Keeza-GL1 – Prólogo

PRÓLOGO

Las virulentas tormentas de radiación habían empezado a remitir, haciendo más fácil cualquier aventura en la superficie. Desde el lanzamiento de la bomba KP5, décadas atrás, la naturaleza se había trastornado hasta límites insospechados y ninguna excursión en el exterior se podía tomar a la ligera. Con el tiempo, sin embargo, algunas pequeñas especies de insectos, mamíferos y pájaros habían retomado el proceso de colonización de aquella tierra devastada; aunque el ecosistema era agresivo y mortal, la vida se negaba a desaparecer; seguía intentándolo.

Keeza-GL1 era un producto residual de una civilización que había implosionado por culpa de su propia vanidad, incapaz de controlar las poderosas herramientas que se producían en infinitas cadenas de montaje de color granate. Todos los conflictos armados, los problemas medioambientales y la inquietante glaciación derivada de una reducción súbita e inexplicable en la actividad solar se convirtieron en historias sin transcendencia, relegadas a bibliotecas sin libros, llenas de polvo, cascotes, huesos rotos y sonrisas descarnadas; a la nada, “nada le importaba”.

Pero Keeza-GL1, la androide, la que nunca había habitado un cuerpo orgánico pero en cambio sí existía, sobrevivió al colapso -al igual que otros de su clase-. Al emerger del almacén subterráneo en el que trabajaba, finalizadas todas sus tareas, la robótica expatriada se topó con el mundo solitario que sus creadores le habían dejado en herencia; una exigua herencia. Aún se veían restos de la vieja civilización, en su mayor parte edificios derruidos, coches devorados por el óxido y cadáveres calcinados que semejaban huir hacia ninguna parte, con expresiones de horror cinceladas en sus lúgubres caras chamuscadas.

A diferencia de las bombas nucleares tradicionales, la KP5 (apodada Boomer u OctaChamp) contenía un multinúcleo capaz de repetir la detonación hasta ocho veces, desplazándose simultáneamente por el aire en un movimiento rotatorio y fulgurante, que le permitía recorrer grandes distancias en un breve lapso de tiempo. Fue inventada por Martin G. Kepler, un científico holandés de la Alianza cuyos padres habían perecido en la invasión del 74, durante la guerra contra la Marea Roja -formada por Korea del Norte, China y Rusia-.

El artefacto se detonó por primera vez en las proximidades de Moscú, en el 93, entrando poco después en malfuncionamiento y desatando el caos. En cuestión de horas, Boomer había descargado siete llamaradas más de retribución por diversos puntos de Europa, arrasando todo lo que había salido a su paso y liquidando inocentes y culpables por igual; los lagos hirvieron y se evaporaron, los bosques ulularon y las hojas de sus árboles estallaron en llamas. En respuesta, la 5ª División situada en Kykhta, comandada por el General Maksim Morózov, en calidad de militar superviviente con la más alta graduación, respondió con una batería de bombas nucleares intercontinentales, volatilizando gran parte de norteamérica y Japón; Europa ya no existía y sus ridículos cielos llenos de nubes con forma de seta prometían la aniquilación absoluta.

En las décadas subsiguientes el clima cambió y los pequeños grupos humanos que habían sobrevivido al bombardeo empezaron a morir, incluyendo aquellos cuyos países no habían participado en la refriega; las consecuencias del intercambio nuclear se dejaron notar en zonas tan alejadas como Australia o la Antártida. Algunos se internaron en cuevas y refugios nucleares, bien provistos de medicamentos antiradiación y latas en conserva, mientras que la mayoría transitó brevemente por los yermos parajes post-apocalípticos de la nueva era, para morir de formas indecibles en menos de un mes, creyendo por supuesto que eran los últimos humanos en pisar la tierra. Las nubes de radiación eran tan intensas que circulaban alrededor del globo terrestre como si de borrascas se tratase, intensificándose notablemente su actividad en los meses otoñales -por la lluvia- y en la primavera, en tormentas de rayos multicolor que incendiaban el aire mismo, ya de por sí irrespirable.

Los únicos condenados que habrían de resistir hasta el final de los tiempos eran las máquinas, los robots que no habían sido desintegrados en las detonaciones, carentes de material orgánico en sus cuerpos susceptible de verse afectado por la radiación ambiental. Keeza-GL1 era, pues, una de esas invenciones del intelecto humano, abandonada, dejada atrás, expulsada del paraíso para caer derribada en los dominios cenicientos del Tártaro.

¿Qué haría ahora? Sus registros sugerían que el Desvanecimiento -el cataclismo- había ocurrido 46 años atrás. El mundo estaba dañado, pero seguía vivo, aunque más vacío. La hierba crecía azul y baja, en forma de un esponjoso y ácido musgo que lo recubría todo con diligencia, sin dejar huecos; el agua fluía verde y burbujeante; el cielo había abandonado su clásica tonalidad celeste en favor de una sempiterna tiniebla plúmbea y la luna, aquella luna con la que tantas veces soñaron los hombres y las mujeres en el pasado, no se había vuelto a ver en 50 años. ¿Seguiría ahí?

Como digo, Keeza-GL1 estaba sola y tenía un camino muy duro por delante. Su programación le decía que tenía que servir a los humanos y que esa servidumbre justificaba su existencia, así que imaginó que un buen punto de partida sería localizar un grupo de supervivientes, los cuales podrían encomendarle nuevas tareas que realizar; era una trabajadora modélica, fiel al Código.

Se arrebujó en la tela sintética de color verde oscuro que había encontrado de camino a la superficie y oteó el horizonte, oculta bajo las sombras de su improvisada capa y con expresión ausente; trató de captar sonidos en la distancia, pero solo obtuvo interferencias de estática y algún graznido de necro-cuervo. Dubitativa, Keeza-GL1 inició una marcha lenta y sin rumbo particular, en busca de naderías, en busca de proyecciones de un pasado remoto; avanzando a duras penas entre las ruinas y las dunas de polvo radiactivo; gateando en un desierto tremendamente callado; un desierto de recuerdos y sueños extintos.

Entonces, el viento sopló con desgana y a rachas, levantando una profusa nube de polvo y arenilla, que le entraba por las rendijas inferiores de los ojos y empañaba ligeramente sus lentes oculares. A veces, si afinaba el oído un poco y escuchaba con atención, limitando el consumo de energía del procesador de su pecho, podía percibir susurros que el viento arrastraba. Parecían quejidos, llantos, crujidos; disculpas o acusaciones de una patria extinta de fantasmas.

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16 comentarios en “Keeza-GL1 – Prólogo

  1. Es una pena que no entiendas el francés, si te interesa puedes traducirlo con google, en este artículo se explica la respuesta de Rusia a un hipotético ataque de la OTAN. Hay unos 250 búnker en USA y casi 200 en Europa. No sé si los que se metieran en ellos iban a sobrevivir también. El resto sería en un par de días humo. El misil de que hablas ya existe, y creo que tienen más de 8 cabezas.

    http://reseauinternational.net/comment-la-russie-se-prepare-a-la-troisieme-guerre-mondiale/

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  2. El autor concluye su artículo diciendo: “parce qu’ils en sont venus à la conclusion que la seule façon d’empêcher la guerre est de faire comprendre aux Anglo-sionistes, absolument et sans équivoque, qu’ils ne survivront pas à une guerre avec la Russie, même si tous les Russes sont tués.”
    Porque [los rusos] han llegado a la conclusión de que la única forma de impedir la guerra es haciendo comprender a los anglo-sionistas, sin que quepa ninguna duda al respecto, que ellos no van a sobrevivir en una guerra contra Rusia, incluso si todos los rusos mueren.”
    El misil en cuestión se llama MIRV

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    • Óscar Gartei dijo:

      Sí, ya había leído el artículo con el traductor y pillé la esencia. Un futuro ominoso nos espera.

      Respecto del misil, tendré que editar el capítulo para incrementar el número de bombas pues. Por lo visto hay alguno que alcanza hasta 28. Le pondré 60 y ya está. Para la guerra siempre hay inventiva.

      Un saludo.

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    • Óscar Gartei dijo:

      Muchas gracias. Aquí a veces se escribe más y otras menos, pero en cualquier caso queda todo guardado para que el lector avance a su ritmo. Salvo que entre en una espiral de escritura febril, no creo que acabe este relato tan pronto. Además, salvo la primera entrega que suele ser larga para sentar las bases, procuraré mantener una duración “manejable” en las siguientes.

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