Libertad e imbecilidad

Las redes sociales son un medio de comunicación que ha experimentado un auge demencial en los últimos años, a tal punto que ya es frecuente ver en los telediarios noticias relacionadas con los tweets de los políticos de moda. Internet ha permitido a las personas corrientes, al ciudadano de a pie, acercarse a sus ídolos o a los líderes de una determinada nación casi sin esfuerzo; ya no son entes lejanos e inaccesibles. Y así, todo el mundo quiere tener un perfil en las susodichas redes y participar del entramado neuro-cibernético del siglo XXI.

El problema viene cuando esas redes sociales se convierten en una extensión de la maquinaria orwelliana. Esto es, se ejecutan sobre servidores que registran y guardan todos nuestros datos personales, los importantes y los irrelevantes, a saber con qué avieso fin. Y lo peor de todo es que el 90% de la población cede esos datos voluntariamente y, por extensión, implica a otras personas cercanas a su entorno (al publicar fotos, etc.).

Haciendo un pequeño inciso, querría comentar por ejemplo un caso curioso que me ha pasado con Twitter. El pasado mes abrí una cuenta para participar en un concurso y, a tenor de que no acabé ganando nada, decidí aprovechar la cuenta y publicar breves mensajes en los que anunciaba las nuevas entradas de este blog. A mayores, también dejé claro mi punto de vista sobre el escandaloso caso de los titiriteros encarcelados hace no mucho. Una semana después, me encuentro con que mi cuenta ha sido bloqueada por spam (¿?) y se me pide un número de teléfono para desbloquearla sin contratiempos. Eso es lo que yo llamo una línea roja. En consecuencia, escribí a Twitter invitándoles a borrar mi cuenta sin miramientos, ya que no iba a ceder mi número por culpa de una estratagema tan pobre.

Claro, no falta el imbécil de turno, porque no puede atribuírsele otro título mejor, que afirma no tener nada que ocultar y que por tanto no le supone problema alguno que las compañías “espíen su vida”, cediendo gustoso su número, fotos o lo que haga falta, ni siquiera cuando hay sospechas fundadas de que los gobiernos presionan a esas compañías para obtener información sensible (para usarla después en procesos judiciales contra el ciudadano o quizá hacer perfiles de los posibles elementos “antisistema”). ¿Qué pasaría si la democracia dejara de ser tal y un dictador se hiciese con el poder? Toda esa información almacenada serviría para clasificar a los “disidentes”; lo que harían después con ellos no hace falta explicarlo.

Pero por si eso fuera poco, tenemos los benditos smartphones, que básicamente hacen lo mismo que las redes sociales -mantenernos conectados-, con la salvedad de que los llevamos encima todo el día (y en el presente, las redes sociales ya han invadido los smartphones, las videoconsolas portátiles y todo cuanto llevemos encima, potenciando el grado de dependencia hasta el extremo). Así, saben dónde estamos, qué rutinas tenemos, con quién nos relacionamos… Incluso graban nuestras conversaciones y posiblemente utilicen las cámaras del dispositivo en uso para grabar otras cosas. ¿Qué dice la gente al respecto? Pues que quiere comprarse el último iPhone en cuanto salga a la venta; indiferencia ante el deleznable cerco que se está construyendo.

Y la cosa no acaba ahí, no, porque resulta que hoy en día las televisiones también se conectan a Internet y nos encontramos con que algunos modelos vienen acompañados de mandos a distancia que también graban cualquier conversación acontecida en sus inmediaciones. Esto no es ningún secreto, pues el manual de instrucciones de esos aparatos, en las condiciones de uso, explica el asunto porque la legislación le obliga, pero en letra pequeña y donde casi nadie mira.

Ya no estamos hablando de que las compañías, quizá impelidas por los gobiernos, estén espiando a la población con fines comerciales, sino del riesgo que supone el almacenamiento de esos datos y el mal uso que se les podría dar en un futuro no muy lejano. Y, además, tenemos que incidir en el hecho de que los dispositivos de espionaje están complementando la vertiente de software con la implantación directa de piezas de hardware que se encargan de hacer lo mismo. Hablo de cachivaches que se “insertan” en una lavadora y son capaces de grabar todo lo que ocurre alrededor e incluso abrir una vía de entrada -no autorizada- en nuestra red casera.

No obstante, este proceso incremental de espionaje se está llevando a cabo con la cooperación de los ciudadanos. Son ellos, al fin y al cabo, los que dan el visto bueno a la invasión de la privacidad y contribuyen directamente a la expansión de tales prácticas y dispositivos. Los mejores exponentes de esta filosofía irreflexiva dicen, como ya he comentado, “que no tienen nada que esconder, que tanto da”. En otras palabras, son imbéciles y se regodean de ello.

Pues la verdadera batalla vendrá cuando toque luchar por un derecho que ha sido suprimido y haga falta subvertir una ley injusta para tal fin, siendo totalmente imposible por el opresivo control gubernamental que hemos tolerado y fomentado. O cuando, en aras del destape irreflexivo de la privacidad, pongamos en peligro a terceras personas que están luchando en un lejano país por la libertad. Y se me ocurren cien mil casos como este, en el que encuentro justificación de sobra para defender la privacidad y negar el absurdo, aunque no veo que tales preocupaciones sean compartidas por el grueso de la población…

“Aquel que sacrifica libertad por seguridad, no merece ninguna de las dos”. Somos un caso perdido; quizá ya no importe. Cada día que pasa, menos esperanza y fe tengo en esta especie. Hay algo idiota y peligroso en nuestro ADN.

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3 comentarios en “Libertad e imbecilidad

  1. Los zombis son mayoría, adormecidos por los medios de comunicación, la indiferencia es la tónica dominante. Nos hemos metido de lleno en una sociedad orweliana en pocas décadas, Orwell solo se equivocó en las fechas, pero acertó en los pronósticos. Se cumple la ley de Murphy: si puede ocurrir lo peor, ocurrirá lo peor. El fascismos se ha implantado en el mundo aprovechando la máscara de la democracia.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Y no en vano los zombies están de moda. Es una crítica implícita al problema que tenemos entre manos. Lo que no sabía Orwell es que el mundo sería mucho más ominoso de lo que jamás creyó.

      Un saludo.

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