La Utopía Dorada – XV

Habían abandonado el coche de Leo en una cala bastante escondida, empujándolo en dirección al Golfo de Vizcaya. No lo habían quemado para evitar atraer la atención a causa del humo, pero la marea no tardaría en arrastrarlo mar adentro y hundirlo. Leo se despidió con cierta tristeza del que había sido su coche desde hacía más de quince años, un modelo japonés de renombrada marca que le había servido bien. Pero la huida exigía sacrificios, mejor dicho, la secuestradora no dejaba alternativas.

–Ya hemos tentado la suerte demasiado, es hora de cambiar de coche… y de rumbo –repuso tajante.

En la madrugada del sábado al domingo, en un pueblo cercano a San Sebastián, Kali había utilizado sus habilidades para robar un coche negro, un Renault 12, un modelo realmente viejo que tenía volante y poco más, carcomido por el óxido y con la tapicería desgastada. Según ella, lo había escogido porque el vehículo no se había movido en por lo menos un mes; quizá estaba abandonado. Le bastó con inspeccionar los bajos del coche para llegar a tal conclusión, si bien Leo no parecía convencido.

Con precisión y rapidez, la mujer desbloqueó la puerta y le hizo un puente como aquel que enciende un ordenador pulsando una tecla; sencillo. El envejecido coche tardó unos minutos en ceder, protestando con desgana ante las tentativas de Kali, aferrándose a seguir dormido, pero poco después se rindió sin miramientos; un estruendoso traqueteo confirmó que el viaje sería muy incómodo.

–Conduciré yo por las próximas horas, mientras duermes un poco; no intentes ninguna estupidez –advirtió–. Por la mañana pararemos a comer algo en algún pueblo pequeñito… o haremos una compra rápida para seguir en el camino. Sí, creo que esa sería una mejor opción.

La secuestradora se guardó la pistola en el pantalón mientras lo observaba con desconfianza. Pero Leo estaba demasiado cansado como para intentar escapar. Solo quería dormir, solo quería que todo acabase, regresar a casa y acurrucarse en el sofá con su gato Poe, mientras veían alguna película de ciencia ficción. Cosas sencillas que parecían aburridas hasta que la vida se jodía de tal manera que regresar a ellas era imposible.

–Avísame si nos persigue la ertzaintza –comentó jocoso–, ya montados en la montaña rusa de la locura, al menos quiero enterarme de lo que ocurre a mi alrededor. Pero si empiezan a disparar, ten la decencia de dejarme huir –suplicó–. No quiero morir por ideas estúpidas, el idealismo está bien hasta que fluye la sangre; en ese momento deja de ser idealismo y se convierte en una gilipollez.

–¡Ja! ¿Dónde ha quedado tu rebeldía antisistema de la juventud? –le preguntó con incredulidad–. Hace años, te habrías sacrificado por tus ideales…

–Con los años he aprendido muchas cosas, incluso a hacer la vista gorda. Me gusta la verdad como al que más –explicó–, pero soy un don nadie; no voy a cambiar el mundo yo solo y gran parte de la población está demasiado ocupada arrojándose piedras a la cabeza. ¿Pero tú has visto cómo funciona todo? ¡Bah! –bufó–. No seré yo el que se sacrifique por salvar a un estúpido de su propia estupidez; esto aprendí cuando me hice adulto y ahora es una de mis máximas. Bien mirado, es una actitud un poco budista. Salvar el mundo se lo dejo a los necios –dijo, acomodándose en el asiento del copiloto, que olía peor que el trasero de un demonio–. Me conformo con una vida sencilla y actuar de acuerdo a mi propio código, en mi entorno más inmediato.

–No somos tan diferentes –vitoreó ella–, pero la tuya es una visión demasiado práctica y algo contradictoria; hay matices aquí muy sutiles, puesto que en el fondo trabajas para una organización cuyo modus operandi es la especulación. ¿Es eso budista? –reprochó–. Si lo que yo tengo es un cabreo agresivo, la intención de servirme del sistema para prosperar a toda costa, es decir, pura sinceridad descarnada, lo tuyo se llama resignación, estatismo. Derrota. Cobardía –enumeró–. ¿Desistes porque no quieres aceptar tu responsabilidad o porque no tienes un par? ¿Realmente crees que es mejor no hacer nada, ser un colaboracioncita pacífico y tranquilo –increpó–, que optar por el mal menor? Yo jamás me rendiría, eso es lo que quieren ellos… Para lograr mis objetivos, sé muy bien lo que tengo que hacer.

–Ya me lo has dicho, “lo que haga falta para sobrevivir”–imitó Leo con tono claramente ridiculizante, ofensa que la secuestradora decidió pasar por alto.

Kali continuó hablando un rato, departiendo sobre el sistema macabro que educaba a los niños desde pequeños para ser egoístas y consumidores insaciables. Que ella, siendo un producto de ese sistema, no podía actuar de otra manera: era una consecuencia de la programación que había recibido durante la infancia. Y, ahora, adulta y consciente de la farsa, se había convertido en un avatar de ese sistema mentiroso y violento, hasta alcanzar la parodia. Si todo era una gran broma, ella se reiría de todo y de todos, cogiendo lo que más le interesase del sistema y desechando el resto. Pero Leo, agotado, ya no la escuchaba.

–Hay muchas cosas que te digo que en realidad no creo –confesó en ese momento la secuestradora, concentrada en la carretera y con mirada triste–. Las personas creemos que somos de una manera, pero en realidad somos de otra. Nuestra percepción está manipulada, primeramente, para percibir nuestras propias faltas de forma imprecisa y omitir todo cuanto convenga con tal de no desmoronarnos. ¡Somos frágiles como el cristal! Esto también es un poco de postureo, no lo voy a negar –miró la luna llena, que tenía un brillo similar a sus ojos dorados–. Pretender, de eso va el juego social, de aparentar. ¿Y sabes qué? Pretender funciona en muchas ocasiones; si te crees la mentira, o la proyectas para que los demás vean tus falsos éxitos, aunque solo sea por unos instantes, todo funciona a la perfección –gesticuló con la mano derecha, describiendo un arco amplio–. ¡Mira a la gente famosa! ¿Qué tienen de diferente? Si acaso, una miseria más grande que cualquier jornalero andaluz… Tú pretendías ser feliz, y no lo eras –afirmó–. No eras feliz porque vivías alienado, encajado en una maquinaria que no te permitía crecer como persona, ¿entiendes? Que no te indignen mis argumentos ácidos o mis ideas radicales –prosiguió al no hallar respuesta–, en tu fuero interno también te mentías a ti y a todos los demás. La sociedad es el paroxismo teatral; no hay ni un hijo de puta sincero bajo las estrellas. Acéptalo; acéptame.

–Mm… Mm… –respondió Leo en sueños.

–Dame una oportunidad para demostrarte que no estoy loca, como a buen seguro piensas. Yo también soy una rehén en esta fuga y necesito encontrarme; quiero ver si aún queda un resquicio de esperanza para una mente contaminada por muchos años de dolor… –susurró, con un hilillo de voz trémulo e inusualmente vulnerable.

Kali se había permitido esta confesión sabedora de que su copiloto dormía profundamente. Entre tanto, no podía dejar de observar la luna llena, que se reflejaba en sus ojos dorados como si fuesen dos espejos contrapuestos. Era una escena relativamente luminosa, una noche clara y agradable en una región muy bella, pero sus pupilas se inflamaban con una energía oscura y corrosiva. Aunque observaba la luz con fijación, parecía que sus ojos no eran capaces de percibir más que una diminuta fracción de la misma; vivía en penumbra, en la pastosa charca de un fatalismo demencial.

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La Utopía Dorada – XIV

El domingo fue un día mucho más movido de lo habitual. Las cadenas de televisión estaban haciendo una cobertura intensiva del ataque a los servidores del banco BPI, que a esas alturas aún no había sido detenido ni mucho menos contrarrestado. Los tertulianos que se paseaban por los platós, con diversos grados de formación y dominio sobre el asunto, se enzarzaban en discusiones vehementes y amarillistas, ofreciendo al espectador una amplia gama de hipótesis y prejuicios.

Que si eran los rusos, los norcoreanos, los chinos, los terroristas… En eso estaban casi todos de acuerdo, o se trataba de comunistas o de terroristas. Pero nadie tenía información fidedigna sobre los motivos detrás del ataque, solo especulaban a gritos para aumentar la audiencia y convencer al incauto con pobres argumentos. Entre tanto, el criptovirus había cifrado toda la información y las autoridades mencionaban con frecuencia que el Fondo de Garantía, que cubría hasta 100.000 € por depositante, intervendría en caso de necesidad. El gobierno no quería desorden público y se habían vivido situaciones tensas en algunas ciudades.

Porque nadie –ni el propio BPI– podía demostrar cuánto dinero contenían las cuentas bancarias afectadas, salvo con un detenido estudio de extractos o cartillas al día; una marea de clientes muy cabreados exhibía esos documentos delante de sucursales y sedes regionales con creciente crispación, en manifestaciones improvisadas, bajo la atenta mirada de los antidisturbios. Pero no servían de nada las protestas, la información tenía un precio y el criptovirus se limitaba a ofrecer una dirección web, en la que BPI tendría que hacer frente al multimillonario rescate (advirtiendo de que por cada día que no se atendiese el mismo, la cantidad adeudada se incrementaría un 5%). Por supuesto, el pago se exigía en bitcoins y el beneficiario no podía rastrearse.

Durante las acaloradas tertulias televisadas, se hacían conexiones en directo con las fuerzas de seguridad y se informaba de sus últimos descubrimientos sobre el ataque al BPI. Los primeros interrogatorios habían empezado bien temprano, con sesiones maratonianas de preguntas a los empleados de la oficina en la que se había originado la infección –Kate, Alfredo, Milagros y Francisco–. También se hablaba sin descanso del supuesto culpable, en paradero desconocido, pese a que todos los vecinos de su barrio afirmaban que “era un chico muy normal y educado”.

–Pero claro, no puede rastrearse, ahora mismo podría estar en Portugal o Francia –dijo un inspector de la Policía Nacional con acento andaluz y una forma de hablar concisa y clara, en directo–. Seguramente ha destruido su móvil, no es tan tonto como para utilizar la tarjeta de crédito y tampoco tiene un coche moderno, con conexión a Internet, susceptible de ser fácilmente rastreado –miró a la reportera y luego a cámara–. Sabe lo que hace, pero le atraparemos gracias a la colaboración de todos los cuerpos de seguridad nacionales e internacionales –añadió antes de despedirse.

No, Leo era un chico humilde, en absoluto un consumista compulsivo. Lo suyo era el arte y fantasear, soñar despierto, hasta que la rutina y otras cosas lo habían convertido en un cascarón a la deriva. Tenía muchos defectos, pero el crimen no era lo suyo. Paradójicamente, en las redes sociales había mensajes de apoyo al banquero renegado, vítores por el “valiente rebelde que enfrentaba la tiranía del capital”. Esa historia construida en la red de redes, sin contrastar y en esencia especulativa, había desembocado en una idea romántica que ganaba adeptos a marchas aceleradas entre los más desfavorecidos de la sociedad.

–Tenía un gato al que cuidaba con las mejores atenciones y realizaba numerosas donaciones a ONGs –comentó un colaborador, en el plató del canal 7, con cierta admiración en su tono.

–¡Y acaba de poner en riesgo los ahorros de todos los humildes trabajadores de este país! –exageró otro.

Muy lejos de cualquier televisión, en la sala de interrogatorios de una comisaría en tierras gallegas, le había tocado el turno a Kate Glass. Las primeras preguntas se habían orientado cuidadosamente para dilucidar si ella había participado en el ataque o si acaso trataba de encubrir a su compañero. Su historia se había demostrado bastante creíble hasta el momento y el interrogatorio enfrentaba sus últimos compases.

–Yo no sé nada –continuó explicando–, ni creo que él haya participado en el ataque. Es todo muy extraño –dijo, confusa–. Ahora mismo está atravesando una ruptura, ha dejado a la novia… Es una época difícil para él, claro, pero tenía planes de futuro; no tiraría su vida por la borda, no así.

–¿Y por qué la ha dejado? –quiso saber el policía Daniel Calas, sin dejar de tomar notas.

–Hace mucho tiempo que la relación se había estancado, o eso me dijo. Ella no se implicaba mucho –añadió–, pero él es un buen chico; que tenga mala suerte en el amor no lo convierte en un criminal. Siempre es el primero en ayudar, siempre es el primero en lamentar lo mal que funciona el mundo; muchas veces lo he visto realmente triste a causa de injusticias muy lejanas. Estoy convencida de que es inocente, no me cabe la menor duda –defendió.

–¿Qué relación mantiene con el señor Leo Sanz? –preguntó la otra policía, Sofía Armas–. ¿Podría ser usted la causa de la ruptura?

–Estrictamente profesional –mintió, nerviosa–. Nos llevamos muy bien, eso es verdad, y me gustaría creer que entre nosotros hay una gran relación de amistad, más allá de la laboral… –se miró las manos.

–Según han comentado otros compañeros de la sucursal, eso no parece del todo cierto –la contradijo–. Uno de ellos ha mencionado que el viernes, precisamente horas antes del ataque, ustedes dos “estuvieron encerrados en la oficina más tiempo de lo normal, con las persianas bajadas, a buen seguro teniendo sexo” –leyó de la libreta de notas, para acto seguido mirarla a los ojos con aire inquisitivo–. Si no fuera por la convicción que transmiten sus palabras, una mente mal pensada podría suponer que durante ese lapso de tiempo se plantó el virus en la red de BPI –teorizó, mientras veía la expresión de horror en la cara de Kate–. Pero mire, a nosotros nos da igual si se acuesta con él o no, lo que queremos es que nos ayude a entender la situación. Si es inocente como usted cree, clarificar el orden de los hechos y sus motivos también le ayudará a él. Y es lo que quiere, ¿no? Salvar a su amigo.

–Bueno… yo… –accedió–. Sí, confieso que el viernes ocurrió algo poco frecuente entre nosotros, algo físico –mantuvo silencio unos instantes para asegurarse de que los agentes entendían lo que quería decir–. Pero fue fortuito, inocente… aunque parezca poco profesional, que lo fue, no tuvo que ver con el ataque.

–Muy bien, creo que por hoy es suficiente –intervino Daniel, satisfecho–. Puede marcharse, pero manténgase disponible en caso de que sea requerida otra vez. Si Leo la contacta debería avisarnos, no olvide que en caso contrario podría ser acusada de complicidad y obstrucción.

–Vale… ¿y qué pasará con su gato? –preguntó, cogiendo por sorpresa a los agentes–. Leo tiene un gato llamado Poe, ¿quién lo va a cuidar mientras él esté desaparecido?

Daniel y Sofía se miraron con sorpresa.

–No hemos visto ningún gato durante el registro de la casa –dijo Sofía–, no figura en los informes. Aunque es verdad que había un arenero en el baño y pienso en la cocina…

–Bueno… –dudó Kate–, Leo siempre me dijo que era muy asustadizo. Quizá se escondió detrás de un mueble o en un armario. La verdad, me preocupa; su familia vive un poco lejos, si no fuera inconveniente, yo podría hacerme cargo de él. Llevármelo a mi casa incluso.

Daniel abandonó la estancia y regresó a los cinco minutos, con una sonrisa en la cara.

–He hablado con el inspector, señorita Glass. Si tanto le preocupa el gato, no hay inconveniente en que contacte con la familia y se organice con ellos. Ya tenemos bastantes problemas como para añadir maltrato animal a la lista.

Katherine respiró aliviada.

La Utopía Dorada – XIII

Circulaban a toda velocidad por la autovía que bordeaba la costa. Kali aún llevaba la pistola en la mano, pero no le apuntaba con ella desde que habían cruzado la comunidad autónoma de Asturias; se limitaba a señalar hacia la izquierda o la derecha en caso de duda, aunque Leo era incapaz de discernir hacia dónde se dirigían. El imparable atardecer, rojizo y envenenado, bañaba la superficie del mar con una tonalidad sanguinolenta, anunciando la proximidad de una noche de luna llena. Quedaban pocas horas de luz, pocas horas de esperanza, y las sombras se alargaban en el interior del vehículo hasta transformar sus rostros en criaturas siniestras.

–¿Adónde vamos? Llevo muchas horas conduciendo y me está entrando el sueño… –comentó Leo–. A menos que tu idea sea tener un accidente y morir. También tendríamos que parar a repostar una vez más.

–Sabes de sobra que a estas alturas están buscando tu coche y que no tardarán en rastrearnos. Por eso te obligué a deshacerte del móvil en cuanto vi que lo llevabas encima. Yo también he destruido el mío; no basta con partirlos, hay que sacarles la batería –informó–. Nos desharemos del coche y buscaremos otro vehículo para seguir huyendo. Pararemos pronto, en un pueblo cercano a San Sebastián.

–Parece que sabes de esto, de desaparecer y huir. ¿Quién te ha contratado? ¿Por qué yo?

–Eso no importa. Llevo mucho estudiándote; te sorprendería todo lo que sé acerca de ti gracias a Internet. También te sorprendería lo fácil que es engatusar a un inocente cuando le dices lo que quiere escuchar –advirtió–. Todos los hombres sois unos crédulos, unos tontos; lo que hay que ver –bufó.

–¿Como lo de Karen, por ejemplo, o todo ese rollo fatalista que me contaste de tomar la vida por las riendas y ser fiel a mi naturaleza?

–Algunas cosas requieren otro tipo de fuentes más especializadas, pero hay maneras y caminos para todo el que busca en el sitio correcto –explicó–. ¿Sabías que los sistemas operativos existentes, incluyendo el que traen los móviles, tienen puertas traseras para que las agencias gubernamentales espíen a placer a los ciudadanos? Esas puertas han sido diseñadas de forma intencionada, no es ninguna fantasía; imagínate que las llaves caen en malas manos –rio, irónica–. Si es que no lo están ya.

–No has respondido a mi pregunta. Pero se ve que ser rastrera y alimentarte de los sueños de la gente, o de sus emociones, es lo tuyo –le dijo con dureza.

–Era lo que querías oír y te lo di, ¿no? ¿Qué más te da lo que yo piense en realidad? Cuando dos personas se conocen siempre entran en juego las proyecciones personales de cada uno, y luego las expectativas; cuántos pobres diablos viven encadenados a un espejismo toda su puñetera vida. No lo soporto –maldijo–. Yo he tenido que llegar hasta este extremo para sacarte de un bucle de mierda; ahora me perteneces. ¡Me lo debes!

Leo se había convertido en rehén de Kali, la misteriosa mujer de motivos indescifrables. Y aunque quería odiarla por todo lo que había pasado, una parte de él… la admiraba; y la deseaba. No decía mentiras, pero sus palabras eran horribles, frías, asépticas. Desgranaban la realidad y la convertían en un remedo imposible de aceptar. Solo unos pocos podían resistir el aguzado impacto de tales apreciaciones sobre la vida.

–Te vas a reír –comentó Leo–, pero ahora mismo lo único que me preocupa es mi gato Poe. Me he convertido en un fugitivo, he dejado atrás trabajo, familia y amigos… incluso a una mujer muy especial con la que podría haber sido feliz, pero Poe es el único que me preocupa. Ni siquiera siento miedo por mi futuro.

Kali lo observó unos instantes con curiosidad. Se había vuelto a poner las lentillas, sus ojos dorados refulgían en el crepúsculo con tonalidades violáceas.

–Tú gato estará bien. Tu familia sabe lo mucho que te importa y cuidarán de él –tranquilizó–. Coge la siguiente salida a la derecha.

–Vale… –obedeció–, pero no es tan sencillo, los gatos son más dependientes de lo que crees. Sufrirá mi ausencia, y yo la suya…

–Vamos, ¡sé sincero! Tener un gato le daba propósito a tu vida. Tu falta de fe en un dios, tu falta de fe en un sistema, tu falta de fe en la sociedad… te ha convertido en un monstruo de la relatividad. ¡Jamás podrás ser feliz creyendo en la nada! Pero tener obligaciones, un ser vivo al que cuidar y querer, concretizaba tu sentido vital; te hacía sentir útil. Una pequeña ilusión, pero quizá necesaria como tantas otras.

–¿Falta de fe? Puedo vivir sin creer en un dios, eso desde luego. No es para tanto aceptar el vacío, hace tiempo que dejé atrás el victimismo cósmico.

–¡Y te hace débil! Es como esas gentes que reniegan del patriotismo de su nación, o de la familia, cayendo precisamente en la trampa; renegando de costumbres que promueven la unión entre semejantes, caen en corrientes que hablan de individualismo, que debilitan su grupo y lo dejan a merced de buitres con mala sangre. ¿Acaso te crees que eso es mejor? ¿Ser un idiota solitario y vulnerable? ¿Quién va a luchar por ellos si no es la familia? –inquirió Kali, visiblemente enfadada–. Mejor mentir o mentirse que ser un desgraciado.

–No estoy de acuerdo. Prefiero ser un descarriado y elegir mi camino –contradijo.

–Sí, ¡como este! –apuntó con la pistola a su sien–. Mira lo libre que eres ahora, escogiendo ser secuestrado, escogiendo perder una vida “feliz” y convertirte en un criminal. Sin duda has tomado decisiones para llegar aquí, pero no las que tú crees. En el próximo cruce, a la izquierda –ordenó.

Decisiones; y consecuencias, pensó Leo, siguiendo sus instrucciones.

–Creo que no te soporto –le dijo a Kali–. Me has manipulado para lograr tus objetivos y ahora también quieres lavarme la cabeza con tu filosofía de pacotilla… Además no sé a qué viene esto de huir conmigo; podrías haberme dejado vendido ante la policía y fugarte; viajarías más rápido.

–Yo solo digo que, como seres nacidos del caos, tenemos que hacer lo que sea necesario para sobrevivir. Lo otro son reglas para el pobre, escritas por el rico, y yo no me regulo por ninguna de ellas. Estoy por encima de todo eso –afirmó convencida–. ¡Para el coche en ese merendero!

Leo frenó todo lo rápido que pudo y se metió por un camino de tierra hasta llegar a unos bancos de piedra musgosa, cubiertos por la maleza. A mano izquierda se veía el mar Cantábrico; era precioso incluso en un momento como aquel. Kali le agarró el pelo con fuerza y lo atrajo hacia sí, para acto seguido darle un largo y demencial beso con lengua.

-Bájate la cremallera del pantalón –ordenó, con un brillo especial en los ojos.

En lugar de negarse, en lugar de bajarse del coche y correr hasta la orilla para morir tiroteado en el proceso, se desabrochó el pantalón y dejó que Kali le hiciera una mamada lenta y muy húmeda. No se resistió; era extremadamente placentero. Hizo como la marea: dejarse llevar.

La Utopía Dorada – XII

Leo se subió al coche y puso rumbo al puente que cruzaba el río, en las afueras de la ciudad. El día no se presentaba tan caluroso como el anterior, pero la amenaza de tormenta planeaba por el horizonte con unas nubes cada vez más oscuras. En la ciudad, la sensación térmica se había convertido en opresiva por culpa del asfalto negro, material que capturaba la luz solar hasta convertirla en un horno insoportable; activó el aire acondicionado y puso una emisora de música rock en la radio. Detestaba el clima cálido y ni siquiera había empezado el verano aún.

Al llegar al puente, tarea que le llevó unos quince minutos, decidió aparcar el coche en un amplio parking de tierra que el ayuntamiento había preparado en la zona para contentar a los ciudadanos más deportistas, aquellos que pese a todo se desplazaban en coche para ir a correr… Se bajó del vehículo y observó los alrededores. No vio a nadie por allí, cosa poco habitual en fin de semana; mucha gente lo usaba como punto de partida para hacer ejercicio o pasear por la orilla del río.

Los pájaros volaban bajo, lo que significa que la tormenta haría acto de presencia en pocas horas; era algo que le había enseñado su abuelo, un hombre humilde que trabajó la tierra durante toda su vida y que había visto de primera mano los terribles efectos secundarios del cambio climático; desaparecían muchas especies autóctonas y las sequías eran cada vez más intensas. Ante estos gravísimos problemas climáticos, los gobiernos internacionales respondían con inacción y cortoplacismo.

Respirando el aroma tormentoso que inundaba el ambiente, caminó hacia el puente con tranquilidad, revisando el móvil de reojo; no había recibido ningún mensaje nuevo de Kali, pero tenía ganas de verla y, sobre todo, de analizar sus propias emociones hacia ella. Porque bajo el implacable acoso de sus ojos dorados se sentía vulnerable y expuesto, débil, frágil; al menos hasta que esa debilidad vergonzosa se transformara en aceptación. Ella lo obligaba a enfrentar cara a cara los miedos primigenios que nadie quería reconocer; a rachas como fogonazos, ese empuje, esa sed de vivir y aceptar la naturaleza animal que caracterizaba a las personas, se imponía a las poderosas emociones que sentía hacia Kate Glass. La sombra oscurecía la luz y se apoderaba de su territorio.

Entonces sonó el móvil, pero no era Kali; sintió una punzada de decepción inexplicable.

–Leo, ¿dónde estás? ¿Te has enterado de lo que está pasando? –era Kate, nerviosa.

El banquero frunció el ceño, descolocado. Imaginó que podría tratarse de algún atentado terrorista, un acto aborrecible que cada vez era más habitual en tierras europeas.

–¿A qué te refieres?

–¡BPI! ¡El banco ha sido hackeado! –exclamó–. Es un auténtico desastre; está ya en las noticias…

Leo se paró en seco, atónito, y trató de articular una frase sin éxito. Clavó su mirada distraída en la punta de sus zapatos mientras se pasaba una mano por la frente con actitud dubitativa. ¿Hackeado? ¿Cómo era posible?

–Leo, he hablado con la central… –continuó ella, al ver que no respondía–. La brecha se ha iniciado en nuestra sucursal –hizo una pausa–. No debería decirte esto, pero las primeras hipótesis sugieren que han usado tus credenciales. ¡Tus credenciales! Piensan que has sido tú…

–¡Imposible! ¿Y tú les crees?

–¡No lo sé! Aquí hay algo muy extraño en juego, Leo, pero yo no creo que tengan razón… ¿Verdad? –en su voz había duda–. En cualquier caso, te lo digo para que tengas cuidado, estoy muy preocupada por ti y es posible que la policía te esté buscando ahora mismo. Ahora que lo pienso, a lo mejor ya han pinchado nuestros teléfonos…

El banquero colgó la llamada en cuanto escuchó aquello, temblando de los nervios. Sabía que si eso era cierto, todo lo que dijera o hiciera en las próximas horas podría empeorar el problema y añadir sospechas sobre su persona; la famosa figura de la cabeza de turco seguía vigente en el siglo XXI, especialmente si todas las evidencias semejaban apuntar hacia él. Si no se andaba con cuidado, podría acabar en prisión para el resto de sus días e implicar a otros de forma indirecta.

No comprendía lo que estaba ocurriendo, pero algo le decía que Kali tenía mucho que ver en el asunto, no podía ser casualidad que escasas horas después de conocerla se produjera una brecha de seguridad en el banco BPI, utilizando sus datos de acceso. Por eso, aceleró el paso mientras apretaba sus mandíbulas con enfado, fruto de la tensión; corrió hasta el centro del puente y miró en derredor tratando de ver a la mujer de negro, dispuesto a exigirle explicaciones. Pero ella no estaba; el sonido del agua discurriendo a varios metros bajos sus pies era el único protagonista de aquel momento de gran horror. No había rastro de Kali; trató de llamarla, pero una operadora con voz artificial le indicó que el número no existía; que Kali no existía.

Volvió a toda velocidad a casa, sin respetar ninguna señal de tráfico, al mismo tiempo que una prematura tormenta se desataba en el exterior. Estudió la cerradura de la puerta frontal, esperando ver signos de manipulación, pero no vio nada extraño; nadie había forzado el mecanismo; un relámpago iluminó el domicilio por una fracción de segundo. Luego encendió su ordenador personal y trató de averiguar si la información sensible que almacenaba en él había sido comprometida… ¡En el ordenador de casa ni siquiera usaba contraseña, por comodidad! Si alguien hubiese entrado en su casa y robado información importante, como los datos de acceso a las intranets del banco, o incluso inoculado el código malicioso desde su PC, pronto acabaría en prisión, mucho antes de poder responder cualquier pregunta acusatoria.

Estaba revisando su correo electrónico y los logs de sesión, cuando el súbito sonido de unos tacones que se acercaban lo alertó. No estaba solo.

–¿Quién anda ahí? –dijo en voz alta, aún sentado delante del ordenador.

–Ya vienen a por ti, Leo –respondió Kali mientras entraba en el salón–. Es lo que querías, dejarlo todo, ¿no? Una vida falsa por una vida real; trato hecho; sacrificios.

–¿Cómo has conseguido entrar sin forzar la cerradura? ¿Qué demonios eres?

La mujer de negro sacó unas llaves del bolsillo de su chaqueta y las sacudió sutilmente, mientras se sentaba en el sofá con total naturalidad. Poe dormitaba en un lado del sofá y no se inmutó al verla, más allá de inclinar las orejas sutilmente.

–Para abrir una puerta, nada mejor que unas llaves; lo sabes mejor que nadie, la magia no existe. Naturalmente –sonrió.

–¿Y lo del banco? ¿Has sido tú? –quiso saber–. No sabes en el lío en el que me has metido, y el caos que has originado. Estás loca de remate. ¡Todos los datos bancarios de BPI han sido cifrados con un criptovirus!

Kali estalló en carcajadas.

–¿Qué harás ahora? La carta de dimisión… una pena. Si la hubieras entregado ayer viernes, todo encajaría mucho mejor en el esquema de la conspiración, aunque si la encuentran tampoco te ayudará a defender tu caso; los medios de comunicación van a gozar con esta historia. Pero, dadas las circunstancias, te recomiendo una carta de suicidio; y desaparecer. Literal o metafóricamente –puntualizó.

–No, tengo que hablar con la policía y explicarlo todo. Y con el banco. Tiene que haber una manera de arreglarlo.

–Si quieres ser hallado culpable, por supuesto –concedió–. Ninguna entidad financiera aceptará el ridículo de buena gana, el descrédito, las pérdidas millonarias y la fuga de clientes. A las fuerzas de seguridad tampoco les vendría mal colgarse la medalla de aprisionar a un “cibercriminal”. Cuando hay caos y alguien propone soluciones, por malas que sean, se transmite la idea de movimiento, acción; sabes bien que acabarás en prisión. La justicia no tiene nada que ver con inocentes o culpables, se reduce a puros resultados; o hay un responsable o no lo hay –afirmó–. No puedes dejar que te cojan. Y mira, aquí tengo una carta que he escrito en tu nombre, solo tienes que firmarla; es la típica carta de despedida. Échale un garabato y nos largamos, no tenemos mucho tiempo.

–Si huyo, voy a confirmar todas las sospechas. Me darán caza como al peor de los criminales… ¡y sin haber robado un solo euro! Además, no voy a llegar muy lejos; hay cámaras por todas partes, patrullas…

–Firma, y vámonos –insistió, esta vez con una pistola en la mano–. O vienes por voluntad propia o vienes por la fuerza. No puedes resistirte al cambio. Y, por cierto, son lentillas –añadió, quitándose una de las lentillas doradas; debajo de ellas, tenía los ojos castaños.

–Eres… una farsa –musitó Leo–. Todo lo que me dijiste… mentiras, para ganarte mi confianza y utilizarme para tus propios fines. ¡Has destruido mi vida!

–Soy lo que soy. No te atrevas a juzgarme, que eres el menos indicado. Firma, recoge tus cosas y andando –dijo de nuevo–. Si no lo haces, despídete de Poe –amenazó, apuntándole con el arma.

–Solo quiero saber una cosa, antes de mandar todo a la mierda y desaparecer. ¿Estuviste esta noche conmigo… en mi cama?

Hubo un silencio prolongado.

–No sé de qué me hablas –respondió con fría seriedad.

No satisfecha su curiosidad y a regañadientes, Leo accedió a acompañarla. Firmó la carta de suicidio, rellenó el comedero de su gato, metió algunas cosas en una mochila, sobre todo dinero en efectivo… En cuestión de minutos, ambos corrían por las escaleras en dirección al garaje. Tenían que abandonar la ciudad inmediatamente.

La Utopía Dorada – XI

Leo siempre se había sentido orgulloso de su metodismo aséptico, de su análisis clínico de la realidad, de las ideas y de los sistemas –implícitos o explícitos– que gestionaban a los grupos humanos y sus actividades sociales. Por esto mismo le resultaba especialmente difícil aceptar su propia debilidad, su propia imperfección; sus emociones; estaba por encima de todo eso. Él era capaz de sentir, por supuesto, pero se creía capaz de controlar todo cuanto discurría por su cabeza y perder el control le aterraba; podría decirse que no lo comprendía.

A raíz del “sueño” con Kali, la mañana del sábado se plagó de sensaciones de desasosiego, inquietud, frustración y ansia de cambios, una línea de pensamiento que ya venía imponiéndose desde el día anterior. Sin lugar a dudas, la delirante velada que había experimentado con la mujer de ojos dorados no podía ser real, tenía que ser fruto de procesos mentales más profundos y complejos; la magia no existía; en absoluto. Todo tenía una explicación científica, y en cambio la transformación llamaba a sus puertas. Por ello empezó a preguntarse qué le estaba pasando, por qué en lugar de pensar en Kate y en todo lo que representaba, o incluso en Azalea, su mente se escoraba hacia la fatal Kali…

Una energía mucho más profunda y poderosa que el amor o el deseo sexual luchaba por abrirse camino. La rutina, que tanto amaba, de repente no parecía tan divertida ni tan satisfactoria. Su trabajo, que hasta entonces había sido cómodo y rentable, por momentos le parecía insoportable, incluso contrario a toda ética. Era como si las viejas ideas de rebeldía antisistema que había alumbrado en la adolescencia, en compañía de Karen, su amor de juventud, resurgiesen de las cenizas, renovadas, fortalecidas. No podía soportarlo más.

Kali, la mujer de negro, aquella mujer de ojos trigueños, siempre aparecía unida al pasado. Había sido ella la que había desenterrado el recuerdo oculto de Karen, el accidente, la muerte, las cicatrices que todavía quemaban con un pulso arrebatador. Había sido ella la responsable de sembrar la semilla del cambio en un corazón sumido en un bucle de rutinas tóxicas, de insuflar bravura en la bestia dormida. Y, de pronto, ni Azalea, ni la hermosa Kate y el ensueño que proyectaba, ni nadie más, semejaban una prioridad para Leo; la prioridad era escapar de la prisión, huir hacia el horizonte, allá donde el sol poniente lame la tierra.

Con esos truculentos pensamientos arremolinándose en su mente inquieta, el banquero apátrida empezó a escribir una carta de dimisión que entregaría el lunes en su trabajo. Era suficiente, ya basta, pensó; no podía seguir con la mascarada, la farsa, la espiral de óxido que frenaba sus sueños y lo convertía en un esclavo moderno sin aspiraciones reales. No había en sus dedos ni un ápice de duda; imprimió dos copias y las guardó en su maletín. Al enterarse, sus allegados se llevarían las manos a la cabeza, se preguntarían –y le preguntarían con asombro– que a qué se iba a dedicar ahora, que la ruina sería su futuro si no trabajaba como todos los demás. Algunos afirmarían que la ruptura lo había trastornado. Pero nadie, nadie, sería capaz de comprenderlo.

La única que lo entendía en toda su extensión era Kali, Ma-Kali, una mujer sin reglas, sin reparos, sin prejuicios. ¿Cómo era posible que Leo estuviera tan seguro de ello, cuando horas antes pensaba lo mismo de Kate? Una certeza irracional lo embargaba, no necesitaba más. Sintió la tentación de llamarla, de invitarla a casa, beber una botella de vino a medias y departir de la fatalidad; aún no eran las once de la mañana.

–Tú ganas –le escribió–. Me rindo.

Pronto recibió contestación.

–No se trata de salir victorioso. Se trata de hacer lo que realmente quieres, de ser sincero contigo mismo. Lo otro… es una pantomima –comentó.

–En sinceridad, me gustaría saber quién eres. ¿Qué eres? Y… ¿qué me estás haciendo?

–Soy la fuerza que te permitirá cambiar tu vida –dijo enigmática–. Karen lo habría querido así. Pero todo tiene un precio, ¿cuánto estás dispuesto a arriesgar?

Leo sopesó esa pregunta unos instantes. Echó cuentas; analizó metódicamente su vida: no tenía nada que perder. Su vida era un cascarón vacío, resquebrajado, artificial. Lo único verdaderamente genuino que tenía era el cariño de su gato Poe, todo lo demás era prescindible. Amistades superficiales que no aportaban gran cosa, sin pareja, con la casa atestada de productos que no necesitaba y un trabajo que no disfrutaba… Daría lo que fuese por tener algo parecido a lo que había sentido con Karen, algo auténtico y abrasador. ¿O era la nostalgia la que hablaba por él?

–Ofrezco una vida de falsa comodidad a cambio de una vida real –repuso.

–No hay libertad sin caos y peligro; por eso muchos prefieren la somnolencia. Tú te estás atreviendo a abrir los ojos; cuidado –advirtió–. Encontrarás dragones…

–Cada uno ha de enfrentar a sus propios demonios –replicó Leo–. Mi camino es imprevisible. Todo se tambalea. ¿Qué me has hecho?

–Te besé, te hice mío; bebiste del agua negra. A estas alturas, muchos estarían locos ya –respondió–. Te espero en el puente que cruza el río; no tardes.

Leo corrió a darse una ducha, todavía pensativo; se encontraría con ella una vez más. El agua hirviente caía por sus hombros y empapaba su cuerpo. Estaba tan concentrado en el futuro que ni siquiera vio las runas tatuadas sobre su piel.

La Utopía Dorada – X

Ma Kali

Leo regresó a casa todavía pensando en Kali y en la intensa energía sexual que transmitía, pegajosa como la más dulce miel. Era como si aquella mujer que había conocido pocas horas antes estuviera apoderándose de su mente, hasta convertirse en la única reina de un universo tormentoso. No obstante, estaba convencido de que resistiría la tentación de llamarla, de caer en la trampa, aunque ya podía sentir el ardor que recorría su –débil– cuerpo y cuestionaba cualquier decisión racional.

Cuando el verdadero deseo corre libre, las consideraciones lógicas son engullidas por una pulsión más primigenia, genuina y poderosa. Lo que momentos antes parecía imposible, incluso inmoral o poco ético, pronto encuentra la certeza mutada en una sustancia no tan absoluta; arrastrado por la lujuria, la relatividad desborda hasta empapar los más rectos criterios. ¿A quién le debía lealtad Leo, a los demás o a su propia naturaleza? Y de esta línea de pensamiento, naturalmente, solía alcanzarse una conveniente conclusión egoísta…

Al abrir la puerta de casa, Poe, su compañero felino, lo recibió con un maullido de bienvenida; cada vez que su humano llegaba del trabajo, su plato se rellenaba mágicamente con nuevos y deliciosos manjares, así que tenía que agradecérselo. Pero no tardó en olvidar las formalidades y en demandar su ración de comida húmeda, que Leo concedió con mirada ausente. Así invirtió el resto de la tarde: realizando tareas mundanas con el pensamiento en otra parte, tareas que le permitían abstraerse de la realidad y reflexionar. Y no pensaba ni en Azalea ni en Kate, pensaba en Kali. Y cada vez que ese nombre sonaba en su mente distraída, sonaba distinto, reverberante, más extenso, inmenso, como acompañado por una partícula que magnificaba su significado… Ma-Kali o Kali-Ma.

Por la noche, después de cenar algo frugal y ver un capítulo de una serie que narraba las peripecias del antiguo reino de Wessex, en la actual Inglaterra, se metió en cama a leer un poco de literatura fantástica; no se podía negar que le fascinaban las historias de guerreros, dragones y princesas. Entre mazmorras y combates mágicos se hizo tarde, llegó la medianoche, y un torrente de agotamiento se apoderó de él; se encontraba realmente cansado y ya no tenía energías ni siquiera para escuchar un poco de jazz antes de dormirse. Sin duda, el día había sido muy movido, lleno de emociones extremas; en cuestión de minutos se abandonó al sueño al más profundo que había experimentado jamás.

Minutos después… la luz aún estaba encendida, proyectando sombras chinas en las paredes blancas de su cuarto; el libro, entreabierto, a un lado en la cama, hablaba de las aventuras de un brujo y sus dilemas morales; Poe dormía en una esquinita, siempre cerca de su desinteresado benefactor. Era una estampa que se repetía casi todas las noches, como tantas otras rutinas diarias, pero esta era diferente porque resultaba cálida y entrañable. Y allí… en aquella habitación solitaria también estaba Kali, Ma-Kali, de pie, en la entrada; sonriendo como un ave de presa a buen resguardo entre las sombras, que le conferían un aire lúgubre, siniestro, majestuoso. ¿Por dónde había entrado?

Caminó silenciosa hacia Leo sin hacer ruido –iba descalza– y acarició su mejilla con una mano, mientras que con la otra se desabrochaba la blusa roja, la única prenda que llevaba encima sin contar la ropa interior; su rostro traslucía una determinación sin par. Apartó el libro y lo dejó en una mesita de noche; a contraluz, se podía ver una fina película de polvo y pelos de gato, que resaltaban sobre el mobiliario de color negro. Poe, interesado por la recién llegada, la observó unos instantes con expectación y luego fingió que dormía, dando por hecho que no había nada que temer –o que no veía nada extraño en aquella misteriosa visita–. Pero Leo, que se despertaba con mucha facilidad, con cualquier sonido por sutil que fuese, esta vez no lo hizo. Esta vez el sueño era más fuerte… o mágico.

Poco a poco, la mujer de ojos dorados se fue desvistiendo hasta quedar completamente desnuda, dejando al descubierto una silueta deliciosa y suave; su piel era bastante pálida, lo que contrastaba con aquella melena negra y lisa, ahora suelta, que le caía en cascada por los hombros hasta cerca de la cintura. Se había pintado los labios de color carmesí –un color hermanado con la sangre–, pero no llevaba más maquillaje encima; su sencillez la hacía inusual y auténtica.

Se metió en la cama con él; apagó la luz; lo besó largamente. Al acomodarse, Poe huyó con presteza hacia un lugar más tranquilo, súbitamente asustado por el baile de piernas bajo las sábanas… Una audaz lengua femenina viajó con libertad, escoltada por dos frías manos igualmente hábiles. Su toque era mágico y húmedo, como caricias de agua. Leo se removió inquieto en sueños, quizá atrapado en una ingrata pesadilla, pero sin dar señales de despertar; Kali dibujó entonces extraños símbolos sobre su piel, que recordaban a las runas nórdicas, murmurando versos en un idioma desconocido.

Y, a veces, como respuesta al contacto, Leo ahogaba gemidos de placer. Porque aquellos símbolos brillaban en la noche como hilillos de pura luz, hirvientes, siseantes, confeccionados con estrofas de gozo y éxtasis. Las manos de Kali bajaron más allá de la cintura, una vez acabadas las runas, hasta palpar un bulto endurecido y cálido. No tardó en desenterrarlo de la noche y en subirse a él y cabalgarlo con delicadeza, meciéndose con un movimiento lento, profundo y rítmico; ningún corcel protestaría ante un trato tan placentero y mimoso.

La tenebrosa Kali apoyó ambas manos en el pecho de Leo, sintiendo su pulso cardíaco acelerarse en ese estado atípico de letargo onírico. Sentía la humedad chorreante que unía sus sexos, el calor, el sabor salado del sudor en su boca después de cada lametón; la imagen mental de intuir aquel miembro masculino desaparecer entre sus piernas la excitaba intensamente. Y aquellos ojos ambarinos brillaban en la noche como los ojos de un gato; un cazador nocturno dispuesto a reclamar su recompensa, mortal y seductor.

Así, cuando Kali notó que el dormido Leo no tardaría en alcanzar el clímax y liberar su carga, aceleró el ritmo, abrazándolo con ansia egoísta. Ni siquiera se detuvo un instante cuando sintió que aquel hombre se deshacía en su interior entre convulsiones de placer; siguió cabalgando a Leo una y otra vez, durante toda la noche, cada vez con más ímpetu, hasta que consideró que ya era suficiente.

–Sería mucho más divertido si estuvieras despierto, querido… –lamentó ella a modo de despedida, acariciándole el pelo mientras su montura jadeaba en sueños con gruñidos animales.

Entonces, Leo abrió los ojos; se incorporó activado por un resorte, resoplando. Intentó agarrarla por los brazos y detenerla… pero su imagen era borrosa, como humo; no estaba. ¡No, no había nadie más en la habitación! Solo Poe, mirándolo con genuina perplejidad. Leo negó con la cabeza, confuso, palpó las sábanas –empapadas-, y se echó a llorar.

Un sueño; una pesadilla. ¿O algo más?

La Utopía Dorada – IX (Ver. 2)

Kate /\ Kali

“Kate, la he dejado”, escribió en su móvil, buscando comprensión, aprobación y, quizá, perdón. A la hora de tomar una decisión personal, ni siquiera él, un apátrida fuera del sistema, era inmune a la necesidad de sentir que era la decisión correcta. Por norma bastaba con la propia intuición que toda criatura humana tenía desde el nacimiento, pero en ocasiones era precisa la connivencia de otros semejantes con tribulaciones similares.

Ella quiso saber cómo se encontraba, para medir el impacto real y la trascendencia de un cambio tan radical, a lo cual Leo respondió que bien, que se sentía inexplicablemente liberado, aunque muy apenado; reconoció que había prolongado la relación con Azalea todo lo posible por el mero hecho de evitar el sufrimiento, también por cobardía propia; ambas razones habían demostrado ser totalmente erróneas y muy dañinas, y asumía enteramente su culpabilidad, sabedor de que muchas parejas seguían juntas porque ninguna de las partes se atrevía a reconocer el problema estructural que lisiaba sus emociones; al menos, él había tenido la valentía de dar un paso al frente e intentar cambiar; el cambio era la esencia de la vida; el cambio implicaba sobrevivir.

No obstante, como si de una operación quirúrgica se tratase, la extracción y separación de una pareja emocional que te ha acompañado durante años produce dolores y consecuencias imprevisibles, aun cuando la relación no es positiva; un estoicismo falso puede embargar a la víctima -o un inmovilismo corrosivo-, al igual que la necesidad de rellenar el hueco libre rápidamente o enfocar situaciones similares desde perspectivas distintas. En esencia, no repetir el error, acostumbrarse a los cambios, al vacío y a la ausencia; ser diferente hasta regresar al punto de partida y hacer las paces con uno mismo. Tampoco es extraño el paradójico reencuentro entre amantes, que rendidos al peso insoportable de la nostalgia deciden reintentarlo tiempo después… hasta que los mismos problemas del pasado reaparecen con fuerza inusitada.

Así, aquel primer día, Leo se sintió sin lugar a dudas libre, reafirmado, tranquilo, determinado a emprender cambios y conquistar una vida nueva y excitante, abierto a las posibilidades infinitas del universo y a los sueños todavía por realizar; bien mirado no parecía tan grave, se repetía constantemente. Pero la sombra de la duda y la nostalgia, uno de los venenos más poderosos del universo, no tardarían demasiado en poner a prueba su decisión.

-Kate, sé que a lo mejor podríamos quedar hoy, cenar juntos, pero creo que es mejor si lo dejamos para mañana -le comentó-. Aunque la indiferencia dominaba la relación y no quedaba mucho que rescatar o enterrar, ahora mismo no es el mejor momento para vernos otra vez; no quiero contaminar la velada con lágrimas y lamentos.

-Lo entiendo -respondió ella, comprensiva-. Tienes que tomarte el tiempo que necesites, Leo, no hace falta correr. Solo quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites.

Kate sentía impaciencia, ganas de correr hacia él y abandonarse en sus brazos, pero no quería forzarlo, ya que eso podía ser contraproducente. Sabía que después de una ruptura las emociones estaban a flor de piel y que todo podía cambiar en cuestión de horas o días. Una reconciliación, mensajes y llamadas plagadas de reproches o súplicas, la transferencia de emociones negativas de una relación previa a otra nueva, comparaciones injustas… El duelo era necesario.

-Agradezco tu comprensión, Kate, y quiero que sepas que tengo muchas ganas de verte… y besarte –añadió-. Hoy es un mal día, pero esta ruptura ha empezado tanto tiempo atrás que para bien o para mal su impacto es muy limitado; es el resultado de muchos errores acumulados. Siento tristeza, pero sé que es lo correcto y que mañana estaré mucho mejor. A ella le toca lidiar con la peor parte –reconoció-, pero yo… yo saldré adelante sin lugar a dudas.

Ella sonrió y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja mientras leía sus mensajes. ¿Cómo podía sentirse mal sabiendo que el hombre que tanto le gustaba por fin podría ser suyo? No le deseaba ningún mal, pero Azalea había tenido su oportunidad y la había malgastado, así que no había lugar para la culpa; en base a lo que Leo le había contado, el gran artífice del fracaso había sido ella; en apariencia, claro. Se despidieron con unos emoticonos sonrientes y besucones, y el corazón acelerado.

-¿Y bien? -sonó otra vez el móvil; era un mensaje de texto de Kali-. ¿Conquista o derrota? ¿Qué clase de sabueso regresa hoy a casa, el de paso firme o el cojo y magullado?

Leo observó quedamente el avatar de aquella mujer hermanada con el crepúsculo. Era una imagen en blanco y negro, de un cuello delicado, desnudo, suave; una foto elegante y sugerente. Desprendía una sensualidad fría.

-Lo hice. Hice lo que tenía que hacer -respondió él, aunque no le debía explicaciones.

-Me alegro por ti -comentó rápidamente Kali-. La libertad es sabrosa; uno se acostumbra rápidamente a actuar con independencia, casi hasta el empacho. Nada te impediría, por ejemplo, invitarme a tu casa esta misma noche.

-¿Esta noche? De ningún modo -repuso.

-Sí. Podemos incluso saltarnos la cena -carcajeó-. Podemos saltárnosla muchas veces.

-No creo que sea buena idea, tengo mucho en lo que pensar, tengo que ordenar mis ideas -y en su tono no había ni un ápice de debilidad.

-La soledad no es buena compañía para ordenar ideas –contrarrestó la misteriosa mujer-. Elegiré un buen vino y nos lo beberemos en la intimidad. Una copa, una mamada, y serás el hombre más feliz del mundo –prometió zalamera-. Mañana te sentirás mejor y podrás hacer lo que te dé la gana.

-Puedes insistir lo que quieras, pero hoy quiero estar solo -dijo tajante y con un deje de enojo, sintiendo una rabia inexplicable arder en su pecho-. Ya quedaremos en otra ocasión, si se tercia.

-No hay problema. Nos veremos entonces… si se tercia –convino a desgana.

Acto seguido, Kali le envió una foto de su rostro, sencillo y sonriente, una foto en la que destacaban sus ojos ambarinos; ojos de otro mundo. Cada vez le parecía más atractiva; su sencillez tenía algo inequívocamente “excepcional”.

-Para que tengas algo en lo que pensar esta noche… -rezaba la leyenda de la foto-. Te doy permiso para que hagas con ella lo que quieras.

Y aunque era una simple foto, un archivo digital representado con multitud de puntos luminosos en la pantalla de un smartphone, aquellos ojos parecían rebasar los límites físicos del aparato; alzarse de una dimensión plana y electrónica y converger allí donde los sueños y los deseos de Leo bullían con inquietud. Sus pupilas conformaban un espejo sin fondo, un túnel apuntalado con un sinfín de facetas sombrías, que se estiraba más y más allá hasta convertirse en un punto diminuto y delirante cosido a un retal de tinieblas.

El banquero tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para apartar la mirada; se había quedado sin aliento y la imagen de la Gorgona mitológica cruzó su mente por unos instantes. La palabra mamada cruzó después; aquellos labios tampoco se hicieron esperar. Leo reprodujo la sensación mentalmente: imaginó la escena, húmeda y cálida; su lengua empapada en vino, lamiendo y chupando hasta obligarlo a eyacular. Una poderosa erección se apoderó de él en cuestión de segundos.