La Visita

Era de madrugada, el silencio y la penumbra dominaban el diminuto apartamento en el que vivía. Se despertó después de un mal sueño y observó el reloj con los ojos entrecerrados; eran todavía las 4.44 de la noche. Palpó la colcha de la cama buscando en la oscuridad la presencia de su gato, pero no lo encontró en el sitio habitual. Seguramente había abandonado a su compañero humano para darse un pequeño atracón de pienso o cazar fantasmas en el interior de una caja de cartón.

Rafael maldijo las pesadillas por interrumpir su descanso y se forzó a dormir de nuevo, sabedor de que pronto tendría que levantarse para ir a trabajar. Entonces, escuchó unos pasos por el pasillo, en dirección a la habitación. “Ahí viene el gato, ya se cansó de merodear por la casa”, pensó. Pero a medida que los pasos se aproximaban, más esponjosos de lo habitual, más distorsionados, más reverberantes, una extraña intranquilidad invadió su pecho; no era el sonido rítmico y sutil que su compañero felino emitía al caminar con elegante diligencia sobre el parqué, fruto de unas uñas que jamás fue capaz de cortar en solitario… Se puso nervioso igual que aquellas veces que, de pequeño, en casa de sus abuelos, asolado por pesadillas sin pies ni cabeza, se refugiaba entre las mantas con tensa expectación.

La puerta del cuarto se entreabrió con parsimonia, sin emitir el más leve sonido; el movimiento de la misma semejaba artificial, ahogado, imposible. Solo un suspiro de ausencia cortejó la inexplicable apertura, un barrido de brisas guturales. Casi no entraba luz por la ventana, con lo cual la tiniebla era reina indiscutible del diminuto habitáculo. Una tiniebla que, por momentos, parecía oscilar, ondularse tal y como haría el humo si fuese líquido y tuviera voluntad propia.

Así, atónito, vio a aquella extraña criatura de oscuridad pura emerger, adentrarse en la habitación rumbo a su cama, hacia él; anhelante. No tenía límites bien definidos, solo trémulos bordes que se deshacían en volutas de humo y acto seguido se convertían en chorros derretidos del color del más negro petróleo. Era un ser antropomorfo, pero sin consistencia material, más allá de la opaca oscuridad que alimentaba su corazón de niebla.

Rondó la cama por ambos lados hasta que se detuvo, justo delante de la ventana, mirando fijamente a Rafael y murmurando un tenue oleaje de sortilegios. A contraluz su “cuerpo” estaba plagado de agujeros y bucles arremolinados de tonalidades grises y negras; la endeble luz lunar se encargaba de desenmascarar los puntos de costura de la criatura. Su presencia emanaba negatividad, malos recuerdos, pesadillas, horribles acontecimientos por ocurrir aún… y quería entrar en él, quería echar raíces en su corazón y apoderarse de su cuerpo indefenso; doblegar su voluntad y sorber todo lo que era bueno y puro.

El visitante extendió una de sus extremidades informes, uno de sus tentáculos de embarrada malignidad, y se abalanzó hacia Rafael como activado por un resorte. El joven atinó a ver unos ojos violáceos segundos antes de que todas aquellas volutas de odio y horror se perdieran en las profundidades de su boca… La nube invadió por completo al insomne muchacho, estático, insuflando aire podrido a sus pulmones nerviosos. Una riada de malestar embargó su cuerpo, de pies a cabeza. Había perdido; era una pesadilla, pero no podía despertarse.

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2 comentarios sobre “La Visita

  1. Magnífico cuento, muy bien escrito, con un final inesperado, pero perfectamente acorde con la situación. ¿Nunca despertaremos de la pesadilla? ¿Somos nosotros mismos la pesadilla? Yo creo que es posible despertar, siendo esta la única forma de liberarse de sí mismo.

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    1. En este caso, el cuento no busca explicar nada más allá de lo que ocurre: una oscuridad que busca robarnos la luz. Por supuesto, las interpretaciones son muy abiertas, ya que a lo largo de la vida enfrentamos muchas situaciones que parecen imposibles pero que en resumidas cuentas nos roban la energía y nos convierten en criaturas negativas. Un saludo.

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