El Bucle

A raíz de ver la película Suffragette (Sufragistas, 2015) -por desgracia no especialmente buena o interesante-, llegué a una incómoda conclusión. Tal conclusión no es nueva para mí y se me ha presentado en múltiples ocasiones a lo largo de la vida, agenciándose el papel de heraldo de la desesperación: la historia humana es una pantomima, una gran función de teatro en la que las clases bajas luchan y mueren por nada, por barro; todas las reyertas ideológicas tienen como recompensa el morir en el lugar de nacimiento, en la misma zanja, con los pulmones encharcados de fango.

Hicieron falta milenios, con sus centurias, para que los sistemas legislativos y electorales de las naciones empezasen a tener en cuenta al proletariado masculino y poco después a la mujer. Estas últimas, en algunos países, no pudieron votar hasta 1975 y a veces de forma limitada. 1975, hace cuarenta años; la semana pasada; anteayer. La burla social radica en que la reforma de la ley electoral no se produjo por convencimiento, como piensan los ingenuos, sino por conveniencia.

A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX la mujer trabajaba y producía tanto o más que cualquier hombre, por lo que se antojaba necesario darle ciertos derechos y contentar su creciente inquietud en materia de derechos; “fidelizarla” al sistema y granjearse su cooperación amistosa; lo mismo que se había hecho años atrás con los humildes trabajadores masculinos, víctimas de la revolución industrial y catalogados como escoria por los altos estamentos. Tales avances entroncan en el curso de acción de otras pequeñas concesiones históricas en apariencia desinteresadas y genuinas, como el desarrollo de una educación gratuita para la plebe o la abolición del derecho de pernada. Pero tenemos que entender que por aquellas ya no se necesitaban vasallos en una era industrial, sino “productores”, mano de obra cualificada -sin pasarse-, y por ello era imperativo agasajar a la masa con victorias parciales.

Lo más gracioso de toda esta evolución en derechos e igualdad, lo más chocante de la lucha de clases o de la lucha por el voto femenino, es que se ha convertido en una muesca irrelevante en la agrietada espada de los siglos, cuyo final aún no se ve pero se intuye. Pensadlo por un momento, ¿cuáles fueron las victorias de las clases bajas? ¿Caridad? ¿De qué ha servido tanta contienda por la libertad y la democracia, cuando a la vista está que los gobernantes legislan contra el pueblo y se comportan como golpistas?

Es innegable que la democracia no existe en la vida real, puesto que el poder no emana del pueblo. En realidad, el pueblo elije un sabor de entre los disponibles, ofertados por la incansable factoría del capital. Independientemente de la ideología vencedora en la liza electoral, el nuevo gobierno tratará de gestionar la nación en base a sus ideas y con la imperecedera promesa de ignorar la voz popular en todo caso. Ideas extraídas de la noble entrepierna gubernamental como quien dice. En otras palabras, que esos representantes son elegidos por el pueblo para gobernar contra el pueblo, con la participación del pueblo, o eso es lo que han demostrado legislatura tras legislatura. Y si resulta que habían mentido en la campaña y ahora incumplen sus promesas día sí y día también, nada puede hacer el pueblo soberano. Por tanto, soberano idiota es lo único que es.

Así, en retrospectiva, no causa sino estupor ver que todos esos empujones por escalar, por progresar, por prosperar, eran intentos fútiles de escapar del bucle que se repetía a través de las centurias. Que, a la hora de la verdad, aquellos desgraciados sin techo que remaban contra la corriente se cansaron de remar y se contentaron con una reducción en la cantidad de azotes, olvidando ya conquistas más duraderas y trascendentales.

Hoy, expatriados y sumidos en el polvo, transitamos un mundo en el que nos preocupa más el modelo de móvil que portamos en el bolsillo que la abierta hostilidad de los gobernantes y las multinacionales; la esclavitud voluntaria es demoledora. O como cuando vemos los atropellos y las injusticias y nos encojemos de hombros. O como cuando vemos al ladrón robar y le votamos cada cuatro años, limitando nuestro asco a la carcajada en programas de humor.

Y quizá todo esto no sea muy grave, la verdad, quizá es como una pesadilla de esas de las que no se puede despertar. Pues ni tenemos llave ni tenemos puerta que abrir; revoloteamos en la jaula -amplia, pero jaula-, en la cavidad hueca de la comodidad, desgastando nuestras fuerzas en vanos empeños -ajenos-.

Sencillamente descorazonador.

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2 comentarios en “El Bucle

  1. Todo es una mascarada: La educación es mentira en el momento en que no nos educan para ser libres ni pensar por nosotros mismos, sino para que obedezcamos. Y la democracia también es mentira cuando los dirigentes gobiernan sistemáticamente en contra del pueblo que los ha elegido, no importa a qué partido haya votado, todos gobiernan para una élite, a la vez que llenan sus discursos de tantas mentiras que ya no caben en sus agendas.

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    • Ya vi el comentario que me mandaste por email, y junto con el de ahora solo puedo decir que totalmente de acuerdo. La trampa es fina y está bien montada; si te hacen partícipe del tinglado y anulan tu espíritu crítico, no vas a luchar por nada más. Te conformarás con las migas e incluso darás gracias cuando estas sean abundantes.

      Pero como es el capital el que gobierna, el que ha conseguido anular naciones e ideologías, todo se reduce a números. Un poco de circo, un poco de televisión mediocre, y a trabajar que hay que producir.

      Entre tanto, muchas cosas que podrían hacerse, no se hacen. Muchos conflictos o problemas mediambientales que podrían atajarse, no se atajan. El bucle, o de cómo mantenerse en un espacio estanco.

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