La Utopía Dorada – IV

Katherine

Pasada la tormenta todo lo que quedaba era una sensación de realidad difusa, un zumbido de placer genuino e inmenso, como en un sueño. Aún tenían que asimilar lo que había ocurrido: se había desatado la locura y finalmente se habían transgredido todas las fronteras existentes, creado nuevas regiones sin nombre, orografía o civilización. Kate y Leo, en el espacio hueco de una oficina cualquiera, habían desnudado sus sentimientos y hallado una paz suave y húmeda.

“Lo hemos hecho”, pensaron, incrédulos. Aunque no se había producido penetración alguna en el sentido literal de la palabra, y por muy poco, aquella ración de sexo oral mutuo se encontraba muy lejos de lo que cualquier relación jefe-empleado implicaba.

¿Se sentía Leo culpable por haberle dado placer a una mujer que no era Azalea? ¿Se arrepentiría Kate de haberse dejado llevar con él, conocedora de su realidad amorosa? ¿O, quizá, solo importaba lo que ambos sentían? Quizá no importaban las circunstancias, ni las inmediaciones, ni Alfredo Pastrana, ni Azalea, ni nada más. Solo importaban ellos por cuanto eran dos viajeros nacidos del cosmos, cuya trayectoria primigenia se hermanaba con la más negra noche, surcando un millar de vidas y sistemas para dar lugar a aquel tórrido escarceo laboral.

Dos personas cuya esencia no era otra cosa que la acreción de millones de años de evolución y deriva cósmica, de caos y azar. Pero en aquel instante, en aquel mundo entre galaxias, en aquella tierra inhóspita para la emoción, habían topado un remanso de paz y placer. Y la conexión, hasta entonces encarcelada por las restricciones normativas, pudo brillar liberada. Se sintió bien, se sintió correcto. Se sintió necesario y febril.

-¿Y ahora? –preguntó Kate, dubitativa-. ¿Qué va a pasar ahora?

Su mirada dejaba traslucir que los lametones, las caricias y los bocados de pasión no habían sido suficiente para saciar la sed; que, en algún momento, quizá más tarde ese día, mañana o dentro de una semana, se necesitarían nuevamente. Porque querían estar juntos y alcanzar el punto de ebullición atrapados entre sábanas, entrelazarse y abandonarse al éxtasis.

-Quiero más –confesó él-. No puedo quitarme esta sensación del pecho, de que quiero más de ti.

Su expresión era grave, incluso melancólica.

-¿Qué te pasa? ¿Te arrepientes? –quiso saber ella.
-Ya sabes… Azalea… -frunció el ceño-. Por muy dañado que estuviera lo nuestro, tampoco se lo merece.
-Sí, lo sé… -lamentó la directora, recolocándose la media y ajustando las ligas en su posición original.

Cuando dos personas comparten una relación pero en ella ya no hay llama, ni energía, ni voluntad, ¿qué queda? Un cascarón embadurnado de comodidad y familiaridad, un fantasma que asfixia poco a poco el anhelo de cada parte y retiene el espíritu. Muchas relaciones fallidas nacen de las falsas expectativas, de la dejadez, de la rutina, del desentendimiento en puntos vitales o de las faltas individuales que cada uno comete sin ser consciente de ellas, sin que la malicia sea un ingrediente indispensable; vivir en frecuencias distintas también es insostenible. En esos casos permanece un cariño a veces incapacitante, la consecuencia del tiempo que has pasado con esa persona durante tantos meses o años, pero en paralelo un gran vacío crece y se expande en los corazones, hinchándose hasta reventar. ¡Fin! Y, entonces, todo se acaba. Se acaba mucho antes de que el punto final sea escrito.

Unos eligen la infidelidad como una vía de escape, traicionar la confianza de su compañero en busca de fines que parecen legítimos pero atienden a motivos egoístas; la infidelidad es una mentira, porque si la relación no era abierta, nunca fue una regla consensuada… y a menudo daña más la confianza del infiel que la del traicionado; el infractor pierde la capacidad de confiar en los demás, expuesta su propia debilidad. Otros eligen forzar a su pareja a la ruptura, a veces de forma no evidente, otras incurriendo en actitudes frías, distantes o directamente aborrecibles que no dejan lugar a otra respuesta más que el destierro. Una gran porción de la población decide aguantar y permanecer, por la cobardía y el terror a la soledad, ignorando de plano las carencias y los problemas, conformándose con la miseria y la infelicidad; muchos no saben estar solos y saltan de relación en relación rehuyendo cualquier paréntesis introspectivo… porque en la soledad se encuentran a sí mismos y les resulta una visión inenarrable; un monstruo pretérito con boca deforme.

-Escucha… -empezó-, mi relación con Azalea lleva muerta mucho tiempo. No te sientas culpable ni por un segundo, ni pienses que has destruido la vida de otra persona. Ver que he sido capaz de hacer esto me ha hecho aprender mucho de mí mismo; me ha hecho darme cuenta de que no quiero estar con ella ni un día más, que no soporto la inercia caduca, la idea de prolongar algo que no me nutre. Lo que he hecho está mal sin lugar a dudas -admitió-, no me siento orgulloso; debí romper la relación antes de hacer esto, de convertirme en un cabrón traidor… pero no pude evitarlo; he sido un cobarde egoísta. Esta mañana no existía nada en el universo que no estuviese contenido en ti.

-Lo que me da miedo es que el día de mañana el resentimiento se concentre en mí, como que fui la causa de todo -añadió-, o que nuestra bonita amistad se vea manchada por esto. Me pareces un tipo excepcional, no soportaría que me odiaras…

-No, no será así -le dijo tajante-. Sé bien lo que he hecho y por qué lo he hecho, lo que siente mi cuerpo y lo que piensa mi mente; también sé cuáles son las consecuencias y tengo que aceptarlas. En eso consiste la vida, Kate. No puedo dejarme llevar ciegamente y luego echarle la culpa a una mujer que se me cruzó en el camino, o a la mala situación que vivía en mi relación. Si no eres feliz, das el paso y tomas las riendas de tu vida, lo otro es todo mierda victimista -explicó-. La responsabilidad es solo mía; yo elegí permanecer en el yermo, sino activamente sí inconscientemente. ¡Es tan cómodo ese yermo! Pero no puedo más, pienso en ti a todas horas y no tengo escapatoria, he despertado.

Kate se acercó a él y le dio un cálido beso. No hacían falta más palabras, el entendimiento era evidente y ella se había dado cuenta de que lo deseaba mucho más de lo que imaginaba. Tantas horas de trabajo compartidas, tantas bromas, risas, miradas robadas y comprensión, importaban. Para ella era casi inevitable imaginarse cómo sería compartir momentos en privado con Leo, no solo sexuales, sino otras cuestiones tan mundanas como hacer la compra juntos o ver una carrera de Fórmula 1 un domingo por la mañana en pijama. Mentiría si dijera que ella no había considerado la posibilidad de tener una relación estable con él; por mucho que hubiese evitado en el pasado entrometerse entre Leo y Azalea, también había pasado sus épocas de enamoramiento y las había reprimido con mucha dificultad, tocándose de forma compulsiva mientras la imagen de un encuentro se producía en la dimensión imaginaria de su cama. De hecho, aquella misma mañana se había despertado con el recuerdo distante de un sueño erótico muy particular…

-Si tú supieras, Leo, si tú supieras -murmuró-. Soy incapaz de sentirme culpable… Ahora mismo solo me siento liberada, exultante… un poco caliente también, lo reconozco -sonrió-. Me imagino muchas cosas en estos momentos, cosas que… -meditó, cambiando de idea- y lo que hay entre nosotros no puede falsificarse; sé que es auténtico y lo quiero para mí. ¿Soy mala persona por querer esto? ¿Así? Es una locura, lo sé.

-No, no eres mala persona, Kate, ni estás loca, ni debes sentirte así, aunque entiendo que lo ocurrido pueda llevarte a verlo de esa manera, quitarle el hombre a otra, tal que si tuvieras una responsabilidad en mis decisiones, cosa que en el fondo no es real. No eres excusa ni pretexto -aclaró-, las emociones que siento al pensar en ti te pertenecen solo a ti; no le estás robando la pareja a nadie, ni yo estoy usándote como una vía de escape conservadora. Esto es solo la demostración de que hay algo que nos une, algo que creo merece la pena, por encima de toda otra consideración. Soy egoísta al querer tomar este sendero, quizá, pero no puedo evitar desearlo con todas mis fuerzas. En lugar de culpa, me siento por fin comprendido…

Se besaron nuevamente antes de recomponerse y volver a la normalidad, poco antes de la una. El follón en la oficina se había normalizado y Alfredo tenía una venda en la cabeza que ocultaba un prominente chichón. Al verlos salir del despacho, bufó furioso y se removió inquieto en el asiento, pero ellos no le hicieron caso; había sido todo fruto de una locura enfermiza y pasajera que no volvería a repetirse, pero que tenía que ocurrir en aquel lugar y en aquel momento.

-Gracias por arreglarme el ordenador -comentó en voz alta la directora, tratando de disimular lo que era imposible de ocultar.

-Ya sabes que me encanta ayudar y solucionar problemas -repuso Leo, mientras revisaba los papeles de su mesa.

Katherine Glass sonrió con una expresión sumamente bella y regresó al despacho comentando que ya solo quedaba hora y media para acabar la jornada. La gente se animó un poco, dejando atrás el caso, mientras Francisco Salva celebraba un pleno al billar online.

-¿Cenamos juntos? -le dijo por mensaje Kate a Leo-. No tengo planes para esta noche.

-Estoy deseándolo -respondió él.

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – IV

  1. Después del desenfreno, la calma. Sin embargo, no puede durar. El personaje hace unas cuantas reflexiones sobre los peligros de pareja, cómo la desidia y la dejadez pueden mandarlo todo al traste. El amor es como una planta, si no la cuidas y la riegas, se seca. Y los mejores frutos los da en otoño, ¡con la madurez! Digo esto porque, ya en la edad madura, me siento colmado con mi pareja, que es también mi esposa.

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    • Efectivamente, si no se riega, se seca. Pero ahí está el problema de Leo, su relación con Azalea es ya una planta seca y lo único que ha hecho es darse cuenta de ello. Ahora cabe la posibilidad de que decida seguir por un nuevo camino, quedarse en el lugar en el que estaba o hacer algo totalmente distinto. Si con Katherine no hay futuro, con Azalea mucho menos. Quizá, su único y verdadero camino es estar solo y entender que, a veces, el amor es una ilusión que nos ahoga y nos retiene, limitando lo que podemos llegar a ser en esta vida. Me alegro por ti.

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