La Utopía Dorada – III

Kate

Con el juicio nublado y cualquier consideración reglamentaria en el cubo de la basura, en aquel caluroso viernes de abril se abrieron las compuertas del embalse y las revoltosas aguas prisioneras huyeron a la fuga buscando libertad. La sensación de que estaban haciendo algo prohibido, algo que se supone no debían hacer, impregnaba el momento con una deliciosa culpabilidad; lejos de suponer un buen motivo para recapacitar, actuaba a modo de estimulante combustible e intensifica el delirio; llegados a aquel punto, expuestas finalmente las emociones que ambos habían guardado durante años en secreto, ninguno de ellos quería detenerse; querían más.

La mano de Leo aún viajaba juguetona por aquellas piernas largas y cálidas; el sonido del roce con las medias era sutil, suave, y a la vez atronador; el contacto con sus muslos un hechizo de pétalos rojos. Kate no ocultaba su excitación y una pulsión primigenia amenazaba con impulsarla a transgredir las normas internas, aun cuando el omnipresente Alfredo vigilaba de reojo todo lo que ocurría en la oficina.

-Esto se les va de las manos… -masculló en voz baja el señor Pastrana, enervado y con los carrillos a punto de explotar-. Esto se les va de las manos…

Rojo e indignado con lo que ocurría en el despacho de su superior, el trabajador con ínfulas de jefe aporreaba el teclado con frenesí y despachaba a los clientes con malhumor.

-Aquí tiene su puñetero dinero, ¡váyase a gastarlo en alcohol y prostitutas! -le espetó a una señora de 94 años.

-Tome, ¡el justificante del condenado ingreso! -bramó, arrojándole los papeles a la cara a un señor bajito con expresión de no saber dónde se había metido.

-¡Siguieeenteee! -vociferó de pie al más puro estilo feriante, machacando el botón de “siguiente turno” con tal ahínco que en cuestión de segundos el turno pasó del 98 al 150 y todos los presentes tuvieron que sacar un nuevo ticket, cosa que hicieron de forma ordenada, temerosos de las increpaciones del Teniente Pastrana.

Poco después, los clientes huían de la sucursal tal que si un incendio se hubiese declarado dentro de la misma, escoltados por la firme promesa de cambiarse de banco al día siguiente. Un policía local que patrullaba las inmediaciones llegó a preguntarles si se estaba produciendo algún atraco a la oficina.

-Algo mucho peor, señor agente -respondió un jubilado-, mucho peor. Un orangután ha tomado las riendas del banco y amenaza tormenta. Eso es peor que la mili, qué digo, peor que la guerra -exageró-. Mejor que no entre.

Y el policía pasó de largo por delante de la oficina, estirando el cuello únicamente para atisbar los aspavientos frenéticos de un obeso empleado de la banca al borde de un ataque de nervios. Agarró su porra reglamentaria y continúo la marcha, con una sensación de congoja en la garganta. La ciudad era cada vez más peligrosa.

Entre tanto, Milagros rellenaba los documentos de una hipoteca boquiabierta ante semejante espectáculo; el señor Salva jugaba al solitario una partida más, después de haber jugado a las damas, al póquer y al mahjong, dispuesto a batir su récord personal. Quedaban un par de horas para acabar la jornada y aún tenía que echar una partida de pinball, otra de Texas Hold’em y una, como mínimo, al billar; iba justo de tiempo.

Ajenos al maremágnum laboral, Kate y Leo seguía inmersos en su propio refugio privado. La directora, consciente de que aquello solo tenía una vía de salida, se acercó a la puerta del despacho y observó la oficina sumida en caos. Los papeles volaban por todas partes e incluso le pareció ver cómo un cliente se enzarzaba a puñetazos con Alfredo Pastrada por encima del mostrador, para acto seguido ser arrastrado al otro lado del mismo y caer ambos al suelo en peleón abrazo.

La caótica situación se vio súbitamente cortada por una puerta que se cerraba con estrépito. Segundos después, Milagros vio a Kate cerrando las cortinas correderas del despacho con mirada traviesa. No tardó mucho en reparar que Leo no se encontraba en su sitio y trató de advertir a su compañero Francisco Salva, pero el ludópata con ganas de convertirse en tahúr profesional se limitó a asentir sin dignarse a escucharla.

En la oficina, Kate permanecía apoyada de espaldas a la puerta de entrada y se mordía el labio inferior con nerviosismo. Leo, todavía sentado en la silla de la directora, estaba inquieto y no sabía qué hacer con sus manos; sentía que su cuerpo temblaba expectante, sentía la tensión, el ritmo cardíaco acelerado, la urgencia y la sed.

-¿Hasta dónde? -preguntó Katherine-. Dime, aquí y ahora mismo, qué es lo que te gustaría hacerme.

Leo desvió la mirada hacia la izquierda y esbozó una media sonrisa.

-¿De verdad te lo tengo que explicar? -y procedió a apartar un cartapacio negro que ocupaba la mesa, con una mirada de lobo feroz que Kate jamás había visto antes.

La directora se acercó en un par de brincos y se sentó en el borde de la mesa, justo delante de él, separando las piernas todo lo que la falda le permitía; remangándola lo suficiente para exponer los ligueros y el delicado bordado de su ropa interior. El diligente trabajador, sentado en la silla y dispuesto a adorar a su diosa pagana, le indicó que apoyase una de sus piernas en la silla, en el hueco entre sus muslos. Al hacerlo, no sin antes descalzarse, ella sintió que entraba en contacto con algo duro y voraz que se agazapaba bajo la cintura de Leo; no pudo evitar mover los dedos del pie para explorar esas protuberancias un poco mejor, con calma meditada y un brillo animal en sus ojos.

Y así, Leo fue besando su pierna hasta la rodilla mientras con una de sus manos desenganchaba con precisión las ligas que sujetaban aquellas insolentes medias negras. Chas, chas, sisearon inmediatamente después de su liberación; la tela cedió; Leo miró a Kate fijamente y empezó a retirar una de las medias, recreándose en el tacto, en la caricia ladrona que aprovechaba para robar con sus dedos extendidos… Tenía una pierna tersa y con curvas; quemaba al tacto.

Ya con la fina tela convertida en un bulto irreconocible, enrollada a la altura del tobillo, Leo no pudo evitar sacar la lengua y recorrer aquella pierna sinuosa, desde la rodilla a terrenos más recluidos; un ligero sabor salado inundó su boca. Katherine cerraba los ojos concentrada en las sensaciones, con una de sus manos apoyada en la cabeza de su audaz compañero; ahogó un gemido que no hizo sino alimentar el atrevimiento de Leo, agarró su pelo con fuerza para sujetarse bien.

Eran ya pasadas las doce del mediodía y tenían hambre, hambre de sus cuerpos. Besos y caricias se sucedieron, mientras la energía de sus emociones cristalizaba en nuevas bifurcaciones y posibilidades. El sabor de su piel era hechizante y para Leo ya no existía nada más en el universo, solo ellos dos, en el derretido terreno sin explorar de un mundo nebuloso; él sería el cometa punzante que horadaría una luna desnuda. Paseó sus dedos firmes por encima del sexo de Katherine, notando cómo ella arqueaba su cuerpo para incrementar el roce, con la única barrera de una tela cada vez más húmeda; su lengua aún revoloteaba por aquel muslo interminable, en trayectoria de colisión con los lagos ocultos del deseo. Uno de sus dedos, explorador sobresaliente, abrió el camino de la comitiva y tanteó el candor absorbente y tórrido que aguardaba más allá de sus labios…

-Oh, dios… -suspiró Kate-. Oh, ¡Leo!

Con cada suspiro, Leo ganaba terreno, hasta que apartando ligeramente la pierna a un lado, descubriendo el telón del teatro primigenio, de la obra más real y perfecta jamás compuesta, su lengua se sumergió por completo en Kate, saboreando el manjar jugoso que tantas veces había imaginado en su mente. Imposible de detener, absorto en la procura del escondite más profundo, utilizó toda su imaginación para imprimir en el cuerpo de aquella mujer una sincera e incondicional demostración de pasión. Arriba, abajo, suave, fuerte, con caricias o penetraciones bañadas en saliva… Tenía claro que aquel día bebería las mieles de la valquiria, sin importar nada más. Y la valquiria, invadida su fortaleza, acariciándose los pechos, oleada tras oleada, sacudida tras sacudida, cedió indefensa ante la perseverancia y la locura, agarrando un puñado de papeles con tanta furia que ya no servirían para nada más.

-Ay, ay, ay… ¡Leo! No sigas o caeré inconsciente… -temió.

-¿Te gusta? -preguntó, con los labios húmedos y la lengua aún transitando su sexo y sus muslos-. Porque solo pararé cuando quiera -amenazó, dispuesto a repetir.

Ella lo observó con lujuria y un ardor implacable en su pecho, henchido de gozar; de repente, juguetona, empujó la silla con una de las piernas, apartando a Leo de su lado.

-Te quiero en mi boca -ordenó, bajándose de la mesa y aproximándose a su compañero con la misma gracia que una pantera acechando a su presa.

Sus delicadas manos se pasearon por el bulto entre sus piernas, con caricias y suaves pellizcos que trataban de determinar el nivel de excitación de Leo.

-Lo siento, es mi móvil -comentó burlón, restando importancia a una erección tan salvaje que incluso resultaba dolorosa.

-No, no lo es… -contravino Kate, mirándole a los ojos y desabrochándole el cinturón.

A Leo le encantaba la sensación de sentirse tocado, de sentir una mano femenina agarrando su miembro, que por aquel entonces ya estaba húmedo y bien lubricado; sentirse prisionero, secuestrado por una mujer con ganas de sorber su esencia masculina.

-Esto está… terriblemente duro -advirtió la directora, poco antes de desatar su lengua sobre aquella torre de vicio cristalizado.

Recorrió con deseo su miembro una y otra vez, aferrándose a él como si su vida dependiese del mismo, haciéndolo desaparecer en las profundidades de su dulce boca. Una y otra vez. Una y otra vez. Apretando sus labios pintados de carmín en torno él, atrapándolo dentro de ella, ahogando suspiros de lujuria, ansiosa por satisfacer su sed con el ardiente bálsamo de un encuentro prohibido. Aquello era tan placentero que la bestia primitiva de Leo rugía desatada.

-Ahora mismo solo quiero follarte como un animal. Abalanzarme sobre ti y llegar hasta el fondo -confesó enloquecido, sujetándola por el cabello tal que si estuviera tirando por la correa de una yegua brava.

Ella se llevó una mano a la entrepierna e intensificó la mamada; estaba empapada. Leo no pudo resistir mucho más, ya no solo por la intensidad del momento, sino por el penetrante contacto visual que mantenía con Kate y que lo transportaba a un abismo sin fondo.

-Ahhhh… -rompió a llorar la torre solitaria.

Sus ojos se encontraron mientras ella se tragaba el fruto de sus empeños, mientras una descarga eléctrica de placer sacudía todo su cuerpo, acompañada por suspiros que no sabía si provenían de él, de Kate o del cosmos; había sido devorado y le pertenecía; su cuerpo ya no era suyo. Era de aquella mujer dispuesta a todo.

El trueno, y después la calma.

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – III

  1. Menudo lío que te has, se han montado los personajes. Las escenas truculentas, en el despacho, con papeles que vuelan y persianas que se corren. Lo mejor, lo de los puñetazos. Algunos aceptan mal eso de interpretar el papel de perdedores.

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