La inconsistencia escritora

Unas veces más, otras menos. Lo paradójico de todo el asunto es que a medida que pasan los años, veo cada vez más difícil sostener un ritmo de entradas en el blog frecuente. El problema no se deriva de la falta de ideas o de la ausencia de lectores, cosa que nunca he buscado directamente, sino de mi visión sobre el mundo y los cambios o fluctuaciones de mis pareceres al respecto.

Cuando tenía 16 años y era un joven soñador, aficionado a la literatura fantástica y a los videojuegos, mis primeras preocupaciones se escoraron hacia el medioambiente. Los estudios me atraían poco, porque me resultaban poco estimulantes y porque casi todos los profesores que tuve jamás supieron comprender mis inquietudes. Por aquellas la política no me atraía especialmente, pero sí veía con claridad que el ritmo de consumo y crecimiento poblacional no era sostenible, que los gobiernos y las personas teníamos que hacer cambios y sacrificios para adaptarnos a la realidad y proteger el medio y a todos sus habitantes. Era un joven soñador, como digo, y fue esta premisa la que me empujó a escribir una historia de fantasía que, al margen de otras temáticas, estaría enfocada en tratar la problemática medioambiental y la necesidad de cambio.

Esa historia, casi 16 años después, sigue en marcha pero no siempre crece, no siempre se adhieren al ejército textual nuevos párrafos, voluntariosos y decididos a empujar la legión de letras un poco más allá. No tardé mucho en volverme egoísta con el mundo inventado y sus personajes, a tal punto que no me veo capaz de compartirlos con nadie más (de momento), pero sí he empezado otros proyectos que recogerán el testigo de mi obra inicial y se enfocarán en los mismos puntos clave de nuestra sociedad actual y de la perentoria necesidad de recapacitar. Porque reconocer errores y corregirlos no es ninguna vergüenza.

E, incluso así, no es este el tema principal de la entrada de hoy. Como decía, desde joven me preocupa el medioambiente y os puedo asegurar que tal preocupación era intensa, pues me sentía responsable, como si mi función en el esquema de las cosas fuese solucionarlo todo. Es posible que haya desarrollado algún tipo de complejo mesiánico -fugaz- durante aquellos años, al sentirme incluso impotente por no ser capaz de cambiarlo todo, de arreglar los grandes problemas de nuestro tiempo, y aún hoy me sorprendo a veces fantaseando con soluciones -aparentemente sencillas- para cuestiones muy diversas. Por suerte, he aprendido que eso es imposible, que un hombre solitario solo puede cambiar lo que tiene inmediatamente delante (y ni un metro más), confiando -sin grandes expectativas- que sus buenas acciones creen algún tipo de consecuencia, de onda refrescante, capaz de contagiar a sus semejantes y sembrar algo de esperanza.

Pero en pleno año 2016, a la vista de cómo evoluciona la política, la economía, los valores de la población, la obsolescencia programada, el maltrato animal generalizado… me he convertido en un escéptico y posiblemente un cínico. Mi antigua preocupación, aderezada con vehemencia y lamentos mudos, se ha transformado progresivamente en indiferencia y desprecio. Es decir, sigo conduciéndome por la vida lo mejor que sé, haciendo lo que considero correcto incluso en mi perjuicio, pero ya no me importa lo que hacen los demás, ni lo que piensan, ni lo que pretenden; he aceptado la derrota absoluta: que esta sociedad no tiene cura ni remedio, que es una bola cuesta abajo y que la inercia pueden más que la moral, que las utopías nunca existirán pero en cambio tendremos cien mil distopías entre las que elegir, que el mediocre y el violento siempre prevalecerá y que las buenas ideas acabarán enterradas en estiércol por el mero conflicto con intereses económicos menores o falacias flagrantes; mucho prefieren creer la mentira que aceptar la realidad.

Este no es el mundo que quiero, y no creo que sea el paraíso particular de nadie, pero solo me queda claudicar y seguir mi lucha personal, silenciosa y pequeña, humilde, actuando con honestidad y respeto al medio, más allá de lo que haga o deje de hacer la masa, ente al que no comprendo y que me decepciona a menudo. Quizá no sirva de nada, quizá las llamas acaben devorándonos a todos en un conflicto armado, un atentado o un cataclismo ecológico, pero tampoco me importa. Nunca he sido una persona muy inclinada a valorar en exceso la existencia, sabedor de que no somos nada, o que somos muy pequeñitos, iguales que grillos, sin derechos más nobles que los de un perro o un gorrión.

Así, mientras los hombres y mujeres importantes, grandes, manejan el mundo a su voluntad, demasiadas veces para mal, yo me declaro un rebelde irredento y un agente libre e inocuo. Siento confesar que no me creo ya sus discursos, sus políticas, y que no me importan. Estoy convencido de que cualquiera de ellos es capaz de decepcionarme y actuar en contra del sentido común, porque todos ellos hablan mucho de todo, pero no de lo que verdaderamente importa, mientras las agujas del reloj se precipitan a completar el circuito final.

Se olvidan de la ineludible cita con la responsabilidad medioambiental, con la necesidad de alimentarnos a todos y darnos una vida digna. Se olvidan de aplicar con rigor las leyes que aprueban, generalmente desiguales. Se olvidan de la igualdad de género, se olvidan de la libertad de culto. Se olvidan de todo, con excepción de las obligaciones que el vulgo tiene para con los Estados, de los castigos que se le imponen a los protestones y a los que piensan distinto. Pero, insisto, mi mente descansa tranquila al saber que la Tierra es capaz de recuperarse de cualquier estropicio y que, con el debido tiempo, animales más francos y razonables ocuparán el hueco vacío.

La única cura contra el desencanto es el tiempo y el entender que todo cambia para quedar igual. Que si antaño fuimos el núcleo de una estrella, hoy somos mamíferos o árboles y mañana un pedazo de granito a la deriva, en el espacio. Pero todo, en esencia, sigue siendo lo mismo: un continuo que muta solo en apariencia. No importa la forma concreta, ni el legado, ni el futuro. Aquí seguiremos, aunque sea en el inerte corazón de los granos de arena.

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8 comentarios en “La inconsistencia escritora

  1. Me ha gustado mucho el final: “aquí seguiremos, aunque sea en granos de arena”. Haces bien en no creer a los políticos, son mentirosos por definición. También haces bien en no creer a la masa, mientras su aspiración principal consista en ganar dinero, nada arreglaremos, nada cambiará. Cómplices de la barbarie, tanto los de arriba como los de abajo. Aunque la responsabilidad no es la misma, las élites cometen el crimen de lesa humanidad, que es traición al pueblo. En este momento la única forma de sobrevivir (hacer vivir la conciencia) es alejándose de la ruta tomada por la mayoría, ser un antisistema silencioso, de los que viven en su pequeño mundo, a salvo de intrigas en la medida de lo posible. Es lo que yo hago, cada vez soy más solitario y me declaro decididamente contrario al modo de obrar de la sociedad moderna. Me queda el consuelo de saber, como tú, que después de nosotros la tierra seguirá adelante, otros seres tendrán su oportunidad gracias a nuestra locura destructora. Quizás los seres que vengan a reemplazarnos de aquí a unos cuantos millones de años sean una pizca más inteligentes que nosotros, en cualquier caso no caerán en la soberbia ni se autodestruirán. Peor que lo ha hecho el ser humano no puede hacerse.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Mi postura no es ideal. Es la postura del derrotado que se conforma en que al final todo se arreglará por causa externa. Pero claro, ¿qué otra cosa se puede hacer? Más allá de mi radio de acción inmediato, nada puedo hacer. Y aunque me rinda, no puedo dejar de obviar el problema, con lo cual el desencanto está asegurado. Es una pena ver tanto potencial desaprovechado y tantos atropellos salir impunes…

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  2. Hombre Oscar, qué te puedo decir. Yo ya sabes que soy bastante mayor que tú y siempre he estado implicado en una u otra causa. Ahora mismo colaboro con un grupo político del Ayuntamiento, una “marea” como decís ahí en Galicia, al que acudimos con ilusión.

    Dice un amigo mío que esto de los blogs solo sirve para desahogo de unos y cabreo de otros. Quizá sí, es posible. Y, reconozco que en lo que a mi me toca, muchas veces, puede ser así. Pero entiendo también que sirve para que aquellos que lo lean puedan tener una visión pero al menos una visión más cercana y certera del asunto que se trate. Siempre y cuando esta tenga el rigor y seriedad que se merece.

    La verdad que hay veces en las que casi escribo sin ganas y en otras se me agolpan las ideas de tal modo que me entran ganas de escribir sin parar. Para mi, ha sido una satisfacción que una revista digital, “Amanece Metrópolis”, se fijara en mí. No se si la leeran 10, 20, 200 o mil, pero como diría alguien por ahí, es algo que me llena de orgullo y satisfacción.

    Bueno, pues mira. Sí, ya se que esta todo hecho una mierda, con perdón. Yo tengo mi empresita y hacemos juegos malabares para seguir adelante. Pero la verdad, todavía ni he despedido ni le he tocado el sueldo a nadie. Bueno, no es que sea mejor o peor persona, es que creo que soy justo y mientras pueda… Y eso lo vivo en la proximidad, con que de todo lo demás qué te voy a contar.

    Me he quemado, no es suficiente. diría yo que me he “abrasado” muchos años también en la política gremial pero aquí estamos. Seguiré. Dando guerra hasta que pueda. Es lo que he hecho siempre desde aquella época de estudiante en la que corríamos delante de la policía por un mundo mejor. Hoy, ya no estoy para correr, pero sigo teniendo esperanza. Por qué si no hay esperanza… ¿qué nos queda entonces?

    Mi hijo ha salido a mí. Y también se requema que no veas. Hará en Noviembre 27 años. Periodista. Vive en Bristol, en Inglaterra. 3 años y medio ya en el extranjero y todavía tirando cafés como el que dice. Bueno, tiene un buen sueldo y esta a la espera de su oportunidad. Allí y se que no volverá. Ni falta que hace tal y como están las cosas en España. Pues es uno de los que llevan la Marea Granate allí. Una oficia precaria, organizan conferencias, proyecciones, debates, etc. etc. Y a veces está más quemado… Pero yo siempre le animo: “hay que seguir”.

    Un saludo.

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    • Óscar Gartei dijo:

      En efecto, lo de los blogs es un arma de doble filo. Cuando empecé con esto de escribir en Internet, allá por el año 2005/2006 (pues antes de Blogger tenía otros espacios), mi intención era compartir mi peculiar visión del mundo y publicar historietas y demás. Con el tiempo las cosas avanzan y el nivel de entendimiento del medio también aumenta, con lo que las críticas u opiniones se vuelven más cortantes y molestas, pero no pueden callarse.

      Verás, mi verdadero problema es que me ha tocado una mano de cartas en la vida con las que no sé muy bien qué hacer. Cuando era joven quería estudiar Bellas Artes; es algo que me atrae, el arte, y que de verdad siento y vivo; idealmente, viviría de escribir. Pero no pudo ser, mis padres no me dejaron coger esa ruta porque era alejarse demasiado de casa y yo, con unos 16 años, en un ambiente rural, no tenía mucha alternativa más que ceñirme a las circunstancias. Con el tiempo y una serie de estudios que realicé sin mucha gana, todo gracias a mi obediencia -que no sirve para nada-, acabé metido en una carrera universitaria que nunca fue mi pasión, pero claro, no podía acceder a otra más afín a mi personalidad por no tener el bachillerato de Artes, como digo.

      Entonces, con una preparación a mis espaldas en la que soy más que capaz y solvente, administración por un lado y magisterio de inglés por el otro, amplios conocimientos de informática y una personalidad adaptable y todo terreno, me topo con que ninguna es mi vocación. Pero la cuestión no acaba ahí, porque plantearme estudiar otra carrera a estas alturas es una locura. Ya no solo por el coste económico, sino por el coste de tiempo y la poca proyección de salidas (hoy por hoy me planteo estudiar psicología o incluso derecho, por aquello de invertir el tiempo en algo útil).

      Así, voy tirando a media jornada por los famosos 400 euros de un minijob, después de haber dejado mi anterior trabajo, en el que me contrataron de administrativo -subvencionado por el estado en contrato de relevo indefinido- para ponerme a empaquetar frisos y molduras en cajas que en alguna ocasión superaban los 70 kilos… a mano, sin carretillas. En ese otro puesto aguanté todo lo que humanamente pude, pese al incumplimiento de las promesas dadas, esperando que con el tiempo todo iría a mejor, hasta que una alergia a los productos químicos de los barnices estuvieron a punto de tumbarme. Me fui de la empresa por la puerta de atrás, destrozado del túnel carpiano, incapaz de soplar por tener los pulmones jodidos y sin un miserable “gracias”; vuelta al abismo.

      Ahora mismo, en el trabajo a tiempo parcial que tengo, estoy contento. Es poca cosa, pero el jefe es buena persona y el trabajo es honesto y justo. Nos dedicamos a vender seguros Generali y le voy cogiendo el gusto, cada día hago cursos de la compañía y voy conociendo más los productos, pero claro, no soy agente, solo administrativo, y esto no es una forma de vida viable a largo plazo. Me es suficiente porque llevo una vida humilde y sin excesos, lo cual ya es bastante.

      Cuando se aprieta demasiado al pueblo, este lo pierde todo, incluso el miedo, y ya no hay remedio. Otros, como yo, viendo que el PP sigue revalidando sus victorias, reniegan de esta sociedad idiota. Hay gente hecha de oro, como tú, gente honesta y que lucha por un mundo mejor, pero es una minoría. Ayuda, pero no basta para inclinar la balanza. No obstante, gracias por seguir intentándolo.

      Un saludo.

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  3. Cuando me casé, en 2009, mi mujer tenía 42 años. Adiós a los hijos. Pero ahora respiro aliviado, porque pienso que con este mundo que tenemos, ¡qué suerte no haber tenido un hijo! Me iré a la tumba sabiendo que no va a sufrir de lo lindo. Lo que pasa lisa y llanamente es que no hay trabajo, entre la deslocalización, los políticos y el auge de las máquinas, se acabó la mano de obra para el obrero. Por mi lado, pasé la etapa del desengaño, ahora casi me alegro de que esto estalle de una vez, porque, de verdad, ya no soporto al ser humano, es demasiado hp. Ustedes me entienden.

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    • Óscar Gartei dijo:

      La situación económica no está para tener hijos pero, lo que es más, el futuro que nos sobreviene es aterrador y yo no quiero contribuir a traer vidas para sufrir. En todo caso, preferiría adoptar y darle una segunda oportunidad a quien la necesita, aunque al parecer los trámites son largos y espinosos.

      Pero es que, sin lugar a dudas, lo que nos espera arredraría a cualquiera. Y, como ya he dicho en la entrada, al final todo es lo mismo. No importa no pasar los genes a otra generación; los materiales se reciclan y siguen ahí, desordenados. Traer una vida al mundo en esta tesitura es un ejercicio de irresponsabilidad y de egoísmo, siempre y cuando no se pueda sostener con cierta holgura. ¿Para que vivan una guerra nuclear o una epidemia creada en laboratorio? ¿Para que vivan el esclavismo y la represión?

      Yo también llevo tiempo pensando que hay cosas que solo se arreglan con el método patapún, pero nada nos garantiza que luego vaya a mejor. Los fuertes terminan imponiéndose.

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  4. Venga hombre. Hay que seguir luchando que es lo que nos queda. Aunque sea muchas veces “mojar el dedo en la pared”. Y lo de los hijos… ¡cuidado! que no está el horno para bollos y si anda uno corto de recursos mejor estarse quietos. Que ya uno conoce muchos casos, luego vienen los problemas y nos encontramos con una criatura de por medio.

    Un saludo a ambos.

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