Las Voces Mudas

Soy uno de entre muchos, una voz que reverbera enterrada bajo la quietud estruendosa del siglo XXI. A diario pienso sobre los acontecimientos que desgarran este planeta pero no siempre me encuentro de humor suficiente -ni con tiempo- como para regurgitar algún tipo de escrito al respecto. Tal es la magnitud del hastío que se ha gestado en mi psique, que mi antaño exacerbada hostilidad argumentativa hacia un sistema injusto se ha diluido en una resignación indoblegable y muda. Por decirlo de otra manera, vivo encerrado en una burbuja que flota en un océano corrosivo, en precario equilibrio, obteniendo lo que necesito para sobrevivir pero sin hincar la rodilla… mas pude ser uno de esos que luchan en primera línea por algo; un algo que no sé qué es ni para qué vale.

En la adolescencia más temprana encontré inaceptables muchas circunstancias que el común de la sociedad daba por inalterables, determinadas y permanentes. En esos años de especial aislamiento geográfico en un entorno rural alimenté las hiedras de la rebeldía y cultivé todo aquello que hoy me permite observar con otro tipo de mirada y pensar con otro tipo de lenguaje, obteniendo por el camino infelicidad y la certeza de que jamás conocería tal estado. Escribía a diario, relatos y reflexiones que retroalimentaban mis pareceres y conclusiones; el mundo no podía estar bien, no funcionaba con lógica. Ante cualquier noticia o acontecimiento, mi lectura o análisis del hecho en cuestión siempre recaía en un detalle del que nadie hablaba o que no era de manifiesta evidencia; me hice asiduo del subtexto, de los renglones vacíos entre líneas que decían mucho más que la verborrea incontenible y tautológica de los medios de comunicación. Hay tantas carencias en las oraciones de los exponentes públicos que me maravilla el efecto que esos exiguos discursos tienen en las masas.

El acceso, años después, a Internet, y la propagación en paralelo de programas de tertulia política (y de actualidad) en televisión, acabó por desplazarme del borde exterior al negro abismo que se encuentra más allá del muro. La desinformación por falta de información se transformó en una oleada de información desinformativa. Las noticias sesgadas dieron lugar a los tweets sesgados, sacados fuera de contexto, pobremente escritos y de pobre calado. La tarea informativa de los medios acabó por contentarse con un puñado de caracteres y la proyección espídica de imágenes trágicas, alentando la parodia, las escenografías, las mentiras todavía más descaradas si cabe. Me di cuenta de que tanto mis opiniones como las de muchos otros eran ecos de voces previas, voces diseñadas; que el libre albedrío consiste en ser portavoz del código de programación social vigente. Incluso los argumentos rebeldes de antaño y de hoy han sido plantados con diligencia por sagaces estrategas para encaminar la corriente, de modo que leales y disidentes discurriesen de acuerdo a los arreglos previos.

Desposeído de un lugar en la tierra, que pertenece a unos pocos locos suicidas, y del sueño utópico de encauzarla hacia horizontes más justos, torné mis aspiraciones a lo inmediato, a un radio de acción que solo comprendía el presente y que condenaba al futuro y al pasado al puro teorema. A la no existencia. Nunca estuvo ni estará, ni un ayer ni un mañana, entre mis secas manos. Sin embargo, la rutina cíclica que parece emborronar las fronteras temporales, que otras personas integran en sus vidas sin un segundo de consideración y que justifican todo lo que ocurre con un lapidario “es lo que hay”, actuando como vectores de expansión de trayectos e inercias previas, a mí me resulta rayana en algo que podríamos emparentar con el absurdo.

No hallo gravedad ni relevancia en los hechos mundanos; no hallo placer ni orgullo en el éxito laboral; no hallo emoción en las emociones, sabedor de la intensa programación e ingeniería social que las corrompe… Solo veo lo que vería un espectador observándose a través de una pantalla, observando su vida en tercera persona y casi hasta desprovisto de cualquier empatía hacia el protagonista; convertido en un producto, un remedo, una tuerca de un engranaje oxidado. Sé que todo lo que hago y pienso no emana de mí. ¿En qué me deja eso? Más a menudo de lo que me gustaría me veo fuera de la situación en la que me encuentro y concluyo que es irrelevante y sumamente prescindible, asediado por una retahíla de insólitos “¿para qués?”.

Por desgracia, no puedo eludir la sombra que me persigue, esa certeza de que lo establecido por la sociedad es una llana farsa, un conjunto de regulaciones, leyes y costumbres crepitantes, oscilantes. Indiferentes. Soy incapaz de establecer como destino para mi camino objetivos tan distantes en el plano conceptual como desvivirme por un ascenso, replicar la fórmula desactualizada del matrimonio, tener descendencia para verla morir en una guerra o de hambre o, ya puestos, dejar huella en este planeta. ¿Huellas en la arena como Ozymandias?

Pero, aún con todo esto, aún con la indiferencia, el silencio, la distancia y la escarcha, ¡cuánto dolor me produce asistir a los actos de terror, la impunidad y corrupción política, la avaricia estructural que se propasa más allá del mero objetivo de tener una empresa rentable, la indiferencia hacia la vida! Si ya de por sí nada de esto tiene aparente sentido, tener que aceptar que la vida y la muerte se han visto reducidas a una comparsa de palabras en una página del periódico o en una pantalla de televisión no puede ser bueno.

Doscientos muertos en un bombardeo, trece atropellados en un ataque terrorista, miles de inmigrantes sin patria y sin mayor patrimonio que unas suelas rotas… Siete mil millones de espantapájaros desgranándose atómicamente, segundo tras segundo, para toda la eternidad. ¡Ay del polvo que cabalga el viento, ay de todos esos caballeros en armaduras doradas, aborreciblemente huesudos! ¿Cómo es posible que el talento y el ingenio humano nos hayan llevado hasta este perpetuo intersticio de dolor y destrucción? ¿Qué demonios controla nuestros pasos? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Para qué?

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3 comentarios en “Las Voces Mudas

  1. Yo diría que se da un cúmulo de circunstancias. Los que dirigen el mundo viven un infierno y este infierno lo transmiten a sus súbditos (ese rebaño dócil, obediente, esos siete mil millones de cabezas de ganado). Nos programan desde el principio, y abandonar esta programación es tarea ardua, que puede durar años. La mayoría ni siquiera lo intenta. Si acaso lo consigues, te encuentras con el ostracismo, el rechazo de los otros solo por ser diferente y pensar diferente.
    El mundo que hemos creado es un atolladero al aplicar los instintos de posesión, dominio, beneficio… a tecnologías nuevas, que permiten auténticas calamidades.
    El problema del progreso es que requiere una madurez mental; si no hay madurez el progreso se convierte en un arma de doble filo, que actúa contra el propio ser que lo ha creado. Es como si le hubiésemos dado una pistola a un niño. ¡Demasiado peligroso! El ser humano actúa como ese niño que dispone de la tecnología para destruirse a sí mismo y a los demás seres vivos que pueblan el planeta. Y lo peor de esto es que ni siquiera lo reconoce, aplica sistemáticamente el «esto es lo que hay». Llegará al punto del no retorno y entonces será demasiado tarde, no habrá arrepentimientos que valgan.

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    • Con lo breve que es la vida, parece mentira que nos comportemos de esta manera. Somos bombillas incandescentes con fecha de caducidad y nos pasamos la vida iluminando una celda; pero llega un momento en el que se acaba el combustible y no queda nada más que un cascote hueco. ¿Qué legado vamos a dejar?

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  2. Siempre admiro tu prosa Oscar, aunque sea tan pesimista como la de este artículo.

    Pues hay que seguir luchando. Yo lo llevo haciendo toda mi vida y encontré en mi blog y en Amanece Metrópolis un desahogo para expresar mis opiniones.

    Hoy, formo parte de Podemos Recuperar Badajoz, grupo con el que obtuvimos tres concejales en las pasadas elecciones municipales en Badajoz y de hecho coordino uno de sus grupos de trabajo. En concreto dedicado al pequeño comercio, desarrollando un plan de dinamización de este. Tenemos gente en la calle realizando encuestas, organizamos debates al respecto. Y, por lo general, intentamos hacer cosas por el bien común de los ciudadanos y la ciudad de Badajoz. Ni te quiero decir de dónde sacamos el tiempo para ello. La mayoría trabajamos y, como decimos por aquí, “nos lo quitamos del pellejo”. Pero, ¿qué vamos a hacer?

    Algún amigo me dice, de cuando en cuando, si me merece a la pena a mi y a otros de mi equipo “complicarnos tanto la vida”, sin tener necesidad expresa de ello. Yo siempre contesto lo mismo: “Alguien tendrá que hacerlo”.

    Un saludo y ánimo Óscar!!!

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