Control y vigilancia de las ovejas

O vigilancia y control. Incluso hoy en día existen personas que defienden la necesidad de un sistema de vigilancia férreo e intransigente, puesto que nos protege del caos, del abismo, del terrorismo. El problema de estas personas es que quizá no se preguntan quién ha originado ese terrorismo o quién sería capaz de darle el pistoletazo de salida al caos, a modo de venganza. En muchos discursos políticos parece que subyace la amenaza implícita, en plan “o me votas o voy a por ti”. Y claro, el discurso del miedo triunfa, porque nadie quiere sufrir calamidades.

No obstante, las décadas transcurren y la inacción se acumula hasta sedimentar en montaña. La otrora poderosa oveja, convertida en rebaño en estampida, encuentra pastos suficientes para malvivir y se conforma, mientras el pastor y el lobo intercambian los papeles en turnos de 12 horas, en la periferia y con gesto cómplice; a veces se descuidan y el lobo llega a su ronda con uniforme o el pastor aparece de improviso semidesnudo. Así, la oveja bala con vehemencia cuando se topa con los problemas inherentes al conformismo, pero no hace nada por salirse del redil y ni mucho menos por pensar en alternativas, ya que “esos” la protegen. “Me han dado 5 brotes de hierba en lugar de 6, que era lo prometido”; “Hay poco de comer y estoy enfermo, pero hoy se juegan las semifinales de carreras ovejiles y no necesito más para ser feliz”; “He encontrado trabajo de carnero a tiempo parcial, pero tengo que pagar yo los cuernos y el desplazamiento”.

Los pastos siguen menguando y el pastor, acomodado en su posición de poder, va cogiendo esporádicamente animales del rebaño para sacrificar y saciar su hambre; también les quita la lana, les sustrae a las crías más tiernas o abandona a los especímenes más viejos, todo ello sin oposición; ni ovejas negras ni pardas, todas blancas o grises. El diligente pastor se recoloca la boina y frunce el ceño, sentado en su trono de piedra, en las lindes de la finca, sorprendido de que, pese a la cada vez más exigua hierba, las ovejas se reproducen y se multiplican y parecen contentas, pero hace cábalas y pronostica ganancias, lamentándose cuando no obtiene lo pronosticado. Los lobos, ya obesos hasta reventar gracias al pienso de sus amos, resoplan tumbados bajo la sombra de un árbol y ni se molestan en cazar ni en vigilar; miran con desgana y sonríen lobunos.

Porque aquí está lo gracioso… cuando una oveja quiere salir de la finca, las otras la increpan y dan la señal de alarma; “si yo soy miserable, me aseguraré de que los demás también lo sean”. Educadas en la competitividad malsana. ¿Para qué controlar lo que se controla a sí mismo? Están todas interconectadas, su sentido de la obediencia largamente entrenado; aquí tenemos hierba, aunque es poca, pero en otros lugares quizá no tengamos ninguna. El pastor replica que, efectivamente, en otras fincas no hay, pero miente, aunque sería capaz de arrasar con mil hectáreas de verdes pastos con tal de impedir la huida.

La conclusión es que los pastores y los lobos son el mismo animal, a diferentes horas del día; la transmutación del interés y el justo equilibrio entre control y terror. Su objetivo es el mismo, controlar a un grupo de esclavos que trabaja y produce PARA ELLOS. Y ni tan cortos ni perezosos, después de quitarles todo lo que tienen a diario, insisten en que las ovejas son muy exigentes, no quieren producir lana o son vagas. Que, en resumidas cuentas, es una pena que el feudalismo ya no exista y que haya que mantener las apariencias, porque al díscolo y al que produce poco lo ejecutarían sin ceremonias. “Si me causan pérdidas al paredón”.

Y todo mientras interesa, porque toda tierra debe someterse al barbecho. En la gestión de las ovejas, no es diferente; hay que buscar nuevos pastos. Si no los hay, o eliminas el exceso o dejas que los lobos engorden un poco más. Mientras tengan unas briznas de hierba, las ovejas estarán contentas, y ahí está la clave: en darles un poquito, pero no mucho, y ni una gota más. Si se manchan la boca de tierra te estás pasando, si se embadurnan la cara de verdina también; todo en su justa medida, que es poquito. Como digo, el rebaño es conformista y no pide más; es una temible dolencia.

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4 comentarios en “Control y vigilancia de las ovejas

  1. Es posible establecer una clasificación entre las ovejas: las que se adaptan tan bien que mal, las que no se adaptan, las que colaboran con el pastor y el lobo dando chivatazos a cambio de la mejor hierba, las que huyen despavoridas de pastores perversos para caer en rediles aún peores, las que aspiran a lobos y van probando poco a poco la carne humana o la que tercie, las que consideran que la culpa es de ellas, ya que comen demasiado y dan poca lana, las que buscan distracciones en la oveja graciosa de turno para olvidar las penas, las que se suicidan porque se les acabó el pasto, las que balan con más fuerza, protestando mucho, pero en realidad solo piden que les den más pasto o que haya más lobos, digo, más policías, las que se creen superiores a otras ovejas solo porque el pastor las mira con buenos ojos, y no se dan cuenta de que es por su carne, las que quieren separarse del grupo principal y buscan desesperadas otro pastor que las maltrate, las que son violentas consigo mismas y con las otras, por ciertos prejuicios genéticos. Bueno, aquí me paro, que si no voy a terminar balando como ellas. Ya he balado bastante por hoy.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Al final todo se reduce a ser capaz de ver el problema y avanzar hacia delante. Si nos conformamos con la queja, no conseguimos mejoría. Tenemos que afrontar la necesidad de cambio y mejora.

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  2. Bueno, en esta semana que entra de final Champions -ya sabéis: pan y circo-, en que la familia atlética andamos revuelta, en lo que a mi me toca y pienso como buen atlético es que, con respecto a esta original metáfora de borregos y ovejas, al menos, seguiremos molestando.

    Un saludo.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Como todos, yo también soy muy oveja en el día a día, y en muchos sentidos. Pero tenemos que seguir molestando, aunque sea un poco, pero que el título no se convierta en vitalicio. Y, quizá con un poco de esfuerzo, consigamos cambiarlo.

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