La Utopía Dorada – XII

Leo se subió al coche y puso rumbo al puente que cruzaba el río, en las afueras de la ciudad. El día no se presentaba tan caluroso como el anterior, pero la amenaza de tormenta planeaba por el horizonte con unas nubes cada vez más oscuras. En la ciudad, la sensación térmica se había convertido en opresiva por culpa del asfalto negro, material que capturaba la luz solar hasta convertirla en un horno insoportable; activó el aire acondicionado y puso una emisora de música rock en la radio. Detestaba el clima cálido y ni siquiera había empezado el verano aún.

Al llegar al puente, tarea que le llevó unos quince minutos, decidió aparcar el coche en un amplio parking de tierra que el ayuntamiento había preparado en la zona para contentar a los ciudadanos más deportistas, aquellos que pese a todo se desplazaban en coche para ir a correr… Se bajó del vehículo y observó los alrededores. No vio a nadie por allí, cosa poco habitual en fin de semana; mucha gente lo usaba como punto de partida para hacer ejercicio o pasear por la orilla del río.

Los pájaros volaban bajo, lo que significa que la tormenta haría acto de presencia en pocas horas; era algo que le había enseñado su abuelo, un hombre humilde que trabajó la tierra durante toda su vida y que había visto de primera mano los terribles efectos secundarios del cambio climático; desaparecían muchas especies autóctonas y las sequías eran cada vez más intensas. Ante estos gravísimos problemas climáticos, los gobiernos internacionales respondían con inacción y cortoplacismo.

Respirando el aroma tormentoso que inundaba el ambiente, caminó hacia el puente con tranquilidad, revisando el móvil de reojo; no había recibido ningún mensaje nuevo de Kali, pero tenía ganas de verla y, sobre todo, de analizar sus propias emociones hacia ella. Porque bajo el implacable acoso de sus ojos dorados se sentía vulnerable y expuesto, débil, frágil; al menos hasta que esa debilidad vergonzosa se transformara en aceptación. Ella lo obligaba a enfrentar cara a cara los miedos primigenios que nadie quería reconocer; a rachas como fogonazos, ese empuje, esa sed de vivir y aceptar la naturaleza animal que caracterizaba a las personas, se imponía a las poderosas emociones que sentía hacia Kate Glass. La sombra oscurecía la luz y se apoderaba de su territorio.

Entonces sonó el móvil, pero no era Kali; sintió una punzada de decepción inexplicable.

–Leo, ¿dónde estás? ¿Te has enterado de lo que está pasando? –era Kate, nerviosa.

El banquero frunció el ceño, descolocado. Imaginó que podría tratarse de algún atentado terrorista, un acto aborrecible que cada vez era más habitual en tierras europeas.

–¿A qué te refieres?

–¡BPI! ¡El banco ha sido hackeado! –exclamó–. Es un auténtico desastre; está ya en las noticias…

Leo se paró en seco, atónito, y trató de articular una frase sin éxito. Clavó su mirada distraída en la punta de sus zapatos mientras se pasaba una mano por la frente con actitud dubitativa. ¿Hackeado? ¿Cómo era posible?

–Leo, he hablado con la central… –continuó ella, al ver que no respondía–. La brecha se ha iniciado en nuestra sucursal –hizo una pausa–. No debería decirte esto, pero las primeras hipótesis sugieren que han usado tus credenciales. ¡Tus credenciales! Piensan que has sido tú…

–¡Imposible! ¿Y tú les crees?

–¡No lo sé! Aquí hay algo muy extraño en juego, Leo, pero yo no creo que tengan razón… ¿Verdad? –en su voz había duda–. En cualquier caso, te lo digo para que tengas cuidado, estoy muy preocupada por ti y es posible que la policía te esté buscando ahora mismo. Ahora que lo pienso, a lo mejor ya han pinchado nuestros teléfonos…

El banquero colgó la llamada en cuanto escuchó aquello, temblando de los nervios. Sabía que si eso era cierto, todo lo que dijera o hiciera en las próximas horas podría empeorar el problema y añadir sospechas sobre su persona; la famosa figura de la cabeza de turco seguía vigente en el siglo XXI, especialmente si todas las evidencias semejaban apuntar hacia él. Si no se andaba con cuidado, podría acabar en prisión para el resto de sus días e implicar a otros de forma indirecta.

No comprendía lo que estaba ocurriendo, pero algo le decía que Kali tenía mucho que ver en el asunto, no podía ser casualidad que escasas horas después de conocerla se produjera una brecha de seguridad en el banco BPI, utilizando sus datos de acceso. Por eso, aceleró el paso mientras apretaba sus mandíbulas con enfado, fruto de la tensión; corrió hasta el centro del puente y miró en derredor tratando de ver a la mujer de negro, dispuesto a exigirle explicaciones. Pero ella no estaba; el sonido del agua discurriendo a varios metros bajos sus pies era el único protagonista de aquel momento de gran horror. No había rastro de Kali; trató de llamarla, pero una operadora con voz artificial le indicó que el número no existía; que Kali no existía.

Volvió a toda velocidad a casa, sin respetar ninguna señal de tráfico, al mismo tiempo que una prematura tormenta se desataba en el exterior. Estudió la cerradura de la puerta frontal, esperando ver signos de manipulación, pero no vio nada extraño; nadie había forzado el mecanismo; un relámpago iluminó el domicilio por una fracción de segundo. Luego encendió su ordenador personal y trató de averiguar si la información sensible que almacenaba en él había sido comprometida… ¡En el ordenador de casa ni siquiera usaba contraseña, por comodidad! Si alguien hubiese entrado en su casa y robado información importante, como los datos de acceso a las intranets del banco, o incluso inoculado el código malicioso desde su PC, pronto acabaría en prisión, mucho antes de poder responder cualquier pregunta acusatoria.

Estaba revisando su correo electrónico y los logs de sesión, cuando el súbito sonido de unos tacones que se acercaban lo alertó. No estaba solo.

–¿Quién anda ahí? –dijo en voz alta, aún sentado delante del ordenador.

–Ya vienen a por ti, Leo –respondió Kali mientras entraba en el salón–. Es lo que querías, dejarlo todo, ¿no? Una vida falsa por una vida real; trato hecho; sacrificios.

–¿Cómo has conseguido entrar sin forzar la cerradura? ¿Qué demonios eres?

La mujer de negro sacó unas llaves del bolsillo de su chaqueta y las sacudió sutilmente, mientras se sentaba en el sofá con total naturalidad. Poe dormitaba en un lado del sofá y no se inmutó al verla, más allá de inclinar las orejas sutilmente.

–Para abrir una puerta, nada mejor que unas llaves; lo sabes mejor que nadie, la magia no existe. Naturalmente –sonrió.

–¿Y lo del banco? ¿Has sido tú? –quiso saber–. No sabes en el lío en el que me has metido, y el caos que has originado. Estás loca de remate. ¡Todos los datos bancarios de BPI han sido cifrados con un criptovirus!

Kali estalló en carcajadas.

–¿Qué harás ahora? La carta de dimisión… una pena. Si la hubieras entregado ayer viernes, todo encajaría mucho mejor en el esquema de la conspiración, aunque si la encuentran tampoco te ayudará a defender tu caso; los medios de comunicación van a gozar con esta historia. Pero, dadas las circunstancias, te recomiendo una carta de suicidio; y desaparecer. Literal o metafóricamente –puntualizó.

–No, tengo que hablar con la policía y explicarlo todo. Y con el banco. Tiene que haber una manera de arreglarlo.

–Si quieres ser hallado culpable, por supuesto –concedió–. Ninguna entidad financiera aceptará el ridículo de buena gana, el descrédito, las pérdidas millonarias y la fuga de clientes. A las fuerzas de seguridad tampoco les vendría mal colgarse la medalla de aprisionar a un “cibercriminal”. Cuando hay caos y alguien propone soluciones, por malas que sean, se transmite la idea de movimiento, acción; sabes bien que acabarás en prisión. La justicia no tiene nada que ver con inocentes o culpables, se reduce a puros resultados; o hay un responsable o no lo hay –afirmó–. No puedes dejar que te cojan. Y mira, aquí tengo una carta que he escrito en tu nombre, solo tienes que firmarla; es la típica carta de despedida. Échale un garabato y nos largamos, no tenemos mucho tiempo.

–Si huyo, voy a confirmar todas las sospechas. Me darán caza como al peor de los criminales… ¡y sin haber robado un solo euro! Además, no voy a llegar muy lejos; hay cámaras por todas partes, patrullas…

–Firma, y vámonos –insistió, esta vez con una pistola en la mano–. O vienes por voluntad propia o vienes por la fuerza. No puedes resistirte al cambio. Y, por cierto, son lentillas –añadió, quitándose una de las lentillas doradas; debajo de ellas, tenía los ojos castaños.

–Eres… una farsa –musitó Leo–. Todo lo que me dijiste… mentiras, para ganarte mi confianza y utilizarme para tus propios fines. ¡Has destruido mi vida!

–Soy lo que soy. No te atrevas a juzgarme, que eres el menos indicado. Firma, recoge tus cosas y andando –dijo de nuevo–. Si no lo haces, despídete de Poe –amenazó, apuntándole con el arma.

–Solo quiero saber una cosa, antes de mandar todo a la mierda y desaparecer. ¿Estuviste esta noche conmigo… en mi cama?

Hubo un silencio prolongado.

–No sé de qué me hablas –respondió con fría seriedad.

No satisfecha su curiosidad y a regañadientes, Leo accedió a acompañarla. Firmó la carta de suicidio, rellenó el comedero de su gato, metió algunas cosas en una mochila, sobre todo dinero en efectivo… En cuestión de minutos, ambos corrían por las escaleras en dirección al garaje. Tenían que abandonar la ciudad inmediatamente.

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La Utopía Dorada – XI

Leo siempre se había sentido orgulloso de su metodismo aséptico, de su análisis clínico de la realidad, de las ideas y de los sistemas –implícitos o explícitos– que gestionaban a los grupos humanos y sus actividades sociales. Por esto mismo le resultaba especialmente difícil aceptar su propia debilidad, su propia imperfección; sus emociones; estaba por encima de todo eso. Él era capaz de sentir, por supuesto, pero se creía capaz de controlar todo cuanto discurría por su cabeza y perder el control le aterraba; podría decirse que no lo comprendía.

A raíz del “sueño” con Kali, la mañana del sábado se plagó de sensaciones de desasosiego, inquietud, frustración y ansia de cambios, una línea de pensamiento que ya venía imponiéndose desde el día anterior. Sin lugar a dudas, la delirante velada que había experimentado con la mujer de ojos dorados no podía ser real, tenía que ser fruto de procesos mentales más profundos y complejos; la magia no existía; en absoluto. Todo tenía una explicación científica, y en cambio la transformación llamaba a sus puertas. Por ello empezó a preguntarse qué le estaba pasando, por qué en lugar de pensar en Kate y en todo lo que representaba, o incluso en Azalea, su mente se escoraba hacia la fatal Kali…

Una energía mucho más profunda y poderosa que el amor o el deseo sexual luchaba por abrirse camino. La rutina, que tanto amaba, de repente no parecía tan divertida ni tan satisfactoria. Su trabajo, que hasta entonces había sido cómodo y rentable, por momentos le parecía insoportable, incluso contrario a toda ética. Era como si las viejas ideas de rebeldía antisistema que había alumbrado en la adolescencia, en compañía de Karen, su amor de juventud, resurgiesen de las cenizas, renovadas, fortalecidas. No podía soportarlo más.

Kali, la mujer de negro, aquella mujer de ojos trigueños, siempre aparecía unida al pasado. Había sido ella la que había desenterrado el recuerdo oculto de Karen, el accidente, la muerte, las cicatrices que todavía quemaban con un pulso arrebatador. Había sido ella la responsable de sembrar la semilla del cambio en un corazón sumido en un bucle de rutinas tóxicas, de insuflar bravura en la bestia dormida. Y, de pronto, ni Azalea, ni la hermosa Kate y el ensueño que proyectaba, ni nadie más, semejaban una prioridad para Leo; la prioridad era escapar de la prisión, huir hacia el horizonte, allá donde el sol poniente lame la tierra.

Con esos truculentos pensamientos arremolinándose en su mente inquieta, el banquero apátrida empezó a escribir una carta de dimisión que entregaría el lunes en su trabajo. Era suficiente, ya basta, pensó; no podía seguir con la mascarada, la farsa, la espiral de óxido que frenaba sus sueños y lo convertía en un esclavo moderno sin aspiraciones reales. No había en sus dedos ni un ápice de duda; imprimió dos copias y las guardó en su maletín. Al enterarse, sus allegados se llevarían las manos a la cabeza, se preguntarían –y le preguntarían con asombro– que a qué se iba a dedicar ahora, que la ruina sería su futuro si no trabajaba como todos los demás. Algunos afirmarían que la ruptura lo había trastornado. Pero nadie, nadie, sería capaz de comprenderlo.

La única que lo entendía en toda su extensión era Kali, Ma-Kali, una mujer sin reglas, sin reparos, sin prejuicios. ¿Cómo era posible que Leo estuviera tan seguro de ello, cuando horas antes pensaba lo mismo de Kate? Una certeza irracional lo embargaba, no necesitaba más. Sintió la tentación de llamarla, de invitarla a casa, beber una botella de vino a medias y departir de la fatalidad; aún no eran las once de la mañana.

–Tú ganas –le escribió–. Me rindo.

Pronto recibió contestación.

–No se trata de salir victorioso. Se trata de hacer lo que realmente quieres, de ser sincero contigo mismo. Lo otro… es una pantomima –comentó.

–En sinceridad, me gustaría saber quién eres. ¿Qué eres? Y… ¿qué me estás haciendo?

–Soy la fuerza que te permitirá cambiar tu vida –dijo enigmática–. Karen lo habría querido así. Pero todo tiene un precio, ¿cuánto estás dispuesto a arriesgar?

Leo sopesó esa pregunta unos instantes. Echó cuentas; analizó metódicamente su vida: no tenía nada que perder. Su vida era un cascarón vacío, resquebrajado, artificial. Lo único verdaderamente genuino que tenía era el cariño de su gato Poe, todo lo demás era prescindible. Amistades superficiales que no aportaban gran cosa, sin pareja, con la casa atestada de productos que no necesitaba y un trabajo que no disfrutaba… Daría lo que fuese por tener algo parecido a lo que había sentido con Karen, algo auténtico y abrasador. ¿O era la nostalgia la que hablaba por él?

–Ofrezco una vida de falsa comodidad a cambio de una vida real –repuso.

–No hay libertad sin caos y peligro; por eso muchos prefieren la somnolencia. Tú te estás atreviendo a abrir los ojos; cuidado –advirtió–. Encontrarás dragones…

–Cada uno ha de enfrentar a sus propios demonios –replicó Leo–. Mi camino es imprevisible. Todo se tambalea. ¿Qué me has hecho?

–Te besé, te hice mío; bebiste del agua negra. A estas alturas, muchos estarían locos ya –respondió–. Te espero en el puente que cruza el río; no tardes.

Leo corrió a darse una ducha, todavía pensativo; se encontraría con ella una vez más. El agua hirviente caía por sus hombros y empapaba su cuerpo. Estaba tan concentrado en el futuro que ni siquiera vio las runas tatuadas sobre su piel.

La Utopía Dorada – X

Ma Kali

Leo regresó a casa todavía pensando en Kali y en la intensa energía sexual que transmitía, pegajosa como la más dulce miel. Era como si aquella mujer que había conocido pocas horas antes estuviera apoderándose de su mente, hasta convertirse en la única reina de un universo tormentoso. No obstante, estaba convencido de que resistiría la tentación de llamarla, de caer en la trampa, aunque ya podía sentir el ardor que recorría su –débil– cuerpo y cuestionaba cualquier decisión racional.

Cuando el verdadero deseo corre libre, las consideraciones lógicas son engullidas por una pulsión más primigenia, genuina y poderosa. Lo que momentos antes parecía imposible, incluso inmoral o poco ético, pronto encuentra la certeza mutada en una sustancia no tan absoluta; arrastrado por la lujuria, la relatividad desborda hasta empapar los más rectos criterios. ¿A quién le debía lealtad Leo, a los demás o a su propia naturaleza? Y de esta línea de pensamiento, naturalmente, solía alcanzarse una conveniente conclusión egoísta…

Al abrir la puerta de casa, Poe, su compañero felino, lo recibió con un maullido de bienvenida; cada vez que su humano llegaba del trabajo, su plato se rellenaba mágicamente con nuevos y deliciosos manjares, así que tenía que agradecérselo. Pero no tardó en olvidar las formalidades y en demandar su ración de comida húmeda, que Leo concedió con mirada ausente. Así invirtió el resto de la tarde: realizando tareas mundanas con el pensamiento en otra parte, tareas que le permitían abstraerse de la realidad y reflexionar. Y no pensaba ni en Azalea ni en Kate, pensaba en Kali. Y cada vez que ese nombre sonaba en su mente distraída, sonaba distinto, reverberante, más extenso, inmenso, como acompañado por una partícula que magnificaba su significado… Ma-Kali o Kali-Ma.

Por la noche, después de cenar algo frugal y ver un capítulo de una serie que narraba las peripecias del antiguo reino de Wessex, en la actual Inglaterra, se metió en cama a leer un poco de literatura fantástica; no se podía negar que le fascinaban las historias de guerreros, dragones y princesas. Entre mazmorras y combates mágicos se hizo tarde, llegó la medianoche, y un torrente de agotamiento se apoderó de él; se encontraba realmente cansado y ya no tenía energías ni siquiera para escuchar un poco de jazz antes de dormirse. Sin duda, el día había sido muy movido, lleno de emociones extremas; en cuestión de minutos se abandonó al sueño al más profundo que había experimentado jamás.

Minutos después… la luz aún estaba encendida, proyectando sombras chinas en las paredes blancas de su cuarto; el libro, entreabierto, a un lado en la cama, hablaba de las aventuras de un brujo y sus dilemas morales; Poe dormía en una esquinita, siempre cerca de su desinteresado benefactor. Era una estampa que se repetía casi todas las noches, como tantas otras rutinas diarias, pero esta era diferente porque resultaba cálida y entrañable. Y allí… en aquella habitación solitaria también estaba Kali, Ma-Kali, de pie, en la entrada; sonriendo como un ave de presa a buen resguardo entre las sombras, que le conferían un aire lúgubre, siniestro, majestuoso. ¿Por dónde había entrado?

Caminó silenciosa hacia Leo sin hacer ruido –iba descalza– y acarició su mejilla con una mano, mientras que con la otra se desabrochaba la blusa roja, la única prenda que llevaba encima sin contar la ropa interior; su rostro traslucía una determinación sin par. Apartó el libro y lo dejó en una mesita de noche; a contraluz, se podía ver una fina película de polvo y pelos de gato, que resaltaban sobre el mobiliario de color negro. Poe, interesado por la recién llegada, la observó unos instantes con expectación y luego fingió que dormía, dando por hecho que no había nada que temer –o que no veía nada extraño en aquella misteriosa visita–. Pero Leo, que se despertaba con mucha facilidad, con cualquier sonido por sutil que fuese, esta vez no lo hizo. Esta vez el sueño era más fuerte… o mágico.

Poco a poco, la mujer de ojos dorados se fue desvistiendo hasta quedar completamente desnuda, dejando al descubierto una silueta deliciosa y suave; su piel era bastante pálida, lo que contrastaba con aquella melena negra y lisa, ahora suelta, que le caía en cascada por los hombros hasta cerca de la cintura. Se había pintado los labios de color carmesí –un color hermanado con la sangre–, pero no llevaba más maquillaje encima; su sencillez la hacía inusual y auténtica.

Se metió en la cama con él; apagó la luz; lo besó largamente. Al acomodarse, Poe huyó con presteza hacia un lugar más tranquilo, súbitamente asustado por el baile de piernas bajo las sábanas… Una audaz lengua femenina viajó con libertad, escoltada por dos frías manos igualmente hábiles. Su toque era mágico y húmedo, como caricias de agua. Leo se removió inquieto en sueños, quizá atrapado en una ingrata pesadilla, pero sin dar señales de despertar; Kali dibujó entonces extraños símbolos sobre su piel, que recordaban a las runas nórdicas, murmurando versos en un idioma desconocido.

Y, a veces, como respuesta al contacto, Leo ahogaba gemidos de placer. Porque aquellos símbolos brillaban en la noche como hilillos de pura luz, hirvientes, siseantes, confeccionados con estrofas de gozo y éxtasis. Las manos de Kali bajaron más allá de la cintura, una vez acabadas las runas, hasta palpar un bulto endurecido y cálido. No tardó en desenterrarlo de la noche y en subirse a él y cabalgarlo con delicadeza, meciéndose con un movimiento lento, profundo y rítmico; ningún corcel protestaría ante un trato tan placentero y mimoso.

La tenebrosa Kali apoyó ambas manos en el pecho de Leo, sintiendo su pulso cardíaco acelerarse en ese estado atípico de letargo onírico. Sentía la humedad chorreante que unía sus sexos, el calor, el sabor salado del sudor en su boca después de cada lametón; la imagen mental de intuir aquel miembro masculino desaparecer entre sus piernas la excitaba intensamente. Y aquellos ojos ambarinos brillaban en la noche como los ojos de un gato; un cazador nocturno dispuesto a reclamar su recompensa, mortal y seductor.

Así, cuando Kali notó que el dormido Leo no tardaría en alcanzar el clímax y liberar su carga, aceleró el ritmo, abrazándolo con ansia egoísta. Ni siquiera se detuvo un instante cuando sintió que aquel hombre se deshacía en su interior entre convulsiones de placer; siguió cabalgando a Leo una y otra vez, durante toda la noche, cada vez con más ímpetu, hasta que consideró que ya era suficiente.

–Sería mucho más divertido si estuvieras despierto, querido… –lamentó ella a modo de despedida, acariciándole el pelo mientras su montura jadeaba en sueños con gruñidos animales.

Entonces, Leo abrió los ojos; se incorporó activado por un resorte, resoplando. Intentó agarrarla por los brazos y detenerla… pero su imagen era borrosa, como humo; no estaba. ¡No, no había nadie más en la habitación! Solo Poe, mirándolo con genuina perplejidad. Leo negó con la cabeza, confuso, palpó las sábanas –empapadas-, y se echó a llorar.

Un sueño; una pesadilla. ¿O algo más?

La Utopía Dorada – IX (Ver. 2)

Kate /\ Kali

“Kate, la he dejado”, escribió en su móvil, buscando comprensión, aprobación y, quizá, perdón. A la hora de tomar una decisión personal, ni siquiera él, un apátrida fuera del sistema, era inmune a la necesidad de sentir que era la decisión correcta. Por norma bastaba con la propia intuición que toda criatura humana tenía desde el nacimiento, pero en ocasiones era precisa la connivencia de otros semejantes con tribulaciones similares.

Ella quiso saber cómo se encontraba, para medir el impacto real y la trascendencia de un cambio tan radical, a lo cual Leo respondió que bien, que se sentía inexplicablemente liberado, aunque muy apenado; reconoció que había prolongado la relación con Azalea todo lo posible por el mero hecho de evitar el sufrimiento, también por cobardía propia; ambas razones habían demostrado ser totalmente erróneas y muy dañinas, y asumía enteramente su culpabilidad, sabedor de que muchas parejas seguían juntas porque ninguna de las partes se atrevía a reconocer el problema estructural que lisiaba sus emociones; al menos, él había tenido la valentía de dar un paso al frente e intentar cambiar; el cambio era la esencia de la vida; el cambio implicaba sobrevivir.

No obstante, como si de una operación quirúrgica se tratase, la extracción y separación de una pareja emocional que te ha acompañado durante años produce dolores y consecuencias imprevisibles, aun cuando la relación no es positiva; un estoicismo falso puede embargar a la víctima -o un inmovilismo corrosivo-, al igual que la necesidad de rellenar el hueco libre rápidamente o enfocar situaciones similares desde perspectivas distintas. En esencia, no repetir el error, acostumbrarse a los cambios, al vacío y a la ausencia; ser diferente hasta regresar al punto de partida y hacer las paces con uno mismo. Tampoco es extraño el paradójico reencuentro entre amantes, que rendidos al peso insoportable de la nostalgia deciden reintentarlo tiempo después… hasta que los mismos problemas del pasado reaparecen con fuerza inusitada.

Así, aquel primer día, Leo se sintió sin lugar a dudas libre, reafirmado, tranquilo, determinado a emprender cambios y conquistar una vida nueva y excitante, abierto a las posibilidades infinitas del universo y a los sueños todavía por realizar; bien mirado no parecía tan grave, se repetía constantemente. Pero la sombra de la duda y la nostalgia, uno de los venenos más poderosos del universo, no tardarían demasiado en poner a prueba su decisión.

-Kate, sé que a lo mejor podríamos quedar hoy, cenar juntos, pero creo que es mejor si lo dejamos para mañana -le comentó-. Aunque la indiferencia dominaba la relación y no quedaba mucho que rescatar o enterrar, ahora mismo no es el mejor momento para vernos otra vez; no quiero contaminar la velada con lágrimas y lamentos.

-Lo entiendo -respondió ella, comprensiva-. Tienes que tomarte el tiempo que necesites, Leo, no hace falta correr. Solo quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites.

Kate sentía impaciencia, ganas de correr hacia él y abandonarse en sus brazos, pero no quería forzarlo, ya que eso podía ser contraproducente. Sabía que después de una ruptura las emociones estaban a flor de piel y que todo podía cambiar en cuestión de horas o días. Una reconciliación, mensajes y llamadas plagadas de reproches o súplicas, la transferencia de emociones negativas de una relación previa a otra nueva, comparaciones injustas… El duelo era necesario.

-Agradezco tu comprensión, Kate, y quiero que sepas que tengo muchas ganas de verte… y besarte –añadió-. Hoy es un mal día, pero esta ruptura ha empezado tanto tiempo atrás que para bien o para mal su impacto es muy limitado; es el resultado de muchos errores acumulados. Siento tristeza, pero sé que es lo correcto y que mañana estaré mucho mejor. A ella le toca lidiar con la peor parte –reconoció-, pero yo… yo saldré adelante sin lugar a dudas.

Ella sonrió y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja mientras leía sus mensajes. ¿Cómo podía sentirse mal sabiendo que el hombre que tanto le gustaba por fin podría ser suyo? No le deseaba ningún mal, pero Azalea había tenido su oportunidad y la había malgastado, así que no había lugar para la culpa; en base a lo que Leo le había contado, el gran artífice del fracaso había sido ella; en apariencia, claro. Se despidieron con unos emoticonos sonrientes y besucones, y el corazón acelerado.

-¿Y bien? -sonó otra vez el móvil; era un mensaje de texto de Kali-. ¿Conquista o derrota? ¿Qué clase de sabueso regresa hoy a casa, el de paso firme o el cojo y magullado?

Leo observó quedamente el avatar de aquella mujer hermanada con el crepúsculo. Era una imagen en blanco y negro, de un cuello delicado, desnudo, suave; una foto elegante y sugerente. Desprendía una sensualidad fría.

-Lo hice. Hice lo que tenía que hacer -respondió él, aunque no le debía explicaciones.

-Me alegro por ti -comentó rápidamente Kali-. La libertad es sabrosa; uno se acostumbra rápidamente a actuar con independencia, casi hasta el empacho. Nada te impediría, por ejemplo, invitarme a tu casa esta misma noche.

-¿Esta noche? De ningún modo -repuso.

-Sí. Podemos incluso saltarnos la cena -carcajeó-. Podemos saltárnosla muchas veces.

-No creo que sea buena idea, tengo mucho en lo que pensar, tengo que ordenar mis ideas -y en su tono no había ni un ápice de debilidad.

-La soledad no es buena compañía para ordenar ideas –contrarrestó la misteriosa mujer-. Elegiré un buen vino y nos lo beberemos en la intimidad. Una copa, una mamada, y serás el hombre más feliz del mundo –prometió zalamera-. Mañana te sentirás mejor y podrás hacer lo que te dé la gana.

-Puedes insistir lo que quieras, pero hoy quiero estar solo -dijo tajante y con un deje de enojo, sintiendo una rabia inexplicable arder en su pecho-. Ya quedaremos en otra ocasión, si se tercia.

-No hay problema. Nos veremos entonces… si se tercia –convino a desgana.

Acto seguido, Kali le envió una foto de su rostro, sencillo y sonriente, una foto en la que destacaban sus ojos ambarinos; ojos de otro mundo. Cada vez le parecía más atractiva; su sencillez tenía algo inequívocamente “excepcional”.

-Para que tengas algo en lo que pensar esta noche… -rezaba la leyenda de la foto-. Te doy permiso para que hagas con ella lo que quieras.

Y aunque era una simple foto, un archivo digital representado con multitud de puntos luminosos en la pantalla de un smartphone, aquellos ojos parecían rebasar los límites físicos del aparato; alzarse de una dimensión plana y electrónica y converger allí donde los sueños y los deseos de Leo bullían con inquietud. Sus pupilas conformaban un espejo sin fondo, un túnel apuntalado con un sinfín de facetas sombrías, que se estiraba más y más allá hasta convertirse en un punto diminuto y delirante cosido a un retal de tinieblas.

El banquero tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para apartar la mirada; se había quedado sin aliento y la imagen de la Gorgona mitológica cruzó su mente por unos instantes. La palabra mamada cruzó después; aquellos labios tampoco se hicieron esperar. Leo reprodujo la sensación mentalmente: imaginó la escena, húmeda y cálida; su lengua empapada en vino, lamiendo y chupando hasta obligarlo a eyacular. Una poderosa erección se apoderó de él en cuestión de segundos.

La Utopía Dorada – VIII (Ver. 2)

AZALEA

Leo se despidió de Kali luego de pagar la cuenta. Estaba confuso y sentía un gran vacío en su interior, pero al igual que todo vacío, era un hueco esperando a ser rellenado. Lejos de hundirse progresivamente en el negativismo y la infelicidad, algo a todo punto esperable, se produjo una transformación sutil y progresiva: fue, más que nunca, consciente de que su vida era finita, corta, diminuta e irrelevante para el cosmos. Que tenía que aprovechar las horas y los días haciendo algo que alimentase su alma, su mente y su corazón, o se arriesgaba a morir en la desidia, oxidado y barnizado de polvo.

Quería bañarse en la luminosidad de Kate y volver a ser pleno junto a alguien que lo comprendía. ¿Y Kali? No podía engañarse: la sombría Kali ejercía en él una poderosa atracción; con ella compartía un entendimiento extraño, pero al contrario que la refrescante luminosidad de Kate, la suya era una luz retorcida, una oscuridad primigenia, violenta, lacerante y atronadora. Si pensar en Kate le provocaba una sonrisa, pensar en Kali sugería algo mortal y húmedo.

No obstante, sentía que su vida estaba entrando en una fase de cambios importantes y que, si no actuaba con un poco de lógica, podría acabar cruzando la frontera hacia territorios inestables. Después de años y años de predecible rutina, era muy fácil dejarse llevar por la ensoñación de la felicidad absoluta, una promesa infantiloide, esquiva y tan peligrosa como un lobo hambriento. Pero la realidad demostraba que los cuentos con final feliz eran una rareza cósmica, que nada funcionaba sin continuo esfuerzo y dedicación, y que muchas personas eran miserables por una cuestión de actitud.

Así, llamó a Azalea y le dijo que tenían que hablar. La frase era ya de por sí bastante ominosa y ella no tardó en temerse lo peor. Cuando se encontraron, en un diminuto parque que nadie transitaba, Leo pudo ver que ella había estado llorando, posiblemente de camino. La brisa fresca que discurría por entre los árboles aportaba un contrapunto de calma que se sentía fura de lugar; una tranquilidad que insultaba el sufrimiento de dos seres diminutos.

-¿Quién es la otra? -preguntó acusadora-. ¡Dímelo! ¡Voy a estrangular a esa zorra!

Le habría gustado decirle que no había otra mujer en su vida, pero sería faltar a la verdad. También podría decirle que aquella relación estaba condenada al fracaso de antemano, que aunque no existiese una tercera persona en la ecuación, tarde o temprano, todo acabaría saltando por los aires de forma irremediable. Por sus defectos, por el desentendimiento en ritmos, inquietudes y pareceres; simplemente no funcionaba. Que, a fin de cuentas, el único y gran error había sido prolongar algo que no tenía visos de mejorar para ninguno de los dos, y que en tal error ambos habían sido cómplices. En lugar de eso, reconoció la existencia de “la otra”, pero no quiso dar su nombre.

-Quién sea ella es lo de menos, el problema es lo que me ha llevado hasta este punto -aclaró-. Creo que es evidente que algo falla entre nosotros desde hace tiempo, y sea lo que sea, ambos hemos contribuido a ello. Esto no puede cogerte por sorpresa, si eres sincera contigo misma, seguro que también lo sabías. Por eso pienso que lo mejor es que lo dejemos.

Azalea se echó a llorar desconsoladamente durante unos instantes que parecieron eternos; luego se calmó; parecía una niña abandonada.

-Me voy a quedar sola… -lamentó-. ¡No tengo a nadie más! ¿Qué voy a hacer ahora?

Leo escuchó aquella frase y, además de sentir una tristeza muy profunda, también sintió un pulso de resentimiento y rechazo, incluso de ira. Tuvo la impresión de que a Azalea solo le preocupaba no estar sola en el mundo, que era el abrazo asfixiante del miedo lo que la mantenía junto a él; no el amor. Eso podría explicar la falta de implicación, la comodidad que todo lo embargaba, y él, aunque no quería reconocerlo, tampoco se había esforzado por mejorar la situación; había sido tan responsable como ella en el fracaso –o más-.

-Aunque ahora no lo veas así, aunque ahora lo pasemos mal, en el fondo sé que es lo mejor para ambos; nos ayudará a crecer -explicó-, de verdad lo creo. Vivir así… no es vida, Azalea. No he podido controlar mis emociones, pero siempre he tratado de ser honesto; por eso no puedo prolongar algo que nos está haciendo daño. Me importas lo suficiente como para decirte que ni te merezco ni quiero seguir en esta relación –aclaró-. Espero que algún día puedas perdonarme y ser feliz.

Azalea había dejado de llorar y lo observaba con una expresión ausente, casi desprovista de emoción. Una expresión robótica.

-Si ha sido un desliz… podría perdonarte –murmuró, tratando de evitar lo inevitable-. Pero no me dejes, ¡no quiero estar sola! -lamentó otra vez, acompañando las súplicas de más y más promesas de cambiar y otros futuribles igual de volubles que el humo.

-Entre ella y yo aún no ha ocurrido nada –mintió Leo, sintiendo escalofríos y una poderosa desconexión emocional hacia aquella pragmática mujer que esgrimía la soledad como única arma de defensa-. Pero no lo hagas más difícil, no me supliques, por favor. Porque si ahora te digo que sí, que todo está bien y que lo arreglaremos, entonces en unos días, semanas o meses volveremos al punto de partida. Necesitamos… necesito esto -se corrigió-, he llegado a un punto en el que no puedo volver atrás.

Leo se despidió de Azalea y emprendió rumbo hacia su hogar. Un torbellino tóxico de tristeza, culpa, paternalismo y liberación se adueñó de su corazón. Y, en este doloroso torbellino de tonalidades amarillas y verdes, no hubo traza de amor; ninguna. No sentía nada por ella, solo la necesidad de distanciarse, avanzar o perecer a la deriva lejos de allí.

El susurro de la brisa por entre las hojas de los árboles escoltó su huida, mientras Azalea se giraba lentamente en dirección opuesta, en completo silencio, hacia un horizonte solitario y triste. Un mundo lleno de demonios y pruebas le esperaba más allá; semejaba una situación imposible de arreglar, pero el tiempo, ese viejo cascarrabias, lo arregla todo… o lo destruye para siempre.

Cita

La Visita

Era de madrugada, el silencio y la penumbra dominaban el diminuto apartamento en el que vivía. Se despertó después de un mal sueño y observó el reloj con los ojos entrecerrados; eran todavía las 4.44 de la noche. Palpó la colcha de la cama buscando en la oscuridad la presencia de su gato, pero no lo encontró en el sitio habitual. Seguramente había abandonado a su compañero humano para darse un pequeño atracón de pienso o cazar fantasmas en el interior de una caja de cartón.

Rafael maldijo las pesadillas por interrumpir su descanso y se forzó a dormir de nuevo, sabedor de que pronto tendría que levantarse para ir a trabajar. Entonces, escuchó unos pasos por el pasillo, en dirección a la habitación. “Ahí viene el gato, ya se cansó de merodear por la casa”, pensó. Pero a medida que los pasos se aproximaban, más esponjosos de lo habitual, más distorsionados, más reverberantes, una extraña intranquilidad invadió su pecho; no era el sonido rítmico y sutil que su compañero felino emitía al caminar con elegante diligencia sobre el parqué, fruto de unas uñas que jamás fue capaz de cortar en solitario… Se puso nervioso igual que aquellas veces que, de pequeño, en casa de sus abuelos, asolado por pesadillas sin pies ni cabeza, se refugiaba entre las mantas con tensa expectación.

La puerta del cuarto se entreabrió con parsimonia, sin emitir el más leve sonido; el movimiento de la misma semejaba artificial, ahogado, imposible. Solo un suspiro de ausencia cortejó la inexplicable apertura, un barrido de brisas guturales. Casi no entraba luz por la ventana, con lo cual la tiniebla era reina indiscutible del diminuto habitáculo. Una tiniebla que, por momentos, parecía oscilar, ondularse tal y como haría el humo si fuese líquido y tuviera voluntad propia.

Así, atónito, vio a aquella extraña criatura de oscuridad pura emerger, adentrarse en la habitación rumbo a su cama, hacia él; anhelante. No tenía límites bien definidos, solo trémulos bordes que se deshacían en volutas de humo y acto seguido se convertían en chorros derretidos del color del más negro petróleo. Era un ser antropomorfo, pero sin consistencia material, más allá de la opaca oscuridad que alimentaba su corazón de niebla.

Rondó la cama por ambos lados hasta que se detuvo, justo delante de la ventana, mirando fijamente a Rafael y murmurando un tenue oleaje de sortilegios. A contraluz su “cuerpo” estaba plagado de agujeros y bucles arremolinados de tonalidades grises y negras; la endeble luz lunar se encargaba de desenmascarar los puntos de costura de la criatura. Su presencia emanaba negatividad, malos recuerdos, pesadillas, horribles acontecimientos por ocurrir aún… y quería entrar en él, quería echar raíces en su corazón y apoderarse de su cuerpo indefenso; doblegar su voluntad y sorber todo lo que era bueno y puro.

El visitante extendió una de sus extremidades informes, uno de sus tentáculos de embarrada malignidad, y se abalanzó hacia Rafael como activado por un resorte. El joven atinó a ver unos ojos violáceos segundos antes de que todas aquellas volutas de odio y horror se perdieran en las profundidades de su boca… La nube invadió por completo al insomne muchacho, estático, insuflando aire podrido a sus pulmones nerviosos. Una riada de malestar embargó su cuerpo, de pies a cabeza. Había perdido; era una pesadilla, pero no podía despertarse.

Capitalizando el cambio climático

Desde joven, siempre me ha preocupado en gran medida el devenir del mundo y sobre todo el estado de conservación de los ecosistemas. Tal actitud, no obstante, partía de una base sesgada, puesto que los ecosistemas nunca han funcionado como paradigmas estables e inmóviles, antes al contrario, han sufrido cambios progresivos -y a veces radicales- a lo largo de las eras.

Hoy en día, por diversas razones, se habla mucho del cambio climático y parece que los gobiernos mundiales están enfocados -en teoría- en conseguir un mundo más limpio, protegiendo la naturaleza y evitando de paso el calentamiento global y los diversos fenómenos meteorológicos extremos que asolan el planeta. Paradójicamente, no atacan prácticas como la obsolescencia programada, principal contribuyente a la escasez de recursos y al aumento de la contaminación, lo que pone en tela de juicio sus verdaderos pensamientos al respecto.

Pero, ¿cuál es la verdad detrás de todo esto? ¿Es real el cambio climático? ¿Su origen se debe a la actividad humana? Siendo un completo ignorante en materia científica, aportaré mi breve y superficial punto de vista: el cambio climático sí es real, pero el impacto humano sobre el mismo quizá no sea tan importante como nos quieren hacer creer.

Mi razonamiento tiene en cuenta diversos hechos, el primero de ellos que la Tierra nunca ha tenido un clima estable. Desde su pasado inhabitable, pasando por épocas muy cálidas como el jurásico, y llegando hasta las glaciaciones -detonadas por ciclos naturales o erupciones volcánicas masivas-, el clima ha oscilado continuamente. Eso sin olvidarnos de la deriva tectónica y el consiguiente efecto en las corrientes marinas que, por supuesto, también influyen en el rango de temperaturas oceánicas y continentales y en la posterior evolución de anticiclones y borrascas. El planeta no ha tenido en el pasado el mismo reparto de climas regionales que en el presente; lo que hoy son desiertos, antaño eran bosques y viceversa.

Prosiguiendo con esta línea de razonamiento, también sabemos que el polo magnético se invierte entre 1 y 5 veces cada millón de años. Según los estudios, el último cambio se produjo hace unos 786.000 años, con lo cual sobra decir que las consecuencias potenciales de una inversión magnética -¿inminente?- a escala global pueden ser imprevisibles y de profundo calado climático, tecnológico y geopolítico.

A nivel cósmico, esto es, externo al planeta, también sabemos que el Sol atraviesa ciclos de 11 años, en los que esta llameante esfera fluctúa entre picos de alta actividad solar y otros más tranquilos, períodos en los que se producen más o menos tormentas solares, etc. Independientemente de estos ciclos, el propio sistema solar -como conjunto- viaja a lo largo de la Vía Láctea a velocidades de vértigo. Con esto quiero decir que ni el planeta Tierra, ni el Sol, ni el Sistema Solar se encuentran fijos en un lugar del espacio, sino que viajan por una autopista cósmica a velocidades demenciales, acompañando a millones de cuerpos celestes en sus espídicas travesías particulares. Las influencias mutuas que unos cuerpos celestes pueden ejercer sobre otros son innegables y, como tal, han de ser computables para explicar las posibles causas del cambio climático.

Por último, con independencia de su gravedad, sí hemos de mencionar la actividad humana. Cuando un grupo de humanos decide crear un embalse, desecar un lago, talar un bosque o reducir a escombros una montaña, se produce un impacto ambiental que no puede negarse, afectando a la evolución de los ciclos de las borrascas y anticiclones; montañas y ríos, como cualquier otro accidente geográfico, influyen en el medio actuando a modo de barrera, y es habitual ver que el clima es diferente dependiendo del lado en el que nos situemos. En mi opinión, esta clase de impacto es mucho más hondo que el nacido de la contaminación química (en lo que al clima se refiere), mucho más grave que un vertido o una emisión de CO2, aunque igualmente condenable e inexcusable.

En resumen, ¿es el cambio climático real? Sí. ¿Está causado exclusivamente por la actividad humana? No. ¿La actividad humana contribuye al cambio climático? Sin duda, pero en mi opinión no de forma radical. Esto, no obstante, no es óbice para aplicar políticas más respetuosas y conductas de consumo más responsables, porque al fin y al cabo, independientemente de sus consecuencias, nuestras sociedades deberían evitar causar daño al medio y utilizar los recursos de forma eficiente, salvaguardando los ecosistemas y luchando por un futuro más limpio y mejor para todos los habitantes del planeta. Ya que la contaminación, por desgracia, afecta de lleno a todos los seres vivos, acarreando enfermedades, acortando la esperanza de vida y causando miseria.

Sin embargo, si damos por ciertas mis conjeturas, ¿cuál puede ser entonces la verdadera razón detrás de la presión mediática sobre el cambio climático? Como buen ciudadano del siglo XXI, aficionado a pensar, poner en tela de juicio verdades oficiales y razonar más allá de lo aparente, creo que detrás de todo esto pueden existir intenciones elitistas y eugenésicas. Dicho de otro modo, que ciertos grupos de personas en el poder -de países evidentemente ricos- están utilizando este contexto de cambio climático para “frenar” a países emergentes y quizá imponer en el futuro restricciones en apariencia inocentes, gravar a los ciudadanos con impuestos relativos a la contaminación por el bien común y, quizá a largo plazo, crear una base sobre la que justificar un gobierno mundial centralizado, decidiendo de paso cuáles serán los ciudadanos afortunados y cuáles meros esclavos. De igual modo que la Iglesia en el pasado mercadeaba con el concepto de la Salvación, es posible que los gobiernos del presente, o personas que no conocemos pero que controlan a estos gobiernos, hayan ideado un sistema para mercadear con una nueva salvación climática. En conjunción con el temor a una guerra nuclear, epidemias, conflictos migratorios, etc., nos encontramos chapoteando en el caldo de cultivo ideal para originar un conflicto que diezmará a la población.

Por mucho que considere al ser humano un estúpido irredento, sé de sobra que los timoneles del mundo persiguen otros fines, como reducir la población e instaurar medidas de control más orwellianas, mucho más que las ya experimentadas -voluntariamente- en el presente gracias a la interconexión de plataformas lúdicas como Google, Facebook, Android y compañía. Quizá no podamos solucionar el cambio climático, pero de igual modo tampoco podremos escapar de las garras del tiranismo que nos sobreviene. O, al menos, esa es mi opinión, a veces próxima a la postura de un abogado del diablo.