La Utopía Dorada – VI

Karen

Detrás del muro que se derrumbaba yacía el verdadero Leo, el romántico rebelde, el triste caballero solitario, el idealista con los bolsillos rotos de sueños imposibles… ese que pocos conocían. Y, al igual que le ocurría al resto de las personas, expulsar al exterior la criatura de las profundidades era una tarea difícil, por su naturaleza esquiva, feroz y asesina. No obstante, Kali, con su extraordinaria capacidad de conectar con los secretos y el pasado de Leo, se había convertido en un vector de transformación y autodescubrimiento, en una destructora de barreras. Quizá en una maestra dispuesta a enseñarle mucho más de la vida de lo que él podía imaginar.

-Antes de que pasemos al postre -dijo ella, con tono seductor-, hay algo de lo que tenemos que hablar. Porque, verás, no solo somos criaturas semejantes en nuestra extraña diferencia, sino que compartimos raíces que se pierden en la noche de los tiempos, viejo amigo, en el dolor enquistado que deseca corazones.

-¿A qué te refieres? No entiendo muy bien por dónde quieres ir -confesó, bebiendo un sorbo de aquel vino envejecido, con mucho grado y amargo.

-¿Recuerdas a Karen? -preguntó de sopetón, apretando los labios de forma severa-. La bella e inocente Karen; joven, ilusa -le tembló la voz.

-¿Karen? -trató de recordar-. Si te digo la verdad, ahora mismo…

-Ni un recuerdo de Karen entonces, por lo que veo. En eso se convierten las personas cuando se quedan atrás y nadie acude al rescate -lamentó-, en una mancha borrosa, en niebla, en nada. Pero yo te refrescaré la memoria -concedió-, yo desenterraré a Karen por ti, mi querido y dulce Leo. Desempolvemos las palas y empecemos a cavar…

Él no pudo evitar removerse inquieto en el asiento, confuso. La miro, sus ojos dorados contactaron; sintió que quería hacerle el amor o ahogarse en ellos, no lo tenía claro. Había tormenta en el exterior; el cielo gemía con estruendoso placer. Entonces, una fuerza torrencial lo golpeó e inundó su mente con fragmentos de un tiempo muy lejano…

***

Tenía dieciocho años recién cumplidos. Recordaba conducir un coche descapotable azul, encerado con esmero; risas; el pelo al viento por una carretera de una zona costera en el mediterráneo. El tiempo era lento, eterno, la juventud un río caudaloso que mecía los juncos de la rivera y jamás se secaba. Era un día soleado, pero no hacía demasiado calor; en el horizonte desfilaban negras nubes, hinchados sus vientres cerúleos de agua amarga y promesas amenazantes.

Iban a ninguna parte. Eran renegados sin patria, no tenían familia, ni amigos, ni nada que los comprendiese en este mundo de mierda; al mundo no le importaban, no les debía nada, y ellos solo querían escapar, desaparecer juntos. Estaban dispuestos a dejarlo todo atrás, a fugarse y no regresar; perderse en el mañana cogidos de la mano y lamer sus heridas bajo la ácida sombra de un amor de leyenda. Se tenían el uno al otro: Leo tenía a Karen, y Karen tenía a Leo.

Recordaba reposar la mano en la palanca de cambios, recordaba entrelazar los dedos con aquella cándida muchacha mientras conducía y se sentía el jinete del mundo, invicto, a cien kilómetros por hora sobre el asfalto ardiente; estremecerse bajo el suave tacto de su pálida piel llena de pecas; el cariño que no necesitaba palabras, el fuego que calentaba pero no quemaba, el frío que refrescaba el horror y el furor, pero no congelaba corazones. Sí, joder, era ella, ella, ella… ¡Karen!

Llevaba un pañuelo oscuro en la cabeza que envolvía sus largos cabellos cobrizos, que danzaban con el aire en libertad absoluta y poemas de estrofa libre; unas gafas de sol ocultaban sus ojos verdes, del tono de la primavera, de los brotes tiernos, de la infancia que refulgía hasta robar el juicio quebrado. La dulce Karen se reía y tarareaba las canciones que había grabado en una cinta de casete, canciones de Jacques Brel, porque le encantaban y le producían emociones genuinas e intensas; porque para Leo no existía nada mejor que verla sonreír y contagiarse de su extroversión e intensidad incansable. ¡Oh, Karen!

También recordaba parar al borde del camino, en un aparador presidido por un árbol frondoso y bancos de piedra. Recordaba tallar las letras K+L en su estoico tronco, encerradas dentro de una línea irregular con forma de corazón; y aquella pastosa savia sanguinolenta que no era capaz de cicatrizar amor tan profundo y devastador… Recordaba la silueta de la muchacha de ojos verdes, plantada de pie delante de él con una sonrisa de oreja a oreja, mientras escondía en su espalda un par de margaritas que había arrancado de la cuneta con sus delicadas manos; las risas, la alegría exultante, el mar de fondo, una superficie lisa de azul oscuro, gaviotas, las lágrimas de la más pura felicidad. ¡Cómo brillaba el recuerdo libre del yugo de la tierra y el polvo! Eran momentos cincelados en un lienzo que no caducaba, digno del más glorioso de los museos.

Y luego, el claroscuro derretido, el momento en el que el sol desaparece tras las montañas y la luz deja paso a una oscuridad famélica y empalagosa, súbita. Recordaba el estruendo distorsionado de un claxon, un frenazo largo y tenso, un chillido, unas gafas de sol surcando los cielos, un choque metálico, como de compuertas que se abren a presión… la falta de gravedad, las vueltas de campana, la espiral imposible, la caída; burbujas, sangre; la muerte.

***

Leo volvió a la realidad con el vómito ya en la boca. Salió disparado hacia los baños y liberó todos sus adentros en un retrete blanco, ansioso por escurrir los residuos y las memorias tristes. Y las lágrimas de horror y de torsión infalible, de disección fatal, desbordaron de sus ojos teñidas del más puro negro, disuelto el bloqueo, el cajón oscuro que ocultaba la verdad.

Se llevó la mano al pecho y notó la cicatriz que hervía, bajo la camisa, y que le atravesaba los pectorales de lado a lado. Gritó como una bestia herida de muerte. Era una sensación abrasadora, un dolor indescriptible; se desgañitó hasta que no quedó nada que gritar, hasta que la voz lo abandonó. Ahora lo entendía, entendía mucho de lo que le había pasado en la vida: le habían robado el corazón, ya no estaba vivo; había muerto en una caída infinita, perecido entre los cascotes herrumbrosos de un coche azul catapultado a la cruenta boca de la desesperación, entre sus molares planos sin resquicios ni agujeros para esconderse; todo lo que él había sido capaz de amar en la vida, había sido aniquilado en el momento en el que Karen dejó de existir.

Desde aquello, de Leo solo quedó un cascarón reprimido, una sombra amorfa y retorcida que transitaba la vida amoldándose a las circunstancias, negando el pasado y mintiéndose a diario con el objetivo innoble de sobrevivir, sin ella. ¿Pero cómo había sido capaz de olvidarlo? ¡¿Por qué?! ¿Por qué le había fallado? Lloró, lloró hasta quedarse seco y llorar arena. ¿Cómo se había podido desvanecer la impronta de Karen de su mente, diseñada únicamente para amar a aquella muchacha de ojos verdes y pelo cobrizo?

-Noooo… -lamentó, sin aliento, como un niño que ve su juguete favorito pulverizado bajo las ruedas de un camión-. Noooo…

Kali entró en el baño. Lo encontró tirado en el suelo mientras un empleado del Tartesso lo observaba con cara de preocupación. La enigmática mujer le hizo una seña con la cabeza, indicando que los dejara solos, y se acercó a él con los ojos humedecidos. Lo abrazó muy fuerte, lo acunó en su pecho mientras Leo se agarraba las ropas hasta casi hacerlas jirones, manchado de vómito, mientras se contorsionaba de pura locura, desarraigo y horror, con una expresión en la cara que recordaba a Urano devorando a sus hijos.

-Lo siento, Leo, lo siento de verdad -le susurró Kali, contagiada de pena-. Pero ya pasó, Leo, ya pasó…

Y allí, tendido en sus brazos, el dolor se hizo rey, engalanado con su armadura pulida sin mácula, que semejaba un espejo de negrura corrosivo y lacerante; tragaba la luz hasta hacerla desaparecer para siempre, tal era su voracidad…

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2 comentarios en “La Utopía Dorada – VI

  1. Todos tenemos algún recuerdo que nos atormenta y que no es posible olvidar; entonces viene la fuga hacia adelante: entrenerse, distraerse con lo que sea con tal de no pensar en aquello que nos atormenta.

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