John Knock, Detective Privado – I

El humo del cigarrillo era denso y apestoso. A John Knock no le gustaba el tabaco ni lo más mínimo, pero sabía de sobra que si no fumaba, no tendría clientes, así que todas las noches, acompañando el pitillo con un vaso de whisky -a rebosar de hielo- y mucha hosquedad, aparentaba ser un tipo muy duro y muy chungo en la desgastada barra del bar Siletto. Tal conclusión no atendía a razones puramente lógicas, sino a su ágil y aguda intuición de detective; en más de una ocasión, sus corazonadas habían resuelto casos en apariencia imposibles de resolver como el de Kerry y las 3 Picas.

Eran algo más de las dos de la madrugada y fuera llovía con intensidad anormal; su cliente se retrasaba. El local en el que se encontraba era oscuro y viejo, y apestaba a tabaco, sudor y alcohol. Las paredes estaban revestidas de madera oscura, lo que le daba cierto aire de taberna irlandesa, y a veces tenía lugar alguna actuación musical en el discreto rincón destinado a tal efecto, pero sin que ello supusiese perder jamás el adjetivo de tugurio. En una mesa del fondo, sumida en penumbra, cuatro borrachos jugaban al póquer y escupían juramentos muy imaginativos. John escuchó cómo uno de ellos encadenaba no sé qué de la madre de otro con una felación a una tortuga, a lo que el aludido respondió con una virtuosa combinación de las palabras testículos, caja de bombones y hospital. En el fondo, todos los borrachos eran poetas.

El barman, un tipo muy delgado, con bigote fino y la cara tan picada por la viruela que parecía un colador, se afanaba en limpiar la barra con un trapo engrasado, dejándola reluciente y, de paso, con ese característico hedor a humedad y poca higiene. John recibió el pestazo como un puñetazo en la boca del estómago y estuvo a punto de vomitar.

-Buag… otra jodida noche de perros -masculló entre dientes, disgustado-. Cómo odio esta puta ciudad y este puto antro.

En realidad, el detective J. Knock nunca había salido de ella en sus treinta y cinco años -muy mal llevados por cierto-. Su vida entera se comprendía entre las desordenadas calles y los estrechos callejones de aquella ciudad imaginaria, Nueva Rim, entre sus gentes apáticas, taciturnas y ensimismadas. Era un lugar peligroso y desgraciado, pero era su hogar.

Una vieja canción de Billie Holiday, Strange Fruit, sonaba en el desvencijado tocadiscos de la entrada cuando la puerta principal se abrió con ímpetu y el viento aulló como un perro callejero. Al cabo de un par de segundos entró una figura de generosas carnes, amplia, cubierta con un abrigo largo y empapado. Era una mujer morena, de ojos azules, gruesa, alta y de piernas largas.

John Knock la reconoció inmediatamente y le hizo una seña con la mano, reclinado como estaba sobre la barra, con el vaso de whisky a un lado y el sombrero al otro. Seguía sin comprender el motivo por el que la señora Lawson quería discutir el asunto en un bar, pero el trabajo de detective consistía en observar la mayor parte del tiempo, retener la máxima cantidad de información posible de las personas y los hechos para elaborar hipótesis y resolver misterios; Megan tenía su atractivo… y su misterio.

La clienta se acercó con un taconeo rítmico, mientras se quitaba el abrigo y acomodaba su largo cabello negro mojado, que le caía en cascada por los hombros desnudos. Llevaba un vestido rojo muy provocativo, de esos que dejan poco a la imaginación, que magnificaba su voluptuosa figura, aquellos pechos rebosantes, aquellas caderas diseñadas en la mente del diablo. Y su rostro, de tez pálida, era el lienzo perfecto para dos ojos tan azules como un lago paradisíaco.

-Detective Knock, disculpe la tardanza… -su voz era terciopelo, su mirada seda. Las pausas, bien pensadas.

-No se preocupe, siempre hay algo en lo que ocupar la mente, señorita Lawson -respondió, desnudándola con los ojos y paseando la lengua entre sus dientes-.  Tome asiento y explíqueme cuál es el problema con su marido Jerry.

Megan tomó asiento a su lado, complacida, aprovechando el movimiento para pegarse bien a él y rozarlo con descaro. Su cercanía olía a perfume del caro y por el escote se deslizaban unas cuantas gotas, condenadas a la hendidura ardiente de sus pechos. Aunque la sociedad repudiaba la obesidad, John Knock sintió que se le ponía realmente dura y se removió incómodo, temiendo quedar en evidencia.

-Dígame entonces, señorita Lawson, ¿para qué… necesita mis servicios? -le preguntó, mirándola fijamente a los ojos-. ¿Su marido no cumple sus deberes maritales? ¿La golpea? ¿Le es infiel? -barajó-. Cuénteme su historia.

Le dio un trago al vaso de whisky sin bajar la mirada, mientras fantaseaba con algo muy sexual y la sangre abandonaba su cabeza.

-Ahora le explico, detective Knock, pero antes de ello espero que me sirvan una copa -sonrió-, para acompañar esta triste narración. Me bebería cualquier cosa de la sed que traigo… Y eso que vengo toda mojada. Mire, mire -le insistió- compruébelo usted mismo.

Se pegó a él y, al decir esto, le cogió la mano al detective y se la llevó a la cintura. John percibió el vestido empapado bajos su dedos y permaneció inmóvil. Estaba bien mojada, vaya que sí, pero también se sentía cálida, suave, hirviente… Toda consideración moral empezaba a desdibujarse bajo el aguacero erótico.

-Calada hasta los huesos… -repuso ella, robándole el pitillo de las manos y llevándoselo a la boca. Le dio una profunda chupada, recreándose en las sensaciones de sus labios e inundando sus pulmones de humo tostado; parpadeó con gracia y luego le echó el humo en la cara con lentitud y sutileza, a la par que se apretujaba un poco más contra él-. No tendrá usted un pañuelo a mano, ¿verdad? -le susurró al oído.

John extrajo de su bolsillo derecho un pañuelo de rayas azul marino, con su nombre bordado en una esquina, y se lo tendió. La señorita Lawson lo cogió con delicadeza y empezó a secarse las gotas de su cuello y de su pecho.

-Es usted todo un caballero, todo un caballero -agradeció.

Pero el detective tenía la vista nublada y el pantalón demasiado tenso como para darse cuenta de ello.

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9 comentarios en “John Knock, Detective Privado – I

  1. Lorenzo dijo:

    ¿Nadar en el whisky o en las carnes de una buena moza? Este detective respondería que los dos, y aún nadar bajo la lluvia, dos gramos de alcohol encima y la buena moza al lado. Esperemos que al final la cuenta no sea demasiado cara.

    Le gusta a 1 persona

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