Un Trampolín al Pasado

A veces nos puede sorprender que problemas de hace décadas sigan vigentes hoy en día. ¿Cómo es posible, con toda la técnica, el intelecto y el progreso social, que sigamos aterrorizados por injusticias estructurales como el machismo, los gobiernos represores o la visión cortoplacista en materia medioambiental? Y la respuesta es que la propia libertad que genera el sistema se vuelve contra él.

Uno de mis escritores favoritos es el francés Michel Houellebecq, un hombre que plasma historias centradas en la irrelevancia cósmica, el desarraigo y la progresiva deshumanización de las personas, a menudo con tintes de ciencia ficción de primer nivel. En una de sus muchas novelas nos presenta una pseudo distopía en la que el Islam domina el continente europeo, y explica que su imparable auge entre la población se debe al simple hecho de que ofrece una “realidad” constante y fuerte. Es decir, que un conjunto de valores coherente y sólido ofrece solaz a las personas que se sienten fuera de lugar, sin rumbo, sin un cometido, ya sean valores machistas, ultraconservadores, etc.

El cristianismo, transformado por la progresiva secularización de sus sociedades y el paradigma de consumismo exacervado (con su “libertad para consumir pero no para pensar”), se ha convertido -dice- en una fe que no ofrece respuestas, una fe relativa y débil; una fe que promulga infelicidad, inmediatez, banquetes que no colman el hambre. Esto, a su vez, ha convertido a los sistemas gubernamentales de las naciones antaño católicas en países igualmente débiles, oscilantes, incapaces de regirse a sí mismos y cada vez más cercanos al caos anárquico efectivo. Los valores inculcados a las personas les han conferido libertad pero, a la vez, inseguridad, miedo, indecisión; dolor existencial. Y esa falta de certeza, el temor a lo desconocido, a aceptar las consecuencias de sus actos, los empuja en esta distopía a abrazar alternativas más sencillas, más claras, más tangibles.

Lo del Islam sirva como ejemplo, puesto que la idea subyacente no es la guerra de cultos, sino la necesidad humana de tener un asidero terrenal sobre el que fundamentar su vida, un asidero fuerte cabe puntualizar. Quien dice una religión, igualmente podríamos mencionar una dictadura; la idea es que las personas, víctimas de una libertad sin freno, se sienten tan indefensas que optan por la regresión, por resucitar viejos cultos, ideas o pareceres, incluso aquellos que no son positivos (y las élites también capitalizan este hecho). Hace pocos días, me topé con un cliente que lamentaba la ausencia de “un tipo como Franco en el poder, con las ideas claras para arreglar el país”. Un dictador como Franco externalizaba la necesidad de pensar, la responsabilidad, puesto que en él recaía la toma de decisiones; obedecer es una miel muy dulce, implica un camino predefinido y pocas culpas.

No obstante, si dejamos a un lado la distopía y la literatura, podemos comprobar que en el mundo real este proceso está ocurriendo y no va a detenerse. La juventud del presente, inexplicablemente, es mucho más machista que una o dos generaciones atrás. El fenómeno está perfectamente documentado y debiera extrañarnos, habida cuenta de que la educación parece querer combatir esos fantasmas. Incluso los medios de comunicación, tan orgullosos ellos de ensalzar la libertad y la igualdad, a menudo denuncian este variopinto proceso de regresión ideológica. ¿O no? Porque aquí, claro está, tenemos que mirar el detalle, la letra pequeña. ¿Es nuestra sociedad menos machista que antaño? ¿O, quizá, simplemente se limita a condenar la figura del hombre y la violencia que algunos de estos exponentes ejercen sobre las mujeres, sin ir más allá, sin ofrecer alternativas reales? ¿Han cambiado los patrones publicitarios o se limitan a intercambiar la postura del hombre y de la mujer en los anuncios para pasar el corte legislativo? ¿Siguen primando la apariencia física, en concreto la de la mujer, por encima de su talento? ¿Han renunciado a cosificar a las mujeres o, en cambio, han optado por la falacia de cosificar a ambos sexos por igual, en nombre de la igualdad? ¿Ha cambiado realmente la ideología ciudadana, la educación, las costumbres?

Y si vamos más allá, en materia de gobierno es otro tanto de lo mismo. De una dictadura saltamos a un sistema democrático, cada vez más libertad… hasta que alcanzamos la parodia, la farsa, el ridículo; todo el mundo sabe que la única que gobierna es la corrupción, el enriquecimiento personal, la falta de valores; mercaderes en el templo. Sirva de ejemplo Donald Trump, un claro adalid del hartazgo popular y del me importan un comino las consecuencias, puesto que ya no creo en el sistema. ¿Pero qué pasa al cabo de un tiempo? Que algo falla, algo no está bien; así, empieza otra vez el ciclo regresivo, la necesidad de control, una guerra como pretexto, el patriotismo inflamado… de que las cosas sean más fáciles de entender y de manejar, incluso cuando no son justas.

Todo se resume en que la libertad requiere valentía y el mundo está plagado de cobardes. Tienen derecho a conformarse, pero la actitud indolente nos condena; no hay avance real si no somos capaces de romper el ciclo. La sociedad de consumo tiene sus ventajas, pero está matando las aspiraciones de las personas, el medioambiente, la autonomía de los estados… El mercado nos ofrece de todo, nos desborda con ofertas, pero fracasa en colmar algo tan esencial como el sentimiento de felicidad y plenitud. Y ningún cascarón inflado con los ácidos tóxicos del vacío será capaz de luchar por el futuro; se dejará arrastrar por la corriente, por las ideologías, y acabará abrazando cualquier culto que le ofrezca respuestas, sentimiento de unidad; seguridad. Pueden ser soluciones erróneas, pero al menos serán respuestas, y nunca hemos de menospreciar el poder de una respuesta sobre una mente que se hace preguntas y anhela un sentido para su vida.

A todo esto, otros lo llamarían nostalgia, la imagen de un pasado brillante. ¡Qué bueno era todo antes, y qué bien funcionaba! ¿Recuerdas?

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3 comentarios en “Un Trampolín al Pasado

  1. El mito de la liberación de la mujer:

    La propaganda capitalista nos ha hecho creer que con el liberalismo y la apertura de los mercados había llegado también la liberación de la mujer (aunque aún queda, afirman, mucho camino por recorrer). Esto es una falsedad.
    La mujer no es más libre porque se haya puesto a trabajar. Al contrario, ahora trabaja el doble que antes: dentro y fuera de su casa.
    En realidad, lo que pretendían los capitalistas era que las mujeres dispusieran de poder adquisitivo propio para poder gastar. Un estudio basado en cifras demuestra que los consumidores compulsivos son más bien las mujeres y los niños.
    El sistema ha pretendido liberar a la mujer del freno del marido (que antes controlaba los gastos domésticos) para que diera rienda suelta a sus ansias de gastar. De este modo, la mayoría de mujeres consumen más que la mayoría de los hombres.
    Esta tendencia ha sufrido variaciones a lo largo de los años porque nos han educado, tanto a hombres como a mujeres, para que consumamos más y más.
    Y si los jóvenes de ahora son más machistas que antes es porque han sido educados por la televisión y la publicidad, es decir, los dos medios más machistas que existen en la actualidad.

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    • Concuerdo en que parte de todo esto ocurre porque lo que necesita el sistema son consumidores. Me pregunto qué pasaría si un día todo el mundo dejase de comprar cosas. Yo mismo, sin embargo, también soy víctima del consumismo en cierta manera; trato de reducir progresivamente, pero a veces es inevitable. Por trabajo, vivir sin teléfono por ejemplo, es imposible. Creo que tenemos que buscar un equilibrio.

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  2. A todos nos ocurre lo mismo. Yo mismo consumo cosas de las que podría fácilmente prescindir. La clave es llevar tú las riendas durante la compra, no ser un títere de tu propio afán de consumo. Otra clave es ser un consumidor crítico y responsable. Eso es algo que se aprende poco a poco y que se convierte en un hábito. Por ejemplo, no compro nada que está excesivamente embalado, como por ejemplo los bollitos individuales y todas esas tonterías. De hecho, si un alimento está procesado es casi seguro que no lo compre. Cuando voy al supermercado y veo a la gente comprar comida preparada siento lástima por ellos. Son igual que animales alimentados en una granja según una dosis preestablecida por los cálculos aritméticos del ordenador.

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