El Espejismo

Últimamente parece que me ha dado por las fotos desérticas, y quizá el motivo entronca más con el realismo que con lo metafórico. Una de las acepciones de la palabra espejismo es, según el diccionario, “imagen, representación o realidad engañosa e ilusoria“. En otra palabras: algo que parece lo que no es, que no está donde se cree o que es fruto del delirio. Y, en esto que uno le da vueltas a la vida y cavila sobre el tejido de la existencia, se topa con revelaciones que en absoluto son inesperadas, como cuando una caja de cereales vuelca y de ellas sale un ratón a la carrera.

En realidad no es la primera vez que pienso que la civilización es un espejismo en sí mismo. Nuestra sociedad, en todas sus vertientes políticas, económicas, culturetas o deportivas, es poco más que un hechizo de humo y ceniza, un sortilegio pagano destinado a la burla del intelecto. Como humanos, percibimos erróneamente una sensación de pertenencia a una sociedad avanzada y estable, que nada tiene que ver con la bucólica estampa de un cavernícola arrastrando a una hembra hacia una oscura gruta, porra en mano, para imponer su ley corporal sobre la misma y perpetuar su ilustre linaje.

La publicidad proyectada en los distintos medios de comunicación y las preocupaciones lúdicas -entre otras- de una extensa parte de la población se alejan de los instintos más atávicos (aparentemente). Coleccionar libros, sellos, pintar cuadros, decorar la casa, recibir tratamientos de depilación láser, escribir menudencias en redes sociales, opinar sobre política… Nos sentimos organizados, higiénicos, pulcros, limpios, que formamos parte de un país moderno, eficiente, que lucha por superar sus pulsiones primitivas. Hay un sentimiento de colegueo y cooperación entre Europa y EEUU, tan afines en el plano de las ideas, ligeramente empañado por la crisis y por el deporte número uno del mundo, que es echarse las culpas mutuamente o lavarse las manos con obsesión sobre cualquier punto crítico.

Mas, como criaturas humanas o engendros afectos a la tiniebla, sacamos la cabeza por la ventana, vigilando de reojo que no nos caiga un tiesto de una repisa superior, y observamos el horizonte, tostado. Un poco más allá, más allá de los densos nubarrones de polución, de los enjambres de pitidos de automóvil, habitan figuras achaparradas, sumidas en la miseria. Ese tercer mundo, que es tercero porque hay otros dos por delante, no está tan lejos, que lo podemos ver desde un segundo piso pese a la curvatura de la Tierra, y sin necesidad de mástiles. Allí, en esa miseria derivada de la avaricia de los “avanzados”, cosas tan vanas como una maquinilla de afeitar o una depilación láser semejan incluso un lujo, fuera de su alcance y de sus preocupaciones más inminentes: comer y vivir.

La obligación moral de ayudar a los desfavorecidos, que no son desfavorecidos por no poder consumir, sino por no poder satisfacer sus necesidades más básicas, se desdibuja entre la cháchara política con ínfulas de grandeza y el tiqui-taca de la Eurocopa, en el debate sobre prendas de ropa de temporada, en los desfiles y danzas de los sátrapas más excelsos del establishment de turno. A buen recaudo, bajo la sombra, con una cerveza en la mano, un trabajillo para ir tirando, una casita en la que dormitar y desgañitarse, se nos olvida lo poco que otros tienen; sentimos, a veces, impulsos de júbilo que oscilan entre el agradecimiento por ser un esclavo y un torrente fétido derivado de una fabada profusamente condimentada. Tanto se nos olvida ese tercer mundo que podríamos caer en el error de pensar que sus moradores son de otro planeta, de un cuerpo celeste extraterrestre real y no figurado.

Es este, pues, el espejismo del que hablo. Esa civilización avanzada que se cree avanzada y que actúa con autocomplacencia indiscriminadamente, centrándose en menesteres risibles cuyo coste económico acumulado podría erradicar el hambre ajena, si los recursos se aprovechasen con diligencia. Pero esta civilización digna de los cielos prefiere vender máquinas que se estropean en X tiempo, para que el usuario las arroje a un vertedero y compre otras nuevas; esta prole celestial no atisba la incongruencia en el hecho de que un futbolista cobre millones y que muchos millones de personas cobren menos que un futbolista. Como todo funciona relativamente “bien”, la sociedad se sostiene “bien”, con la estabilidad intrínseca al aire. Flogísticamente hablando.

Mas, ojo, no solo son la máquinas programadas para fallar las que terminan en el vertedero. Las personas también, más a menudo de lo que deberían, tanto que algunos vertederos ya buscan la autodeterminación, y no, esto no es ningún guiño a Catalunya. Esos países “terceristas indignos”, esos “pobres diablillos”, tienen la desfachatez de recordarnos nuestro origen burdo, y por eso nadie los tiene en cuenta, nadie los atiende. Evidentemente, sí que hay ONG’s trabajando con ellos y, de paso, limpiando los atropellos de los gobiernos, casi en tácita coordinación; no es suficiente. De nada sirve la caridad sin en paralelo se mantiene el expolio, la opresión, la desestabilización o corrupción de los gobiernos locales para que Alibabá entre con sus 40 ladrones a saquear países ajenos, llevándose hasta las piedras en sus holgados bolsillos.

¿Y qué pasará el día que un seísmo sacuda el tablero y hasta los alfiles echen las manos al cuello de sus reinas para sujetarse? Pues que toda esa ordenación protocolaria, todas esas leyes y usos y costumbres y untes universalmente aceptados, dejarán de existir y entonces sí que podremos empezar a hablar de la realidad; el no-espejismo. Aquellos que hoy todavía mantienen la careta levantada más del 75% del día, incluso a riesgo de una hernia cervical, se la sacarán de un tirón, y de paso también enseñarán las metralletas y el ejército, para tomar por la fuerza cuanto consideren oportuno.

Toda la estructura aparente, que no es tal, crujirá y se craquelará para dejar paso a un mundo más sincero y abrasivo. Los gobiernos oprimirán sin denuedo y sin freno, ya sin ley como pretexto; la población se amoldará o se arriesgará a fenecer bajo sus pistolas de hierro negro. Se demostrará que, en realidad, los ciudadanos no tienen ni han tenido nunca ninguna oportunidad, que solo habían vivido un tiempo prestado porque convenía, porque les convenía a otros. Todo lo que existe en la Tierra pertenece a las élites, que son pequeñitas en número, y para los demás el oprobio. Élites, sí, elípticamente unidas con los inmaculados exponentes alfa. Alfas poderosos, broncos como gibones en celo, frontalmente litigantes en un baile de cabezazos. Cabezones pantagruélicos que solo se usan para hacer maldades. La maldad como pretexto y finalidad. La maldad como sincero reconocimiento de una condición vital.

He aquí la realidad, cuando uno descubre que detrás de aquella desdibujada duna no hay un oasis, sino hirviente arena; ferviente arena; fanática arena.

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3 comentarios en “El Espejismo

  1. Bien mirado, todo es espejismo: el fútbol, el cine, el teatro, la literatura… Solo es realidad lo que nos da de comer, el día a día, los amigos, el esfuerzo, la familia… Pero estamos inmersos en un mundo virtual, donde no se aprecia (más bien se desprecia) la realidad presente, el sostén diario. Un dicho dice que lo que no se valora se termina perdiendo. Por este camino, perderemos la vida, puesto que no la apreciamos en su justo valor. La prueba es que en estos momentos las grandes potencias juegan con fuego, se rearman como nunca, acuden a los despliegues nucleares, y los medios ni siquiera hablan de ello. Vivimos en un mundo paralelo (lo que tú llamas espejismo) que traerá terribles consecuencias. Los perversos que están detrás, moviendo los hilos, se han alejado tanto de la realidad, se creen tan impunes y están tan llenos de arrogancia que cuando tengan que comer manzanas radioactivas se darán cuenta que también eran de carne y hueso, como cualquier otro hijo de vecino. Pero para entonces será demasiado tarde y en sus búnkeres secretos se comerán las uñas y hasta los pelos de la cara. En mi opinión, será justo castigo para esos diablos que nos malgobiernan.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Creo que la raíz del problema radica en que el ser humano pretende ser más de lo que es, que no acepta su condición mortal y mundana. De su creencia de hijo celestial, emanan sus conductas de impunidad y egoísmo. Lo que le falta a la especie es humildad, reconocer que todo lo que hacemos son castillos de arena.

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