La Utopía Dorada – I (Ver. 3)

Kali

Leo trabajaba en un importante banco nacional, el Banco Pandareos Ibérica, también conocido como BPI, pero su día favorito seguía siendo el viernes y sus intereses personales nada tenían que ver con algo tan mundano como trabajar. Años atrás había llegado a la rotunda conclusión de que el trabajo era un mal necesario que los individuos aceptaban a regañadientes con el objetivo de sobrevivir a duras penas, algo sustancialmente distinto del concepto de vida digna; con frecuencia todo el esfuerzo y la dedicación se veían convertidos en un remedo laboral sin recompensa ni honor, hermanado con el esclavismo y la idiotez. No obstante, ello no le impedía ser un empleado ejemplar, puesto que detrás de toda la rebeldía subyacía una tendencia a la responsabilidad y a las decisiones conservadoras; consecuencias de una educación servil.

Así, dispuesto a afrontar el último día laborable de aquella cálida semana de abril, pensando ya en la hora de salida y en lo mucho que disfrutaría su tiempo libre malgastándolo en cualquier irrelevancia, se arregló con los atavíos propios del mundo de la banca: un traje impecable azul cobalto de confección italiana, no excesivamente caro pero resultón; una corbata a juego con rayas claras; unos zapatos negros y lustrosos de piel de calidad; un reloj suizo de brillante esfera… La edad, paradójicamente, lo había hecho cada vez más atractivo y consciente de su apariencia; conservaba su delgadez de la juventud sin apenas hacer ejercicio, pero una suave y contenida barriguilla se intuía en ciertas posiciones. A todo esto, el mejor remedio que encontró -y puso en práctica- fue la económica solución de meter panza. Pero sabía de sobra que un buen traje podía marcar la diferencia y, a decir verdad, no le disgustaba ser la diana de muchas miradas femeninas.

De esa guisa abandonó su refugio en la urbe, no sin antes darle de comer a su compañero felino, el gato Poe. Y, como todas las mañanas, caminaba con paso ligero para coger el bus; había determinado con precisión el tiempo que necesitaba para vestirse y desayunar: diecinueve espídicos minutos. En efecto, como buen operario financiero, Leo trataba de maximizar el beneficio con el menor monto inicial de inversión. Sesenta y cuatro céntimos por un trayecto de tres kilómetros y doscientos metros en bus sonaba rentable y era práctico; además le permitía escuchar un poco de música antes de llegar a su puesto laboral y observar el ajetreo urbano matutino con desgana desde una posición cómoda y pasiva.

Maletín en mano, completamente vacío excepto por tres folios y un bolígrafo elegante, Leo se personó en la parada de bus y aguardó la llegada de su medio de transporte, escuchando un poco de jazz en su smartphone. Vivía en una zona relativamente juvenil, por la proximidad de una universidad y de otros centros educativos de secundaria, así que a esa hora la parada también se atestaba de estudiantes absortos en sus preocupaciones adolescentes, con peinados clónicos y el franco anhelo de imitar la actitud del famoso de turno. Como no los podía escuchar a causa de la música, dedujo los temas de conversación con aire distraído, dotándolos además de un ritmo a juego, según la canción reproducida. Sin lugar a dudas, que hiciese un calor infernal impropio de abril no alteraba las inquietudes de la pubertad lo más mínimo, los problemas a buen seguro serían los mismos de siempre. La sociedad no había sufrido transformaciones tan radicales como para desproveer al ciudadano común de inquietudes vacuas e inertes, elaboradas para distraer y dispersar; cada época histórica disponía de sus propios mecanismos de evasión y Leo no era inmune a ellos.

Entonces, sus tremebundas cavilaciones fueron más allá y se preguntó si aquel día podría encontrar sitio para sentarse en el bus; una cuestión de importancia perentoria, como es lógico. No estaba mal viajar rodeado de la muchachada, le hacía sentirse menos viejo, menos caduco, pero no era infrecuente que los más jóvenes fueran totalmente insensibles hacia sus congéneres; se sentaban con las piernas estiradas en los asientos u ocupaban plazas extra con sus mochilas, absortos a cualquier necesidad ajena. El bucle de repetición de su vida se había vuelto tan compacto y opresivo que a menudo se sorprendía preocupándose de menudencias de este estilo, exactamente igual que haría un viejo cascarrabias con la camisa abotonada hasta arriba de todo, momento en el cual un ramalazo de reprobación mental lo reconducía a su antiguo y difuminado yo. ¿Cómo se había convertido en aquel hombre tan hueco, tan quejica, tan cínico? Podría aprovechar el trayecto para imaginar alguna historia, buscar inspiración para escribir un relato nuevo o simplemente soñar despierto, revivir su vocación frustrada de artista, que no era poco. ¿O no? Pero Kali no se lo permitiría.

¿Que quién era Kali? Eso quiso saber Leo en cuanto se subió al bus y entregó sus sesenta y cuatro céntimos perfectamente contados al conductor, un hombre regordete de pocas palabras que repartía tickets como cartas en una mesa de póquer y resoplaba de forma parecida a un toro dispuesto a embestir. Solventado el pago del viaje, se giró buscando un sitio libre y su mirada planeó por aquel tubo repleto de personas hacinadas, no hallando para su desagrado asiento libre; muchos de ellos estaban ocupados por pasajeros sin patas y con cremallera, atiborrados de libros, otros tantos por pies exiliados de las piernas ociosas de sus dueños. En cambio, pronto reparó en una mujer morena de rasgos comunes que le devolvía la mirada con una intensidad inusitada. El descubrimiento fue tan inesperado que estuvo a punto de dar un paso atrás y trastabillar, pues en cuanto sus ojos se entrecruzaron Leo experimentó una succión cósmica que tiraba de él y trató de resistirse. Se sentía atraído hacia ella en el literal sentido de la palabra. También sintió escalofríos.

El resto de los pasajeros venían empujando por atrás y el vehículo pegó un quite al ponerse en marcha, así que Leo no tuvo tiempo ni para maldecir: avanzó hacia el fondo del autobús buscando hueco, sin apartar en ningún momento sus ojos de aquella enigmática mujer, clavada de pie en la zona media del pasillo como si fuese una oficial de aduanas; un eléctrico solo de saxofón adornaba la escena dotándola de cierta inverosimilitud y ridiculez, pero lejos de poner la canción en pausa Leo decidió subir el volumen dos puntos. Aprovechó la maniobra para relajar la mirada y cortar provisionalmente el contacto visual, cosa que ella no hizo.

Kali vestía un traje de corte empresarial completamente negro y llevaba el pelo recogido en una pulcra y formal coleta larga, que planteaba la razonable duda de si trabajaba en una oficina o en un tanatorio. Podría decirse que nada en ella era excepcional, con la salvedad de sus ojos inusualmente dorados, teñidos del color del trigo en la siega, y de un colgante que llevaba al cuello con forma de cisne, posiblemente un rubí, engarzado en una montura de plata envejecida.

Leo jamás se había sentido tan invadido como en aquella ocasión, tan violado bajo el asedio continuo de dos ojos a todo punto imposibles. Cada instante que transcurría bajo su alcance atronador, su alma crujía y se retorcía, sorbida con voracidad; sus secretos más ocultos expuestos al desnudo; sus debilidades innombrables pronunciadas en voz alta. Kali había hundido sus manos en el pecho de Leo y se había atrevido a abrir la caja secreta, todo ello sin mediar palabra. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era ella? ¿Es que nadie se percataba de su singular presencia? Insisto, eso es lo que quiso saber Leo desde el primer momento. Pero, todavía sin conocer el nombre de Kali, todavía sin ser capaz de discernir si era poción o maleficio, la misteriosa figura de ojos dorados se bajó un par de paradas más adelante, dejando al banquero apátrida prendido de un hilo letal.

Al apearse del vehículo, con el andar elegante y ominoso de un felino al acecho, se quedó inmóvil en la acera, clavando su penetrante mirada en Leo. Sus finos labios dibujaban una indescifrable mueca, semejante a una media sonrisa, mientras se hacía cada vez más diminuta en la distancia… La siguiente canción de la lista sonó grave, melancólica, sutilmente amenazante: el saxofonista había tenido un mal día y su oscuridad interior se apoderaba de las notas. Aquella sinfonía estaba sazonada de amargura, el paladar protestaba al contacto; sabía a arena tostada y no presagiaba nada bueno.

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – I (Ver. 3)

  1. La mujer es enigmática. A veces tropieza uno con alguien y tiene la impresión de que lee en su alma como si fuera un libro abierto.
    El capítulo está muy bien escrito, magníficamente ambientado, con su dosis correcta de intriga, humor, reflexiones… La novela puede convertirse en un tira y afloja de sentimientos, el protagonista no debe ceder en lo principal, que es su esencia en tanto que persona, su identidad.
    Pero la tarea se presenta dura cuando la rutina se instala, adquiere hábitos, pierde la fuerza de la juventud y las ilusiones de la infancia.
    ¿Qué ocurrirá con esa mujer? Sabemos que habrá una segunda vez, puesto que el narrador sabe que se llama «Kali», aunque el personaje no lo sepa aún.

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