Acumulación y Dispersión

A veces me paro a pensar en qué será de todos esos objetos que acumularé a lo largo de mi vida. Evidentemente, cuando fallezca, mis herederos legales -de haberlos- se encontrarán con un montón de libros, películas, CD’s, DVD’s, Blurays, ropa, cacharros, etc., y ninguna idea de qué hacer con toda esa “basura”. Lo que para mí tiene cierto valor en el presente, para ellos no significará nada, más allá de una carga que gestionar, y es posible que acaben guardando estas preciadas pertenencias en un desván polvoriento o en los holgados contenedores de basura que copan las calles de nuestras ciudades.

Este pensamiento, no obstante, tiene su función, su consecuencia reflexiva: por culpa de los valores transmitidos en la escuela y por parte de otros agentes socializadores, enfocamos la vida esencialmente hacia la acumulación, no hacia lo que verdaderamente importa. Si os fijáis, todo lo que hacemos con nuestros escasos días de existencia es ganar dinero para acumular propiedades, premisa que determina incluso la profesión que escogemos, a veces renegando de aquello que de verdad nos apasiona. ¿Y qué puede esperarse de un profesional que ejerce su trabajo a desgana? Siempre he pensado que aunque hay muchas carreras sin “salida”, será más fácil destacar en aquello que amas que en aquello que haces de mala gana.

En muchas ocasiones, esta acumulación de dinero es dolorosa y frustrante, del mismo modo que la tenencia de esas propiedades nos lleva al miedo a perderlas; somos doblemente esclavos del capitalismo y de este consumismo que todo lo embarga, idea que podría extender mucho más de ser necesario. Pero, para bien o para mal, nuestras pertenencias se quedan atrás, en este mundo infinito, incluyendo nuestro organismo -arrendado a la Tierra-, a merced de los ácidos elementos; todo ello preparado para ser trillado y refundido en las fauces cósmicas; reciclado y reutilizado para otros fines, marginados y secesionados enteramente del concepto humano de dignidad.

¿De qué sirve pues subyugar nuestra mente y nuestro cuerpo a la acumulación de bienes y dinero? ¿Qué valor puede tener todo ese esfuerzo y sufrimiento, el desarraigo vital, el expolio de recursos, la guerra, el machismo imperante y la alienación de los pueblos? Creo firmemente que la felicidad y la libertad radican en depender menos de los bienes materiales o, en su defecto, no desarrollar excesivo apego hacia los mismos. Esto contraviene los preceptos de ese ente grupal al que a menudo llamo “sistema“, y ese sistema actúa como un cuerpo de defensa ideológico: atacará lo que no actúa de acuerdo a las reglas impuestas, al que quiere salirse del código, al que no quiere hincar la rodilla y tiene el atrevimiento de discrepar. Una persona que no tiene nada que perder, que no entra en el círculo de esclavitud magnificado por la red económica mundial, es enteramente libre porque actúa sin ser movida por el miedo.

Para los poderosos, para aquellos que gobiernan el mundo sin conciencia, que están dispuestos a liquidar naciones si conviene, que están dispuestos a matar inocentes si compensa, que están dispuestos a talar bosques si es rentable… ¿qué puede ser más peligroso que una persona sin miedo? ¿Y un grupo de personas sin miedo? ¿Y una sociedad libre? Ellos saben de sobra que no hay mejor dictadura que aquella que se instaura con la participación de los ciudadanos; cuando todo el mundo contribuye, no hay temor al colapso, a la rebeldía: son todos hermanos de batallón. Para ello, hay que arrebatarle al pueblo su identidad y su libertad, convertir a la masa en ganado que consume y no piensa, borrar su espíritu de lucha con el hartazgo material, repetir una y otra vez ideas rancias en la televisión.

Considera, por un momento, que todo esto que haces en creída libertad, tus opiniones publicadas en la red (blogs y redes sociales), tus actividades en privado, tu trabajo o tus compras, tus movimientos aparentemente nacidos del libre albedrío, siguen teniendo lugar dentro de la jaula; no hallarás remanso de paz, lejos de la zarpa del capital. Vigilado y controlado, consumidor de lo que oferta el sistema, incluyendo sus ideas (las unas y las otras). Conducir un coche y llevar un móvil encima 24 horas al día no es libertad; mirar todo el día una pantalla en lugar de mirar a las personas a los ojos, no es ser sociable; utilizar ciertas palabras aparentemente inocentes pero en el fondo manchadas, no es conocimiento; adoptar y repetir ideas sin someterlas a previo análisis, no es inteligencia; todo esto es, si me permiten la palabra, colaboracionismo.

Nunca viene mal hacer un alto en el camino y reflexionar sobre todo esto. Nada malo puede pasar por mirar una situación desde otro ángulo y considerar todas las posibilidades.

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7 comentarios en “Acumulación y Dispersión

  1. Lorenzo dijo:

    A esto que dices hay que añadir el grado de estupidez al que estamos llegando. La imbecilidad se apodera de los ánimos hasta tal punto que se convierte en algo inédito, nunca antes visto. Antes decíamos “el tonto del pueblo”, y eran uno o dos de cada cinco mil habitantes. Ahora, cuando salgo a la calle, solo veo tontos del pueblo o, mejor dicho, tontos de ciudad, aún más ceporros que los primeros.

    Le gusta a 1 persona

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