La Utopía Dorada – V

Kali

La jornada laboral del viernes llegó a su fin y todos los empleados de la oficina abandonaron el lugar de trabajo con presteza, en especial Francisco Salva que ya estaba fuera 5 minutos antes de la hora de cierre. El fin de semana había empezado oficialmente para aquellos afortunados banqueros que contaban con un trabajo fijo y bien pagado, algo que una gran parte de la población consideraba un sueño imposible o directamente una leyenda urbana. Así, todos habían planeado exprimir -o malgastar- el tiempo de descanso y estirar las horas más allá de lo posible antes del próximo lunes.

En cambio, Leo y Kate tenían mucho en lo que pensar, en especial él, detalle que no les había impedido quedar para cenar; la cita prometía evolucionar en direcciones imprevisibles, desprovistos de cualquier vigilancia laboral. Pero antes de que pudieran entregarse por completo el uno al otro, tendría que producirse una conversación poco agradable y dolorosa con Azalea; habría que desenmascarar el engaño, soportar la culpa, los insultos, las bofetadas… y vomitar un final descorazonador para una historia lenta y sin emoción. Un hecho único y retorcido en la vida de cualquier persona, capaz de tumbar montañas; un hecho que se repetía cientos de veces cada día, en todas partes, desterrando del “paraíso” a frágiles y solitarios neonatos que tienen que reaprender a vivir en soledad.

-Nos vemos luego -confirmó Leo antes de despedirse-, tengo algo importante que solucionar.

Katherine asintió, reprimiendo las ganas de robarle un beso, pero no quiso darle ánimos ni influir en su espinoso propósito. Le dio un apretón cariñoso en el brazo y lo miro por unos instantes, dando a entender que la decisión estaba en sus manos y que ella aceptaría cualquier resultado.

-Adiós -musitó, al verlo alejarse, mientras buscaba ensimismada la cajetilla de tabaco en el bolso; algunas cosas no cambiaban nunca.

El camino de regreso a casa fue duro para Leo, ideas contradictorias y tormentosas cruzaban su mente y se disipaban como estrellas fugaces, a la velocidad del rayo. Tenía claro lo que debía hacer, pero no tenía claro cómo hacerlo. Le aterraba la idea de ser el malo en cualquier película, pero en cierta manera entendía que sería mucho peor traicionar su propia naturaleza y negar sus propios deseos; no sería justo para ninguna de las partes y su barco había zarpado en ruta hacia otro puerto… Ráfagas de culpabilidad se entremezclaban con picos de ira contenida; porque sí, después de tanto dolor e indiferencia, de tantas horas inundadas por la desidia, se había visto empujado a la debacle, obligado a la corrosión. ¿Por qué tuvo que ser así?

Por el camino, absorto en sus cábalas emocionales, escuchando algo de electro-swing en su smartphone mientras revisaba el correo electrónico (lleno de SPAM), se dio de bruces con una figura oscura y ominosa que le bloqueaba el paso. Era Kali.

-¡Perdón! -se disculpó él-. No… la había visto -dudó-. Lo siento…

Pronto la recordó; en el bus, por la mañana. Aquellos ojos dorados, inmateriales, infinitos, imposibles, repletos de vetas insondables, miraron a través de él; se produjo una sensación punzante, de incisión quirúrgica.

 -Nada que perdonar -repuso ella, hierática, lenta, fría-, nada en absoluto. En todo caso, la culpa es mía. Aunque la culpa… se la dejo a los que se arrepienten.

Leo se encogió de hombros, intrigado, y se dispuso a esquivarla para proseguir con su camino sin más, pero Kali lo detuvo al instante, poniéndole una mano en el pecho e interponiéndose delante de él de nuevo. Su expresión era implacable y sus motivos desconocidos. Al tocarlo, y de forma inexplicable, Leo supo su nombre, un nombre antiguo cuyo conocimiento se había materializado en su mente; lo supo, pero trató de liberarse y continuar de todas formas, ligeramente nervioso.

-¡No! -ordenó la mujer de negro, como quien le riñe a un perro desobediente-. ¡No! -insistió.

-¡¿Qué haces?! -se resistió Leo-. Déjame pasar, que no te conozco.

-Kali -concedió, acompañando su presentación con una sonrisa socarrona-. Sí que lo sabes; lo sabes o lo intuyes… Leo. Ambos estamos en la parte externa, la periferia, el extrarradio, los arrabales fríos; nos entendemos. Pero aún no hemos acabado -explicó enigmática.

Su mano era inusualmente cálida, quemaba. Olía a lavanda y su aspecto sombrío y común contrastaba con aquellos ojos de ensueño. Era atractiva, sí, pero atractiva en un sentido peligroso y letal, amenazante, tóxico, que iba más allá de la clásica femme fatale; muerte seductora. Encadenar la mirada con aquella mujer conllevaba el efecto secundario de oscurecer el resto del mundo, experimentar una visión túnel progresivamente sofocante, una lente gris de oclusión que secuestraba el aliento.

-¿Acabar el qué? -quiso saber él, confundido.

-Busquemos un lugar cómodo para charlar -propuso-. Aunque no me conoces, hay algo que nos une, algo que sí quieres descubrir, lo veo en tus ojos. No tienes nada que perder, ven conmigo, hablemos -insistió, aunque él convino de mala gana; era una mujer que no se daba por vencida, desde luego.

Con ese propósito, el de buscar un lugar a buen recaudo para desenmarañar el misterio, caminaron por una de las calles más transitadas de la ciudad, rumbo a un local llamado el Tartesso, un bar restaurante con muy buena fama que Leo había visitado con anterioridad. El paseo, aunque breve, fue muy incómodo; resistió como pudo la penetrante mirada de Kali y su extraña familiaridad, esa sensación de haberse conocido décadas atrás, de un vínculo estrecho sin secretos entre ambos… De hecho, en un momento dado, poco antes de entrar al local, la enigmática mujer de negro tuvo el atrevimiento de cogerlo por el brazo tal y como haría cualquier pareja bien avenida.

 -Tomemos asiento al fondo, es más… íntimo -explicó ella.

Así, ambos se acomodaron en un reservado de cómodos asientos acolchados y una mesa no excesivamente voluminosa de líneas rectas. El local estaba bien iluminado y casi lleno de gente, pero para ellos dos el resto del mundo no importaba mucho en aquellos instantes; el barullo contenido del Tartesso fue evolucionando poco a poco en un silencio inquebrantable.

-¿Qué van a tomar? -preguntó el camarero, un tipo delgado y de pulcro uniforme negro.

-Ya que estamos, pediremos también de comer -respondió Kali, desabrochándose la chaqueta del traje y revelando una blusa blanca bastante escotada-. Para mí un filete poco hecho, para él, pasta -indicó-. Tomaremos de beber vino, tinto, el mejor que tenga; conozco bien el producto, no trate de engañarme -sonrió.

El camarero asintió con un gesto metódico y entrenado y se retiró con presteza. Reconocía a una clienta exigente en cuanto la veía y tenía claro que con esta no se podía bromear.

-Veo que lo tienes todo muy claro -comentó Leo, molesto-. No sé quién te da el derecho a elegir por mí y, la verdad, en cuanto me expliques de qué va todo esto, me largo. Eres una tipa muy rara, sin acritud.

-Calma, calma -concilió ella-. No soy tu enemiga, pero ya te adelanto que no te vas a ir hasta que yo quiera. Podría darse el caso de que, además de hablar, quiera follar contigo toda la tarde -barajó, acariciando la pierna de Leo con un su pie descalzo, por debajo de la mesa; él no rehuyó el contacto, pero tampoco resultaba del todo agradable.

-¿Hablas en serio? Tú estás mal de la chaveta; mucho.

-Mira, ¿qué es lo que te asusta? -le preguntó enojada-. Tú eres un hombre, yo una mujer; ambos, criaturas extrañas, qué duda cabe. No eres un tipo común, yo desde luego no soy una “tipa” común, como has dicho hace un poco. En nuestra rareza, conectamos a un nivel que todavía no comprendes.

-Lo que sí comprendo es que tu extraña jerga parece salida de algún tipo de panfleto sectario -replicó-. Y no me interesa, aunque tenga buenas tetas.

-Tienes tanta hambre y, sin embargo, tanto miedo… Te fascinan las mujeres, sientes una atracción natural hacia ellas -prosiguió-. Pero, al igual que le pasa a muchos hombres, a un nivel inconsciente, vives aterrorizado; el coño simboliza para ti un remolino de oscuridad cósmica y, a la vez, un pastel de dulzura infinita -se acarició el cuello-. Los hombres no comprendéis esta complejidad, pero vivís esclavos de ella.

-¡Ja! Mira, esto que me cuentas suena todo muy profundo y has captado mi atención, lo reconozco, pero no me dices nada nuevo -añadió Leo-. Me estás hablando de que el coño es vida y muerte y te crees que es una genialidad, pero no lo es. Nuestros cuerpos son máquinas programadas para propagarse al futuro; como no somos inmortales, disponemos de un sistema de replicación, en este caso sexual. Y, por ello, todo lo que atañe al sexo carece de emoción y poesía, es pura ingeniería evolutiva; fría y precisa.

-Ah -dijo con sincero asombro Kali, abriendo los ojos como platos-. ¿Eso crees?

-Podemos barnizar todo cuanto queramos esta ciencia natural, decir que existen emociones, incluso sentirlas, componer bellas estrofas y cantar bajo un balcón, disfrazado de bufón… pero detrás de la ilusión subyace una verdad primigenia, que no podemos negar -finalizó satisfecho-. Aunque me deje llevar en el día a día, sé lo que me traigo entre manos, los trucos que mi cuerpo pone en juego; pero prefiero no ver esa verdad, prefiero no escucharla; desearía no pronunciarla.

-¿Cuál es? Quiero escuchar esa verdad primigenia salir de tu boca -parpadeó atenta-. No me dejes a medias… no es caballeresco.

-¡A la mierda la buena conducta, Kali! Que lo que nos tiramos no lo hemos elegido nosotros -transigió-, sino la estructura biológica que nos conforma. El código de programación -concretó-; veo a una mujer atractiva y cuya forma de ser me cautiva y quiero tener sexo con ella, pero gran parte de esa atracción nace en mi mente, derivada de un baile de reacciones químicas. Lo que nos daña, acto seguido, es la realidad flotante que hemos construido sobre algo natural y mecánico, dotando el proceso de un toque artístico incomprensible y, en ocasiones, tratando incluso de limitar estos impulsos con leyes. Al pensar y repensar, al caer en la obsesión, el impulso se transforma en enamoramiento y dura lo que dura -lamentó-. Pero…

-¿Pero? -siguió acariciándolo con su pie, sin cortarse ni un pelo al llegar a la entrepierna; él no pareció notarlo.

-Pero sin ese toque artístico, sin la categorización irreal, la justificación, el maquillaje y el ensueño, las personas enloquecerían. No todo el mundo es capaz de sobrevivir a la vida sin creer en algo, llámalo emociones o llámalo religión. Todos queremos ser… algo más y no un bicho peludo que exuda fluidos asquerosos.

Kali se quedó en silencio y lo observó largo rato, mientras el camarero servía los platos. Sus ojos estaban atrapados en el mutuo abrazo, eran muy semejantes.

-¿Ves cómo nos entendemos? -continuó ella-. Esta conversación sería mucho más interesante en mi cama, con menos ropa y buena música. Dos seres en su honestidad más sincera, cara a cara, sin triquiñuelas. Posiblemente uno dentro del otro. Dime que no te fascina la idea y en cuanto acabemos de comer desapareceré de tu vida.

Leo cogió el tenedor y empezó a comer. La pasta estaba buena, en su punto de cocción, y la salsa carbonara era muy sabrosa. Efectivamente, la miró a los ojos mientras probaba aquel bocado y no tardó demasiado en imaginarse algo más tórrido. ¿Por qué no?

-Tus ojos… ¿son lentillas? Nunca he visto a nadie con ese color de iris.

-Lo que imaginaba -repuso ella, divertida-. Si no niegas tu naturaleza, pronto lo entenderás todo; pronto, verás.

-Hoy no es un día común y corriente, uno de esos días en los que te miraría y pasaría de largo, para masturbarme después mientras te imagino a cuatro patas, cogiéndote por la cintura. Hoy es distinto; hay un muro que se está derrumbando; no sé lo que se esconde detrás de él; podría ser aterrador como un coño.

-¿Es un acertijo? -quiso saber Kali.

-Es una advertencia -sentenció-, una advertencia que algunos deciden ignorar, igual que los remordimientos.

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – V

  1. Ahí aparece de nuevo Kali, el personaje enigmático. Curiosamente, también se deja llevar por irreprimibles impulsos sexuales. Dos sesiones en un mismo día con dos mujeres diferentes, ¿no será acaso demasiado para él? Aunque al protagonista se le ve fuerte, sano y joven. Después de la comida, el sexo. Un psicólogo decía que si al hecho de comer le pusieran tantas trabas morales como al hecho de hacer el amor, entonces estaríamos tan obsesionados con el comer como lo estamos ahora con el hacer el amor. Es un acto natural, instintivo, que las reglas sociales intentan someter, reprimir y torturar, como si no hubiéramos nacido con eso que llaman sexo.

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    • Bueno, cada hombre es un mundo, yo sería capaz de hacer eso y mucho más, pero en cualquier caso cualquier mujer nos dejaría en ridículo en materia de aguante. Creo que esta historia puede dar bastante de sí y estoy perfilando detalles del rumbo, espero que cada entrega esté a la altura y que la gente no confunda el relato con algo puramente sexual, pero cada lector es libre de interpretar lo que quiera, jaja. Un saludo.

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