Las Pensiones de la Discordia

Después de la exigua -y casi provocadora- subida en las pensiones de este inicio de año 2018, una gran porción de la población se ha puesto en pie de guerra. Me refiero por supuesto a los jubilados, esas personas que han invertido su vida en producir para el sistema (en muchos casos con sueldos de miseria) y ahora ven con desagrado cómo ese mismo sistema escatima en esfuerzos a la hora de asegurarles una tercera edad digna, a buen seguro creyendo que los representantes políticos han sido elegidos para defender tal propósito y muchos otros de ilustre semejanza.

Cabe puntualizar que entre los jubilados se haya a menudo un votante muy leal a los partidos de derechas, gentes devotas a creencias invariables y sólidas, pues existe en el subconsciente popular la creencia falaz de que la derecha equivale a estabilidad, a una garantía de calidad de vida distanciada de los problemas de Venezuela; un sueño para cualquier persona sin trabajo y muchos achaques de salud.

En cierta manera, esa creencia no es del todo incorrecta, habida cuenta de que el objetivo primordial de las formaciones de derechas es mantener y perpetuar el status quo existente, con cierta tendencia a favorecer la consolidación y expansión de las clases acomodadas. Porque la derecha piensa, evidentemente, que el que tiene más dinero o pertenece a una clase superior, tiene o debe tener más derechos, porque aporta más a la sociedad, es un individuo más valioso. Si hacemos una disección en las ideologías de partido, ya sea de PP o Ciudadanos, después de una exploración somera encontraremos esta certeza. La ironía, quizá, radica en que las políticas de izquierdas terminan por arrojar resultados estadísticamente semejantes… con una pizca extra de caridad hacia los más desfavorecidos.

Teniendo esto presente, resulta incluso inesperado o sorpresivo el enfado al que estamos asistiendo por parte de la población, pues o bien los votantes no sabían lo que votaban -que es lo más posible y lo más doloroso de reconocer-, o bien votaban contando con que todo siguiese igual, votaban anhelando seguridad incluso por delante de libertad, obteniendo a cambio ninguna de las dos, como advertía el estadounidense Benjamin Franklin en un pasado no tan lejano. Y, naturalmente, el resultado está aquí: se alega que las pensiones solo pueden ser financiadas con retenciones de trabajo, se priorizan otras partidas presupuestarias, se lastra su crecimiento, se disminuye el poder adquisitivo de las clases bajas y, por extensión, su peso en la sociedad. ¿Qué es, lectores míos, lo que no entendemos aquí?

Lamentablemente, la contienda política entre derechas e izquierdas vuelve a convertirse en un campo de batalla de acusaciones cruzadas, del “y usted más”, de las herencias recibidas, de los datos falseados o alterados para semejar subidas o bajadas más acusadas y manipular al vulgo, etc. Ninguna de las dos partes, como digo, y por desgracia, están haciendo referencia al elefante en la habitación, que es una expresión inglesa que encuentro particularmente tronchante. Y el elefante en la habitación es un paquidermo de especial voluminosidad: segunda revolución industrial, traída de la mano de un progreso en robótica galopante, exceso de densidad poblacional y la problemática del control de fronteras y la necesidad de mantener el orden, presión migratoria y escasez de recursos -competencia económica e ideológica-, etc. Dicho de otro modo, el paradigma futuro de nuestra sociedad pasa por cambios muy radicales en la manera de entender el mundo.

Ahora bien, ¿se transformará el sistema hacia un paradigma puramente lúdico para las personas, dejando el trabajo -en especial el de baja cualificación- en manos robóticas? ¿Se instaurará una renta básica, a consecuencia de la no necesidad de trabajar pero sí de vivir dignamente? ¿Desparecerá sin más el concepto de dinero y riqueza? ¿O, en cambio, la agresividad del sistema convertirá a la gente en más pobre, más desesperada, y acabará por apuntalar el último clavo en el ataúd de la esperanza? ¿Acaso se diezmará a la población con alguna estratagema, algún conflicto bélico mundial, alguna escenificación teatral de honores afrentados que buscan retribución?

Si tuviera que hacer una apuesta, en especial viendo lo fácil que es manipular al votante y la intrínseca flexibilidad cimbreante de la opinión pública, ¿adivinen cuál sería? No se engañen: mientras un país no invierta en educación y, sobre todo, en unos agentes socializadores que conviertan a las personas en individuos autónomos y de espíritu crítico, pinta realmente mal. Primero se destruye la unidad, luego al individuo. Y, sobra decir, ninguno de los actores políticos del presente, jugando con las cartas del sistema, va a hacer algo distinto de lo que ya tenemos.

Mediten sobre ello.

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Un comentario en “Las Pensiones de la Discordia

  1. Escelente artículo, que pone en evidencia las carencias del sistema. Hace mucho tiempo que la democracia, ¿la tuvimos algún día?, dejó de serla, si acaso existió, que tengo mis dudas. El sistema se basa en un engaño: se crean dos partidos que en realidad sirven a los mismos intereses; cuando, a consecuencia de las políticas nefastas, el que gobierna se desgasta, la gente vota al otro; y luego, al revés, y así hasta que hayan esquilmado todos los recursos del país y empobrecido a la población hasta lo intolerable. En conclusión, la democracia hoy día es una gran estafa, y si aún encima los que gobiernan son de tinte fascista, como ocurre en España, entonces ya tenemos el cuadro completo, el cuadro del desastre.

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