Mi voto no cuenta, ¿y el tuyo?

A tres días de las elecciones y con los buzones desbordados de papeletas electorales innecesarias -y que cuestan dinero público-, la cosa se complica. Los partidos políticos en liza afilan sus roñosas uñas y fétidas lenguas de ave rapaz, prestos para el ataque, tratando de capitalizar en el último momento el apoyo ciudadano de sus respectivos rebaños -unos más sensatos y otros más fanáticos-. Estas estrategias están pensadas para raspar unos cuantos votos a la competencia antes del día 26 y terminar de inclinar la balanza hacia su cancha de oscuras y nefarias intenciones. El indeciso lo lleva claro, porque por desgracia la opción más tentadora y genuina es la de votar en forma de bofetones y ningún partido quiere votos de esos.

Pero, por eso de teorizar y cristalizar la náusea, ¿hasta qué punto es justo el sistema electoral por el que nos regimos? ¡Y la respuesta no es moco de pavo -ni de cualquier otro pájaro de corral-, oiga! Como podéis ver, ya es la segunda vez en la entrada que hago referencia al mundo aviar, y por algo será. Porque, en mi opinión, esto de la fórmula d’Hondt -el artificio calculador- es una soberana patraña, que alega proporcionalidad pero en términos prácticos favorece a los más votados y castiga a los pequeñitos; un invento de buitres. ¡Oh, ya lo he hecho otra vez! Y ojo, porque para entender esta fórmula hay que cortarse las venas y frotarse la herida con ayahuasca, mientras se repite en voz alta una retahíla de mantras de cariz pagano-sectario y ominosa resonancia acústica; eructos diabólicos.

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Seamos sinceros y expongamos nuestras vergüenzas: sabemos que nos toman por tontos y que manipulan las elecciones, pero de alguna forma tienen que justificar los resultados, más allá de recurrir a frases incuestionables como “es voluntad divina”. En consecuencia, hartos de ser tachados de déspotas y corruptos, nuestros ancestros decimonónicos llamaron a varios físicos cuánticos y los emborracharon hasta que sus adentros ilustres y científicos regurgitaron el horror, semejante galimatías alfanumérico.

Pero lo peor no es su opaco semblante de pretencioso e inmaculado matematismo y ridiculez cuántica, sino lo mal que funciona y lo mal que encaja en el siglo XXI. Para empezar, para contar votos y ver quién ha ganado las elecciones no hacía falta ninguna fórmula con subíndices, solo gente que supiera algo de números -no demasiados, del 1 al 10 era suficiente-. En la sencillez está el diseño refinado y la elegancia, por lo que tal manera de liar la madeja con descaro no atiende sino a motivos ocultos, ardides políticos de la élite y de sus logias. “Hagamos un sistema inexpugnable para el entendimiento humano y llamémoslo inteligente; el que no lo comprenda será tachado de bufón y con ello obtendremos silencio y connivencia por doquier; nadie se arriesgará a quedar en ridículo”.

Volviendo al asunto, ¿qué sentido tiene un reparto proporcional de escaños en función de la zona geográfica, cuando todos estamos sujetos al mismo gobierno y a las mismas leyes, cuando las características regionales han sido suprimidas y pisoteadas por un mundo globalizado y consumista que no conoce fronteras? No se entiende que unas minorías, con 50 votos por ej., obtengan más escaños que otros partidos con diez veces esa cantidad. La lógica me dice que si todos somos españoles y tenemos derecho a votar, pues que cada voto equivalga a un voto. 1=1. ¡Qué locura, ¿verdad?! Tengo fama de transgresor.

El actual sistema convierte en inútiles un altísimo porcentaje de votos, al no alcanzar las respectivas cuotas mínimas de cada región, lo que convenientemente juega en contra de todas las formaciones en fase de desarrollo. Tomemos por ejemplo mi interesante y fantabuloso caso: estoy empadronado en una zona muy rural, pero que muy rural. Abundan los arbustos y las zarzas, los pueblos están semidesiertos y si un país enemigo nos invadiese, nadie se daría cuenta hasta dentro de 5 años. Pues bien, otra cosa no, pero en esos pueblos semidesérticos habitan gentes muy afines a la derecha y de avanzada edad, educadas como fueron en el franquismo y educadas en consecuencia en el conformismo y el miedo al cambio -y el temor a Dios, que haberlo haylo-. Para estas personas de sabiduría pragmática regada con resignación y desconfianza, las formaciones políticas como Ciudadanos o Podemos -especialmente el segundo- son vectores en la tierra de la maldad de Satanás. No hay día que no escuche alguna frase dilapidadora hacia el señor Iglesias y sus intenciones venezolanas, expropiadoras y comunistas. Por supuesto, adornadas con la coletilla de “si Franco levantara cabeza…”.

Muy bien, llegan entonces las elecciones generales y yo me digo, “pues voy a votar, que aunque esta democracia me ha demostrado que falla muy a menudo, si no lo intento tampoco consigo nada”. Me dirijo a la urna, cuyo rugido contenido me advierte del error, e inserto la papeleta marcada con el símbolo de la Bestia. Nos entendemos. Pues, tristemente y contra todo pronóstico (¡ja!), ahí se pierde para siempre mi esfuerzo y mi convicción, acuchillada por la marea como un sorprendido César a manos de su querido Brutus. La minoría no cuenta, porque todos los demás eligen otra cosa, año tras año, y la ley defiende este paradigma porque garantiza buenos resultados al que gobierna desde el albor de los tiempos.

Es decir, que obtendría el mismo resultado quedándome en casa intentando descifrar el sistema d’Hondt o viendo vídeos fractales en movimiento hasta que me explotasen los ojos. Tiene gracia, ¿a que sí? En cualquier caso, ojalá tu voto sí importe en el gran esquema de las cosas, puesto que el mío forma parte del inmenso rollo de papel higiénico marca d’Hondt. Ni siquiera es fácil de pronunciar. Pudieron haber llamado a la fórmula Truño; tiene más punch.

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2 comentarios en “Mi voto no cuenta, ¿y el tuyo?

    • Nada está en nuestra mano. Fíjate en lo de Reino Unido, ahora se van, como siempre aplicando el egoísmo inglés, ya histórico. La desfragmentación de Europa ha comenzado. La cuenta atrás para la guerra con Rusia se acelera.

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