De hoy en diez mil millones de años

Tengo una extraña “facultad”, y es nada menos que la habilidad de abstraerme en una estampa natural y viajar desde el plano panorámico hasta el plano atómico de la susodicha escena. Así, sin comerlo ni beberlo, una fuerza más allá de mí me impulsa a experimentar la vida y la inmensidad, y maravillarme por ello; veo una de esas lunas del verano, hinchadas de gloria en la noche estival, si acaso cortejadas por nubes desperdigadas, cortadas en pedacitos, y me imagino su textura amarillenta, el tacto alienígena y singular que supondría caminar descalzo por su tierra desnuda.

Veo las nubes que la circundan y mis pulmones respiran el frescor de sus siluetas de profusa imaginación. Ese cielo zafio que a veces nos sorprende, cuando solo tiene un color y es plano y pulcro en demasía, se convierte gracias a ellas en un mosaico de posibilidades y reverberaciones, en la multiplicación de las facetas en un millar de tonalidades y formas imposibles, magnificadas más si cabe por la luz selénica. ¡Y qué luna tan grande y amenazante que se cierne sobre nosotros, en su febril rodeo, en su éxtasis gravitatorio, con su rostro orondo y sus cráteres rugosos!

Cada vez que experimento estas sensaciones de hermanamiento natural, en lugar de sentirme pequeño me siento parte del continuo; un algo más, divisible y no por ello inconsistente. Sé que mi vida es corta, efímera, y no obstante no me causa congoja, solo asombro y expectación; me hubiese gustado ser inmortal no por disfrutar de una vida larga, sino por presenciar el cambio y el futuro en mis propias carnes, observar las transformaciones naturales, la creación y disolución de océanos y cordilleras, puesto que las derivas sociales me importan más bien poco. ¿Os habéis detenido alguna vez para ver lo rápido que viaja el sol, lo rápido que oscilan las sombras que proyecta su luz ardiente? ¡Ahí está la medida de nuestro tiempo, lo breve y espídico de la existencia humana!

Confieso que me fascina en grado sumo la evolución tectónica y la deriva cósmica, la cual me gustaría ver a cámara rápida desde una posición elevada. ¿Dónde estarán mis restos dentro de diez mil millones de años? ¿En una piedra? ¿En un árbol? ¿En un pedazo de planeta reventado, vagabundo en un cosmos frío? Es un tema recurrente del que hablo a menudo, lo sé, pero estas cuestiones me asaltan en el momento más inesperado, cuando me sirvo un vaso de agua y observo el bamboleo del líquido, aprisionado por el vidrio del recipiente. O cuando la luz que entra por las rendijas de la persiana se desparrama por la pared de mi habitación. A veces es un momento largo, otras es una fracción de segundo, pero soy consciente de ello.

Yo no soy religioso, no creo en ningún dios, en ningún ente, creador o espíritu. Para mí todo es lo mismo, todo ser y no-ser está conformado por las mismas piezas, cambiando únicamente la colocación de tales ingredientes; ¿para qué establecer paradigmas de división y discusión? Esto me ha llevado a elaborar una ocurrencia, una idea poética si acaso: hace un año y medio adopté un gato de una protectora; al principio fue una decisión algo apresurada y cuyas consecuencias no había medido bien. Después de superar el choque inicial, he de confesar que lo quiero un montón y que Sonic es parte de mi familia. Con este pequeño compañero he desarrollado un vínculo muy fuerte, tan fuerte que muchas relaciones humanas palidecen en comparación. Esto me ha llevado a pensar y decidir cómo me gustaría abrazar el olvido, cuando llegue esa infame y obscura hora: que mis cenizas y las suyas, de dos criaturas de distinta madre y especie, incapaces de hablar un mismo idioma, reposen juntas para la eternidad, en una vasija o en un mismo hoyo. Quizá que planten un árbol encima y esa vida vegetal se nutra de la sustancia gris de dos luces apagadas.

Evidentemente, todo caduca, todo se marchita, todo se desvanece y hasta las estatuas se desintegran en polvo volátil; capaz de volar, pero encadenado a una fuerza abismal y primigenia como es la gravedad. Pero, ¿acaso esta no sería una bonita manera de proyectarse hacia el infinito? Mezcladas, nuestras cenizas viajarían juntas por un tiempo; posiblemente, acabarían repartidas en arroyos o montañas, alimentando cuerpos vegetales o surcando un planeta Tierra en continua transformación. Seguiríamos hermanados por mucho tiempo, como esas veces que Sonic duerme entre mis piernas de noche o busca mi mentón para darme un lametón; juntos hasta que la dispersión universal sea tan inmensa e impostergable que esos dos montones de polvo exánime se vean obligados a despedirse y separarse.

Y luego, incluso más allá de la destrucción de este propio planeta, de este sistema solar, otro universo de posibilidades aguardaría en la frontera. Y quizá, en diez mil millones de años, podríamos volver a encontrarnos…

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7 comentarios en “De hoy en diez mil millones de años

  1. Lorenzo dijo:

    Ayer viajaba en tren por un pequeño valle arbolado, seguíamos la línea del río. Jugaba al ajedrez con la aplicación del teléfono, cuando tuve una visión. Supe entonces que me quedaba poco tiempo de vida (pero el tiempo es relativo, lo mismo se trata de un par de meses que de veinte o treinta años) y que después de muerto sería una nube errante que viviría a orillas de este mismo río, entre los árboles del bosque. En mi visión reconocí las impresiones de esa nube-espíritu. No todas, pero un buen atisbo de ellas: eran sensaciones de una felicidad inconcebible para los humanos. El hecho de flotar por encima del agua del río al amanecer, de bajar una pendiente, de tocar el liquen adherido a las rocas, de “dormitar” entre las ramas de un viejo cerezo y de visitar el interior de una fábrica en ruinas eran motivos de tanto júbilo que no lo puedo describir. Conmigo había miles de seres errantes, como yo, y con ellos me comunicaba. Contemplábamos a los humanos y teníamos la facultad de viajar en el tiempo. De modo que yo, nube-espíritu, venía a verme a mí mismo cuando viajaba en ese tren pensando que pronto iba a ser una nube-espíritu. La sombra que veía en el cristal era el yo del futuro, el yo del más allá.

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  2. Lorenzo dijo:

    (II) Continúo con esta visión: Las nubes-espíritus, dotadas de conciencia, que comunicaban entre sí y se sentían en estado permanente de plenitud, podían elegir, sin embargo, volver a la materia y renacer en otro cuerpo, humano, animal o planta. Muchos no querían renacer pero había una razón de peso: el remordimiento. Las nubes-espíritu que sentían remordimientos se veían obligadas a renacer en otra persona (o animal) y darse así la oportunidad de expiar faltas y corregir errores del pasado. Otras nubes-espíritu sentían curiosidad por ser una abeja, una margarita, un tulipán, un delfín… Y después de haber sido lo que ellas elegían recuperaban la forma de nube-espíritu. La mayoría de nubes-espíritu estaba agobiadas por los remordimientos, por lo que se veían obligadas a “bajar” a la tierra y recuperar la forma humana. ¡De nuevo una galera de vida de hombre! En mi visión pensé: “estás haciendo las cosas con torpeza pero bien, con un poco de suerte te irás a la tumba sin remordimientos y luego no tendrás que volver a nacer.”

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    • Esa visión me recuerda mucho al concepto del karma, la reencarnación y el camino al Nirvana. En el fondo, es sencillo obviar las barreras materiales y sentirse parte de la nube, el enjambre de átomos y moléculas que lo une todo. Si dejamos de luchar por pequeños feudos, podríamos soñar con la inmensidad.

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  3. Felicidades por tu entrada, muy muy interesante. Me ha gustado mucho la reflexión sobre como debe ser caminar descalzo por la luna, nunca me lo había planteado. Yo también soy una mente soñadora capaz de abstraerme con simplemente mirar una ventana de una casa abandonada, ténuemente iluminada por la luz de la luna. Te invito a pasarte por mi blog, en él escribo reflexiones y pequeños relatos
    http://mimundoymisideas.blogspot.com.es/
    Un saludo
    Neus

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    • Siempre he considerado mi imaginación como una baúl lleno de tesoros. A veces discurro bromas, relatos hilarantes, a veces viajo a otros planetas y me imagino cómo sería estar allí, desde un plano sensorial. Los humanos tenemos este potencial y mejor está usado en cosas hermosas que en hacer la guerra. Así que, unos pocos, resistimos.

      Directo me voy a tu blog, a ver qué tienes por ahí. Un saludo y muchas gracias por pasarte y comentar.

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