Zarzamora Trescarriles

Esta es la historia de Zarzamora, un humilde pueblo situado en una zona cuyo nombre no diré, encajado de mala gana entre sus vecinos de Sotoviejo Menor y Guindilla Bienroja. En la bucólica Zarzamora la dieta habitual consistía en suelas de zapato hervidas, muy nutritivas y ricas en compuestos elásticos, tan necesarios para el organismo, siempre acompañadas de una copa de aceite quemado para desatrancar las cañerías.

Este pueblo era mundialmente famoso por sus extensos y demenciales labradíos de zapatos usados, de todas las formas y colores -y cultivados con gran mimo-, así como por sus surrealistas viñedos sintéticos de botellas de aceite usado. La única plaga que amenazaba las cosechas anuales era la de los Errantes Descalzos, un colectivo de gentes muy pobres -sin techo y sin trabajo- que salían corriendo de sopetón de entre los arbustos de los alrededores y saltaban de un brinco en las fincas, para llevarse puestos los mejores pares de zapatos y no volver jamás. No obstante, su actividad se había reducido ostensiblemente gracias a una unidad de francotiradores sin piedad.

Aunque Zarzamora solo tenía cincuenta habitantes, treinta perros, cuarenta y dos gatos y doscientas vacas (no figuraban en el censo los mosquitos, las moscas, los escarabajos ni las lombrices), contaba con un alcalde y veinticinco ediles, algunos de los cuales ni siquiera estaban empadronados en el ayuntamiento. De hecho, un cierto número de los mismos ni siquiera pertenecía a este planeta, pero preferían mantenerse en el anonimato.

Y es que Zarzamora era la historia de muchos otros pueblos de la España del año 2366. Pese a ser de una extensión tan reducida que una culebra perezosa la podía atravesar en veinte segundos, sus gentes querían grandeza y votaban en consecuencia, contribuyendo al sostenimiento de una administración ineficaz pero, a la vez, granjeándose los primeros puestos en la lista de ayuntamientos más endeudados. Así, en los últimos comicios del mes de marzo de 2366, como digo, catorce formaciones políticas presentaron candidatura a la alcaldía de Zarzamora, alguna de ellas compuesta únicamente por un conejo -muy listo- y una zanahoria medio comida. Los 50 zarzamorenses acudieron a las urnas con regocijo y grandes promesas aún resonando en sus mentes, justo después de una larguísima noche de festejos en los que se arponeó el trasero de un Errante Descalzo -aprisionado cuatro semanas atrás-.

De entre todas las formaciones, ninguna menos que otra, destacaba Gerifaltes Indistintos, un movimiento político que preconizaba la expansión infinita del sistema de consumo, la esclavización de los ciudadanos y la expoliación indiscriminada de los recursos naturales, pero que escondía sus verdaderas intenciones detrás de una promesa estrella: la de convertir la estrechísima calle principal -de metro y medio de ancho- en una gran calzada de tres carriles, para que pudieran circular tanto los coches como los burros sin estorbarse mutuamente. En comparación, las promesas de restauración de un sistema de sanidad público o la mejora de la educación local eran basura.

En la España del siglo XXIV nadie había olvidado las locuras del siglo XXI, pues fue un siglo particularmente infame en el que se vendió un 90% del país a los EEUU y se sometió el 10% restante al gobierno de los mediocres, que rebautizaron temporalmente la nación como Españistán y se dedicaron a la sustracción de dinero del erario público día sí y día también. Por aquellas, insisto, la gente desconfiaba de las políticas expansionistas que recordaban a las locuras del pasado, pero en el fondo la población seguía teniendo los mismos problemas que sus ancestros de 300 años atrás, siendo en consecuencia susceptibles de caer en el engaño con facilidad. Ante un discurso lleno de luces y humo, todos caían sin remisión en la trampa.

Por ello, cuando Don Petro el Ilustre prometió esa pantagruélica obra de la ingeniería de caminos, el pueblo no dudó: los cincuenta habitantes, incluyendo a los militantes de las otras catorce fuerzas políticas, con sus perros, gatos y vacas, votaron a los Gerifaltes Indistintos. Incluso el líder del partido se votó a sí mismo, alegando que “no confiaba en nadie más”. En un desliz de la mesa electoral, la propia urna rellenó una papeleta y votó a su favor, admitiéndose como válido en el recuento final. Naturalmente, la formación de los Gerifaltes obtuvo mayoría absoluta y después de una fugaz sesión de investidura, se puso manos a la obra.

Al día siguiente, ante la expectación popular, un tractor armado con dos brochas en sus elevadores traseros dio el pistoletazo de salida al magnífico proyecto. El conductor, Servando Gutiérrez Ruidrejo, oriundo de Zarzamora y nervioso por la presión de tan importante momento, incómodo ante las interminables hileras de espectadores ociosos que lo vitoreaban y le hacían señas, deslizó la palanca de los elevadores y los hizo descender hasta que las brochas embadurnadas de pintura blanca tocaron el suelo. Entonces, mirando a un lado y al otro espasmódicamente, inquieto, carraspeó resignado y arrancó el motor de su querido tractor John Venison; la boina le apretaba la cabeza una barbaridad y tenía la cara roja como un tomate, así que tuvo que poner toda su atención en la tarea para no defraudar a nadie, tratando de mantener el vehículo lo más centrado posible.

Poco a poco, las dos brochas fueron dividiendo la estrecha y vieja calzada en tres nuevos y relucientes carriles, los cuales no tenían por separado ni el ancho suficiente para que una bicicleta circulase sin pisar las líneas. Aquel que utilizase un carril para pasear con una barra de pan en brazos se arriesgaba a derribar a los peatones de la acera contraria, por ejemplo. Pero, a ojos de la policía local, eso implicaría más siniestros y sanciones y, por extensión, más negocio para las compañías de seguros y un incremento en la recaudación de impuestos, lo que era muy necesario. En todo momento el público aplaudió a Servando con devoción, incluyendo a las ancianas más descocadas que se deshicieron en piropos subidos de tono hacia su persona. “¡Tractorista cañón, ven que te como el melocotón!”, le gritaban; el tractorista no tardó en caer de baja, para no reincorporarse jamás al mercado laboral.

Al acabar los trabajos, diez meses después y con un presupuesto que se había desviado en 4000 millones de euros respecto del proyecto inicial, la gente aplaudió a su alcalde don Petro en los festejos de inauguración, pues todo el mundo estaba orgulloso de vivir en Zarzamora, el único pueblo de los alrededores que tenía una calle principal de tres carriles, aunque no tenían ni hospital ni colegio; tampoco los necesitaban. ¡Qué diablos!

Así, la humilde población que cultivaba zapatos pasó a llamarse Zarzamora Trescarriles, un maravilloso ejemplo de buena política.

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4 comentarios en “Zarzamora Trescarriles

  1. Obviamente, en Españistán todos somos zarzamorenses, y parece que nos encanta pincharnos con las zarzamoras. ¿Seremos un pueblo de sadomasoquistas, que vota una y otra vez a los mismos que lo flagelan? Españistán está lleno de salvapatrias, curiosamente, son todos de derecha, y cuando hay conflicto de intereses velan por los intereses de su casta, que son el latrocinio y la impunidad. Así cualquiera se declara salvador de la patria. Más correcto sería llamarlos “hundepatrias”.

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    • Con este relato medio en broma, medio en serio, quería retratar precisamente lo absurdo de la política actual, que también es extensible a otras naciones en menor grado. Básicamente, las promesas poco realistas y las farsas se imponen a la necesidad, y aunque la mentira se revele y el mentiroso quede expuesto, no le faltan apoyos y votos. Así, el mediocre sobrevive y puede continuar en la misma línea de acción.

      Porque si eres corrupto y mentiroso, si oprimes al pueblo y escupes en tu país, pero te votan, ¿para qué cambiar? Es lo que pide la gente.

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