KS-600 Minerva – Prólogo

El inmenso mar de estrellas se abría ante ellos, anhelante, con sus galaxias danzarinas, sus nebulosas multicolor conjuradas con jirones de soles moribundos. Y allí, a bordo de la KS-600 Minerva, una tripulación terrestre ignoraba por completo la belleza contradictoria del momento. Alerta roja; el ruido y la tensión tenían prioridad. Las luces del interior parpadeaban con ritmo frenético y pitidos estridentes; la gente corría por los pasillos atropelladamente.

El capitán Kaal Tur, nacido a la sombra del monte Olimpo 40 años atrás, en Marte, en la colonia minera de Katra IV, frunció el ceño y clavó su mirada en la pequeña lanzadera grisácea que flotaba inerte, suspendida en el vacío; SHUTTLE 67895 rezaba el fuselaje.

El diminuto método de escape que habían elegido los disidentes se había demostrado más eficaz de lo que cualquiera podría haber anticipado, con aquellos motores de salto capaces de velocidad 2.5 y una agilidad de maniobra endemoniada; era sorprendente la ventaja con la que jugaban siempre los infractores de la ley. Pero los escáneres biométricos indicaban que no había ningún humano a bordo… o que estaban todos muertos; el fuselaje no presentaba indicios de haber sido atacado desde el exterior, los núcleos de salto semejaban operativos pero desconectados; algo no encajaba.

–¡Comandante Iskel y teniente Enid, conmigo! –ordenó–. Vamos a abordar la lanzadera, quiero que el resto de la tripulación permanezca en sus puestos y en máxima alerta. Mantengan las torretas prestas para el ataque, en caso necesario; lo último que necesitamos es que nos pille por sorpresa un zángano –añadió, en referencia a las naves de combate de los Hijos de Uld, un culto de fanáticos alienígenas que tenían más de piratas que de otra cosa–. El puente es suyo, comandante Labra.

Toda la tripulación de cabina se cuadró en un gesto marcial y saludaron a su capitán mientras salía de la estancia, acompañado del pelirrojo Iskel y de la silenciosa y pálida Enid. Siempre que era necesario pasar al ataque, el capitán Kaal recurría primero a sus subalternos de máxima confianza. Iskel, por ser un hábil tirador y un individuo muy resolutivo en situaciones de peligro; Enid, por ser capaz de hackear cualquier sistema informático y dominar un sinfín de idiomas, entre ellos el lenguaje máquina. No en vano era parcialmente robótica. En cuanto a su segundo al mando, un cáustico John Labra, estaba aprendiendo los mimbres del oficio, pero tenía madera de capitán y tarde o temprano capitanearía su propia nave; confiaba en él para manejar la Minerva durante su ausencia.

Un buen capitán sabía que parlamentar debía ser la primera opción en caso de conflicto, pero que si las cosas se complicaban no quedaba más remedio que quitar el seguro del fusil y eliminar la amenaza. En este caso, los disidentes ya habían causado demasiado revuelo y caos en Titán y otras colonias como para andarse ahora con miramientos; el almirantazgo no se podía permitir el ridículo una vez más y los ánimos eran hostiles. Tenían que ser llevados ante la justifica Solar, vivos o muertos.

A una orden por comunicador, la Minerva se acopló a la pequeña lanzadera, atrayéndola primero con un rayo tractor y asegurando el anclaje con unos brazos mecánicos después. Detrás del equipo de asalto, la escotilla de seguridad se bloqueó con un sonido característico, para evitar abordajes inesperados. Los tres dieron un paso al frente y la puerta exterior se retiró lateralmente, para mostrarles el interior de la lanzadera recién descubierta. Estaba a oscuras.

–Restablece la energía, Enid –ordenó Kaal–. Iskel, cobertura cruzada.

Y la teniente Enid, callada como una tumba, encendió la linterna de sus gafas con un solo toque en la montura y se puso a trastear en el cuadro de mandos que tenía más próximo. Retiró la tapa, cortó unos cables, juntó otros tantos… Hubo dos chispazos y, de pronto, los sistemas de la lanzadera habían sido restablecidos a plena funcionalidad. El ordenador de a bordo les pertenecía.

Iskel y Kaal aún mantenían sus rifles de plasma en alto, cubriendo todos los ángulos posibles. Se respiraba un ambiente extraño en el interior de aquella diminuta embarcación. El aire estaba viciado, en parte por la desconexión de los sistemas de purificación, pero también por la presencia de cuerpos en descomposición. No les llevó demasiado confirmar que no había supervivientes y que, al parecer, no faltaba ninguno de los tres disidentes fugados. Presentaban un avanzado estado de descomposición, hecho sin duda singular dadas las circunstancias y el poco tiempo de ventaja que les habían sacado en la huida.

Enid estudió los cuerpos y confirmó las sospechas: eran androides de cultivo, creados para parecerse a tres famosos enemigos de la justicia: Michelle Orca, Glenn Yung, Theodor Rust. Tres pesos pesados del movimiento pro-refundición con sede en la yerma Caronte, luna de Plutón, defensores extremistas de la transformación de la raza humana en híbridos sintéticos. Creían que la mente podía ser volcada a un dispositivo informático y reimplantada en un organismo sintético, garantizando así la vida eterna y la supresión de todo dolor; tenían miles de seguidores, incluso entre los más adinerados. Lamentablemente, tal utopía conlleva en paralelo un control absoluto del individuo por parte del gobierno. En el fondo, estos disidentes querían lo mismo que los altos cargos de la justicia Solar: tener la sartén por el mango.

Pero, en consecuencia, los rebeldes auténticos no estaban en la lanzadera. Solo unas carcasas exánimes, unas pobres imitaciones con fecha de caducidad, en parte humanas, en parte producto de la ingeniería robótica, yacían en el suelo metálico, observando las nebulosas con aire distraído. ¿Habrían sentido algo real en sus breves vidas?

–Enid, intenta volcar todos los datos que puedas de sus discos flotantes –indicó el capitán, sintiendo una pequeña punzada de compasión–. Se puede engañar a los sentidos, incluso a las computadoras. Pero incluso el más inteligente de los bandidos, deja pistas –añadió–. No vamos a desaprovecharlas.

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2 comentarios en “KS-600 Minerva – Prólogo

  1. Es un relato de ciencia-ficción sorprendente. Engancha y atrae cada vez más. Tiene todos los ingredientes para constituir un éxito: misterio, emoción, suspense, revisión de la realidad a través de un futuro lejano. Te felicito sinceramente y te animo a continuar esta historia.

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