La Utopía Dorada – Prólogo

Era ya primavera y los días crecían alegremente, después de un invierno largo y frío plagado de heladas y depresión oscurantista. El mundo vegetal se había revolucionado con los cambios ambientales y una espesa nube de polen flotaba continuamente por el aire, barnizando las aceras, el mobiliario urbano y los coches con una capa de tono amarillento, que lejos de asemejarse a la mugre decadente de una mansión abandonada tenía mucho de cálido; un pulso vibrante y fogoso. Era una época distinta, una época que insuflaba ánimos renovados y pensamientos de libertad incuestionable, que invitaba a ser positivo y dejar atrás lastres pasados; sin embargo, nada existía libre del yugo intrínseco a los ciclos naturales.

Vivir en aquellos tiempos podía ser una fuente natural de dicha, sobre todo si uno se contentaba y no pensaba; respirar a pleno pulmón y cerrar los ojos, acariciar a un ser querido al atardecer… Pensar lo menos posible siempre había sido el ingrediente principal de la felicidad humana; la negación, la huida, la extracción lacerante de la cruda realidad y la travesía a la utopía dorada: ahí estaba la clave. Entonces, quizá era el momento oportuno para abrazar lo que la naturaleza esperaba de los individuos y continuar con el vals, seguir girando, seguir el ritmo de un saxofón inexistente que marcaba el tempo de cualquier acontecimiento.

Pero Leo no era así; Leo era un apátrida, un ciudadano del siglo XXI que no reconocía ni aceptaba la disposición circunstancial de sistemas, fronteras o conceptos. Leo era capaz de sentarse en un banco del parque y dejar que el polen lo recubriese hasta hacerlo parecer una estatua inerte. Debajo del candor vigoroso de la primavera, Leo sentía la estruendosa corrosión, el tic tac imparable de un reloj de óxido en cuya curvatura demencial yacía una condena firme.

Tenía treinta y tantos, un trabajo estable y muchas amistades, pero lejos de preocuparse por cuestiones mundanas, Leo se preguntaba en qué momento había dejado de ser un joven con sueños y se había convertido en un adulto al que solo le restaba seguir hacia delante. ¿Cómo era posible que su cuerpo, una vez niño, se hubiese transformado en aquella criatura adornada con surcos, arrugas, flacidez y ausencia de aspiraciones? A menudo, en sus paseos, meditaba sobre conceptos tan dispares como la ausencia o el envejecimiento a cámara rápida y, por más que quisiera, no podía apartar de su mente la imagen de una rosa floreciendo y marchitándose en cuestión de segundos. En resumen, era la sombra de la muerte la que lo perseguía sin denuedo, y era esta una sombra capaz de manifestarse en multitud de formas y colores.

A veces, este enigmático personaje pensaba que quizá la pareja que había escogido era parte del problema. O, mejor dicho, que no le suponía ningún problema, que después de la pasión inicial las emociones habían cristalizado en una indiferencia connivente y cómplice, magnificada por el pragmatismo y la desidia de Azalea. Quizá bajo otras circunstancias, quizá con otras personas… ¿Quizá qué? ¿Acaso no sufrían todas las parejas el mismo destino? Bien podría echar raíces y rendirse, cerrar los párpados y ser engullido por el piélago de pétalos cósmicos; envejecer y morir sin haber hecho nada. Incluso su antaño insaciable deseo sexual había evolucionado hacia la impecable ejecución de cópulas mecánicas, dignas de cualquier estudio científico, aséptico y seco; sin emoción. ¿A esto había llegado todo sueño y aspiración juvenil, a la indiferencia?

Y aquella tarde, mientras hilvanaba fogonazos sobre el devenir del tiempo y los baldíos emocionales, sentado en un banco a la sombra, mientras observaba distraído el errático paseo de una paloma callejera, reparó en una silueta que cruzaba la calle en su dirección. Era una mujer de cabellos rojos, posiblemente en la cuarentena. Se fijó en ella con disimulo, perfilando mentalmente su silueta con unos ojos que veían algo más que una simple mujer. Era atractiva y de caminar seguro, con esa expresión en la cara que deja translucir muchos desencantos y una estoica resignación a seguir hacia delante; las mujeres maduras le fascinaban porque las asociaba a una autosuficiencia embaucadora. Ahora se daba cuenta de que ya la había visto más veces, sí, puesto que ambos trabajaban por la misma zona y se cruzaban a menudo, aunque eran desconocidos mutuos, indiferentes en la réplica muda. Nunca hasta aquel día se había fijado Leo en sus ojos, que gracias a la luz solar refulgían con una claridad atípica, hermanándolos con el color de la más pura miel; por un momento, tuvo el antojo de besarlos con ternura bajo una luna llena de abril; y el cambio se produjo. Su pulso se aceleró nervioso, prisionero de la atrevida idea de saludarla y quizá invitarla a tomar un café. ¿A una extraña?

Masticó las palabras en su boca, en anticipo de su cercanía inminente, barajando una buena frase para romper el hielo sin parecer un maníaco y, finalmente, después del ensayo mental de una sonrisa y de unos segundos que parecieron meses… se quedó callado, inmóvil, tan estático como las más vanidosas estatuas de Roma. Decidió que no diría nada, que no haría nada, que, en otras palabras, no se atrevía a dar un paso al frente. ¿Para qué? ¿Qué esperaba conseguir? Así, sus miradas se cruzaron unos instantes y luego la mujer de cabellos rojos, besada por el fuego, siguió su invariable y rutinario curso, dejando a Leo como rey indisputable de un solitario banco envejecido por los abrazos pasionales del tiempo.

Mientras ella se alejaba en la distancia, escoltada por brisas cargadas de aromas florales inculpatorios, se imaginó cómo sería yacer con aquella mujer, qué clase de pareceres tendría sobre el orden de las cosas, qué aficiones pintarían una sonrisa en su rostro inequívocamente atractivo; cómo sería despertarse en la cama con sus cabellos esparcidos por la almohada y su boca ahogando gemidos mudos de placer, encadenados entre sábanas empapadas de sudor. Incluso sintió un ligero amago de erección… ¿Cambiaría algo su perspectiva de la vida? ¿Hablarían de las estrellas tumbados en un campo bañado por la noche? ¿Se sentiría más joven, revitalizado? ¿O, posiblemente, después del encuentro volvería a acusar el vacío imparable, el empuje de un tren arrollador cargado de naderías que no se detiene en ningún andén? La segunda opción era el resultado más plausible, una vez mitigada el ansia implacable y no confesa de ser joven otra vez; un bocado jamás satisfactorio; la certeza perfectamente prístina de la fatalidad.

Leo se había hecho mayor, pero su mente aún no comprendía en toda su extensión las consecuencias de un cambio tan significativo.

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – Prólogo

  1. Una historia sorprendente. Hace tiempo leí que un personaje decía que «no podía ver a una mujer sin pensar en las posibilidades de acostarse con ella». A tu personaje le pasa lo mismo. A mí la edad que más me atrae es la vejez, creo que es la mejor de todas, a condición de haber conservado una buena salud para entonces. Con la vejez desaparecen las prisas, los agobios, todo es calma, serenidad y plenitud.

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  2. Muchas gracias, cuanto más lo leo menos me convence, creo que es muy mejorable, pero en cualquier caso es un simple prólogo para lo que vendrá después. Si avanzo a buen ritmo en la historia, habrá tiempo para afinar y retocar. Un saludo.

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