La Utopía Dorada – I (Ver. 2)

Kali

Leo trabajaba en un importante banco nacional, el Banco Pandareos Ibérica, también conocido como BPI, pero su día favorito seguía siendo el viernes y sus intereses personales nada tenían que ver con algo tan mundano como trabajar. Años atrás había llegado a la rotunda conclusión de que el trabajo era un mal necesario que los individuos aceptaban a regañadientes con el objetivo de sobrevivir a duras penas, algo sustancialmente distinto del concepto de vida digna; con frecuencia todo el esfuerzo y la dedicación se veían convertidos en un remedo laboral sin recompensa ni honor, hermanado con el esclavismo y la idiotez. No obstante, ello no le impedía ser un empleado ejemplar, puesto que detrás de toda la rebeldía subyacía una tendencia a la responsabilidad y a las decisiones conservadoras; consecuencias de una educación servil, concluyó.

Así, dispuesto a afrontar el último día laborable de aquella cálida semana de abril, pensando ya en la hora de salida y en lo mucho que disfrutaría su tiempo libre malgastándolo en cualquier irrelevancia, se arregló con los atavíos propios del mundo de la banca: un traje impecable azul cobalto de confección italiana, no excesivamente caro pero resultón; una corbata a juego con rayas claras; unos zapatos negros y lustrosos de piel de calidad; un reloj suizo de brillante esfera… La edad, paradójicamente, lo había hecho cada vez más atractivo y consciente de su apariencia; conservaba su delgadez de la juventud sin apenas hacer ejercicio, pero una suave y contenida barriguilla se intuía en ciertas posiciones. A todo esto, el mejor remedio que encontró -y puso en práctica- fue la económica solución de meter panza. Pero sabía de sobra que un buen traje podía marcar la diferencia y, a decir verdad, no le disgustaba ser la diana de muchas miradas femeninas.

De esa guisa abandonó su refugio en la urbe, no sin antes darle de comer a su compañero felino, el gato Poe, evitando con maestría sus ágiles tentativas de restregarse contra sus piernas. Y, como todas las mañanas, iba justo de tiempo para coger el bus, puesto que no disfrutaba conduciendo ni consideraba oportuno destinar parte de su sueldo a la manutención de una herramienta para ir a trabajar, el coche; por otro lado, había determinado con precisión el tiempo que necesitaba para vestirse y desayunar, un tiempo que había concretado en diecinueve espídicos minutos. En efecto, como buen operario financiero, Leo trataba de maximizar el beneficio con el menor monto inicial de inversión. Sesenta y cuatro céntimos por un trayecto de tres kilómetros y doscientos metros en bus sonaba rentable y era práctico; además le permitía escuchar un poco de música antes de llegar a su puesto laboral y observar el ajetreo urbano matutino con desgana desde una posición cómoda y pasiva.

Maletín en mano, completamente vacío excepto por tres folios y un bolígrafo elegante, Leo se personó en la parada de bus y aguardó la llegada de su medio de transporte, escuchando un poco de jazz en su smartphone. Vivía en una zona relativamente juvenil, por la proximidad de una universidad y de otros centros educativos de secundaria, así que a esa hora la parada también se atestaba de estudiantes absortos en sus preocupaciones adolescentes, con peinados clónicos y el franco anhelo de imitar la actitud del famoso de turno. Como no los podía escuchar a causa de la música, dedujo los temas de conversación con aire distraído, dotándolos además de un ritmo a juego, según la canción reproducida: la compra de un móvil nuevo, la bronca del profesor, el examen de pasado mañana, la fiesta del viernes, fumar a escondidas… ¡Mis padres no me comprenden, estoy solo en el mundo!, resumió. Sin lugar a dudas, cualquier joven podría departir de temas similares en los años de la dictadura, el renacimiento o incluso antes, y que hiciese un calor infernal impropio de abril no alteraba las inquietudes de la pubertad lo más mínimo; maldito cambio climático, pensó de paso, y maldita desinformación. La sociedad no había sufrido transformaciones tan radicales como para desproveer al ciudadano común de inquietudes vacuas e inertes, elaboradas para distraer y dispersar; cada época histórica disponía de sus propias vacuidades y Leo no era enteramente inmune a ellas.

Entonces, sus tremebundas cavilaciones fueron más allá y se preguntó si aquel día podría encontrar sitio para sentarse en el bus; una cuestión de importancia perentoria, como es lógico. No estaba mal viajar rodeado de la muchachada, le hacía sentirse menos viejo, menos caduco, pero no era infrecuente que los más jóvenes fueran totalmente insensibles hacia sus congéneres; se sentaban con las piernas estiradas en los asientos u ocupaban plazas extra con sus mochilas, absortos a cualquier necesidad ajena. El bucle de repetición de su vida se había vuelto tan compacto y opresivo que a menudo se sorprendía preocupándose de menudencias de este estilo, exactamente igual que haría un viejo cascarrabias con la camisa abotonada hasta arriba de todo, momento en el cual un ramalazo de reprobación mental lo reconducía a su antiguo y difuminado yo. ¿Cómo se había convertido en aquel hombre tan hueco, tan quejica, tan cínico? Podría aprovechar el trayecto para imaginar alguna historia, buscar inspiración para escribir un relato nuevo o simplemente soñar despierto, revivir su vocación frustrada de artista, que no era poco. ¿O no? Pero Kali no se lo permitiría.

¿Que quién era Kali? ¡Las explicaciones a su debido tiempo! Porque precisamente eso quiso saber Leo en cuanto se subió al bus y entregó sus sesenta y cuatro céntimos perfectamente contados al conductor, un hombre regordete de pocas palabras que repartía tickets como cartas en una mesa de póquer y resoplaba de forma parecida a un toro dispuesto a embestir. Solventado el pago del viaje, se giró buscando un sitio libre y su mirada planeó por aquel tubo repleto de personas hacinadas, no hallando para su desagrado asiento libre; muchos de ellos estaban ocupados por pasajeros sin patas y con cremallera, atiborrados de libros, otros tantos por pies exiliados de las piernas ociosas de sus dueños. En cambio, pronto reparó en una mujer morena de rasgos excepcionalmente bellos que le devolvía la mirada con una intensidad inusitada. El descubrimiento fue tan inesperado que estuvo a punto de dar un paso atrás y trastabillar, pues en cuanto sus ojos se entrecruzaron Leo experimentó una succión cósmica que tiraba de él y trató de resistirse. Se sentía atraído hacia ella en el literal sentido de la palabra. También sintió escalofríos.

El resto de los pasajeros venían empujando por atrás y el vehículo pegó un quite al ponerse en marcha, así que Leo no tuvo tiempo ni para maldecir: avanzó hacia el fondo del autobús buscando hueco, sin apartar en ningún momento sus ojos de aquella enigmática mujer, clavada de pie en la zona media del pasillo como si fuese una oficial de aduanas; un eléctrico solo de saxofón adornaba la escena dotándola de cierta inverosimilitud y ridiculez, pero lejos de poner la canción en pausa Leo decidió subir el volumen dos puntos. Aprovechó la maniobra para relajar la mirada y cortar provisionalmente el contacto visual, cosa que ella no hizo. Kali vestía un traje de corte empresarial completamente negro y llevaba el pelo recogido en una pulcra y formal coleta larga, que planteaba la razonable duda de si trabajaba en una oficina o en un tanatorio. Podría decirse que nada en ella era excepcional, con la salvedad de sus ojos inusualmente dorados, teñidos del color del trigo en la siega, y de un colgante que llevaba al cuello con forma de cisne, posiblemente un rubí, engarzado en una montura de plata envejecida.

Leo jamás se había sentido tan invadido como en aquella ocasión, tan violado bajo el asedio continuo de dos ojos a todo punto imposibles. Cada instante que transcurría bajo su alcance atronador, su alma crujía y se retorcía, sorbida con voracidad; sus secretos más ocultos expuestos al desnudo; sus debilidades innombrables pronunciadas en voz alta. Kali había hundido sus manos en el pecho de Leo y se había atrevido a abrir la caja secreta, todo ello sin mediar palabra. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era ella? ¿Es que nadie se percataba de su singular presencia? Insisto, eso es lo que quiso saber Leo desde el primer momento. Pero, todavía sin conocer el nombre de Kali, todavía sin ser capaz de discernir si era poción o maleficio, la misteriosa figura de ojos dorados se bajó un par de paradas más adelante, dejando al banquero apátrida prendido de un hilo letal.

Al apearse del vehículo, con el andar elegante y ominoso de un felino al acecho, se quedó inmóvil en la acera, clavando su penetrante mirada en Leo hasta que el bus reemprendió la marcha, lejos de aquel fulgor calcinante. Lo último que vio Leo a través de la ventanilla es que sus finos labios dibujaban una indescifrable mueca, semejante a una media sonrisa… Quizá incluso un guiño de complicidad. La siguiente canción de la lista sonó grave, melancólica, sutilmente amenazante: el saxofonista había tenido un mal día y su oscuridad interior se apoderaba de las notas. Aquella sinfonía estaba sazonada de amargura, el paladar protestaba al contacto; sabía a arena tostada y no presagiaba nada bueno.

La Utopía Dorada – Prólogo

Era ya primavera y los días crecían alegremente, después de un invierno largo y frío plagado de heladas y depresión oscurantista. El mundo vegetal se había revolucionado con los cambios ambientales y una espesa nube de polen flotaba continuamente por el aire, barnizando las aceras, el mobiliario urbano y los coches con una capa de tono amarillento, que lejos de asemejarse a la mugre decadente de una mansión abandonada tenía mucho de cálido; un pulso vibrante y fogoso. Era una época distinta, una época que insuflaba ánimos renovados y pensamientos de libertad incuestionable, que invitaba a ser positivo y dejar atrás lastres pasados; sin embargo, nada existía libre del yugo intrínseco a los ciclos naturales.

Vivir en aquellos tiempos podía ser una fuente natural de dicha, sobre todo si uno se contentaba y no pensaba; respirar a pleno pulmón y cerrar los ojos, acariciar a un ser querido al atardecer… Pensar lo menos posible siempre había sido el ingrediente principal de la felicidad humana; la negación, la huida, la extracción lacerante de la cruda realidad y la travesía a la utopía dorada: ahí estaba la clave. Entonces, quizá era el momento oportuno para abrazar lo que la naturaleza esperaba de los individuos y continuar con el vals, seguir girando, seguir el ritmo de un saxofón inexistente que marcaba el tempo de cualquier acontecimiento.

Pero Leo no era así; Leo era un apátrida, un ciudadano del siglo XXI que no reconocía ni aceptaba la disposición circunstancial de sistemas, fronteras o conceptos. Leo era capaz de sentarse en un banco del parque y dejar que el polen lo recubriese hasta hacerlo parecer una estatua inerte. Debajo del candor vigoroso de la primavera, Leo sentía la estruendosa corrosión, el tic tac imparable de un reloj de óxido en cuya curvatura demencial yacía una condena firme.

Tenía treinta y tantos, un trabajo estable y muchas amistades, pero lejos de preocuparse por cuestiones mundanas, Leo se preguntaba en qué momento había dejado de ser un joven con sueños y se había convertido en un adulto al que solo le restaba seguir hacia delante. ¿Cómo era posible que su cuerpo, una vez niño, se hubiese transformado en aquella criatura adornada con surcos, arrugas, flacidez y ausencia de aspiraciones? A menudo, en sus paseos, meditaba sobre conceptos tan dispares como la ausencia o el envejecimiento a cámara rápida y, por más que quisiera, no podía apartar de su mente la imagen de una rosa floreciendo y marchitándose en cuestión de segundos. En resumen, era la sombra de la muerte la que lo perseguía sin denuedo, y era esta una sombra capaz de manifestarse en multitud de formas y colores.

A veces, este enigmático personaje pensaba que quizá la pareja que había escogido era parte del problema. O, mejor dicho, que no le suponía ningún problema, que después de la pasión inicial las emociones habían cristalizado en una indiferencia connivente y cómplice, magnificada por el pragmatismo y la desidia de Azalea. Quizá bajo otras circunstancias, quizá con otras personas… ¿Quizá qué? ¿Acaso no sufrían todas las parejas el mismo destino? Bien podría echar raíces y rendirse, cerrar los párpados y ser engullido por el piélago de pétalos cósmicos; envejecer y morir sin haber hecho nada. Incluso su antaño insaciable deseo sexual había evolucionado hacia la impecable ejecución de cópulas mecánicas, dignas de cualquier estudio científico, aséptico y seco; sin emoción. ¿A esto había llegado todo sueño y aspiración juvenil, a la indiferencia?

Y aquella tarde, mientras hilvanaba fogonazos sobre el devenir del tiempo y los baldíos emocionales, sentado en un banco a la sombra, mientras observaba distraído el errático paseo de una paloma callejera, reparó en una silueta que cruzaba la calle en su dirección. Era una mujer de cabellos rojos, posiblemente en la cuarentena. Se fijó en ella con disimulo, perfilando mentalmente su silueta con unos ojos que veían algo más que una simple mujer. Era atractiva y de caminar seguro, con esa expresión en la cara que deja translucir muchos desencantos y una estoica resignación a seguir hacia delante; las mujeres maduras le fascinaban porque las asociaba a una autosuficiencia embaucadora. Ahora se daba cuenta de que ya la había visto más veces, sí, puesto que ambos trabajaban por la misma zona y se cruzaban a menudo, aunque eran desconocidos mutuos, indiferentes en la réplica muda. Nunca hasta aquel día se había fijado Leo en sus ojos, que gracias a la luz solar refulgían con una claridad atípica, hermanándolos con el color de la más pura miel; por un momento, tuvo el antojo de besarlos con ternura bajo una luna llena de abril; y el cambio se produjo. Su pulso se aceleró nervioso, prisionero de la atrevida idea de saludarla y quizá invitarla a tomar un café. ¿A una extraña?

Masticó las palabras en su boca, en anticipo de su cercanía inminente, barajando una buena frase para romper el hielo sin parecer un maníaco y, finalmente, después del ensayo mental de una sonrisa y de unos segundos que parecieron meses… se quedó callado, inmóvil, tan estático como las más vanidosas estatuas de Roma. Decidió que no diría nada, que no haría nada, que, en otras palabras, no se atrevía a dar un paso al frente. ¿Para qué? ¿Qué esperaba conseguir? Así, sus miradas se cruzaron unos instantes y luego la mujer de cabellos rojos, besada por el fuego, siguió su invariable y rutinario curso, dejando a Leo como rey indisputable de un solitario banco envejecido por los abrazos pasionales del tiempo.

Mientras ella se alejaba en la distancia, escoltada por brisas cargadas de aromas florales inculpatorios, se imaginó cómo sería yacer con aquella mujer, qué clase de pareceres tendría sobre el orden de las cosas, qué aficiones pintarían una sonrisa en su rostro inequívocamente atractivo; cómo sería despertarse en la cama con sus cabellos esparcidos por la almohada y su boca ahogando gemidos mudos de placer, encadenados entre sábanas empapadas de sudor. Incluso sintió un ligero amago de erección… ¿Cambiaría algo su perspectiva de la vida? ¿Hablarían de las estrellas tumbados en un campo bañado por la noche? ¿Se sentiría más joven, revitalizado? ¿O, posiblemente, después del encuentro volvería a acusar el vacío imparable, el empuje de un tren arrollador cargado de naderías que no se detiene en ningún andén? La segunda opción era el resultado más plausible, una vez mitigada el ansia implacable y no confesa de ser joven otra vez; un bocado jamás satisfactorio; la certeza perfectamente prístina de la fatalidad.

Leo se había hecho mayor, pero su mente aún no comprendía en toda su extensión las consecuencias de un cambio tan significativo.

Las Voces Mudas

Soy uno de entre muchos, una voz que reverbera enterrada bajo la quietud estruendosa del siglo XXI. A diario pienso sobre los acontecimientos que desgarran este planeta pero no siempre me encuentro de humor suficiente -ni con tiempo- como para regurgitar algún tipo de escrito al respecto. Tal es la magnitud del hastío que se ha gestado en mi psique, que mi antaño exacerbada hostilidad argumentativa hacia un sistema injusto se ha diluido en una resignación indoblegable y muda. Por decirlo de otra manera, vivo encerrado en una burbuja que flota en un océano corrosivo, en precario equilibrio, obteniendo lo que necesito para sobrevivir pero sin hincar la rodilla… mas pude ser uno de esos que luchan en primera línea por algo; un algo que no sé qué es ni para qué vale.

En la adolescencia más temprana encontré inaceptables muchas circunstancias que el común de la sociedad daba por inalterables, determinadas y permanentes. En esos años de especial aislamiento geográfico en un entorno rural alimenté las hiedras de la rebeldía y cultivé todo aquello que hoy me permite observar con otro tipo de mirada y pensar con otro tipo de lenguaje, obteniendo por el camino infelicidad y la certeza de que jamás conocería tal estado. Escribía a diario, relatos y reflexiones que retroalimentaban mis pareceres y conclusiones; el mundo no podía estar bien, no funcionaba con lógica. Ante cualquier noticia o acontecimiento, mi lectura o análisis del hecho en cuestión siempre recaía en un detalle del que nadie hablaba o que no era de manifiesta evidencia; me hice asiduo del subtexto, de los renglones vacíos entre líneas que decían mucho más que la verborrea incontenible y tautológica de los medios de comunicación. Hay tantas carencias en las oraciones de los exponentes públicos que me maravilla el efecto que esos exiguos discursos tienen en las masas.

El acceso, años después, a Internet, y la propagación en paralelo de programas de tertulia política (y de actualidad) en televisión, acabó por desplazarme del borde exterior al negro abismo que se encuentra más allá del muro. La desinformación por falta de información se transformó en una oleada de información desinformativa. Las noticias sesgadas dieron lugar a los tweets sesgados, sacados fuera de contexto, pobremente escritos y de pobre calado. La tarea informativa de los medios acabó por contentarse con un puñado de caracteres y la proyección espídica de imágenes trágicas, alentando la parodia, las escenografías, las mentiras todavía más descaradas si cabe. Me di cuenta de que tanto mis opiniones como las de muchos otros eran ecos de voces previas, voces diseñadas; que el libre albedrío consiste en ser portavoz del código de programación social vigente. Incluso los argumentos rebeldes de antaño y de hoy han sido plantados con diligencia por sagaces estrategas para encaminar la corriente, de modo que leales y disidentes discurriesen de acuerdo a los arreglos previos.

Desposeído de un lugar en la tierra, que pertenece a unos pocos locos suicidas, y del sueño utópico de encauzarla hacia horizontes más justos, torné mis aspiraciones a lo inmediato, a un radio de acción que solo comprendía el presente y que condenaba al futuro y al pasado al puro teorema. A la no existencia. Nunca estuvo ni estará, ni un ayer ni un mañana, entre mis secas manos. Sin embargo, la rutina cíclica que parece emborronar las fronteras temporales, que otras personas integran en sus vidas sin un segundo de consideración y que justifican todo lo que ocurre con un lapidario “es lo que hay”, actuando como vectores de expansión de trayectos e inercias previas, a mí me resulta rayana en algo que podríamos emparentar con el absurdo.

No hallo gravedad ni relevancia en los hechos mundanos; no hallo placer ni orgullo en el éxito laboral; no hallo emoción en las emociones, sabedor de la intensa programación e ingeniería social que las corrompe… Solo veo lo que vería un espectador observándose a través de una pantalla, observando su vida en tercera persona y casi hasta desprovisto de cualquier empatía hacia el protagonista; convertido en un producto, un remedo, una tuerca de un engranaje oxidado. Sé que todo lo que hago y pienso no emana de mí. ¿En qué me deja eso? Más a menudo de lo que me gustaría me veo fuera de la situación en la que me encuentro y concluyo que es irrelevante y sumamente prescindible, asediado por una retahíla de insólitos “¿para qués?”.

Por desgracia, no puedo eludir la sombra que me persigue, esa certeza de que lo establecido por la sociedad es una llana farsa, un conjunto de regulaciones, leyes y costumbres crepitantes, oscilantes. Indiferentes. Soy incapaz de establecer como destino para mi camino objetivos tan distantes en el plano conceptual como desvivirme por un ascenso, replicar la fórmula desactualizada del matrimonio, tener descendencia para verla morir en una guerra o de hambre o, ya puestos, dejar huella en este planeta. ¿Huellas en la arena como Ozymandias?

Pero, aún con todo esto, aún con la indiferencia, el silencio, la distancia y la escarcha, ¡cuánto dolor me produce asistir a los actos de terror, la impunidad y corrupción política, la avaricia estructural que se propasa más allá del mero objetivo de tener una empresa rentable, la indiferencia hacia la vida! Si ya de por sí nada de esto tiene aparente sentido, tener que aceptar que la vida y la muerte se han visto reducidas a una comparsa de palabras en una página del periódico o en una pantalla de televisión no puede ser bueno.

Doscientos muertos en un bombardeo, trece atropellados en un ataque terrorista, miles de inmigrantes sin patria y sin mayor patrimonio que unas suelas rotas… Siete mil millones de espantapájaros desgranándose atómicamente, segundo tras segundo, para toda la eternidad. ¡Ay del polvo que cabalga el viento, ay de todos esos caballeros en armaduras doradas, aborreciblemente huesudos! ¿Cómo es posible que el talento y el ingenio humano nos hayan llevado hasta este perpetuo intersticio de dolor y destrucción? ¿Qué demonios controla nuestros pasos? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Para qué?

Chaos Accolade

No me gustan los fanatismos. Por ideología hay personas que son capaces de matar a otras. Ocurrió en la Inquisición española, ocurrió en la quema de brujas de Salem, ocurre hoy en día en las guerras injustas y también en los atentados terroristas que el propio sistema alimenta de una u otra manera. Pareciera que nuestra especie está condenada a comportarse como una energúmena de por vida, una criatura adoradora del caos sin brújula moral.

A lo mejor se nos olvida con demasiada frecuencia lo exigua y frágil que es la vida, el maremágnum primigenio que nos ha convertido en lo que somos y no en geranios mutantes con dos cerebros. Por eso me sorprende que haya personas o grupos de personas que tengan creencias y pretendan imponérselas a los demás, generalmente por vías violentas y asesinas. Cuando la ideología en disputa es religiosa, no puedo sino carcajearme de lo paradójica y absurda que es tal contienda, habida cuenta que se basa en escritos de puño humano y en supuestas escuchas divinas que nadie ha podido corroborar… como todas las demás ocurrencias humanas. ¿Para esto quieren dioses y cultos, para justificar matar o ser asesinado?

Observando quedamente la civilización humana, a veces tengo la sensación de estar observando un tablero, ni siquiera de ajedrez. Algo más básico y estático… un futbolín. Todas las piezas están dispuestas y ensartadas por tubos de hierro que determinan su lealtad y ellas, tan calladas y conniventes, solo pueden agitarse hacia delante y hacia atrás, partícipes de la deriva y de un juego en el que nada tienen que decir.

Han pasado tantas centurias y se han cometido tantas atrocidades, que en pleno año 2017 cualquier mente racional daría por hecho que estaríamos hartos de la muerte y el dolor. Pero resulta que no, que no hemos tenido suficiente, que no hemos aprendido, y que nos estamos preparando para muchos más atropellos presentes y futuros. No hay estructura, solo impera la ley del más fuerte; es la pura y cruda certeza que se extrae del estudio de los acontecimientos.

¿Es la falta de valores, como dicen algunos, la causa primigenia de esta fragmentación del sentido común? Absurdo. Todas las épocas tienen valores, aunque sean distintos. Si acaso, el verdadero origen de los problemas es la debilidad humana, criatura incapaz a veces de sobrevivir sin unas directrices claras y concisas. Todas esas gentes que eligen un bando y se convierten en adoradores fanáticos, defensores febriles del capitalismo, una religión, etc., son incapaces de vivir sin un guía, y nada les cuesta entregar su vida a calamidades impensables, porque esas calamidades “dan sentido” a su existencia. Por supuesto, el propio sistema se ha encargado previamente de destruir su espíritu crítico y asediar su psique con ideas polarizadas y precocinadas en los hornos de la mediocridad. Nos quitan nuestra fuerza y nos dan sus armas arrojadizas.

¿Tan difícil es aceptar la nada y seguir adelante? ¿Tan complejo es emanciparse de los tejemanejes de esos viles monstruos que acechan y se alimentan de la necesidad humana? Las guerras de ideas son una excusa para perpetuar la inestabilidad y dividir a la población. En cada conflicto, los gobernantes se frotan las manos sabedores de que su reinado se extenderá un poco más… ¡Pobres ovejas!

Vorágine estival

Ya habréis notado que últimamente estoy menos activo en el blog. Esto se debe a un cambio en mi rutina laboral, puesto que he pasado de un puesto a media jornada a un puesto a jornada completa en una gestoría fiscal, con lo cual ya no me queda mucho tiempo libre para hacer nada (en especial, no me queda tiempo para malgastar, que es una de mis actividades favoritas).

Se entra temprano y se sale relativamente pronto, pero el receso del mediodía es insuficiente para todo aquello que no sea comer a las prisas, y la pequeña franja del crepúsculo que queda a mi disposición se deshace en volutas de humo. Pronto se cierne la noche y se reinicia el ciclo diario, las largas caminatas por eso de no tirar de coche y contaminar menos, el papeleo y la penumbra. Vale, exagero un poco.

Con esto quiero decir que, aunque no me pare tanto a vigilar las últimas publicaciones de vuestros blogs, planeo por aquí siempre que puedo, pero a ratos muy breves. El ser humano para vivir, como quien dice, ha de renunciar a su vida hasta cierto grado, que es el lema del sistema del siglo XXI, centrado en la consecución de dinero y la defenestración de cualquier otro fin o sueño.

No obstante, he de confesar que la empresa en la que estoy ahora promete mucho, hay buen ambiente y los compañeros son personas bastante amables. Solo el tiempo dirá si esto ha sido para bien, para mal, o solo una nota a pie de página. Entre tanto, insisto en que la actividad de este blog se verá reducida al mínimo, pero que no dejaré de leeros cuando se presente la ocasión.

Si acaso yo he de guardar en el cajón mi pluma, que no sea vuestro caso. Pero, sin lugar a dudas, una vez que haya interiorizado los horarios y me haya adaptado al nuevo puesto, volveré con fuerzas renovadas.

Cita

Poema “Indiferencia”

Indiferencia cuando inexplicablemente callas,
indiferencia cuando en silencio suspiras,
indiferencia cuando vuelves la mirada,
y con tus ojos esquivos alimentas el dolor
desterrando la bondad y los sueños,
saboreando bocados de intensa nada.

Indiferencia cuando ríes lastimeramente,
indiferencia cuando a escondidas sangras,
indiferencia cuando hilillos de humo lloras,
cuando tu rostro de piedra dolorida
la locura alimenta con sus lágrimas,
garabateando un mundo estrambótico,
distorsionado y destemplado.

Indiferencia, indiferencia.

Indiferencia por el manco y el cojo,
indiferencia por el azul y el verde,
indiferencia por tus orígenes y tu futuro,
indiferencia por tus días y tus noches,
indiferencia por absolutamente todo.

Indiferencia por la indiferencia.
Indiferencia por la indiferencia de la indiferencia.

Indiferencia por el hidrógeno y el carbono.
Indiferencia por los tejidos neuronales,
indiferencia por el hueso y el metal.
¡¿Quién grita?! ¡¿Qué importa?!
¡Tuya es la divina indiferencia!

Indiferencia indiscriminada por las voces,
por los quejidos, los murmullos, los susurros,
el arrepentimiento, las disculpas y el perdón…
Indiferencia desgarradora por las palabras,
por las letras, los cuentos, las canciones y los poemas,
por el terror a la soledad gélida del atardecer.

Indiferencia por el desgraciado y el necesitado,
indiferencia por el hambriento y el abandonado,
indiferencia por el sin hogar y el sin tiempo,
indiferencia por el humilde pobre que no tiene nada,
indiferencia por el avaricioso rico que lo tiene todo de nada.

Indiferencia por un esqueleto solitario,
indiferencia por un triste ser mutilado,
indiferencia por un musgo reseco y crispado,
indiferencia por un triste caracol a la deriva, expatriado.

Indiferencia por la primavera,
y por el verano,
y por el otoño,
y por el invierno también…
¡Indiferencia!
¡Qué afortunado!

Indiferencia por los meses y los años,
por las vidas que se extinguen en crepitantes llantos,
por las luces que se desvanecen en inesperados fogonazos,
devoradas por las noches nubladas de carcajadas lacerantes.
Agonía y devastación envueltas una vez más en indiferencia,
¡ese es tu hilarante legado!

Indiferencia por (el) ser humano,
indiferencia por (el) no serlo.
Indiferencia en un sentido o en el otro,
o en los dos;
indiferencia por la indiferencia.

Indiferencia; solo indiferencia.
Lamentos sin voz y llantos sin lágrimas.
Indiferencia de silencios y ríos secos.

Por Óscar Gartei

Acumulación y Dispersión

A veces me paro a pensar en qué será de todos esos objetos que acumularé a lo largo de mi vida. Evidentemente, cuando fallezca, mis herederos legales -de haberlos- se encontrarán con un montón de libros, películas, CD’s, DVD’s, Blurays, ropa, cacharros, etc., y ninguna idea de qué hacer con toda esa “basura”. Lo que para mí tiene cierto valor en el presente, para ellos no significará nada, más allá de una carga que gestionar, y es posible que acaben guardando estas preciadas pertenencias en un desván polvoriento o en los holgados contenedores de basura que copan las calles de nuestras ciudades.

Este pensamiento, no obstante, tiene su función, su consecuencia reflexiva: por culpa de los valores transmitidos en la escuela y por parte de otros agentes socializadores, enfocamos la vida esencialmente hacia la acumulación, no hacia lo que verdaderamente importa. Si os fijáis, todo lo que hacemos con nuestros escasos días de existencia es ganar dinero para acumular propiedades, premisa que determina incluso la profesión que escogemos, a veces renegando de aquello que de verdad nos apasiona. ¿Y qué puede esperarse de un profesional que ejerce su trabajo a desgana? Siempre he pensado que aunque hay muchas carreras sin “salida”, será más fácil destacar en aquello que amas que en aquello que haces de mala gana.

En muchas ocasiones, esta acumulación de dinero es dolorosa y frustrante, del mismo modo que la tenencia de esas propiedades nos lleva al miedo a perderlas; somos doblemente esclavos del capitalismo y de este consumismo que todo lo embarga, idea que podría extender mucho más de ser necesario. Pero, para bien o para mal, nuestras pertenencias se quedan atrás, en este mundo infinito, incluyendo nuestro organismo -arrendado a la Tierra-, a merced de los ácidos elementos; todo ello preparado para ser trillado y refundido en las fauces cósmicas; reciclado y reutilizado para otros fines, marginados y secesionados enteramente del concepto humano de dignidad.

¿De qué sirve pues subyugar nuestra mente y nuestro cuerpo a la acumulación de bienes y dinero? ¿Qué valor puede tener todo ese esfuerzo y sufrimiento, el desarraigo vital, el expolio de recursos, la guerra, el machismo imperante y la alienación de los pueblos? Creo firmemente que la felicidad y la libertad radican en depender menos de los bienes materiales o, en su defecto, no desarrollar excesivo apego hacia los mismos. Esto contraviene los preceptos de ese ente grupal al que a menudo llamo “sistema“, y ese sistema actúa como un cuerpo de defensa ideológico: atacará lo que no actúa de acuerdo a las reglas impuestas, al que quiere salirse del código, al que no quiere hincar la rodilla y tiene el atrevimiento de discrepar. Una persona que no tiene nada que perder, que no entra en el círculo de esclavitud magnificado por la red económica mundial, es enteramente libre porque actúa sin ser movida por el miedo.

Para los poderosos, para aquellos que gobiernan el mundo sin conciencia, que están dispuestos a liquidar naciones si conviene, que están dispuestos a matar inocentes si compensa, que están dispuestos a talar bosques si es rentable… ¿qué puede ser más peligroso que una persona sin miedo? ¿Y un grupo de personas sin miedo? ¿Y una sociedad libre? Ellos saben de sobra que no hay mejor dictadura que aquella que se instaura con la participación de los ciudadanos; cuando todo el mundo contribuye, no hay temor al colapso, a la rebeldía: son todos hermanos de batallón. Para ello, hay que arrebatarle al pueblo su identidad y su libertad, convertir a la masa en ganado que consume y no piensa, borrar su espíritu de lucha con el hartazgo material, repetir una y otra vez ideas rancias en la televisión.

Considera, por un momento, que todo esto que haces en creída libertad, tus opiniones publicadas en la red (blogs y redes sociales), tus actividades en privado, tu trabajo o tus compras, tus movimientos aparentemente nacidos del libre albedrío, siguen teniendo lugar dentro de la jaula; no hallarás remanso de paz, lejos de la zarpa del capital. Vigilado y controlado, consumidor de lo que oferta el sistema, incluyendo sus ideas (las unas y las otras). Conducir un coche y llevar un móvil encima 24 horas al día no es libertad; mirar todo el día una pantalla en lugar de mirar a las personas a los ojos, no es ser sociable; utilizar ciertas palabras aparentemente inocentes pero en el fondo manchadas, no es conocimiento; adoptar y repetir ideas sin someterlas a previo análisis, no es inteligencia; todo esto es, si me permiten la palabra, colaboracionismo.

Nunca viene mal hacer un alto en el camino y reflexionar sobre todo esto. Nada malo puede pasar por mirar una situación desde otro ángulo y considerar todas las posibilidades.