La Utopía Dorada – II (Ver. 2)

Katherine

El día había empezado de forma atípica, con un hecho singular e imprevisible que rompió la quietud atronadora de la monotonía semanal. Luego de bajarse del bus, aún con la misteriosa imagen de Kali retumbando en su mente, caminó un breve trecho hasta la oficina en la que trabajaba. Al igual que todos los días, se topó con Katherine poco antes de entrar; estaba dándole las últimas bocanas a un cigarrillo de tabaco rubio; paseaba su dedo meñique por el labio inferior en actitud pensativa y su expresión era algo más grave de lo habitual.

Katherine Glass, Kate, era una de las compañeras con las que mejor se llevaba, de cuarenta y pocos años, mitad inglesa, de cabellos rubios y ojos castaños. Tenía un puesto superior al de Leo, pues era la directora de la oficina, pero trataba a todo el personal con familiaridad y mucha mano izquierda. A decir verdad, habían conectado desde el primer momento y, por ambas partes, siempre existió una muy buena dinámica de grupo y la implícita sospecha de que se atraían mutuamente; Leo se masturbaba a menudo pensando en ella, escenificando mentalmente algún escarceo sexual sobre la mesa de su despacho o sobre la fotocopiadora… todo ello con un argumento muy típico de cualquier película porno.

No es menos cierto que la vida, aunque pueda parecer cómico, lleva a las personas a pasar más tiempo con sus compañeros de trabajo que con cualquier otra persona; ni las novias, ni los esposos, ni los hijos, gozan de tantas horas de nuestra compañía como aquellos que se sientan a nuestro lado en la jornada laboral. Por ello, no es nada extraño que de este contacto surjan emociones imposibles, a menudo prohibidas por el código interno de cada empresa.

-¡Hola, Leo! -saludó alegre-. Tan elegante como siempre, así me gusta, ¡hay que dar buena imagen a los clientes!

-¿Qué tal, Kate? -respondió Leo de buen ánimo, dejando atrás todo pensamiento sobre Kali e imaginándose acariciar aquellas largas piernas…-. ¿No te cansas de tragar humo, mujer? Con lo malo que es…

-¡Eh! ¿Y a ti qué más te da? -carcajeó-. ¿Me quieres chafar la mañana o qué? Con el buen ánimo que traía… ¡Es viernes! -palmeó eufórica; ni los directores de banco querían un trabajo de mierda.

-Pues mira -sopesó-, ya sabes que es un olor que detesto, la ropa impregnada de esa peste a tabaco que muchos fumadores llevan encima -esbozó un gesto de desagrado-. Pero hay una cosa que aún me gusta menos y que es realmente demoledora.

Leo se calló, sopesando si debía proseguir con la idea que le paseaba juguetona por la lengua o no.

-¡¿El qué?! -quiso saber intrigada.

-Pues… besar a una mujer fumadora -apostilló, con una sonrisa socarrona-. En ese momento que la sujetas entre tus brazos y las bocas se encuentran, en lugar de calidez y deseo, lo único que siento es que estoy besando un tubo de escape -rió.

Katherine lo golpeó suavemente con el puño en el brazo, esgrimiendo un gesto de falsa reprimenda.

-Así que… ¿pensando en besarme? -le siguió el juego-. ¿Cuán a menudo te pasan esas ideas por la cabeza, Leo?

-Ya sabes que no está permitido, aunque sé que me deseas -añadió, como tantos otros días-. Eres mi jefa, Kate, todo suena muy cliché si te paras a pensarlo y no te veo en ese sentido -mintió, sabedor de que la veía en sentidos mucho peores-. Pero podríamos hacer horas extra falsas, romper la ley e ir a prisión. Sé que en el fondo tienes una rebelde dentro de ti.

-¡Ya estáis otra vez! -interrumpió el recién llegado Alfredo, uno de los más veteranos de la oficina, voluminoso, obeso, de bigote grueso-. A trabajar se ha dicho, ya basta de flirteos.

-Alfredito, no te pongas así -se defendieron al unísono.

Alfredo Pastrana tenía el mismo puesto que Leo, pero sus largos años de experiencia, que sobrepasaban los cincuenta en el sector de la banca, le habían convertido de facto en el director en funciones… por la fuerza. A menudo intentaba impartir las órdenes y organizar el trabajo, si bien tales tareas no le correspondían, pero eso jamás lo había detenido ni lo más mínimo y siempre era fuente de muchas bromas y risotadas.

Poco a poco fueron entrando al lugar de trabajo, acompañados de otros compañeros que llegaban de manera escalonada, como la estirada Milagros Dobladillo y el ausente Francisco Salva, festejando el inminente fin de semana o quejándose del calor abrasador que prometía el pronóstico del tiempo. En cambio, Leo se sentó tranquilamente en su mesa, mientras seguía disimuladamente con la mirada a Katherine, recorriendo su silueta desde la punta de los tacones hasta su larga melena rubia. Ella le devolvió la mirada con una sonrisa de complicidad mientras se internaba en el despacho del director.

Lo mejor del trabajo, pensó Leo, es que desde su posición le podía ver las piernas todo el rato que quisiera, con la única barrera física de un fino cristal transparente… y una persiana corredera que solo se cerraba cuando la directora tenía reuniones. ¡Bendito fuera el excelso y diligente trabajo del personal de limpieza, porque aquel cristal era tan transparente que ni siquiera parecía existir! Incluso haciendo hojas de cálculo de préstamos con un interés escandalosamente alto, sus ojos se paseaban a menudo en direcciones muy alejadas de la pantalla, y su mente se internaba en encuentros fantasiosos sumamente tórridos.

Así, podía recrearse en la visión de aquellas piernas tan bien torneadas, en absoluto escuálidas, que hacían volar su imaginación lejos de aquella cárcel en vida; podía capturar para la posteridad la sensual pose de concentración de su jefa cuando realizaba algún papeleo de gran dificultad o parecía absorta en alguna cavilación de cariz espinoso; o cuando paseaba por el despacho hablando por teléfono… Kate tenía la costumbre de mordisquear un colgante con forma de estrella, detalle que Leo le había hecho saber más de una vez, con chistes relativos a los agujeros negros del espacio y su tendencia a sorber estrellas; pero ella era diferente, ella entendía su sentido del humor y le seguía el juego. “A lo mejor cualquier día te pego un bocado”, le había respondido. Otra cualquiera no entendería la referencia; sería una muesca más en un escenario raído por la desidia.

Realmente, no podía haber mayor desgracia que conocer a la persona de tus sueños y que resultase ser un compañero de trabajo; quedaba fuera del alcance. Un intento de aproximación estrictamente no profesional era un movimiento arriesgado, complejo, con consecuencias potencialmente devastadoras. Pero, ¿qué tenía que perder? ¿Un trabajo que no llenaba su vacío interior? ¿Una pareja que se había acomodado y ya no se esforzaba en nada? Azalea no le satisfacía ni emocionalmente ni sexualmente; ya ni siquiera daba muestras de interés en ninguno de tales departamentos, solo estaba concentrada en la rutina y el no pensar, ¡y él quería vivir y sentir otra vez llamas en su corazón! ¿Era acaso una pretensión poco realista, incluso utópica o infantil? Por ello, aquel viernes salpicado de enigmas, Leo sintió un impulso irracional. Quiso mandarlo todo al garete y dar un paso al frente, liberar la entropía contenida, el caos; besarla y hacerle muchas otras diabluras.

Sacó el móvil del bolsillo y abrió la aplicación de mensajería que usaba a diario para hablar con todo el mundo. Tenía el móvil en silencio, así que no se había dado cuenta de que Kate le había puesto un mensaje desde el despacho que decía así:

-Me he dado cuenta de cómo me miras las piernas. Creo que Alfredo también, jajaja -acompañado de un monigote que parecía un perro con los ojos como platos-. Acabaré pensando que estás enamorado de tu jefa…

Al leer el mensaje, Leo alzó la vista y se dio cuenta de que ella lo miraba con expresión jocosa desde el otro lado del cristal. Estaba esperando su reacción, pero este tipo de complicidad ocurría a menudo. Sin embargo, aquel viernes, como digo, Leo sostuvo la mirada más de lo que dictaba la cordura. Con más intensidad. Con más determinación; hasta que ella se retiró del campo de batalla, poniendo a buen recaudo sus bonitos ojos castaños. Si ella era todo lo que podía desear en una mujer, ¿qué clase de poder tenía la empresa sobre sus anhelos emocionales? ¿Y el sistema? ¿Y la opinión de sus compañeros? Alfredo meneaba la cabeza desde su puesto, consciente de los juegos infantiloides que se traían entre manos estos dos, que le habían llevado a la no tan disparatada conclusión de que los encuentros sexuales ya eran un hecho desde hace años.

-Si te digo la verdad -tecleó Leo, nervioso-, me encantaría hacer muchas cosas con esas piernas. Cosas ilegales.

Una locura. Algo así le podría conseguir una denuncia, un despido, el descrédito de su carrera. La frustración sexual le había empujado a ser una criatura mucho más hambrienta en ese aspecto, más consciente de su sexualidad y de las señales ajenas, pero él sabía bien que no estaba pescando en un lago sin peces y jamás se le ocurriría intentar lo mismo con la malhumorada Milagros Dobladillo.

Kate distrajo su atención del ordenador brevemente e inclinó la cabeza, mientras desbloqueaba la pantalla del móvil para leer la última ocurrencia de su compañero favorito. Y, en ese preciso instante, su expresión cambió. Quizá releyó un par de veces más el mensaje y se aseguró mentalmente de que no era fruto de su imaginación; quizá pensó que era una broma fuera de tono. Leo fue incapaz de determinar si el cambio en su rostro se debía a los nervios, la tensión, una temible decepción… Solo percibió cómo ella se acariciaba el rostro con delicadeza, muy despacio, evitando su mirada, o cómo cruzaba las piernas con una lentitud inusual. ¡Qué gloriosa visión pese a todo!

A lo largo de la mañana, Katherine trató de mantener la compostura y hacer caso omiso de aquella tentativa tan alocada, pero la semilla estaba plantada y el dique amenazaba con romperse. Algo había aguijoneado el muro de corrección profesional que ambos habían levantado a lo largo de sus años de coexistencia laboral, dejando entrever posibilidades que aquel viernes parecían más factibles que nunca. En las inmediaciones de ese muro metafórico, ambos podían verse ahora por primera vez, desnudos, con sus ojos llenos de hambre primigenia encadenados a través de ladrillos resquebrajados por la creciente lujuria.

A media mañana, el teléfono de la mesa de Leo sonó con una musiquilla que había llegado a aborrecer; mostraba una llamada entrante de la extensión 2301, que provenía del despacho de Kate. Descolgó y se lo llevó al oído sin pronunciar palabra; escuchó cómo aquella voz le envolvía, cargada de implicaciones.

-¿Estás muy ocupado ahora mismo? -preguntó la directora-. Estaba intentando pasar unos NRCs que me ha pedido una asesoría para impuestos y el programa me da error al generarlos. ¿Qué puede ser? ¿Estaré haciendo algo mal…?

-Mm… -meditó unos instantes-, voy ahora mismo y le echo un vistazo. Han cambiado unas opciones en la última actualización y ahora hay que marcar unas casillas que antes no estaban.

Leo se levantó, abandonado cualquier otra tarea, y entró en el despacho de la directora con un nerviosismo extraño en el cuerpo. Ella le miró mientras jugueteaba con el colgante de estrella y fue girando la silla a medida que él se aproximaba, posiblemente barajando qué hacer con aquel hombre que tenía pareja pero que le excitaba tanto. Con las piernas entreabiertas en una pose que invitaba a pensamientos muy húmedos.

-¿Dónde dices que te da el error? -inquirió Leo, fingiendo no percatarse.

-Aquí -señaló con la mano izquierda a la pantalla; con la derecha se remangó ligeramente la falda, enseñando el bordillo en zigzag de las medias.

-Déjame ver entonces -repuso con una brusquedad impropia, nacida de un mar de nervios.

Katherine se levantó y le cedió el sitio, para que Leo pudiese estudiar el problema. Existía la posibilidad, naturalmente, de que fuera todo producto de su imaginación, de que el problema fuese real y lo demás un flirteo un poco salido de madre, una broma de una categoría superior. Así que, con toda la buena voluntad que podía poner en práctica, se concentró en la pantalla… siendo plenamente consciente de aquella mujer que se arremolinaba a su alrededor como un ave de presa.

-¿Hasta dónde serías capaz de llegar? -rezaba una hoja de texto, con tal pregunta formateada en negrita y subrayada para darle más énfasis.

La directora de la oficina se apretujó a Leo, como tratando de ayudarle en la procura del error inexistente. Él sintió la cercanía de su cuerpo, la calidez, sus cabellos rozando su oreja, su aroma… Y, disimuladamente, estiró su mano hasta acariciarle la rodilla, protegida por unas medias negras finas y suaves; Kate no se resistió.

-Esto es trampa -le dijo, mirándola con divertimento-. Quizá tenga que investigar otras opciones de configuración…

Y, poco a poco, en unos segundos que semejaron llamaradas de tensión liberada, su mano fue subiendo, subiendo, hasta que sus dedos aventureros llegaron hasta el muslo y percibieron, dejando las medias atrás, una calidez calcinante y eróticamente demencial.

-Ahh… -ahogó ella.

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3 comentarios en “La Utopía Dorada – II (Ver. 2)

  1. Es un magnífico relato, con una profundidad psicológica difícil de superar. Los personajes se retratan no solo por lo que dicen sino también por lo que hacen, por lo que piensan, por lo que se atreven o no a hacer. Los nombres también los definen, como la tal “Dobladillo”, que no se dobla o doblega ante nada. También se puede interpretar como que tiene un “doble” juego, es falsa. Yo creo que esta escena que describes es más frecuente de lo que imaginamos. Hay variantes: en lugar de jefa, es jefe, la atracción no es correspondida, etc. Sigue adelante con tu narración.

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  2. Muchas gracias Lorenzo, es algo distinto a lo que suelo escribir y todo se va definiendo sobre la marcha. Hay partes con las que no estoy satisfecho, pero en un blog es complicado publicar relatos largos… Tengo intención de escribir mucho más, a medida que el esqueleto de la historia toma forma en mi cabeza. Un saludo.

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