Inmortalidad dispersa

Como ya he dicho muchas otras veces, en muchas otras entradas, a los seres humanos nos oprime la sensación de futilidad que nos causa el olvido. La muerte es una viajera que nos acompaña en todos los trayectos, como una brisa mañanera que sabe a fresco, aunque lo ideal es que no se quite la máscara hasta momentos antes de entrar en un cajón muy oscuro. A esa “huesuda” nadie la quiere ver, ya lo sé. No obstante, está ahí y su sombra de ónice nunca se va, prueba irrefutable de que vivir es morir poco a poco, soportar el óxido cósmico que carcome toda existencia hasta convertirla en polvo y desvanecerla para siempre. ¿Siempre?

En efecto, el organismo que tanto hemos llegado a amar con los años, nuestro cuerpo, junto con nuestros sueños, nuestras ideas y anhelos, se convierte en un cascarón hueco que bien podría ser una estatua de un museo, de esas que ni brazos tienen ya; ese momento que nunca imaginamos posible y que ahoga toda psique en el tramo final, llama a la puerta y su golpeteo es estruendoso; silenciosamente estruendoso. En ese momento, en el de la muerte inexorable que se desborda como la marea y empapa nuestras ropas, solo resta pues una segunda muerte, peor si cabe, que acaece cuando el recuerdo que hemos imprimido en nuestros allegados y descendientes se desvanece también. Eso, claro, si no hemos dejado alguna obra imperecedera sobre el mundo, y aún así… Ah, mi viejo amigo Ozymandias, de tus inmensas obras y de tu fulgurante grandeza nada más encuentro aquí que puñados de arena.

Sin embargo, si algo he aprendido de esta visión descarnada del mundo, ajena a cualquier intervención divina o plan maestro de la creación, es que el reciclaje de la materia y de la energía es implacable y a veces incluso poético. Esta realidad no es oscura, malvada ni cruel, es azarosa e imparcial en su aleatoriedad. Hay cierta belleza inherente al hecho de regresar a las profundidades y renacer poco después convertido en multitud de cosas, o de saber que lo que somos, antes fue mucho más. Reformulemos la cuestión: ¿cuántos de nosotros somos conscientes ahora mismo de que nuestro cuerpo está conformado por elementos que hace millones de años hervían en un globo de ascuas galácticas?

En el pasado, este hidrógeno, este hierro, este calcio, eran otra cosa y bullían prestos para ser, esperando su turno, su momento para encajar en el puzzle. Estaba todo muy revuelto y allí fronteras como que no había, si os digo la verdad. Pero incluso si nos circunscribimos a períodos de tiempo más cortos, a la vida humana, el organismo se regenera por completo varias veces a lo largo de su vida, sin que ello implique mudar de piel como las culebras. Es decir, que lo que somos también cambia mientras vive. Hay teorías que sugieren que al dormir y despertar, en realidad nuestro cerebro se limita a cargar copias de lo que creemos ser, al estilo de la memoria RAM de un ordenador; nuestra personalidad sería, en ese caso, memoria volátil.

Así, regresando al mundo de lo finito, la vida orgánica que conocemos se asemeja al brote espontáneo de las flores en primavera; sabemos que son breves, sabemos que son frágiles, pero son bellas y le dan al conjunto un toque de color; también juegan su papel en el organigrama natural, pero son sustituibles y serán arrasadas por algún evento de extinción masiva en X millones de años, como todo. Por eso, sabiendo que en el fondo todo lo que conocemos y desconocemos es un gran continuo sin divisiones, más allá de la compartimentalización conceptual que le aplicamos a los objetos y a los seres vivos, un continuo sujeto a la deconstrucción y reestructuración perennes, no comprendo por qué seguimos reverenciando la muerte con pavor y lamentos, financiando la guerra, contaminando sin parar, rehuyendo por otro lado la responsabilidad que tenemos en vida y postergando las decisiones hasta el infinito. Malgastamos nuestro breve tiempo en burdas cuestiones. No más guerras, no más dolor, es lo que tendríamos que gritar sin denuedo cada día a nuestros dirigentes; hacer que cada segundo cuente, que no tenemos tantos.

Mi opinión: vive cada día como si fuera el último, o como quieras vivirlo, pero trata de independizarte de la realidad que otros han creado para ti; tu valor como persona no depende de lo que produces en tu puesto de trabajo. Piensa en ti, pero no olvides que tus acciones tienen consecuencias y de que un mundo a la deriva implica dolor gratuito y evitable para todos; haz lo correcto hasta donde puedas alcanzar. No obstante, no te propongas arreglar el mundo tú solo, porque es imposible y te convertirás en un necio o en un tirano. No temas el final, pero preocúpate de disfrutar el recorrido, que a veces es breve; nunca planees en exceso a futuro o te quedarás sin tiempo en el presente, atrapado en problemas y dilemas que lo mismo nunca llegan a ocurrir. Si la visión fatal te atribula, piensa que a lo mejor dentro de diez mil millones de años, toda esta corrupción, todas estas guerras, todo este dolor… se derretirán y se convertirán en combustible para el corazón de helio de una estrella, en una pradera de flores, en un cometa imparable que surca la galaxia. Abraza el cambio y entiende que es parte del camino.

Y así, el ciclo continua. Nada es para siempre, pero nunca se termina. Simplemente, muta.

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8 comentarios en “Inmortalidad dispersa

    • Muchas gracias por pasarte y comentar. Bienvenida, ;).

      Sé que puede parecer triste de entrada, pero hay algo reconfortante en que todas las barreras sean abolidas. Y no me disgusta la idea de esta transformación interminable. Incluso las grandes construcciones humanas se convertirán en puñados de arena, igual que reza el poema de Ozymandias escrito por Percy B. Shelley. Pero esa arena reactiva el ciclo; quizá acabe formando parte de algo nuevo.

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      • Es real lo que dices, y me agrada el modo esperanzador en que lo presentas. A pesar de todo lo malo que pueda haber pasado gracias a la humanidad, siempre puede haber algo nuevo. ¿Y quien sabe si ese ciclo no se cumplió antes y nosotros somos el resultado de ello?

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    • Lo que pasa es que la sociedad occidental hereda la visión negativa de las religiones monoteístas. La muerta deja de ser parte del ciclo y se convierte en un punto y coma, en el que la continuación depende de las acciones del pecador/creyente.

      Yo soy más práctico: no hay garantías de un más allá. Utiliza el tiempo que tienes ahora. Naturalmente duele la pérdida de un ser querido, pero su esencia sigue viva en nosotros y sigue formando parte de todo.

      Quizá, después de todo, muerte y vida solo son estados de la materia.

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  1. El hombre europeo le teme a la muerte. Me pregunto por qué, si en la mayoría de los casos la muerte es un alivio, una liberación. El tema es cómo ha de llegar, con dolor o sin dolor… En mi opinión, cuando no se respeta la vida tampoco se respeta la muerte. Y así, hay quienes hacen negocio con ella porque no respetan la vida de nadie. Los traficantes de armas son un buen ejemplo de esto. Debemos pensar que el capitalismo busca hacer con todo un negocio lucrativo (para unos pocos solo). Así, comercian con la muerte como si se tratara de un saco de patatas. Les da lo mismo.

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    • Comercian con la muerte e incluso la convierten en su política, en su credo y en su arte. Una sociedad que sólo piensa en engullir mediocridad y que se contenta con el gobierno de los infames, muerte obtiene a raudales. Pero las quejas se hacen en diferido.

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