salvador implica que la sociedad, como conjunto, necesita un líder o un grupo de líderes que den el paso al frente y rompan con la tradición imperante, rancia y corrupta, que es ya de hecho demasiado decrépita como para adaptarse a los tiempos y hacer el bien a los ciudadanos; si el salvador no interviene, la sociedad permanece inmóvil.

Esta ruptura se manifiesta cíclicamente, cuando los nuevos grupos desplazan a los viejos y los suplantan en sus tareas, modificando con suma delicadeza el discurso ya existente. Los grupos de los que hablo están comandados por un escogido número de capaces individuos, adelantados a su tiempo y bendecidos con el don de saber lo que la sociedad necesita -salvadores-; serán ellos los que han de procesar la información y crear nuevas escrituras, políticas o religiosas, para orientar al vulgo y conseguir que las ovejas famélicas encuentren solaz en sus promesas y reformas.

Tal fenómeno ocurre en el presente también, claro, cuando las personas nos limitamos a observar el día a día a través de la televisión, confiando en que algún activista comprometido con la causa se deslome por abrir el camino hacia el futuro, aguardando a que el sendero sea seguro para lanzarnos detrás de él. Y esa observación no viene acompañada, por supuesto, de apoyo alguno. Estamos entrenados, mediante los textos religiosos, la publicidad, el cine, la educación, etc., para creer y confiar en que “otros” (los hados) arreglarán el desaguisado tarde o temprano, momento en el cual todos podremos ser felices -sin esfuerzo, sin intervenir-.

Desde las distintas vertientes artísticas que están al servicio del sistema dominante, se proyecta tácitamente la inacción ciudadana: son ellos, los héroes, los elegidos, los carismáticos líderes, los sobresalientes individuos que han sido capaces de emanciparse del yugo del sistema, los que cambiarán el mundo; ellos nos enseñarán la solución, pues son capaces de cumplir su voluntad por encima del poder establecido; defienden a sus semejantes hasta el punto de sacrificarse por el bien común…

La idea es que tú lo veas y te quedes en casa, víctima de las imágenes grabadas en tu subconsciente. Que creas que la mejoría ocurrirá, que todo saldrá bien, que alguien lo arreglará, por muy oscuro que pinte el horizonte. Al fin y al cabo, Jesús se “sacrificó por todos nosotros”, incluso por los ateos, los infieles y los urogallos autóctonos. Un héroe anónimo adoptó la responsabilidad de inmolarse por todos sus hermanos y lo logró; son capaces de acometer cualquier empresa. ¿Pero qué cambios se produjeron en realidad? ¿Qué calado tuvieron en el tejido social? ¿Merecen ser “salvados” aquellos que no hacen nada por cambiar y prefieren revolcarse en sus conductas suicidas?

Ya para acabar, podría deducir con algo de malicia que aquellos que solo cambian cuando son salvados o liderados por un héroe, jamás cambiarían por sí mismos. Si los cambios no han sido adoptados a título personal después de una profunda reflexión interior, entonces no son cambios reales; son simples corrientes de comportamiento, temporales y efímeras, sujetas al devenir de los intereses de las élites. O, dicho de otro modo, que las aguas siempre vuelven a su cauce. Que aquel que confía en que otro le solucionará el problema, tarde o temprano repetirá sus faltas, porque con su forma de entender las cosas no acepta responsabilidad alguna sobre sus actos y demuestra que tampoco le importan demasiado las consecuencias. Lo “místicos” le llaman a esta conveniente* y servil actitud fe: delegar la responsabilidad de tu vida (que es intransferible) en un objeto mágico o ser ajeno, indiferente hacia ti. Y no aprendemos.

*Conveniente para los poderosos.

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6 comentarios en “Delegando responsabilidades

  1. Eso ha ocurrido siempre Oscar y me temo que lo seguirá haciendo. Siempre son solo unos cuantos los que “tiran del carro” y los demás “a rebufo”. Unos se acaban quedando, otros -los más-, acaban marchándose. Desde mi experiencia personal, ahora en la política y antes en el asociacionismo. siempre pasa igual. Mi hijo vive en el extranjero y trabaja activamente en la formación de grupos de ayuda a los españoles que conviven allí, especialmente, los recién llegados y no te puedes imaginar lo difícil que es crear un grupo compacto y permanente. Se desespera a veces pero yo le animo a seguir. Por desgracia, siempre es así.

    Un saludo.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Si no somos capaces de coordinarnos para luchar por algo que nos ha de importar a todos, ya me dirás cómo vamos a arreglar nada. En esto, como en muchas otras facetas de la vida, el ser humano es oportunista en su forma de comportarse. El problema es que las consecuencias, a veces, son muy complicadas y peligrosas.

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      • Sí, claro que es difícil. Nos implicamos algunos para tirar del carro de muchos. Durante años fui directivo, de una Asociación gremial a nivel provincial y participante activo en la nacional y…. nada de nada o casi de nada. Ahora colaboro con un grupo político -Recuperar Badajoz que obtuvo tres concejales en las pasadas municipales-, y a las primeras reuniones de mi grupo de trabajo ibamos 15 y ahora vamos 8… Hasta en la Peña del Atléti también pasa lo mismo. Pero habrá que seguir Oscar.

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  2. Lorenzo dijo:

    Creo que es una prueba de falta de madurez: ese necesitar de líderes para sacar las castañas del fuego. El miedo al cambio, la pereza, el peso de la responsabilidad… Todo juega en contra para que la sociedad madure. La educación también impide el desarrollo humano, porque nos educan en la obediencia y en la delegación de responsabilidades.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Esa educación pública es muy distinta de la privada. Como siempre he dicho, la pública entrena ovejas y la privada azuza tiburones. Cuestión de estamento.

      Si cada uno hiciera su parte, no harían falta grupos ni revoluciones; el cambio se produciría por su propio peso.

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