KS-600 Minerva – Prólogo

El inmenso mar de estrellas se abría ante ellos, anhelante, con sus galaxias danzarinas, sus nebulosas multicolor conjuradas con jirones de soles moribundos. Y allí, a bordo de la KS-600 Minerva, una tripulación terrestre ignoraba por completo la belleza contradictoria del momento. Alerta roja; el ruido y la tensión tenían prioridad. Las luces del interior parpadeaban con ritmo frenético y pitidos estridentes; la gente corría por los pasillos atropelladamente.

El capitán Kaal Tur, nacido a la sombra del monte Olimpo 40 años atrás, en Marte, en la colonia minera de Katra IV, frunció el ceño y clavó su mirada en la pequeña lanzadera grisácea que flotaba inerte, suspendida en el vacío; SHUTTLE 67895 rezaba el fuselaje.

El diminuto método de escape que habían elegido los disidentes se había demostrado más eficaz de lo que cualquiera podría haber anticipado, con aquellos motores de salto capaces de velocidad 2.5 y una agilidad de maniobra endemoniada; era sorprendente la ventaja con la que jugaban siempre los infractores de la ley. Pero los escáneres biométricos indicaban que no había ningún humano a bordo… o que estaban todos muertos; el fuselaje no presentaba indicios de haber sido atacado desde el exterior, los núcleos de salto semejaban operativos pero desconectados; algo no encajaba.

–¡Comandante Iskel y teniente Enid, conmigo! –ordenó–. Vamos a abordar la lanzadera, quiero que el resto de la tripulación permanezca en sus puestos y en máxima alerta. Mantengan las torretas prestas para el ataque, en caso necesario; lo último que necesitamos es que nos pille por sorpresa un zángano –añadió, en referencia a las naves de combate de los Hijos de Uld, un culto de fanáticos alienígenas que tenían más de piratas que de otra cosa–. El puente es suyo, comandante Labra.

Toda la tripulación de cabina se cuadró en un gesto marcial y saludaron a su capitán mientras salía de la estancia, acompañado del pelirrojo Iskel y de la silenciosa y pálida Enid. Siempre que era necesario pasar al ataque, el capitán Kaal recurría primero a sus subalternos de máxima confianza. Iskel, por ser un hábil tirador y un individuo muy resolutivo en situaciones de peligro; Enid, por ser capaz de hackear cualquier sistema informático y dominar un sinfín de idiomas, entre ellos el lenguaje máquina. No en vano era parcialmente robótica. En cuanto a su segundo al mando, un cáustico John Labra, estaba aprendiendo los mimbres del oficio, pero tenía madera de capitán y tarde o temprano capitanearía su propia nave; confiaba en él para manejar la Minerva durante su ausencia.

Un buen capitán sabía que parlamentar debía ser la primera opción en caso de conflicto, pero que si las cosas se complicaban no quedaba más remedio que quitar el seguro del fusil y eliminar la amenaza. En este caso, los disidentes ya habían causado demasiado revuelo y caos en Titán y otras colonias como para andarse ahora con miramientos; el almirantazgo no se podía permitir el ridículo una vez más y los ánimos eran hostiles. Tenían que ser llevados ante la justifica Solar, vivos o muertos.

A una orden por comunicador, la Minerva se acopló a la pequeña lanzadera, atrayéndola primero con un rayo tractor y asegurando el anclaje con unos brazos mecánicos después. Detrás del equipo de asalto, la escotilla de seguridad se bloqueó con un sonido característico, para evitar abordajes inesperados. Los tres dieron un paso al frente y la puerta exterior se retiró lateralmente, para mostrarles el interior de la lanzadera recién descubierta. Estaba a oscuras.

–Restablece la energía, Enid –ordenó Kaal–. Iskel, cobertura cruzada.

Y la teniente Enid, callada como una tumba, encendió la linterna de sus gafas con un solo toque en la montura y se puso a trastear en el cuadro de mandos que tenía más próximo. Retiró la tapa, cortó unos cables, juntó otros tantos… Hubo dos chispazos y, de pronto, los sistemas de la lanzadera habían sido restablecidos a plena funcionalidad. El ordenador de a bordo les pertenecía.

Iskel y Kaal aún mantenían sus rifles de plasma en alto, cubriendo todos los ángulos posibles. Se respiraba un ambiente extraño en el interior de aquella diminuta embarcación. El aire estaba viciado, en parte por la desconexión de los sistemas de purificación, pero también por la presencia de cuerpos en descomposición. No les llevó demasiado confirmar que no había supervivientes y que, al parecer, no faltaba ninguno de los tres disidentes fugados. Presentaban un avanzado estado de descomposición, hecho sin duda singular dadas las circunstancias y el poco tiempo de ventaja que les habían sacado en la huida.

Enid estudió los cuerpos y confirmó las sospechas: eran androides de cultivo, creados para parecerse a tres famosos enemigos de la justicia: Michelle Orca, Glenn Yung, Theodor Rust. Tres pesos pesados del movimiento pro-refundición con sede en la yerma Caronte, luna de Plutón, defensores extremistas de la transformación de la raza humana en híbridos sintéticos. Creían que la mente podía ser volcada a un dispositivo informático y reimplantada en un organismo sintético, garantizando así la vida eterna y la supresión de todo dolor; tenían miles de seguidores, incluso entre los más adinerados. Lamentablemente, tal utopía conlleva en paralelo un control absoluto del individuo por parte del gobierno. En el fondo, estos disidentes querían lo mismo que los altos cargos de la justicia Solar: tener la sartén por el mango.

Pero, en consecuencia, los rebeldes auténticos no estaban en la lanzadera. Solo unas carcasas exánimes, unas pobres imitaciones con fecha de caducidad, en parte humanas, en parte producto de la ingeniería robótica, yacían en el suelo metálico, observando las nebulosas con aire distraído. ¿Habrían sentido algo real en sus breves vidas?

–Enid, intenta volcar todos los datos que puedas de sus discos flotantes –indicó el capitán, sintiendo una pequeña punzada de compasión–. Se puede engañar a los sentidos, incluso a las computadoras. Pero incluso el más inteligente de los bandidos, deja pistas –añadió–. No vamos a desaprovecharlas.

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Las Pensiones de la Discordia

Después de la exigua -y casi provocadora- subida en las pensiones de este inicio de año 2018, una gran porción de la población se ha puesto en pie de guerra. Me refiero por supuesto a los jubilados, esas personas que han invertido su vida en producir para el sistema (en muchos casos con sueldos de miseria) y ahora ven con desagrado cómo ese mismo sistema escatima en esfuerzos a la hora de asegurarles una tercera edad digna, a buen seguro creyendo que los representantes políticos han sido elegidos para defender tal propósito y muchos otros de ilustre semejanza.

Cabe puntualizar que entre los jubilados se haya a menudo un votante muy leal a los partidos de derechas, gentes devotas a creencias invariables y sólidas, pues existe en el subconsciente popular la creencia falaz de que la derecha equivale a estabilidad, a una garantía de calidad de vida distanciada de los problemas de Venezuela; un sueño para cualquier persona sin trabajo y muchos achaques de salud.

En cierta manera, esa creencia no es del todo incorrecta, habida cuenta de que el objetivo primordial de las formaciones de derechas es mantener y perpetuar el status quo existente, con cierta tendencia a favorecer la consolidación y expansión de las clases acomodadas. Porque la derecha piensa, evidentemente, que el que tiene más dinero o pertenece a una clase superior, tiene o debe tener más derechos, porque aporta más a la sociedad, es un individuo más valioso. Si hacemos una disección en las ideologías de partido, ya sea de PP o Ciudadanos, después de una exploración somera encontraremos esta certeza. La ironía, quizá, radica en que las políticas de izquierdas terminan por arrojar resultados estadísticamente semejantes… con una pizca extra de caridad hacia los más desfavorecidos.

Teniendo esto presente, resulta incluso inesperado o sorpresivo el enfado al que estamos asistiendo por parte de la población, pues o bien los votantes no sabían lo que votaban -que es lo más posible y lo más doloroso de reconocer-, o bien votaban contando con que todo siguiese igual, votaban anhelando seguridad incluso por delante de libertad, obteniendo a cambio ninguna de las dos, como advertía el estadounidense Benjamin Franklin en un pasado no tan lejano. Y, naturalmente, el resultado está aquí: se alega que las pensiones solo pueden ser financiadas con retenciones de trabajo, se priorizan otras partidas presupuestarias, se lastra su crecimiento, se disminuye el poder adquisitivo de las clases bajas y, por extensión, su peso en la sociedad. ¿Qué es, lectores míos, lo que no entendemos aquí?

Lamentablemente, la contienda política entre derechas e izquierdas vuelve a convertirse en un campo de batalla de acusaciones cruzadas, del “y usted más”, de las herencias recibidas, de los datos falseados o alterados para semejar subidas o bajadas más acusadas y manipular al vulgo, etc. Ninguna de las dos partes, como digo, y por desgracia, están haciendo referencia al elefante en la habitación, que es una expresión inglesa que encuentro particularmente tronchante. Y el elefante en la habitación es un paquidermo de especial voluminosidad: segunda revolución industrial, traída de la mano de un progreso en robótica galopante, exceso de densidad poblacional y la problemática del control de fronteras y la necesidad de mantener el orden, presión migratoria y escasez de recursos -competencia económica e ideológica-, etc. Dicho de otro modo, el paradigma futuro de nuestra sociedad pasa por cambios muy radicales en la manera de entender el mundo.

Ahora bien, ¿se transformará el sistema hacia un paradigma puramente lúdico para las personas, dejando el trabajo -en especial el de baja cualificación- en manos robóticas? ¿Se instaurará una renta básica, a consecuencia de la no necesidad de trabajar pero sí de vivir dignamente? ¿Desparecerá sin más el concepto de dinero y riqueza? ¿O, en cambio, la agresividad del sistema convertirá a la gente en más pobre, más desesperada, y acabará por apuntalar el último clavo en el ataúd de la esperanza? ¿Acaso se diezmará a la población con alguna estratagema, algún conflicto bélico mundial, alguna escenificación teatral de honores afrentados que buscan retribución?

Si tuviera que hacer una apuesta, en especial viendo lo fácil que es manipular al votante y la intrínseca flexibilidad cimbreante de la opinión pública, ¿adivinen cuál sería? No se engañen: mientras un país no invierta en educación y, sobre todo, en unos agentes socializadores que conviertan a las personas en individuos autónomos y de espíritu crítico, pinta realmente mal. Primero se destruye la unidad, luego al individuo. Y, sobra decir, ninguno de los actores políticos del presente, jugando con las cartas del sistema, va a hacer algo distinto de lo que ya tenemos.

Mediten sobre ello.

Un Trampolín al Pasado

A veces nos puede sorprender que problemas de hace décadas sigan vigentes hoy en día. ¿Cómo es posible, con toda la técnica, el intelecto y el progreso social, que sigamos aterrorizados por injusticias estructurales como el machismo, los gobiernos represores o la visión cortoplacista en materia medioambiental? Y la respuesta es que la propia libertad que genera el sistema se vuelve contra él.

Uno de mis escritores favoritos es el francés Michel Houellebecq, un hombre que plasma historias centradas en la irrelevancia cósmica, el desarraigo y la progresiva deshumanización de las personas, a menudo con tintes de ciencia ficción de primer nivel. En una de sus muchas novelas nos presenta una pseudo distopía en la que el Islam domina el continente europeo, y explica que su imparable auge entre la población se debe al simple hecho de que ofrece una “realidad” constante y fuerte. Es decir, que un conjunto de valores coherente y sólido ofrece solaz a las personas que se sienten fuera de lugar, sin rumbo, sin un cometido, ya sean valores machistas, ultraconservadores, etc.

El cristianismo, transformado por la progresiva secularización de sus sociedades y el paradigma de consumismo exacervado (con su “libertad para consumir pero no para pensar”), se ha convertido -dice- en una fe que no ofrece respuestas, una fe relativa y débil; una fe que promulga infelicidad, inmediatez, banquetes que no colman el hambre. Esto, a su vez, ha convertido a los sistemas gubernamentales de las naciones antaño católicas en países igualmente débiles, oscilantes, incapaces de regirse a sí mismos y cada vez más cercanos al caos anárquico efectivo. Los valores inculcados a las personas les han conferido libertad pero, a la vez, inseguridad, miedo, indecisión; dolor existencial. Y esa falta de certeza, el temor a lo desconocido, a aceptar las consecuencias de sus actos, los empuja en esta distopía a abrazar alternativas más sencillas, más claras, más tangibles.

Lo del Islam sirva como ejemplo, puesto que la idea subyacente no es la guerra de cultos, sino la necesidad humana de tener un asidero terrenal sobre el que fundamentar su vida, un asidero fuerte cabe puntualizar. Quien dice una religión, igualmente podríamos mencionar una dictadura; la idea es que las personas, víctimas de una libertad sin freno, se sienten tan indefensas que optan por la regresión, por resucitar viejos cultos, ideas o pareceres, incluso aquellos que no son positivos (y las élites también capitalizan este hecho). Hace pocos días, me topé con un cliente que lamentaba la ausencia de “un tipo como Franco en el poder, con las ideas claras para arreglar el país”. Un dictador como Franco externalizaba la necesidad de pensar, la responsabilidad, puesto que en él recaía la toma de decisiones; obedecer es una miel muy dulce, implica un camino predefinido y pocas culpas.

No obstante, si dejamos a un lado la distopía y la literatura, podemos comprobar que en el mundo real este proceso está ocurriendo y no va a detenerse. La juventud del presente, inexplicablemente, es mucho más machista que una o dos generaciones atrás. El fenómeno está perfectamente documentado y debiera extrañarnos, habida cuenta de que la educación parece querer combatir esos fantasmas. Incluso los medios de comunicación, tan orgullosos ellos de ensalzar la libertad y la igualdad, a menudo denuncian este variopinto proceso de regresión ideológica. ¿O no? Porque aquí, claro está, tenemos que mirar el detalle, la letra pequeña. ¿Es nuestra sociedad menos machista que antaño? ¿O, quizá, simplemente se limita a condenar la figura del hombre y la violencia que algunos de estos exponentes ejercen sobre las mujeres, sin ir más allá, sin ofrecer alternativas reales? ¿Han cambiado los patrones publicitarios o se limitan a intercambiar la postura del hombre y de la mujer en los anuncios para pasar el corte legislativo? ¿Siguen primando la apariencia física, en concreto la de la mujer, por encima de su talento? ¿Han renunciado a cosificar a las mujeres o, en cambio, han optado por la falacia de cosificar a ambos sexos por igual, en nombre de la igualdad? ¿Ha cambiado realmente la ideología ciudadana, la educación, las costumbres?

Y si vamos más allá, en materia de gobierno es otro tanto de lo mismo. De una dictadura saltamos a un sistema democrático, cada vez más libertad… hasta que alcanzamos la parodia, la farsa, el ridículo; todo el mundo sabe que la única que gobierna es la corrupción, el enriquecimiento personal, la falta de valores; mercaderes en el templo. Sirva de ejemplo Donald Trump, un claro adalid del hartazgo popular y del me importan un comino las consecuencias, puesto que ya no creo en el sistema. ¿Pero qué pasa al cabo de un tiempo? Que algo falla, algo no está bien; así, empieza otra vez el ciclo regresivo, la necesidad de control, una guerra como pretexto, el patriotismo inflamado… de que las cosas sean más fáciles de entender y de manejar, incluso cuando no son justas.

Todo se resume en que la libertad requiere valentía y el mundo está plagado de cobardes. Tienen derecho a conformarse, pero la actitud indolente nos condena; no hay avance real si no somos capaces de romper el ciclo. La sociedad de consumo tiene sus ventajas, pero está matando las aspiraciones de las personas, el medioambiente, la autonomía de los estados… El mercado nos ofrece de todo, nos desborda con ofertas, pero fracasa en colmar algo tan esencial como el sentimiento de felicidad y plenitud. Y ningún cascarón inflado con los ácidos tóxicos del vacío será capaz de luchar por el futuro; se dejará arrastrar por la corriente, por las ideologías, y acabará abrazando cualquier culto que le ofrezca respuestas, sentimiento de unidad; seguridad. Pueden ser soluciones erróneas, pero al menos serán respuestas, y nunca hemos de menospreciar el poder de una respuesta sobre una mente que se hace preguntas y anhela un sentido para su vida.

A todo esto, otros lo llamarían nostalgia, la imagen de un pasado brillante. ¡Qué bueno era todo antes, y qué bien funcionaba! ¿Recuerdas?

Indefensión Popular

Si algo hemos descubierto con la crisis catalana, es que vivimos en un mundo poderosamente influenciado por los medios de comunicación, tesitura que ya era manifiesta en el pasado pero que se ha intensificado en el panorama nacional con inusitada intensidad. La televisión, los periódicos, la radio… Los medios de comunicación, como púlpito diseñado para la proyección de ideas afines a la élite dominante, no cejan en su empeño de “construir” una verdad oficial que muchas veces poco tiene que ver con los hechos reales. En este sentido, el periodismo genuino propiamente dicho brilla por su ausencia en multitud de ocasiones, en las que el amarillismo y el sectarismo se hacen fuertes y ganan prioridad sobre la honestidad y la veracidad. Como consecuencia, ¿qué es verdad y qué es mentira? ¿Acaso la mentira no se convierte en verdad cuando todos la repiten y es aceptada sin opción a réplica?

La gravedad de esta situación nos ha llevado a la imposibilidad práctica de entender el mundo o conocer lo que realmente está pasando, en especial si no realizamos un esfuerzo continuo por contrastar y elaborar conclusiones más precisas; un esfuerzo que una gran porción de la población no realiza, primeramente porque la educación no facilita el espíritu crítico. Nos han educado para vivir indefensos, a merced de la publicidad de consumo y de la ideológica, que a menudo son imposibles de diferenciar.

La carencia de información que predominaba en siglos anteriores, hecho que contribuía al empoderamiento de los regímenes totalitarios o de instituciones como la Iglesia, se ha transformado en una abundancia distorsionada, casi hermanada con el ruido y la interferencia. Se repiten las mismas noticias una y otra vez, las que convienen; en cambio, otras se ocultan y jamás se mencionan. Los medios eligen ciertas palabras, ciertos mensajes, y cuentan los hechos desde perspectivas afines a la fuente que los financia, con lo cual la población ya está condicionada de antemano a la hora de enfrentar los hechos. Si la “verdad” mostrada omite detalles de la realidad, esa parte deja de existir para el público.  Aquello supeditado al silencio, no existe en un mundo de interferencias y ruido, un mundo en el que el periodismo tiene mucho de arma arrojadiza y de mercenario a sueldo.

A ello tenemos que añadirle el mimo con el que se eligen los discursos y el uso indiscriminado de la tautología en los mismos. Es frecuente que cada posición repita sin cesar ciertas expresiones que, ya de entrada, dan a entender los derroteros por los que se mueve el orador. Golpe de estado, radicales, presos políticos, políticos presos, gobierno en el exilio, fascismo,  nazis, etc. Las palabras no son inocentes y no han sido escogidas arbitrariamente, cumplen una función, suscitar una idea negativa sobre el contrario. Si unimos el ritmo machacón de las ideas con el ritmo machacón y sesgado de los medios, el resultado es explosivo y, sí, rayano en la tortura.

Y la consecuencia real y palpable de todo esto es que la población cree saber, cuando no sabe, ni por asomo, qué está ocurriendo, cómo o qué consecuencias tendrá; sabemos lo que quieren que sepamos, aliñado a gusto del chef. Incluso sometiendo toda la información a un profundo análisis, es como drenar un océano con las manos desnudas, una tarea fútil. Sirva de ejemplo la frecuencia con la que se culpa a Venezuela de muchas prácticas tiránicas, que en esencia son compartidas por otros países en teoría no tiránicos. Y, en Venezuela, criticar a los Estados Unidos y hablar de la guerra económica también tiene su utilidad. Es el discurso establecido, el que conviene a todos los grupos en el poder a seguir extendiendo esta gran estafa piramidal social, cuyo propósito es controlar al rebaño y aprovecharse de él. La verdad oficial dice que unos son los malos y otros los buenos, pero un análisis más detallado nos dice que son dos caras de una misma moneda y que los papeles se invierten según el punto de vista tomado; no hay terreno gris, solo roles reversibles y discursos que comparten semántica.

Estamos indefensos ante el aparato propagandístico de las élites, los medios de comunicación. Si estos quieren enfrentar a dos regiones, a dos países o a dos grupos, lo conseguirán con suma facilidad. Cada uno ha de centrarse en repetir el programa indicado, buscar el conflicto y bajar al barro; curiosamente, el dinero que financia a todos los medios suele provenir del mismo lugar, lo que me hace suponer que, como en tantas otras ocasiones, el poder económico lo controla todo. Las élites, mediante sus agentes, te ofrecen el sabor “sistema” y el sabor “antisistema”, el producto de marca y la marca blanca; la clave es que, después de todo, sigas siendo un consumidor sujeto a sus reglas y sigas tragándote las mismas ideas sin rechistar.

No, ningún estado “gobierna con indepencia”; son gobiernos de paja. Todos los representantes democráticos electos, o todo los fascistas colocados violentamente, han sido diseñados para obedecer los intereses de otros que, en esencia, ganan dinero en cualquier caso. Países enteros viven en constante caos para que las empresas extranjeras puedan expoliar sus recursos; naciones enteras viven sumidas en profundas depresiones económicas porque les conviene a unos pocos. Por eso digo que, en resumidas cuentas, el enemigo de la humanidad no tiene cara y vive en la sombra. Pero está ahí y es de carne y hueso, y tiene el altavoz más poderoso de toda la historia: la televisión. Y, pronto, Internet.

Cita

La Visita

Era de madrugada, el silencio y la penumbra dominaban el diminuto apartamento en el que vivía. Se despertó después de un mal sueño y observó el reloj con los ojos entrecerrados; eran todavía las 4.44 de la noche. Palpó la colcha de la cama buscando en la oscuridad la presencia de su gato, pero no lo encontró en el sitio habitual. Seguramente había abandonado a su compañero humano para darse un pequeño atracón de pienso o cazar fantasmas en el interior de una caja de cartón.

Rafael maldijo las pesadillas por interrumpir su descanso y se forzó a dormir de nuevo, sabedor de que pronto tendría que levantarse para ir a trabajar. Entonces, escuchó unos pasos por el pasillo, en dirección a la habitación. “Ahí viene el gato, ya se cansó de merodear por la casa”, pensó. Pero a medida que los pasos se aproximaban, más esponjosos de lo habitual, más distorsionados, más reverberantes, una extraña intranquilidad invadió su pecho; no era el sonido rítmico y sutil que su compañero felino emitía al caminar con elegante diligencia sobre el parqué, fruto de unas uñas que jamás fue capaz de cortar en solitario… Se puso nervioso igual que aquellas veces que, de pequeño, en casa de sus abuelos, asolado por pesadillas sin pies ni cabeza, se refugiaba entre las mantas con tensa expectación.

La puerta del cuarto se entreabrió con parsimonia, sin emitir el más leve sonido; el movimiento de la misma semejaba artificial, ahogado, imposible. Solo un suspiro de ausencia cortejó la inexplicable apertura, un barrido de brisas guturales. Casi no entraba luz por la ventana, con lo cual la tiniebla era reina indiscutible del diminuto habitáculo. Una tiniebla que, por momentos, parecía oscilar, ondularse tal y como haría el humo si fuese líquido y tuviera voluntad propia.

Así, atónito, vio a aquella extraña criatura de oscuridad pura emerger, adentrarse en la habitación rumbo a su cama, hacia él; anhelante. No tenía límites bien definidos, solo trémulos bordes que se deshacían en volutas de humo y acto seguido se convertían en chorros derretidos del color del más negro petróleo. Era un ser antropomorfo, pero sin consistencia material, más allá de la opaca oscuridad que alimentaba su corazón de niebla.

Rondó la cama por ambos lados hasta que se detuvo, justo delante de la ventana, mirando fijamente a Rafael y murmurando un tenue oleaje de sortilegios. A contraluz su “cuerpo” estaba plagado de agujeros y bucles arremolinados de tonalidades grises y negras; la endeble luz lunar se encargaba de desenmascarar los puntos de costura de la criatura. Su presencia emanaba negatividad, malos recuerdos, pesadillas, horribles acontecimientos por ocurrir aún… y quería entrar en él, quería echar raíces en su corazón y apoderarse de su cuerpo indefenso; doblegar su voluntad y sorber todo lo que era bueno y puro.

El visitante extendió una de sus extremidades informes, uno de sus tentáculos de embarrada malignidad, y se abalanzó hacia Rafael como activado por un resorte. El joven atinó a ver unos ojos violáceos segundos antes de que todas aquellas volutas de odio y horror se perdieran en las profundidades de su boca… La nube invadió por completo al insomne muchacho, estático, insuflando aire podrido a sus pulmones nerviosos. Una riada de malestar embargó su cuerpo, de pies a cabeza. Había perdido; era una pesadilla, pero no podía despertarse.

Capitalizando el cambio climático

Desde joven, siempre me ha preocupado en gran medida el devenir del mundo y sobre todo el estado de conservación de los ecosistemas. Tal actitud, no obstante, partía de una base sesgada, puesto que los ecosistemas nunca han funcionado como paradigmas estables e inmóviles, antes al contrario, han sufrido cambios progresivos -y a veces radicales- a lo largo de las eras.

Hoy en día, por diversas razones, se habla mucho del cambio climático y parece que los gobiernos mundiales están enfocados -en teoría- en conseguir un mundo más limpio, protegiendo la naturaleza y evitando de paso el calentamiento global y los diversos fenómenos meteorológicos extremos que asolan el planeta. Paradójicamente, no atacan prácticas como la obsolescencia programada, principal contribuyente a la escasez de recursos y al aumento de la contaminación, lo que pone en tela de juicio sus verdaderos pensamientos al respecto.

Pero, ¿cuál es la verdad detrás de todo esto? ¿Es real el cambio climático? ¿Su origen se debe a la actividad humana? Siendo un completo ignorante en materia científica, aportaré mi breve y superficial punto de vista: el cambio climático sí es real, pero el impacto humano sobre el mismo quizá no sea tan importante como nos quieren hacer creer.

Mi razonamiento tiene en cuenta diversos hechos, el primero de ellos que la Tierra nunca ha tenido un clima estable. Desde su pasado inhabitable, pasando por épocas muy cálidas como el jurásico, y llegando hasta las glaciaciones -detonadas por ciclos naturales o erupciones volcánicas masivas-, el clima ha oscilado continuamente. Eso sin olvidarnos de la deriva tectónica y el consiguiente efecto en las corrientes marinas que, por supuesto, también influyen en el rango de temperaturas oceánicas y continentales y en la posterior evolución de anticiclones y borrascas. El planeta no ha tenido en el pasado el mismo reparto de climas regionales que en el presente; lo que hoy son desiertos, antaño eran bosques y viceversa.

Prosiguiendo con esta línea de razonamiento, también sabemos que el polo magnético se invierte entre 1 y 5 veces cada millón de años. Según los estudios, el último cambio se produjo hace unos 786.000 años, con lo cual sobra decir que las consecuencias potenciales de una inversión magnética -¿inminente?- a escala global pueden ser imprevisibles y de profundo calado climático, tecnológico y geopolítico.

A nivel cósmico, esto es, externo al planeta, también sabemos que el Sol atraviesa ciclos de 11 años, en los que esta llameante esfera fluctúa entre picos de alta actividad solar y otros más tranquilos, períodos en los que se producen más o menos tormentas solares, etc. Independientemente de estos ciclos, el propio sistema solar -como conjunto- viaja a lo largo de la Vía Láctea a velocidades de vértigo. Con esto quiero decir que ni el planeta Tierra, ni el Sol, ni el Sistema Solar se encuentran fijos en un lugar del espacio, sino que viajan por una autopista cósmica a velocidades demenciales, acompañando a millones de cuerpos celestes en sus espídicas travesías particulares. Las influencias mutuas que unos cuerpos celestes pueden ejercer sobre otros son innegables y, como tal, han de ser computables para explicar las posibles causas del cambio climático.

Por último, con independencia de su gravedad, sí hemos de mencionar la actividad humana. Cuando un grupo de humanos decide crear un embalse, desecar un lago, talar un bosque o reducir a escombros una montaña, se produce un impacto ambiental que no puede negarse, afectando a la evolución de los ciclos de las borrascas y anticiclones; montañas y ríos, como cualquier otro accidente geográfico, influyen en el medio actuando a modo de barrera, y es habitual ver que el clima es diferente dependiendo del lado en el que nos situemos. En mi opinión, esta clase de impacto es mucho más hondo que el nacido de la contaminación química (en lo que al clima se refiere), mucho más grave que un vertido o una emisión de CO2, aunque igualmente condenable e inexcusable.

En resumen, ¿es el cambio climático real? Sí. ¿Está causado exclusivamente por la actividad humana? No. ¿La actividad humana contribuye al cambio climático? Sin duda, pero en mi opinión no de forma radical. Esto, no obstante, no es óbice para aplicar políticas más respetuosas y conductas de consumo más responsables, porque al fin y al cabo, independientemente de sus consecuencias, nuestras sociedades deberían evitar causar daño al medio y utilizar los recursos de forma eficiente, salvaguardando los ecosistemas y luchando por un futuro más limpio y mejor para todos los habitantes del planeta. Ya que la contaminación, por desgracia, afecta de lleno a todos los seres vivos, acarreando enfermedades, acortando la esperanza de vida y causando miseria.

Sin embargo, si damos por ciertas mis conjeturas, ¿cuál puede ser entonces la verdadera razón detrás de la presión mediática sobre el cambio climático? Como buen ciudadano del siglo XXI, aficionado a pensar, poner en tela de juicio verdades oficiales y razonar más allá de lo aparente, creo que detrás de todo esto pueden existir intenciones elitistas y eugenésicas. Dicho de otro modo, que ciertos grupos de personas en el poder -de países evidentemente ricos- están utilizando este contexto de cambio climático para “frenar” a países emergentes y quizá imponer en el futuro restricciones en apariencia inocentes, gravar a los ciudadanos con impuestos relativos a la contaminación por el bien común y, quizá a largo plazo, crear una base sobre la que justificar un gobierno mundial centralizado, decidiendo de paso cuáles serán los ciudadanos afortunados y cuáles meros esclavos. De igual modo que la Iglesia en el pasado mercadeaba con el concepto de la Salvación, es posible que los gobiernos del presente, o personas que no conocemos pero que controlan a estos gobiernos, hayan ideado un sistema para mercadear con una nueva salvación climática. En conjunción con el temor a una guerra nuclear, epidemias, conflictos migratorios, etc., nos encontramos chapoteando en el caldo de cultivo ideal para originar un conflicto que diezmará a la población.

Por mucho que considere al ser humano un estúpido irredento, sé de sobra que los timoneles del mundo persiguen otros fines, como reducir la población e instaurar medidas de control más orwellianas, mucho más que las ya experimentadas -voluntariamente- en el presente gracias a la interconexión de plataformas lúdicas como Google, Facebook, Android y compañía. Quizá no podamos solucionar el cambio climático, pero de igual modo tampoco podremos escapar de las garras del tiranismo que nos sobreviene. O, al menos, esa es mi opinión, a veces próxima a la postura de un abogado del diablo.

Las Voces Mudas

Soy uno de entre muchos, una voz que reverbera enterrada bajo la quietud estruendosa del siglo XXI. A diario pienso sobre los acontecimientos que desgarran este planeta pero no siempre me encuentro de humor suficiente -ni con tiempo- como para regurgitar algún tipo de escrito al respecto. Tal es la magnitud del hastío que se ha gestado en mi psique, que mi antaño exacerbada hostilidad argumentativa hacia un sistema injusto se ha diluido en una resignación indoblegable y muda. Por decirlo de otra manera, vivo encerrado en una burbuja que flota en un océano corrosivo, en precario equilibrio, obteniendo lo que necesito para sobrevivir pero sin hincar la rodilla… mas pude ser uno de esos que luchan en primera línea por algo; un algo que no sé qué es ni para qué vale.

En la adolescencia más temprana encontré inaceptables muchas circunstancias que el común de la sociedad daba por inalterables, determinadas y permanentes. En esos años de especial aislamiento geográfico en un entorno rural alimenté las hiedras de la rebeldía y cultivé todo aquello que hoy me permite observar con otro tipo de mirada y pensar con otro tipo de lenguaje, obteniendo por el camino infelicidad y la certeza de que jamás conocería tal estado. Escribía a diario, relatos y reflexiones que retroalimentaban mis pareceres y conclusiones; el mundo no podía estar bien, no funcionaba con lógica. Ante cualquier noticia o acontecimiento, mi lectura o análisis del hecho en cuestión siempre recaía en un detalle del que nadie hablaba o que no era de manifiesta evidencia; me hice asiduo del subtexto, de los renglones vacíos entre líneas que decían mucho más que la verborrea incontenible y tautológica de los medios de comunicación. Hay tantas carencias en las oraciones de los exponentes públicos que me maravilla el efecto que esos exiguos discursos tienen en las masas.

El acceso, años después, a Internet, y la propagación en paralelo de programas de tertulia política (y de actualidad) en televisión, acabó por desplazarme del borde exterior al negro abismo que se encuentra más allá del muro. La desinformación por falta de información se transformó en una oleada de información desinformativa. Las noticias sesgadas dieron lugar a los tweets sesgados, sacados fuera de contexto, pobremente escritos y de pobre calado. La tarea informativa de los medios acabó por contentarse con un puñado de caracteres y la proyección espídica de imágenes trágicas, alentando la parodia, las escenografías, las mentiras todavía más descaradas si cabe. Me di cuenta de que tanto mis opiniones como las de muchos otros eran ecos de voces previas, voces diseñadas; que el libre albedrío consiste en ser portavoz del código de programación social vigente. Incluso los argumentos rebeldes de antaño y de hoy han sido plantados con diligencia por sagaces estrategas para encaminar la corriente, de modo que leales y disidentes discurriesen de acuerdo a los arreglos previos.

Desposeído de un lugar en la tierra, que pertenece a unos pocos locos suicidas, y del sueño utópico de encauzarla hacia horizontes más justos, torné mis aspiraciones a lo inmediato, a un radio de acción que solo comprendía el presente y que condenaba al futuro y al pasado al puro teorema. A la no existencia. Nunca estuvo ni estará, ni un ayer ni un mañana, entre mis secas manos. Sin embargo, la rutina cíclica que parece emborronar las fronteras temporales, que otras personas integran en sus vidas sin un segundo de consideración y que justifican todo lo que ocurre con un lapidario “es lo que hay”, actuando como vectores de expansión de trayectos e inercias previas, a mí me resulta rayana en algo que podríamos emparentar con el absurdo.

No hallo gravedad ni relevancia en los hechos mundanos; no hallo placer ni orgullo en el éxito laboral; no hallo emoción en las emociones, sabedor de la intensa programación e ingeniería social que las corrompe… Solo veo lo que vería un espectador observándose a través de una pantalla, observando su vida en tercera persona y casi hasta desprovisto de cualquier empatía hacia el protagonista; convertido en un producto, un remedo, una tuerca de un engranaje oxidado. Sé que todo lo que hago y pienso no emana de mí. ¿En qué me deja eso? Más a menudo de lo que me gustaría me veo fuera de la situación en la que me encuentro y concluyo que es irrelevante y sumamente prescindible, asediado por una retahíla de insólitos “¿para qués?”.

Por desgracia, no puedo eludir la sombra que me persigue, esa certeza de que lo establecido por la sociedad es una llana farsa, un conjunto de regulaciones, leyes y costumbres crepitantes, oscilantes. Indiferentes. Soy incapaz de establecer como destino para mi camino objetivos tan distantes en el plano conceptual como desvivirme por un ascenso, replicar la fórmula desactualizada del matrimonio, tener descendencia para verla morir en una guerra o de hambre o, ya puestos, dejar huella en este planeta. ¿Huellas en la arena como Ozymandias?

Pero, aún con todo esto, aún con la indiferencia, el silencio, la distancia y la escarcha, ¡cuánto dolor me produce asistir a los actos de terror, la impunidad y corrupción política, la avaricia estructural que se propasa más allá del mero objetivo de tener una empresa rentable, la indiferencia hacia la vida! Si ya de por sí nada de esto tiene aparente sentido, tener que aceptar que la vida y la muerte se han visto reducidas a una comparsa de palabras en una página del periódico o en una pantalla de televisión no puede ser bueno.

Doscientos muertos en un bombardeo, trece atropellados en un ataque terrorista, miles de inmigrantes sin patria y sin mayor patrimonio que unas suelas rotas… Siete mil millones de espantapájaros desgranándose atómicamente, segundo tras segundo, para toda la eternidad. ¡Ay del polvo que cabalga el viento, ay de todos esos caballeros en armaduras doradas, aborreciblemente huesudos! ¿Cómo es posible que el talento y el ingenio humano nos hayan llevado hasta este perpetuo intersticio de dolor y destrucción? ¿Qué demonios controla nuestros pasos? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Para qué?