Corazones Malditos II

La luz tremolante de las antorchas iluminaba la piedra gris de los muros, formando sombras irregulares, bailarinas de medianoche. La yedra había avanzado ostensiblemente en las últimas décadas, pero el castillo seguía siendo un lugar imponente e infranqueable, testigo de un pasado glorioso; con sus muros de cantería de impecable factura, sus torreones puntiagudos, infestados de murciélagos, y el opulento mobiliario de su interior, quedaba bien claro que los Vukra no habían pertenecido un linaje precisamente pobre. Y para acceder a Okkelett, había que ascender por una empinada escalinata de casi cien metros (diseñada de tal modo que incluso los carruajes podían realizar el trayecto), franqueada por farolillos agitados por el viento nocturno, en una especie de peregrinación al vientre de la bestia. El edificio, henchido de orgullo ancestral, proyectaba una sombra siniestra incluso en las noches más oscuras desde lo alto de la colina sobre la que había sido levantado, una sombra que se extendía muy adentro en los corazones de los lugareños y que cobijaba baso su infame abrazo a criaturas inverosímiles.

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Corazones Malditos I

Era noche de luna roja, también conocida como la noche de Uruta Bali, en honor de una deidad sombría de sangre y venganza, representada a menudo con la cabeza de un carnero tricorne o, alternativamente, con la silueta de una huesuda mujer de brazos indescriptiblemente largos. Un grupo de gente se desparramaba por las escalinatas del desvencijado castillo de Okkelett, portando antorchas tremolantes y hoces oxidadas; su ánimo exaltado transmitía una animosidad peligrosa. Querían poner punto y final a las desapariciones, a los sacrificios; querían recuperar a los hijos perdidos del abrazo de un espectro que se alimentaba de su carne y de sus almas.

–¡Camaradas, esta noche el reinado de tinieblas de esa arpía se acaba! –gritó uno–. La quemaremos en la hoguera… ¡a ella y a su protegido, malditos sean sus nombres dos veces! –añadió.

El grupo lanzó un grito al unísono, más bien triste, solitario, tembloroso. Su fuerza nacía del grupo; sin el grupo eran menos que nada, ovejas sin lana; lo sabían. Estaban allí por inercia, por convencimiento, por ebriedad, por demostrar que tenían más huevos que el vecino, porque quizá no tenían nada que perder… Cada uno tenía sus razones y todas ellas eran pobres excusas, exiliadas del oblongo espacio de la ignorancia y la desesperación, a menudo hermanas. Se enfrentaban a una bestia mucho más grande que sus creencias de pacotilla, pero ninguno quería ser menos que su vecino y que la integridad de sus cojones se viera cuestionada; con gusto morirían, si morían todos a la vez.

Oksana Vukra, última heredera de una dinastía extinta ya, la condesa maldita. Convertida en vampiresa por una maldición que nadie creyó real hasta que fue demasiado tarde. Cuando las tropas de Gak-Naum irrumpieron en el castillo, masacrando a todos sus habitantes, desconocían que toda esa sangre derramada acabaría por sellar definitivamente el destino de Oksana; el preciado líquido de la vida que empapó alfombras y tapices alimentaría la maldición, rubricaría los versos diabólicos y la traería de vuelta del más allá… convertida en algo más.

Cuando las lenguas rojas infiltren el tejido, y el alarido sea la música que quiebra las paredes de este castillo, entonces, y no antes, vuestra hija primogénita se convertirá en bestia comehombres, ¡en estrigoi de leyenda! –había amenazado una anciana mendicante de etnia rimma, al habérsele negado un simple trozo de pan durante el copioso banquete de boda de sus padres, Tabriel y Zofia.

Y sí, aquella fría noche de Invierno Azul, un invierno en el que la dinastía de Myr desapareció para siempre de los anales de la historia, una legión de Gak-Naum pasó a los Vukra –leales a la corona– por la cuchilla… pero esa misma legión jamás regresó con vida. Oksana devoró hasta el último de ellos durante su inesperado despertar, pavimentando los indecibles horrores que asediarían la región de Heffas durante los siguientes doscientos años. Lady Vukra, mujer, bruja, vampiresa, maldita hechicera; era conocida por muchos nombres y rara vez con aprecio. Por supuesto, nadie se acordaba de la vieja que había originado todo el embrollo…

Durante su infancia había sido una muchacha sencilla y delicada, aficionada a la música, la literatura, la danza y la botánica, pero las maldiciones tenían el inexplicable poder de transformar hasta las flores más bellas en abominaciones execrables. Y así, las cantatas a capela y los poemas recitados dieron paso a los asesinatos, el canibalismo, los sortilegios, la magia infame que tanto temían los lugareños. Excepto uno, Daro, un pueblerino con la desgracia de haber sido bendecido con mayores inquietudes que sus semejantes y que, sin ton ni son, quizá por incomprensión, había sido acusado de brujería y de ser un simpatizante de la condesa.

Daro de magia no sabía nada, y de la condesa lo único que sabía era que no convenía acercarse al castillo, porque era lo mismo que una sentencia de muerte voluntaria. Pero sus congéneres, tan enfrascados en las cazas de brujas y falsos enemigos, en las inquisiciones, las purgas y demás, la habían tomado con su familia. Habían quemado a su madre y a su hermana en las piras injustamente y no le quedó más remedio que huir. Así, diez años atrás, en el lluvioso otoño, perseguido por una turba dispuesta a lincharlo, intentó cruzar el río Finel, que por aquellas llevaba una corriente copiosa y turbulenta; en cuestión de minutos fue arrastrado por las aguas y casi murió ahogado, o llegó a un punto extremadamente cercano a la muerte, que le sirvió para replantearse muchas preconcepciones y teorizar sobre la existencia del más allá. Cuando se despertó, tirado en la orilla, a la sombra de uno de los torreones carcomidos por las yedras de Okkelett, se sentía distinto, renacido; su corazón latía con fuerza y mucho odio. Sobra decir que era un odio enfocado hacia los fanáticos ignorantes de Heffas, antiguos vecinos y amigos; Oksana lo vio, se acercó a él, comprendió su mente, la urdimbre de su historia, y se apiadó de aquel náufrago de agua dulce. O eso rezan los cuentos de taberna de la región. Sea como sea, poco después había dos vampiros en Okkelett, no solo uno, y las desgracias se multiplicaron exponencialmente, porque en conjunto eran como dos espejos contrapuestos: se magnificaban hasta el infinito y el reflejo era grotesco.

Por todo esto, y mucho más, llegamos a este preciso instante, este punto solitario en la historia, en la noche de Uruta Bali, la noche de luna roja en la que unos campesinos hartos de sufrir, famélicos y desesperados, se habían propuesto combatir criaturas inenarrables, de poder inmenso, con antorchas cobardes y hoces oxidadas; su voluntad era valiente, sus pelotas incuestionables, pero sus posibilidades estaban melladas y la mano de cartas que les había tocado no presagiaba nada bueno.

El viento silbaba por entre los árboles, los búhos sazonaban la noche con sus arrullos de ensueño; era una noche sombría, bien roja, y una mesnada de idiotas estaba a punto de morir. Era una noche roja como la sangre. Uruta Bali: el carnero tricorne; la doncella huesuda; esta noche los demonios corrían libres. Y eran endiabladamente rápidos.

Las Pensiones de la Discordia

Después de la exigua -y casi provocadora- subida en las pensiones de este inicio de año 2018, una gran porción de la población se ha puesto en pie de guerra. Me refiero por supuesto a los jubilados, esas personas que han invertido su vida en producir para el sistema (en muchos casos con sueldos de miseria) y ahora ven con desagrado cómo ese mismo sistema escatima en esfuerzos a la hora de asegurarles una tercera edad digna, a buen seguro creyendo que los representantes políticos han sido elegidos para defender tal propósito y muchos otros de ilustre semejanza.

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Un Trampolín al Pasado

A veces nos puede sorprender que problemas de hace décadas sigan vigentes hoy en día. ¿Cómo es posible, con toda la técnica, el intelecto y el progreso social, que sigamos aterrorizados por injusticias estructurales como el machismo, los gobiernos represores o la visión cortoplacista en materia medioambiental? Y la respuesta es que la propia libertad que genera el sistema se vuelve contra él.

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Indefensión Popular

Si algo hemos descubierto con la crisis catalana, es que vivimos en un mundo poderosamente influenciado por los medios de comunicación, tesitura que ya era manifiesta en el pasado pero que se ha intensificado en el panorama nacional con inusitada intensidad. La televisión, los periódicos, la radio… Los medios de comunicación, como púlpito diseñado para la proyección de ideas afines a la élite dominante, no cejan en su empeño de “construir” una verdad oficial que muchas veces poco tiene que ver con los hechos reales. En este sentido, el periodismo genuino propiamente dicho brilla por su ausencia en multitud de ocasiones, en las que el amarillismo y el sectarismo se hacen fuertes y ganan prioridad sobre la honestidad y la veracidad. Como consecuencia, ¿qué es verdad y qué es mentira? ¿Acaso la mentira no se convierte en verdad cuando todos la repiten y es aceptada sin opción a réplica?

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Cita

La Visita

Era de madrugada, el silencio y la penumbra dominaban el diminuto apartamento en el que vivía. Se despertó después de un mal sueño y observó el reloj con los ojos entrecerrados; eran todavía las 4.44 de la noche. Palpó la colcha de la cama buscando en la oscuridad la presencia de su gato, pero no lo encontró en el sitio habitual. Seguramente había abandonado a su compañero humano para darse un pequeño atracón de pienso o cazar fantasmas en el interior de una caja de cartón.

Rafael maldijo las pesadillas por interrumpir su descanso y se forzó a dormir de nuevo, sabedor de que pronto tendría que levantarse para ir a trabajar. Entonces, escuchó unos pasos por el pasillo, en dirección a la habitación. “Ahí viene el gato, ya se cansó de merodear por la casa”, pensó. Pero a medida que los pasos se aproximaban, más esponjosos de lo habitual, más distorsionados, más reverberantes, una extraña intranquilidad invadió su pecho; no era el sonido rítmico y sutil que su compañero felino emitía al caminar con elegante diligencia sobre el parqué, fruto de unas uñas que jamás fue capaz de cortar en solitario… Se puso nervioso igual que aquellas veces que, de pequeño, en casa de sus abuelos, asolado por pesadillas sin pies ni cabeza, se refugiaba entre las mantas con tensa expectación.

La puerta del cuarto se entreabrió con parsimonia, sin emitir el más leve sonido; el movimiento de la misma semejaba artificial, ahogado, imposible. Solo un suspiro de ausencia cortejó la inexplicable apertura, un barrido de brisas guturales. Casi no entraba luz por la ventana, con lo cual la tiniebla era reina indiscutible del diminuto habitáculo. Una tiniebla que, por momentos, parecía oscilar, ondularse tal y como haría el humo si fuese líquido y tuviera voluntad propia.

Así, atónito, vio a aquella extraña criatura de oscuridad pura emerger, adentrarse en la habitación rumbo a su cama, hacia él; anhelante. No tenía límites bien definidos, solo trémulos bordes que se deshacían en volutas de humo y acto seguido se convertían en chorros derretidos del color del más negro petróleo. Era un ser antropomorfo, pero sin consistencia material, más allá de la opaca oscuridad que alimentaba su corazón de niebla.

Rondó la cama por ambos lados hasta que se detuvo, justo delante de la ventana, mirando fijamente a Rafael y murmurando un tenue oleaje de sortilegios. A contraluz su “cuerpo” estaba plagado de agujeros y bucles arremolinados de tonalidades grises y negras; la endeble luz lunar se encargaba de desenmascarar los puntos de costura de la criatura. Su presencia emanaba negatividad, malos recuerdos, pesadillas, horribles acontecimientos por ocurrir aún… y quería entrar en él, quería echar raíces en su corazón y apoderarse de su cuerpo indefenso; doblegar su voluntad y sorber todo lo que era bueno y puro.

El visitante extendió una de sus extremidades informes, uno de sus tentáculos de embarrada malignidad, y se abalanzó hacia Rafael como activado por un resorte. El joven atinó a ver unos ojos violáceos segundos antes de que todas aquellas volutas de odio y horror se perdieran en las profundidades de su boca… La nube invadió por completo al insomne muchacho, estático, insuflando aire podrido a sus pulmones nerviosos. Una riada de malestar embargó su cuerpo, de pies a cabeza. Había perdido; era una pesadilla, pero no podía despertarse.