La extraña noche del oso-lobo

El bosque estaba cubierto de una gruesa capa de nieve y era de noche, una de esas noches que invitan al sueño temeroso. Sin embargo, en la última hora se había despejado la cúpula celeste, dejando al descubierto una miríada de estrellas moribundas que posiblemente ya no existían; un cielo negro plagado de almas exánimes que me recordaban mi lugar, una pequeñez sobrecogedora.

Mis pisadas crujían amortiguadas debajo de mis pies, delatadoras de un avance trémulo y patético;  el cielo desnudo olía a terror cósmico y el frío ambiental mordisqueaba mi cara sin pausa. En honor a la verdad, no conocía la zona en la que me encontraba, salvo por lo que me había dicho mi guía y acompañante: que nos hallábamos en tierras del este, próximos al Bosque Gris que rodeaba la fortaleza de Yl-Thalas. Aunque, he de confesar, todo se me antojaba extraño y difuso. ¿Cuál era mi propósito en tales parajes? ¿Por qué el rostro de mi acompañante ondulaba y cambiaba de un minuto a otro? A veces tenía barba y a veces era calvo, pero su voz reverberante se mantenía invariable.

Observando detenidamente nuestras ropas supuse que aquello tenía que ser una cacería delirante o quizá una búsqueda inaplazable; yo no era soldado ni servía a ningún rey, pero tampoco me servía a mí mismo al no conocer mi propósito. Con certeza solo sé que anduvimos un buen rato, deambulando por entre los estoicos pinos, que soportaban la nieve calladamente, hasta que dimos con una oscura gruta en la que bullían las sombras y de la que provenían sonatas silenciosas de horror y asombro. Y como era un agujero profundo y negro, me dije, sin duda tenía que albergar el objeto de esta expedición. ¿Dónde si no? “Aquí está lo que busco”, pensé en consecuencia; la negrura infranqueable es un ingrediente imprescindible en todas las marmitas del misterio, en todo rastreo de la verdad.

Mientras nos acercábamos, ofuscados por esta búsqueda desnortada, mi compañero y yo no mediamos palabra, y por momentos la presencia del guía se diluyó tanto que sentí que viajaba en solitario, a solas con mis pensamientos; pero eran muchos pensamientos y el ruido no me dejaba pensar con claridad. Así pues, nos aproximamos en silencio a la abertura y toda consideración pasó a un segundo plano, desplazada por la maravilla que suponía ver un bostezo de la tierra tan cruento y puntiagudo. Numerosas estalactitas y estalagmitas coronaban los bordes de la abertura, confiriéndole a la entrada un aspecto cercano a una mandíbula a punto de abalanzarse sobre su presa.

La entrada de la gruta estaba situada a media altura en un terraplén, que era escarpado e impracticable, con lo cual, desde nuestra posición inferior y sin el equipo apropiado, nos era imposible salvar la distancia. Mas no hizo falta aguardar mucho para que se produjese un hecho insólito: de sus profundidades se precipitó al exterior una mancha más oscura que la noche, expatriada del cubil de la diosa Nix. O más gris, si cabe; el tono variaba, al igual que su silueta irregular ribeteada con bucles etéreos. Al principio tenía forma de lobo, pero a veces, después de un parpadeo nervioso, parecía tener forma de oso. Solo sé que la cabeza era muy grande y que tenías unos ojos cautivadores, curtidos en una fragua de hechizos arcanos. Y su figura indecisa ondulaba y crepitaba entre las sombras, de tal modo que su pelaje semejaba una llamarada de sueños y volutas de humo. Quizá de pesadillas.

La criatura avanzó decidida, derramándose por la cuesta como un óleo que se derrite bajo el sol, y se encaramó a un tronco caído, muy grueso y musgoso; su atril de madera muerta. Desfiló ante nuestros ojos con orgullo, sin bajarse del susodicho tronco, cautiva su curiosidad primitiva en nuestra presencia inesperada; aulló sin aullar. Ahí supe que se llamaba Aphypone y que su nombre era antiguo y enigmático, pero siempre me gustó pensar en él como el oso-lobo, porque siempre me gustó la sencillez; si yo era el protagonista de mi vida, etiquetaría el mundo a mi antojo y nadie podría evitarlo.

El oso-lobo no emitía sonido alguno en el plano físico, pero sus ojos lobunos brillaban con fulgor abominable. Y, en cambio, dos segundos después se podía observar un atisbo de inocencia en ellos, en esos dos piélagos de infinita negrura que en ocasiones rebosaban de luz. Una sensación comparable a la efigie maledicta de muchas estatuas, que alternan entre la placidez y lo demoníaco según la hora del día. El oso-lobo tenía muy vaga consistencia física, insisto, resultando ser una especie de ente espiritual o manifestación corpórea desconocida hasta la fecha por la especie humana; posiblemente, olvidada. Un ente del bosque, podría decirse, que medio flotaba por el aire; exudaba comprensión y hostilidad a partes iguales.

Mi acompañante, que tampoco se podía creer lo que estábamos viendo, ahogó un quejido de horror y dio un paso al frente, empujándome fuera del alcance del oso-lobo que se cernía sobre mí. Sin darme cuenta, yo que soy tan propenso al ensimismamiento, me había quedado hechizado en la mirada de la criatura, hecho que la misma aprovechó para estirarse, abrir sus fauces subrepticiamente y engullir mi cabeza hasta el cuello, sin ejercer presión con sus mandíbulas de fantasía. Ni me había percatado de este detalle mientras ocurría ni llegué a ver el interior de su estómago, que imagino estaría lleno de bancos de niebla y ecos del pasado; de alguna forma se me había humedecido el pelo y sudaba profusamente, posiblemente a consecuencia de sus lengüetazos fantasmagóricos. Olía a vapor. En verdad era una cosa bien extraña el oso-lobo, pero como no me lastimó, no le guardé rencor.

Ante semejante interrupción, el espíritu de la gruta me liberó de su mordisco que no era tal y huyó, pero llegados a este punto nosotros no podíamos rendirnos y tirar por la borda todo el esfuerzo, así que le seguimos el rastro a no mucho tardar. Me costó un buen rato convencer a mi amigo de continuar con la expedición, pero en cuanto le prometí riquezas -que no tenía- accedió rebosante de energía y pronto nos vimos forcejeando para ir en primera posición… Perseguimos al oso-lobo durante intensas jornadas, todas ellas parte de una única y larguísima noche que no se acababa nunca, logrando pequeños y esporádicos avistamientos aquí y allá, en la lejanía.

Por último, ante las luces punzantes del amanecer del vigésimo quinto día, vencida la penumbra nocturna y plenamente consciente de que nunca había tenido un acompañante, nunca, más allá de la invención y el delirio, volví a encontrarme de cerca con el oso-lobo. Y, por desesperación, lo llamé en voz alta por su nombre ancestral, Aphypone, pero me ignoró porque no lo había pronunciado bien; me fallaban las fuerzas y estaba hambriento, mas no podía rendirme.

Molesto y desahuciado, opté por arrodillarme en sincera súplica a la par que el sol despuntaba por el este y cegaba mis ojos doloridos; era un sol pálido, fantasmal, y el aire apestaba a hielo viejo. Su pelaje anteriormente gris y negro refulgía ahora con tonalidades claras, a causa de la invasión lumínica, pero sin renunciar a su esencia lobuna y a su vigor úrsido. La criatura caminó en dirección a las profundidades del bosque dispuesta a darme esquinazo de nuevo, pero se detuvo al cabo de un rato, sopesando mis actos y reconsiderando mi febril empeño.

Olisqueó el ambiente y pareció satisfecha, pues llegó a frotarse contra un abeto y a mascar unos hierbajos con actitud distendida. ¿Era ya suficiente, oh, espectro de la naturaleza, todo este sufrimiento y toda esta locura? Al mirar hacia atrás, hacia mi cuerpo postrado en la nieve, esquelético y demacrado, asintió complacida y escarbó en la nieve con la pata derecha. Al percatarme de su invitación, me lo pensé dos veces, porque estas cosas hay que pensárselas siempre dos veces -o tres-, pero no hallé motivos para abandonar y seguí al oso-lobo sin dilación, a grandes zancadas y plenamente satisfecho por no haberme rendido jamás, henchido mi orgullo y vacío mi estómago.

De alguna forma, ajena a cualquier posible reducto de la razón, sabía en mi fuero interno que tenía que recorrer un camino vital a su lado, un sendero que discurría desde la larga noche hasta las primeras luces del alba; una travesía a los orígenes; un baile entre dos luces moribundas; volver a casa.

Pero el territorio no me resultaba familiar y el oso-lobo rara vez se detenía. Empujado hasta el extremo, mis huesos y tendones se negaban a aceptar la derrota. Convertido en un cascarón quebrado, terminé abrazando el suelo y avanzando a cuatro patas; mis manos se habían vuelto peludas, afiladas y retorcidas; gruñía como un animal y escuchaba los latidos de los corazones de los pájaros a muchos metros de distancia. No tardé demasiado en extraviarme por completo y nunca, nunca más se volvió a saber de mí.

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4 comentarios en “La extraña noche del oso-lobo

  1. Antes que nada, felicitarte porque por fin estás teniendo lectores y comentaristas. Ahora diríamos más bien blogueros y seguidores. Es algo que tienes merecido, porque escribes muy bien y eres sincero con tus apreciaciones, además de estar muy bien informado, con lo que sabes de lo que hablas.
    En cuanto al relato, lo que más me ha gustado es el final. Cabe interpretarse como una fábula donde se nos aconseja que no hay que huir de nuestras fobias y temores, sino enfrentarlas. Tal vez descubramos entonces que era más el ruido que las nueces.

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    • Muchas gracias Lorenzo, el relato está basado vagamente en un sueño que tuve y me pareció que podía ser la base de una historieta. Va de enfrentar los miedos y también de perderse, de seguir lo primitivo y expatriar el sentido común.

      En cuanto a los seguidores, te confieso que vienen sin ir a buscarlos. Pero es que WordPress tiene una cosa que es el Lector, que promociona los contenidos, además de registrar tus gustos y recomendarte cosas parecidas.

      Te animo a abrir un blogs aquí porque con un poco de constancia la gente acaba viniendo. Otra cosa es que se quede jaja.

      En cuanto al gravatar, yo no tuve problema, en las opciones del perfil tendrías que poder subir una imagen y que se guardara. Procura dejar solo una a ver si funciona.

      Un saludo.

      Le gusta a 1 persona

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