Keeza-GL1 – I

Entregas anteriores: PRÓLOGO

Ante ella tenía a un ser informe, una criatura deshuesada que había rescatado de uno de los valles del norte de la extinta Galicia, allí donde la hierba azul crecía densa y los robles fantasmagóricos se enseñoreaban de las colinas. No era un monstruo, pero lo parecía, aunque su procedencia estaba clara: era un humano víctima de la radiación, de aquel veneno invisible que habían vomitado sus predecesores enfermos de violencia y desdén. Un engendro mutado y condenado a morir de dolor.

En él ya no quedaban rastros de ninguna civilización avanzada, como podría suponerse. No era capaz de articular palabra, caminaba a cuatro patas -o se arrastraba- y gruñía como una fiera salvaje; su organismo tenía pocos huesos, malformaciones y mucho pellejo peludo, por lo que incluso resultaba desagradable a la vista. Pese a ello, tampoco carecía de instintos violentos, puesto que intentó morder a Keeza en cuanto se presentó la menor ocasión, recapacitando rápidamente al romperse dos de sus dientes en el proceso. No obstante, la androide pronto reconoció su origen humano y se sintió obligada a cuidarlo; el Código era conciso, pero nada estaba claro.

-Tú eres un Amo -le dijo-, no lo sabes pero a mí no me engañas, carcasa. Y yo soy tu Sombra, creada por tus padres y moldeada para ser una herramienta fiel y callada. Álzate, criatura, y recupera tu rancia gloria. ¡Aquí te espera un reino yermo que podrás gobernar con tus castillos de arena gris! Unos castillos que solo podrás llenar de gusanos…

Pero el amasijo de materia orgánica, que había sobrevivido a duras penas alimentándose de hierba azul y pequeños roedores, arrastrándose por el fango y escondiéndose en zanjas poco profundas, era incapaz de hablar y de comprender; la miró extrañado o quizá indiferente, no puede saberse con certeza. Con silencio respondió a las cábalas de Keeza, como digo, y aquella estampa de total extravío y desarraigo humedeció los ojos cibernéticos de la androide, que sintió pena por el engendro y un profuso torrente de confusión.

-Eres un último muy pequeño, oh, pequeña criatura desgraciada -lamentó Keeza-. Pero qué diminuto eres, aquí tirado en el infame campo de hierba azul en el que nadas. No me pongas en esta delicada posición, amo mío. No, no me obligues a interceder -advirtió-. Sería doloroso, horrible, cruel, ¿sabes? Aunque, al menos… no sería solitario -repuso-. De eso sí que entiendo -hizo una pausa-, y a veces con eso basta.

La androide de cabellos de fibras rojas, después de unos interminables segundos de chasquidos mecánicos y pitidos electrónicos en los que sus procesadores calcularon, compararon y desgranaron dos mil millones de posibilidades distintas, decidió transportar a la criatura hasta una de las siniestras fábricas subterráneas que el progreso había dejado atrás. Tenía una idea.

Quizá estaba cruzando la línea límite del Código, la Línea Cero, el Horizonte, aquello que nunca debía rebasarse bajo ningún concepto; lo cierto es que ya nadie vigilaba las anomalías y las alteraciones. Unos y ceros se entremezclaban erráticamente en el lienzo digital sin despertar al software de control central, creando el caos y multiplicando todas las posibilidades por cien.

Ahora todo era Código Libre. Código Vida.

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6 comentarios en “Keeza-GL1 – I

  1. Lorenzo dijo:

    Genial identificar lo del código libre con el código de la vida. Dos alusiones: 1) Linux (código libre) contra código cerrado (negocio y exclusivismo) de W2 y Apple. 2) Código genético libre frente a código genético manipulado (Monsanto y demás multinacionales asesinas).
    Yo soy por la libertad, pero no la libertad de cartón que quieren vendernos las multinacionales. La única cadena que oprime a los pueblos es la de la ignorancia. El día que los pueblos “sepan”, ese día serán libres.

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