Destruyendo el mundo

Las películas de ciencia ficción gustan de fantasear con la destrucción de la civilización humana, hasta un punto quizá morboso. Ya sea un apocalipsis zombie, que está muy de moda y nace a raíz del consumismo descerebrado del siglo XXI, por los avatares incontrolables de un cataclismo terrestre o por una invasión alienígena, los supervivientes se ven obligados a cooperar o a aceptar la extinción definitiva. Al menos, en las películas parece que las personas son capaces de llegar a un acuerdo de mínimos y luchar por el futuro, gesta no tan sencilla de acometer en el mundo real, según parece, aunque siempre nos topamos con el típico personaje que quiere montar su dictadura personal -y al que no le faltan acólitos-.

No obstante, los eventos de extinción masiva ocurren de forma periódica por la simple y azarosa deriva cósmica; aunque cualquier individuo de una especie disfruta pensando en la inmortalidad, el mero hecho de existir no garantiza que su ADN sobreviva. Las especies que hoy transitan por el planeta ocupan unos nichos biológicos que otras especies anteriores dejaron libres, ya que murieron por falta de adaptación o porque acabaron desintegradas por un meteorito o por una intensa ola de actividad volcánica. Es decir, que la destrucción es un hecho frecuente en el cosmos, casi tanto como la creación, aunque siempre he preferido entender esto como regeneración. Y, como cualquier proceso que se escapa a nuestro control, no hay mucho que podamos hacer para evitarlo.

En cambio, existen un montón de amenazas igualmente terribles que sí podemos controlar, primeramente porque se derivan de nuestra actividad fabril/bélica, pero que ignoramos deliberadamente. Los gobiernos nos hablan de paz y cooperación pero no paran de financiar su aparato militar, manejando en las sombras para hacerle la guerra al díscolo del grupo o saquear recursos; los medios de comunicación nos cuentan las maravillas de proteger el medioambiente, pero dos segundos después una batería de anuncios nos recuerda que hay que consumir y seguir contaminando sin mirar atrás. Se nos enseña a ser un trabajador/productor, pero no a ser una persona feliz; algunas religiones hablan de amar al prójimo, pero luego son malinterpretadas y usadas como pretexto para promover la muerte y el dolor. Y la culpa no es tanto del individuo solitario como del individuo en grupo; creo que la sociedad es capaz de sacar lo mejor y lo peor del humano, potenciando su locura o su genialidad más allá de lo previsible. ¡Benditos ermitaños!

A veces disfruto escribiendo distopías, como algunos ya sabéis, historias que acontecen en tiempos futuros derruidos, plagados de parajes yermos y polvorientos. Ocurre que por mucho que lo intento, la realidad siempre me recuerda que me quedo corto, que hay maneras todavía más cruentas de vivir, de malgastar el valioso tiempo del que disponemos, maneras todavía más demenciales de destruir todo lo que hoy se tiene en pie. Entonces, me pregunto si acaso ese temor a la destrucción del mundo que plaga nuestro imaginario colectivo no será el temor a reconocer que somos los responsables ulteriores, poco menos que demonios; que si hoy llegase una especie extraterrestre a darnos un poco de candela con sus láseres, quizá nosotros no seríamos los buenos de la película, al verse expuesta la máscara de corrupción que hemos usado voluntariamente. Que, dicho de otro modo, hay más posibilidades de que nos exterminemos entre nosotros que por causas ajenas.

No podemos olvidar que este mundo seguirá aquí incluso después de un holocausto nuclear. Y no será tan oscuro como imaginamos: la vegetación regresará, los animales también. Inmensos bosques azules plagarán los continentes; peces negros como el azabache infestarán las aguas. ¡Quién sabe, las posibilidades son infinitas! Porque la destrucción no es tan definitiva como la pintan, pero como no dejan de regar a la población con miedo para que sea fácil de mangonear, aquí estamos todos quietos; entre los cascotes, caminando poquito a poco hacia esas fotos de ciudades en ruinas.

Sí, somos humanos y queremos pensar que somos los protagonistas del cosmos, que el universo lo tendrá en cuenta y respetará nuestro feudo, que nada malo ocurrirá, cosa que no es cierta. Somos una especie más de entre muchos millones, muchas de ellas todavía sin conocer. No mejores, no más dignas, tampoco peores, seamos claros. Una más, insisto, y aceptar esto es un ejercicio de humildad que podría despertarnos del largo sueño en el que hemos vivido ensimismados. Que, en resumidas cuentas, con un tiempo tan escaso y un tamaño tan pequeñito, no vale la pena financiar la guerra ni ofuscar a las naciones con este baile financiero que nadie comprende, pero que somete. Ya que si esas pequeñas élites que deciden el futuro de nuestra sociedad creen ser intocables y tener el derecho de decidir por el resto, se equivocan; nadie se libra; toda esta locura colectiva habrá sido en vano, pero sin reflexionar no sé habrá evitado ni un solo segundo de dolor innecesario.

Es momento de hacer un alto en el camino y repensar hacia dónde vamos. Hay caminos que es mejor no tomar.

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6 comentarios en “Destruyendo el mundo

  1. La moral solo se utiliza para someter a la población. Las élites carecen de moral (consideran que es una debilidad) pero la usan como arma arrojadiza contra los pueblos. Por ejemplo, se hizo la guerra contra Irak por razones morales (eso decía al menos la propaganda informativa): librar al pueblo iraquí del tirano, librar al mundo de una amenaza. Pero en realidad se hizo esa guerra por razones depredadoras: apropiarse de los recursos del país agredido. Este doble juego: moral para justificar una agresión, intereses mezquinos en el fondo, se viene repitiendo desde que existen los imperios. El actual no constituye una excepción.

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    • Cada vez tengo más claro que la guerra de Irak ni siquiera fue por los recursos, fue por desestabilizar el entorno y dar pie a lo que hoy conocemos como ISIS. Es parte del plan, del esquema de acción que están aplicando en los últimos años. Primero creas el coco, luego aprietas financieramente a los países y a la gente; cuando estén desesperados, les presentas a un fantoche xenófobo y todos le apoyan. Divides lo que antaño te interesaba crear, para plantarle cara a los soviéticos; ahora ya no hace falta. La mezcla ya está preparada.

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    • Aún peor es el hecho de estar acostumbrados al caos. Recuerdo cuando ocurrió el atentado en París, todos en el mundo occidental nos sentimos tocados por el hecho. Ahora, los atentados, son moneda corriente. Nos acostumbramos a ello y somos tan insensibles que esto no demoró más que unos meses.
      Y los más espantoso de todo es que estas cosas ocurren casi a diario en África y Asia. De no ser así, no habría un emigración también desesperada de sirios a Europa. Y esto apenas nos importa, siempre es mejor esconder la basura bajo el tapete….

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      • A la hora de comer o cenar, siempre están las noticias recordándonos lo mal que va todo. Llega un momento en el que la muerte, el dolor, la guerra, etc., resultan inocuos. Es el objetivo que se persigue, insensibilizar a la población para que así no trate de luchar contra el sistema.

        En este planeta da igual la ruta de escape, la bomba nos salpica a todos.

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  2. Dos cosas Óscar. La primera, por aquello de la ciencia-ficción -por cierto un género en el cine del que soy muy aficionado-, tu artículo me ha recordado una reciente entrevista a Stephen Hawkings en el que decía que no le gustaría que una raza extraterrestre viniera a la Tierra. Se basaba en que siempre había pensado que a mayor dosis de civilización menos uso de la violencia. Sin embargo la historia de la humanidad nos demuestra que no por ser más listos y más cultos dejamos de matarnos entre nosotros. Y quizá no le falte razón.

    Y, por otra parte, en relación a la guerra de Irak, aunque no pienso exactamente igual, sí que creo que tus argumentos podrían estar más próximos a la realidad que los de Lorenzo. Pero de eso… ya hablaremos otro día.

    Un saludo.

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    • En efecto, imaginemos qué pasaría si nuestra especie llega a Titán, esa luna de Júpiter de la que tanto se habla, y nos topamos que está habitada. Si la especie nativa es no racional, la humanidad la aniquilará hasta donde sea necesario para obtener los recursos. Si la especie fuese racional, e inferior militarmente hablando, ya veo fragatas espaciales traficando con esclavos marcianos. Diablos, ¿qué pasó con la colonización de América? Fue una masacre, un genocidio, y en materia sideral no sería distinto.

      En cuanto a lo de Irak, como siempre opino que hay motivos que van más allá de lo evidente. La historia nos ha enseñado que muchas guerras no eran por los recursos y ni siquiera por la religión. Creo que en el núcleo de occidente se está gestando el nuevo sistema de gobierno que quieren imponer a nivel global, por lo que cualquier facción “enemiga” es un riesgo. Sentando las bases de un conflicto futuro, nadie se llevará las manos a la cabeza cuando surja una guerra en suelo Europeo, por ejemplo. Liquidarán a los disidentes y luego ya podrán esclavizar sin denuedo. Tal sistema, no obstante, entronca directamente con la necesidad de reducir población, puesto que el objetivo final es una sociedad sostenible y quieta. Virus como el Zika, sin ir más lejos, ya atacan directamente a la reproducción humana, lo cual es muy sospechoso.

      Me gustaría pensar que esto no va a ser así, pero algo me dice que aunque el futuro lejano sea capaz de reconducir la situación, primero atravesaremos las tinieblas. Ya veremos si somos capaces de volver.

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