¿Es el político malicioso por naturaleza?

Y la respuesta es no, salvo que reformulemos la pregunta y ampliemos el foco a la totalidad de la sociedad. ¿Es el ser humano malvado? ¿Es, quizá, un ser inclinado a la malicia pero no necesariamente villano de corazón? ¿Son las circunstancias, el trasfondo personal o la genética lo que determina su grado de malicia? Resulta sumamente sencillo cebarnos en improperios hacia los políticos, tildarlos de sátrapas, estafadores, bellacos y mil y una lindezas más, pero ellos no son diferentes de cualquier otro humano, ergo tropiezan en las mismas piedras. Y quien esté libre de pecado, que tire la primera.

En realidad, el problema de nuestra democracia -que como es bien sabido, no es una democracia real efectiva- emana de las deficiencias culturales y educativas del país, quizá de la propia cultura occidental. Quien más y quien menos, en situaciones similares, actuaría de maneras muy parecidas, porque nos han orientado desde niños hacia la competitividad, el individualismo, el ansia de poder y riqueza, etc. La educación solo ha actuado en los últimos siglos a modo de capote, una pátina de valores superficial que recubría y escondía el egoísmo intrínseco a la vida, disfrazándolo de civismo, códigos legislativos y demás, pero avivando el fuego de la violencia y la masacre (obviando por el camino el respeto al medio, a los animales y a las personas).

Por mucho que los exponentes patrios de la política semejen frutos podridos del árbol de la corrupción, no son elementos especiales en el cosmos; no son singulares, ni solitarios; son, en el mejor de los casos, un pequeño grupo de afortunados que despuntan entre la masa pero que no se desligan de ella en su materia, mas sí en su código de valores, porque su moral pasa a ser libre a causa de la opulencia inherente a su puesto, sin topes superiores ni inferiores, mientras que los humildes labriegos soportan reverentemente la limitación de su libertad desde la cuna hasta el ataúd, temerosos de la ira de un Dios Ejecutor (inventado por ser conveniente para la nobleza y acomodaticio para el miserable); la madera sabe de esto.

Son productos sociales que, pese a ser de clase adinerada o alta, adolecen de los mismos defectos que los más humildes proletarios, y tanto unos como otros actuarían igual ante las mismas circunstancias, de intercambiarse sus respectivas posiciones. Así, el que hoy los critica enconadamente, posiblemente habría hecho lo mismo que ellos de haber sido el responsable de una cartera ministerial o el gestor de fortunas multimillonarias. Esto, no obstante, no ha de ser óbice en lo que a su enjuiciamiento respecta. El malhechor ha de sufragar el estropicio con su esfuerzo vital, aunque yo los pondría a realizar tareas sociales en barrios pobres, no en cárceles llenas de comodidades.

¿La solución? El brebaje curativo para esta epidemia es lento y de efecto retardado. Consiste en una modificación transversal y profunda de la educación, los medios de comunicación y las actitudes sociales que se han heredado después de siglos y siglos de machismo y barbarie institucionalizada. Naturalmente, los resultados tardarían unas cuantas décadas en dejarse ver, motivo por el cual ningún partido político se quiere tirar a la piscina.

Es muy fácil decir que nos preocupa España, o el mundo, y hacer amagos risibles que consisten en beneficencia hipócrita, reformas políticas de una cuarta de profundidad o cambios sutiles del discurso y la verborrea zafia -elaborados para deleite de las masa ovejil-, pero… ¿dónde está el verdadero compromiso? ¿Dónde está una ley educativa que dure cien años, de calidad, que permita el desarrollo de las personas en toda su dimensión, incentivando la cooperación, el altruismo, el cometer acciones socialmente buenas? ¿Quizá no compensa? ¿Quizá teme el lobo corrupto que si legisla para arreglar el mundo su manada acabará extinguiéndose?

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5 comentarios en “¿Es el político malicioso por naturaleza?

    • Óscar Gartei dijo:

      Gracias, pero yo creo que esto va para muy largo. Lo más probable es que las élites se saquen le la manga una forma de controlar a la población y capear el temporal; nada cambiará y quizá las protestas serán silenciadas por una larga temporada. Yo veo señales, en los medios, en la política, etc., que indican que hay algo entre bambalinas, una nueva oleada de fascismos más tremebunda que nunca, con todo el aparato tecnológico a su servicio y la ausencia de privacidad. Esta época podría ser brillante, pero más bien semeja oscura y fatal.

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  1. Mucho hay que cambiar la educación. Pero no interesa. Si la educación ofrece tan mala calidad es porque la élite quiere que seamos borregos. Lo hemos dicho muchas veces. Hace tres mil años que hacen lo mismo las diferentes élites. El pueblo madurará cuando sea capaz de decir basta. Pero es el pez que se muerde la cola: nos educan para ser egoístas. Si estamos abajo armamos una revolución para ponernos en la plaza de los de arriba. Para eso no vale la pena. La verdadera revolución es el cambio de mentalidad, cuando la sociedad en su conjunto deje de aspirar a tener más dinero y ser más que los otros. Saludos.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Las revoluciones que se limitan a cambiar la clase dominante no revolucionan nada, son meras prórrogas, y sin embargo han sido el motor principal de nuestra historia desde el principio. Entonces, nunca ha habido avance real, solo la implantación de nuevas tecnologías y sistemas políticos y sociales en el arte de oprimir a la clase inferior de turno. Los proletarios llevan siendo pisoteados desde los albores de nuestra existencia y muchas castas superiores se han turnado en tal opresión, pero los pobres siguen siendo pobres y hoy en día, en el siglo XXI, son también productos consumidores de productos. Ideal.

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