La política de teatro, o de cuando las ideas no evolucionan

El neófito o poco comprometido con los devaneos institucionales de su país podría incurrir en el gravísimo error de pensar que la política tiene un impacto real sobre la vida de los ciudadanos, imaginando que las formaciones a las que vota cada 4 años gobiernan y legislan en beneficio de la población común, esforzándose siempre más allá de lo que dicta el decoro y la mesura.

Mas la política no es otra cosa que un sistema compartimentalizado, que ha sido hábilmente aislado de los verdaderos mecanismos de progreso y poder social durante los últimos dos siglos, sino antes. Dicho de otro modo, los órganos políticos de cada país no son muy diferentes de una función de títeres irrelevante: entre ellos, y hacia sus súbditos, escenifican tratados, reformas y enconadas disputas, pero en ningún caso son protagonistas y promovedores de los cambios que en efecto se producen en la sociedad. Pues, tales cambios, a mi juicio, han de atribuirse a los Tesoreros del futuro, aquellos grupos de personas que, con unos fines u otros, bregan hacia delante para conseguir sus objetivos, obviando cualesquiera sean las consecuencias de sus empeños.

Si bien conocer la identidad de los Tesoreros es imposible para mí y para otras personas de baja cuna, se intuye por simple y llana deducción que tales individuos gozan de buena salud económica y defienden con ahínco su patrimonio, escudándose detrás de los hombres de paja que han situado previamente en los parlamentos nacionales; serán estos personajes hechos de yerba mustia los que recibirán las críticas y darán la cara en los medios de comunicación, que asimismo también han sido untados generosamente con retribuciones dinerarias, con el objeto de orientar sus preguntas y juicios posteriores -desviando la atención del espectador de los temas sensibles-. Siempre surge algún atentado o escándalo público en paralelo con algún tema de suma trascendencia político económica.

Pudiera ser que la sempiterna contienda electoralista que mantienen las formaciones que luchan por amarrarse voluntariamente con los hilos del titiritero no difiera en gran medida de las obras de ficción, siendo por tanto sus protagonistas personajes de ficción y sus programas electorales, medidas legislativas u opiniones sociales simples frases de un guion preestablecido, en ningún caso reales. Acaso estamos hablando de actores redomados, cada uno bien defendido por un generoso mecenas que satisface todas sus necesidades existenciales a cambio de su lealtad incondicional y de un manejo en sociedad acorde a lo esperado.

Entonces, si el rumbo está fijado de antemano, por esa extraña logia de mentes pensantes y adineradas, poco margen resta para el díscolo o el divergente genuino (pues también existe la figura del divergente o terrorista asalariado, que se limita a montar gresca para justificar el atropello del gobierno en vigor). Esto es, más allá de las obras de teatro, las películas, las series, las novelas… Porque, en un acto de abierta burla, en las disciplinas artísticas se permiten el lujo de ofrecernos un enfoque en el que la rebeldía es necesaria y obtiene su debida recompensa, al enfrentarse a un orden tan imperante como corrupto que debe ser depuesto por el bien de la humanidad; necesitan alimentar la esperanza de la población con obras de ficción que, paradójicamente, alientan su inacción.

Así, las ideas que unos y otros exponen en la palestra son tan viejas y carentes de proyección como lo fueron antaño. Esas ideas no necesitan evolucionar porque son las mismas ideas de siempre, las ideas viejas; tan viejas que incluso en el imperio romano tenían su contrapartida, así como en las distantes tierras de los soldados de terracota. El discurso solo ha sufrido una pequeña actualización estilística, manteniendo la semántica intacta: se promete cambio y avance, pero nadie tiene claro el cambio o el avance, porque eso no corresponde a nadie más que a los Tesoreros. Y de la escabrosa situación medioambiental o de la aterradora regresión social que experimentamos en materia de valores (machismo rampante, violencia sistémica), nada se dice; silencio.

En resumen, todos los discursos se ahogan en la verborrea hilvanando conceptos de crecimiento, lucha contra el paro, terrorismo, progreso, crecimiento económico, igualdad superficial, reparto equitativo de la riqueza… ¿Y qué ha cambiado? ¡Si hasta parece que vamos hacia atrás! Hoy en día encierran a titiriteros por escenificar algo “inapropiado”, persiguen a los que opinan diferente, tildan de radicales terroristas a los que protestan y se permiten difamar a ciertos partidos por opinar distinto. ¡Venezuela! ¡Stalin! Los políticos de la derecha rancia se enorgullecen de sus falacias y la población vive ajena a los peligros que se gestan en el vientre de una sociedad tan tecnológicamente dependiente. No es una pelea de conservadores contra progresistas, es una pelea entre la “retrosociedad” y el humanismo, siendo la primera un movimiento egoísta, de expolio y uniformización de la plebe (para utilizarla de mano de obra barata que, a la par, consume compulsivamente sus propios productos).

¿Es este el avance? ¿Esto es lo que nos esperaba después de la Transición? ¿Un mundo igual de represor que el anterior pero con muchos más instrumentos de represión y la imposibilidad de esconderse? ¡No entiendo el rumbo del mundo! ¿Cómo puede ser la masa tan crédula y estática? ¿Acaso no es esto de lo que hablan puro “Despotismo Ilustrado”? “Nosotros o el caos, el sentido común o el abismo”.

Otros, los más desconfiados, dirían que el discurso político de algunas facciones es pura y cruda amenaza. ¡Sé una oveja y no hagas ruido! ¡Consume!

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2 comentarios en “La política de teatro, o de cuando las ideas no evolucionan

  1. Excelente análisis. Curiosamente, a los tesoreros del futuro no les importa el futuro. O bien preparan un futuro en que la humanidad habrá desaparecido, bien porque habrá perdido toda sensibilidad, bien porque literalmente se habrá extinguido.

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